Permanecer

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Summary

En Narae, olvidar no es una elección: es la base de la ciudad. El pasado se borra para garantizar estabilidad, orden y paz. Nadie cuestiona el sistema… hasta que un joven comienza a oler rosas en un mundo donde no existen. Pronto, él y otros dos habitantes empiezan a recordar lo imposible: fragmentos de vidas que nunca vivieron, decisiones que no recuerdan haber tomado, una Tierra que quizá no desapareció como les dijeron. En una sociedad donde la memoria es considerada una anomalía peligrosa, recordar puede desmantelar el mundo… o revelar quiénes son realmente. Y algunos descubrimientos no permiten regresar. HISTORIA COMPLETA YA DISPONIBLE

Status
Complete
Chapters
17
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1:: LA PARTIDA

CAPÍTULO 1: LA PARTIDA

Nadie supo exactamente cuándo llegó.

Tampoco en qué momento verla suspendida en el cielo se volvió algo cotidiano.

Cada vez que salía de mi hogar podía apreciar el tono líquido, casi metálico, de su parte inferior. No hubo opción. Días después de su aparición nos revelaron la causa de su visita… y la urgencia que la acompañaba.

No sentimos nada.

En un abrir y cerrar de ojos nos encontrábamos acostados dentro de una enorme cámara, rodeados de cápsulas que albergaban a cada uno de nosotros. Preso del pánico, comencé a golpear la mía hasta que cedió. Salí tambaleante y caminé hacia una pequeña ventana, apenas a unos pasos de la fila interminable de cuerpos suspendidos.

Y ahí estaba.

Parecía la Tierra… pero no lo era.

Había algo distinto en todo: en las formas, en los colores, en el aire mismo. El ambiente se sentía ajeno, como si el planeta respirara de otra manera.

Aún no podía creer lo que estaba viviendo. No había pisado ese nuevo mundo; es más, ni siquiera sentí el momento en que dejamos la Tierra, y ya extrañaba la vereda arbolada de la Avenida de los Olmos, por donde solía caminar cuando necesitaba despejarme de los problemas del trabajo.

Extrañaba mi oficina y ese letrero frío con mi nombre:

Elías Korben – Profesor.

Cuánto odiaba aquella jerarquía inútil que parecía gobernarlo todo… y, aun así, también la extrañaba.

Me quedé observando el horizonte del nuevo planeta. Árboles similares a los nuestros, pero alterados en sus formas; veredas que parecían salidas de algún cuadro surrealista y, al fondo, una ciudad que se alzaba silenciosa, como si aún estuviera esperando ser habitada.

Mientras recorría con la mirada los edificios, recordé cómo nos enteramos de la urgencia por abandonar la Tierra.

Primero, a escala global, todas las transmisiones fueron interrumpidas. No importaba qué canal estuvieras viendo: la imagen se desvanecía. Los teléfonos se activaron solos, sin que nadie los tocara.

—Tienen que salir —dijo la figura que apareció en cada pantalla.

Se presentaron como los Aelyon. Eran inquietantemente parecidos a nosotros, aunque su piel tenía el brillo de una perla: blanca, atravesada por destellos morados y azules cuando la luz del sol los tocaba.

No provocaron miedo.

Aún no logro comprender cómo el pánico no se apoderó del mundo entero; quizá porque, desde el primer instante, comprendimos la magnitud del peligro que se aproximaba.

Con el paso de los días comenzó a aparecer con mayor frecuencia el doctor Octavio Ríos, eminencia de la astrofísica y múltiple ganador del Premio Nobel por descubrimientos que habían acercado a la humanidad a la exploración espacial. Yo solía usarlo como ejemplo en mis clases.

Clases que ahora no sabía si volvería a impartir.

El silencio quedó atrás.

Una ola de murmullos, gritos ahogados y susurros nerviosos inundó la sala en la que me encontraba. Fue entonces cuando ellos reaparecieron.

Sin tocarnos, sin advertencia, símbolos comenzaron a dibujarse sobre nuestros brazos, como si emergieran desde debajo de la piel. No ardían. No dolían. Simplemente estaban ahí.

Tardé unos segundos en comprenderlos.

D-1223 se había marcado en mi brazo derecho.

De algún modo inexplicable, su significado se volvió claro en mi mente antes de que nadie lo explicara.

Uno de los Aelyon avanzó un paso al frente.

—La designación indica su sector y su cuarto a partir de este momento —dijo con una voz serena, demasiado serena—. Es por su seguridad y por la estabilidad del asentamiento.

Algunos protestaron. Otros intentaron tocar las marcas, frotarlas, como si pudieran borrarlas. Nadie lo consiguió.

Luego, los Aelyon se distribuyeron a lo largo de la sala, adoptando una formación precisa, casi ceremonial.

—Cada sector contará con un guía —continuó la figura—.

—Sector D…

Señaló hacia un costado.

—…serán acompañados por Auren-Tal.

El murmullo se apagó lentamente.

El brillo de la piel de Auren-Tal era distinto, más opaco que el del resto, como si la luz se negara a reflejarse por completo en él. Su rostro era indescifrable, severo, y su mirada tenía un peso difícil de sostener, como si pudiera atravesarnos sin esfuerzo alguno.

No parecía joven.

Pero tampoco viejo.

Y entonces comprendí lo absurdo de esa pregunta: ¿cómo podría alguien medir la edad de los Aelyon, si aún nos eran completamente desconocidos?

Auren-Tal dio un paso al frente.

—No teman —dijo—. El temor nubla la adaptación.

Su voz no fue elevada, pero atravesó el espacio con claridad absoluta. No sonaba como una orden… y, aun así, todos guardamos silencio.

Sus ojos se posaron brevemente en mí. Apenas un instante.

Pero fue suficiente para sentir que algo, en lo más profundo, había sido visto.

—El Sector D será uno de los primeros en establecerse —continuó—. Observaré su transición de cerca.

No supe por qué, pero esa última frase no me tranquilizó