El país de la iluminación

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Summary

Control político, habilidades extrañas y secretos dentro de una organización que comienza a fracturarse. Alex, un niño de once años, inicia su vida en la secundaria, donde conoce a dos compañeros con habilidades inusuales, casi sobrehumanas, que despiertan su curiosidad. Sin saberlo, los cambios que experimentará en la escuela terminarán marcando profundamente su vida y todo su entorno. José cree que solo trabajará como chofer, pero una serie de encuentros inquietantes con personajes intimidantes lo hacen cuestionar el lugar en el que se ha involucrado. Detrás de un callejón húmedo y una puerta escondida descubre un mundo donde el exceso, la violencia y el poder conviven bajo la apariencia impecable de funcionarios y figuras influyentes. Mientras tanto, Lucio, líder de la organización, comienza a mover las piezas de un proyecto mucho más grande: moldear mentes inocentes y eliminar cualquier resistencia antes de que exista. Pero incluso dentro de la organización empiezan a surgir grietas. Mientras Lucio extiende su influencia, alguien cercano a él comienza a ejecutar sus propios planes. Y el encuentro con un hombre llamado Sebastián, poseedor de una habilidad única, podría convertirse en el inicio de algo capaz de destruirlo todo desde dentro.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Cap. 1 El viejo jerry


La campana sonó anunciando las veintiuna horas. El din-don metálico se propagó por los corredores como una orden invisible que activó la pronta respuesta de los hombres, quienes abandonaron toda actividad: guardaron objetos, entregaron herramientas y limpiaron sus áreas con prisa mecánica. Nadie hablaba. Nadie se retrasaba.


Minutos después, se formaron hombro con hombro en el largo pasillo central. Permanecieron rígidos bajo la mortecina luz que caía desde lo alto; al igual que los helados y gruesos muros que los rodeaban, de sus fosas nasales brotaba un ligero vapor, como si el frío también se hubiera instalado dentro de ellos.


No tardó en aparecer un uniformado: paso firme, rostro severo, cejas anchas y mandíbula prominente. Era de figura imponente y carácter duro, algo que se percibía incluso antes de separar los labios. Llevaba una lista en la mano.


—Herrera Sebastián —gritó.


Sebas dio un paso al frente, con los hombros caídos y una sonrisa ladeada.


—Presente para su aburrida función, mi sargento —respondió, casi gritando las palabras.


El custodio levantó la vista y plantó el rostro a centímetros del suyo, inundándolo con su aliento agrio.


—Solo conteste “Firme”, escoria.


—Firme —devolvió el grito.


Gotas de saliva corrían por el rostro del custodio. Se limpió rápidamente con un trapo que sacó de su bolsa y empuñó con firmeza su garrote. Lo levantó apenas del sujetador, pero se contuvo al mirar a los demás.


Regresó la mirada, sin titubear, al preso.


—No hay comida para Herrera mañana —exclamó.


Sebas no parpadeó. Mantuvo los ojos desorbitados fijos en los del uniforme, dejando que el silencio se prolongara hasta que el guardia tuvo que dar la vuelta. Solo entonces, Sebas imitó el andar rígido del custodio a sus espaldas, balanceando los brazos con una gracia grotesca que hizo que los presos contiguos aguantaran la risa.


—Gómez Arteaga —continuó.


—Firme.


El pase de lista siguió hasta el último hombre. Conforme respondían, eran remitidos a sus respectivas celdas. Cuando el custodio se retiró y el sonido seco del candado recorrió el pasillo, el silencio cayó sobre la prisión como una tapa, apenas interrumpido por murmullos lejanos y voces sosegadas.


—Oye, Jerry… —susurró alguien desde la celda contigua—. Hoy tampoco saliste. ¿Volviste a ir al médico?


Desde la pared contraria, un anciano se acomodó con dificultad en su camastro.


—Sí, hombre… Cada vez me siento peor. Solo me dan pastillas para dormir. Mira qué atención… —tosió—. Pero, en fin, ¿qué más da? Ellos solo cumplen con darnos una receta.


—¿Pudiste conseguir algo?


Jerry se incorporó lentamente y quedó sentado al borde de la cama.


—¿Qué tienes ahí? —preguntó.


—Un gorro para dormir… y una cobija extra.


—Dale, pues.


El anciano se levantó con esfuerzo, estiró el brazo entre los barrotes y tomó los objetos. A cambio, deslizó una pastilla.


—Oye, viejo… Eso no alcanza. ¿Qué te pasa?


—Confórmate con eso. No pude sacar más… El enfermero ya no es tan permisivo.


El preso le reclamó su gorro, pero Jerry se negó. Reprochándole en voz baja, regresó despacio y con dificultad a su cama.


Las horas avanzaron lentamente. Todos reposaban al arrullo de los ronquidos dispersos; la tos persistente del viejo y el viento frío de la noche, que se colaba por los muros, eran todo lo que ambientaba el encierro.


En la celda que encaraba a la del anciano, la luz de la luna se filtraba por una pequeña ventana, dibujando en el suelo las sombras alargadas de los barrotes. Sebas, preso igualmente del insomnio, permanecía sentado en su cama, recargado contra la pared. Sumido en un sinsentido juego con un cordón, observaba la litera donde dormía su compañero.


De pronto, algo llamó su atención.


Por el rabillo del ojo percibió un destello.


Levantó la cabeza. Se incorporó y caminó hasta los barrotes, sujetando con ambas manos los tubos oxidados y helados que lo confinaban. Miró hacia la celda donde se encontraba Jerry.


Sus párpados se abrieron de par en par, dejando sobresalir sus prominentes ojos.


Frente a la cama de Jerry, el aire comenzó a distorsionarse. Una pequeña e incandescente luz amarilla flotaba frente al anciano. No iluminaba el cuarto; parecía absorberlo. Se expandía lentamente y, del cuerpo de Jerry, Sebas vio ascender un vapor espeso desde el pecho del viejo, casi imperceptible. Sentía que podía verlo todo con claridad… Incluso algo más allá del silencio.


Su rostro se aplastó contra los barrotes. Una sonrisa eufórica se dibujó en su cara pálida, dejando al descubierto sus dientes prominentes y separados. Inspiró hondo.


—Va a morir… —susurró primero.


Luego, la locura estalló.


—¡El viejo Jerry va a morir! —gritó a pleno pulmón.


Empezó a saltar a un ritmo frenético, sacudiendo las barras con una fuerza desbocada; soltaba gritos animales acompañados de carcajadas estridentes que rebotaban en los muros de piedra. Celebraba frente a los barrotes como si presenciara el acto principal de un circo invisible.


—¡Cállate! ¡Dani, calla a ese bastardo!


—¡Deja dormir, Sebas! —gritaban desde las celdas.


El alboroto despertó a Daniel, su compañero de celda, que se incorporó sobresaltado.


—Si no te callas de una vez, el que se va a morir vas a ser tú, infeliz —exclamó.


—¡Mírenlo! ¡Le están apagando las velas! ¡Jerry se va y no nos invitó a la fiesta! —gritaba Sebas.


Daniel se levantó de un salto, dejó caer la sábana y se abalanzó sobre él. Lo tomó del cuello.


—¡Cállate, maldita sea, cállate!


Al no obtener respuesta, comenzó a golpearlo una y otra vez hasta dejarlo en el suelo, malherido y ensangrentado. Daniel retrocedió dos pasos, respirando agitado mientras se limpiaba los nudillos.


Sebas, tirado en el concreto, sonreía de lado. La sangre le brotaba de la nariz, espesa y caliente. Se la limpió con el dorso de la mano y lamió sus propios dedos sin quitarle la vista de encima.


Daniel lo miró con asco, sintiendo un escalofrío.


Con un movimiento lento y tembloroso, Sebas levantó el índice y señaló hacia la celda de enfrente.


Daniel giró la cabeza. Al otro lado del pasillo, el viejo Jerry comenzó a sacudirse. Se llevaba las manos al pecho, convulsionando en espasmos violentos mientras buscaba aire en bocanadas desesperadas que resonaban en el silencio.


—¡Guardias! —gritó Daniel, pegándose a los barrotes—. ¡El viejo se muere! ¡Auxilio!


La prisión despertó en un segundo, estallando en gritos y golpes de metal contra las rejas. Un custodio llegó corriendo, arrastrando las botas con desinterés, pero en cuanto vio al anciano retorcerse en el camastro, se le desencajó el rostro y regresó corriendo por el pasillo.


Volvió al fondo del corredor acompañado por dos enfermeros que cargaban un maletín de urgencias. Entraron a la celda de Jerry e intentaron reanimarlo entre el eco de los insultos de los reos, pero el cuerpo del viejo ya no respondió.


Mientras el pasillo se inundaba con el murmullo de los guardias que pedían una camilla por radio, Sebas se arrastró en la penumbra de su celda hasta el muro del fondo. Observó a los insectos que buscaban refugio del frío en las grietas y soltó una risita ahogada, completamente ajeno al movimiento exterior. Su mente seguía fija en el destello amarillo.


—Ahí va uno más… —susurró para sí mismo, con la mirada perdida—. ¿Quién sigue?


—Tú, si no te callas —masculló Daniel desde la oscuridad, todavía alterado por la adrenalina. Subió a la litera superior y se cubrió hasta la cabeza, dándole la espalda.


Afuera, los camilleros se llevaron el cuerpo de Jerry. La pesada puerta metálica del pabellón se cerró de golpe y la calma ficticia regresó al sector.


Fue entonces cuando Sebas se puso en pie. Sus movimientos ya no eran erráticos; se movía con la fijeza obsesiva de un sonámbulo. Tomó su sábana, la enrolló con fuerza tirando de los extremos y formó un lazo grueso con un nudo ciego. Con el silencio de un depredador, trepó por los tubos de la litera hasta quedar por encima de Daniel.


Cruzó la tela alrededor del cuello de su compañero antes de que este pudiera reaccionar.


Daniel abrió los ojos de golpe, pero el lazo ya se había enterrado en su garganta. Sebas jaló la tela con todas sus fuerzas, apoyando las rodillas en la espalda de su víctima para apalancar el peso.


—Ahora tú también vas a ver la luz… —le siseó al oído, con los dientes apretados—. Dime si la ves. ¡Dime si ya la ves!


Daniel se sacudió con desesperación, golpeando las piernas contra el muro en un intento inútil por liberarse. El sonido rítmico y sordo de los impactos alertó a los presos de la celda de al lado.


—¡Hey! ¿Qué pasa ahí adentro? —gritó una voz—. ¡Guardias! ¡El loco está matando a Dani!


En la oscuridad de la litera, a los pies del cuerpo que empezaba a perder fuerza, la chispa amarilla volvió a encenderse. El vapor tenue comenzó a brotar del pecho de Daniel, avanzando hacia la luz. Sebas soltó una carcajada eufórica, soltando un extremo de la sábana para extender la mano hacia el destello, fascinado, queriendo tocar la energía que se escapaba.


La puerta del pasillo se abrió de golpe. Las linternas de cuatro guardias inundaron la celda de luz blanca. Subieron a la litera, lo arrancaron de encima del cuerpo de Daniel y lo arrojaron contra el suelo, sometiéndolo a patadas y golpes de garrote. Sebas no se defendió; seguía riéndose entre dientes mientras la sangre volvía a correrle por la cara. Lo sacaron arrastrando por el pasillo, con los talones golpeando el concreto en medio del griterío ensordecedor de los reos que se pegaban a los barrotes para ver el espectáculo.


Al poco tiempo, el pabellón volvió a quedar vacío.


Solo el maullido lejano de los gatos callejeros se escuchaba en la distancia, filtrándose por los muros helados. Los cautivos intentaron conciliar el sueño una vez más. Ahora, sin la tos del viejo.


La noche siguió su curso como si nada hubiera ocurrido.


Al amanecer, volvería a sonar la campana.