Chapter 1
El aire dentro de la cabina de la No. 12 era una mezcla densa de grasa, sudor y el aroma dulzón del carbón quemado. Para cualquier turista que pagara su boleto en el vagón panorámico, el tren era un viaje romántico al pasado; para Henry, el fogonero, era una bestia de hierro que exigía ser alimentada sin descanso.
Henry hundió la pala en el montón de carbón y, con un movimiento fluido, lanzó el carbón justo al centro del fogón. El resplandor naranja de las llamas iluminó su rostro cubierto de hollín, marcando las líneas de su mandíbula y el brillo en sus ojos.
—Mantén la presión a 180 libras, Henry. No queremos quedarnos sin aliento en la pendiente del Roble.
La voz de Donald, el maquinista, era baja pero firme, cortando el estruendo metálico de la locomotora. Estaba sentado al lado derecho, con una mano en el regulador y la otra apoyada casualmente en el marco de la ventana. A diferencia de Henry, Donald parecía no inmutarse por el calor sofocante. Su uniforme de mezclilla oscura estaba impecable, salvo por las manchas de aceite en sus guantes.
Henry cerró la puerta del horno con un golpe seco de la pala y se pasó el dorso de la mano por la frente, dejando un rastro negro sobre la piel.
—La presión está estable, Donald —respondió, intentando recuperar el aire—. Pero esta vieja dama tiene hambre hoy.
Donald giró la cabeza ligeramente. Por un breve segundo, su mirada se desvió de la vía para recorrer la figura de Henry: Se dio cuenta de inmediato del ritmo de la respiración, era demasiado rápido, y cómo sus hombros temblaban imperceptiblemente al sostener el peso de la pala. Conocía ese gesto; era la misma terquedad que Henry tenía a los once años cuando intentaba cargar troncos demasiado pesados para él solo por demostrar que podía.
Sin decir una palabra, Donald soltó el regulador tras asegurarse de que la marcha era estable y se levantó de su asiento. El espacio en la cabina era reducido, y su presencia pareció absorber el poco aire fresco que quedaba. Se situó justo detrás de Henry, rodeándolo sin llegar a tocarlo del todo, pero lo suficientemente cerca como para que el fogonero sintiera el calor emanando del cuerpo del maquinista.
—Estás forzando la espalda, Henry —dijo Donald. Su voz, ahora libre del estruendo del viento exterior, sonó profunda y vibrante contra la nuca del más joven.
Antes de que Henry pudiera replicar que estaba bien, Donald extendió sus brazos. Sus manos, protegidas por los guantes de cuero, se posaron firmemente sobre las de Henry, que aún sujetaban el mango de madera de la pala. El contraste fue instantáneo: la piel ardiente y sudorosa de Henry contra el cuero frío y firme de Donald.
—No es solo fuerza —murmuró Donald, inclinándose un poco más, obligando a Henry a corregir su postura. El pecho de Donald rozó la espalda húmeda de su amigo—. Es el ángulo. Si no giras la cadera, te vas a romper antes de que lleguemos a la estación.
Henry se quedó rígido, con el corazón martilleando contra sus costillas, y no precisamente por el esfuerzo físico. Podía oler el aroma a tabaco y jabón que Donald siempre conservaba a pesar del hollín. Era un olor que lo transportaba a sus quince años, a las tardes de verano en las que Donald lo guiaba en sus primeros trabajos, pero ahora, el contacto se sentía diferente. Ya no era el toque de un mentor, o al menos, Henry ya no lo percibía así.
Donald no se retiró de inmediato. Dejó que sus manos permanecieran un segundo más sobre las de Henry, guiando un último movimiento fluido hacia el fuego.
—Me prometiste que te cuidarías —añadió Donald en un susurro que solo Henry pudo escuchar sobre el rugido de la caldera—. No me hagas arrepentirme de haberte traído.
Donald soltó sus manos y dio un paso atrás, recuperando su distancia. Se sentó de nuevo frente al regulador, fijando la vista en la vía que se perdía entre los pinos, como si nada hubiera ocurrido.
Henry, sin embargo, se quedó de pie frente al fogón. El calor de la caldera ya no era lo que le quemaba el pecho; era la marca invisible de los guantes de Donald sobre sus dedos y el eco de su voz en su oído. Agarró la pala con más fuerza, esta vez aplicando el ángulo que Donald le había enseñado, y lanzó una nueva carga de carbón al fuego.