Capítulo 1
La noche es considerada la amante de muchos.
Artistas y filósofos,
poetas y corazones rotos.
Creadores de fuego interno,
creadores de fuego eterno.
Amante de amantes.
Corazones que arden,
silencios que pesan…
y aun así, hablan sin dar tregua.
Y el invierno, crudo, fuerte y sin miedo.
En ese momento hizo un pacto con la noche, uno solo.
Porque había dos corazones que. al callar demasiado tiempo, comenzaron a transformar su amor en demasiada contención y podían odiarse.
Y la noche, caprichosa, no quería eso.
Asique, con el invierno, lograron crear la tormenta más oscura, peligrosa y cargada de deseo…para ellos.
El viento soplaba violentamente, golpeando las ventanas con fuerza.
Pero dentro de la casa…eso no importaba. Lo único que se escuchaba era el eco de los gritos entre ellos.
Las respiraciones agitadas. Las manos que temblaban. Las miradas sostenidas. ¿Qué más podían decir… más que la verdad en voz alta?
—Entonces dilo… no pierdas más mi tiempo— soltó el editor, molesto.
—¿Tiempo?—repitió incrédula— Yo fui la que perdí el tiempo al venir, al escucharte, al…¡dios! ¡mira! ¡Ahora tengo que quedarme hasta que la maldita tormenta de nieve se detenga!— dijo la autora, también molesta.
Apartó la mirada, a su manuscrito sobre el escritorio de él.
—Podrías decir la verdad,—agregó molesto, llevándose la mano al puente de la nariz— no hagas lo mismo que en tus “relatos” si es que se puede llamar así—
—¿Disculpa? — dijo ella bajando la voz —Son relatos. Que tu no lo veas no es… mi maldita culpa—
El editor le sostuvo la mirada, porque sabía que eso no debía decirse.
Ella escribía bien, letra cuidada, un círculo de lectores fieles…
Y sus libros se comenzaban a vender
—¿Qué es lo que intentas?—preguntó él, con una risa seca— Convencerme de que lo que escribes es “profundo”—
—Yo no intento nada. Sé lo que escribo, pero…— bajo un momento la mirada— tu no lo ves– susurró ella.
Las palabras del editor habían sido cómo un golpe directo a su orgullo y corazón.
El llanto comenzaba a formarse en su pecho, cómo un nudo.
Las ventanas eran golpeadas con más fuerza, el viento parecía gritar afuera.
—¡Dios mío, eres tonto para ser un editor que todo lo ve!— soltó con voz trémula ella, intentaba contener las lágrimas; en vano.
El silencio fue lo que siguió.
El viento y el frío acompañaron.
Sostenían la mirada del otro,
con miedo, con dolor, con sentimiento.
¿Quién daría el pasó tras la confesión?
Ella lo miró con dolor.
Sus lágrimas caían despacio.
El peligroso silencio,
no advirtió los sentimientos.
Sin volver atrás…
quedaron al descubierto.
Él la miró, perplejo. No por las palabras.
Por las lágrimas.
Aquellas líneas finas de agua, que descendían por sus mejillas lentas…inevitables.
Eran silenciosas, dolorosas y difíciles de ignorar.
—Yo ... no entenderías— dijo ella mientras se limpiaba las lágrimas.
—Yo solo leo lo que escribes, entiendo que quieras jugar con la idea del romance y el terror…pero eso es lo que entiendo— dijo él con más calma.
El silencio pesó un poco más esta vez, ella lo miró cansada pero un poco más firme que momentos atrás.
—No…—susurró ella—No entiendes nada…no has entendido nada—
Bajo la mira un momento.
Busco valentía en donde no había; donde no encontraría.
Su oportunidad frente a ella, y no pensó que fuera ella quien lo dijera. Con todas las pistas, pensó que él la vería.
—No escribo para el público, lo he dejado hace tiempo....—susurro apenas para que él pudiera escucharla. —He escrito esas líneas… para ti. —soltó ella.
Sintió el miedo apoderarse en su cuerpo, sus manos temblaban, sus ojos se ponían más vidriosos. Pero su corazón se sentía más ligero.
Ya no cargaba con la culpa, del deseo, del amor. Ahora se sentía un poco más libre.
La confesión se quedó en el aire un poco más de lo esperado.
El viento soplaba afuera; casi gritaba cómo los corazones de ellos.
El editor se acercó a su escritorio, aún pensando en la confesión de la autora.
Sostuvo con cautela el manuscrito, leyó las líneas que ahora adquieren nuevo sentido.
Cuando terminó de leer, soltó una leve risa dejando los papeles en el escritorio.
Se reía de lo ridículo de la situación; No de burla.
De lo tonto que había sido, ciego por trabajo pensando que era su imaginacion.
Había sido tan incrédulo, que no se explicaba.
—Yo pensé… —negó suavemente, como si decirlo fuera una broma. — que todo esto… era para otra persona—soltó suavemente.
Ella lo miró sorprendida.
Sus miradas se conectaron, brillaban por la verdad.
Por los sentimientos correspondidos; por fin.
—¿otra persona?— preguntó suavemente ella. Negando incluso antes de la respuesta. —Si…algún amante imaginario tal vez— confesó él.
El silencio volvió, pero más pesado esta vez.
El viento se calmó, ahora solo se oía el crepitar del fuego en la chimenea.
Se acercó lentamente a ella, pasó decidido y pesado. Admitiendo algo que creyó imposible.
—Si me lo hubieras dicho antes…—hizo una pausa hasta quedar frente a ella, seguro de lo que estaba haciendo— tal vez hubiera entendido que ese lugar…—dijo levantando suavemente el rostro de ella, las lágrimas habían cesado. —era mio—susurro sobre sus labios.
—Es tuyo—susurro ella, esperando ese beso ... .solo uno para entregar su corazón.
—Ahora sera mio…—
No hubo más palabras.
Solo un momento, unos cuantos segundos.
Donde el idioma, dejó de existir.
Solo un segundo antes de llegar al verdadero éxtasis.
Un beso.
La unión de labios.
La unión de las almas.
¿Que hay en un simple gesto, que hace que nuestro cuerpo vibre por ellos?
Si bien ellos gritaron palabras hirientes.
El simple reconocimiento del amor.
Y el beso.
Bastaron para que se olvidaran del rencor.
Dando pasó al amor.
Lento cómo fue.
Fuerte cómo el viento.
Y temblaban cómo el frío
Y solo por amor, por admitir el amor.
Cuando el aire hizo falta, sus labios —negados— se debieron separar.
Y ambos se miraron, con felicidad y amor.
Con verdad.
—Eso..podría ser un gran relato—susurró él sobre los labios de ella.
Hubo un brillo—tan conocido— en los ojos de ella. El brillo de el que tiene una idea.
—Si…una historia de amor, obsesión y terror…y…—sus palabras fueron calladas por los labios del editor.
Ella buscó aún más cercanía, pegando su cuerpo con el de él, queriendo desaparecer hasta el más mínimo centímetro entre ellos.
El silencio fue elección.
La noche, con paciencia, logró su cometido.
Entre besos y caricias, los amantes se buscaron sin promesas.
Entre susurros apenas audibles, las respiraciones entrecortadas se mezclaron.
Las paredes y los libros son testigos de un amor alcanzado.
El fuego bailaba, al igual que los amantes.
Con control y paciencia.
Se funden.
En una danza tan antigua cómo las estrellas.
Tan primitiva cómo la tierra.
Y tan intensa como el amor que se tenían.
La entrega de esa noche; sin miedo.
Con valor y anhelo.
Con amor y deseo.
La unión de la carne.
pronunciando lo que ya no podía callarse.
Con gozo, dejaron a Morfeo guiarlo al descanso.
Pues el sueño real ya se había hecho.
El alba llegó, el fuego apenas prendido, era una leve llama en el olvido. Ellos en el suelo estaban, cubierto por las mantas.
Envueltos en el calor de sus cuerpos, dormían en paz.
Pues al amor entre ellos no nació, solo se “publicó” cómo diría él y cómo diría ella solo avanzó al siguiente capítulo.
Ahora en el mismo capítulo ambos estaban, no había nada que esconder, ni nada que temer, ni doble sentidos.
Solo prosa clara, y corrección suave.
Pues editor y autora, al mismo mundo pertenecen y su amor crece.