Capítulo 1 La noche en que crucé
Dicen que el Kakuriyo no es solo un mundo oculto, sino un reino de sombras donde los espíritus olvidados deambulan, donde los ayakashi negocian destinos y donde los oni desafían el equilibrio.
Aquellos que cruzan sus límites sin permiso rara vez regresan siendo los mismos.
Pero en noches de luna oculta, cuando el velo entre mundos se torna delgado, los habitantes del Kakuriyo pueden caminar entre los humanos, vistiendo rostros falsos, buscando aquello que nunca podrán poseer: un lugar en el mundo de los vivos.
Era mi primera vez cruzando.
El mundo humano me recibió con ruido y tambores que vibraban en el suelo. Faroles flotando como lunas artificiales. El aire está saturado de azúcar y humo. Un festival tradicional — humanos celebrando algo que olvidarán en unos días.
Me mezclé entre ellos sin dificultad, ellos nunca miran demasiado de cerca.
No crucé para cazar. No esa noche. Solo quería entender por qué algunos de los nuestros arriesgaban tanto por caminar aquí. Qué tenía este mundo que no existía en el mío.
Entonces la vi.
Pequeña. Inmóvil. Perdida en medio de la multitud que no la veía.
Sus manos estaban tensas, aferradas al borde de su yukata mal acomodado. Sus ojos buscaban algo — o a alguien — con una esperanza que comenzaba a fracturarse.
No era asunto mío, los humanos se pierden constantemente, es parte de su naturaleza.
Yo debía observar, nada más. Pero el olor lo arruinó todo.
Alcohol rancio. Intención torcida. Deseo corrupto.
Un hombre se acercó a ella tambaleándose. Se inclinó demasiado. Sonrió demasiado.
No necesitaba escuchar sus palabras. La podredumbre humana tiene un aroma específico cuando decide actuar.
Di un paso.
No por compasión.
No me atribuyas una emoción que no me pertenece.
Fue… irritación.
El equilibrio permite la caza ocasional. Pero aquello no era caza. Era algo más bajo. Más vulgar.
Me coloqué frente a él.
El hombre levantó la vista, molesto. Estaba a punto de protestar.
Llevé los dedos a la base de mi máscara.
Sabía exactamente lo que haría y no dudé.
La elevé, no por completo solo lo suficiente para que nuestros ojos se encontraran
Hay un momento — siempre el mismo — en el que el humano comprende que lo que está viendo no pertenece a su mundo.
Sus pupilas se dilataron. Su boca se abrió. El alma comenzó a desprenderse incluso antes de que yo decidiera tomarla.
El hambre respondió.
No fue violento. No hubo sangre. No hubo gritos. Solo un tirón invisible.
Y luego… vacío.
Su esencia se deshizo en mi interior como humo frío.
El cuerpo cayó al suelo, muerto antes de tocar la tierra.
Bajé la máscara con la misma calma con la que la había alzado.
Nadie gritó. Para ellos, simplemente fue un colapso. Un corazón débil. Demasiado sake. Los humanos son expertos inventando explicaciones para no enfrentar lo imposible.
Entonces recordé a la niña.
Esperaba verla huir.
Llorar.
Desmayarse.
Pero seguía allí.
Mirándome directamente.
Mi máscara cubría mis ojos otra vez. Aun así, su atención no vaciló.
No había terror en su expresión.
Había algo peor, curiosidad.
Dio un pequeño paso hacia mí.
—Señor… —preguntó, con voz temblorosa pero firme—. ¿Usted también está perdido?
Algo dentro de mí se tensó.
Fue una sensación extraña. Una fisura mínima en la indiferencia que había cultivado durante siglos.
Yo no debía responder.
No debía interactuar.
No debía vincularme.
Porque el verdadero peligro no es devorar un alma.
Es desear no hacerlo.
Mientras el festival ardía de vida a mi alrededor, mientras los humanos reían sin notar que caminaban junto a algo que no pertenecía a su mundo, comprendí algo que no encajaba con la lógica de nuestra existencia.
Yo no tenía un destino al que anhelar volver. No tenía un lugar que me aguardara con significado.
Solo movimiento.
Cruzar. Regresar. Repetir.
Siglos de pasos que nunca fueron realmente hacia ningún sitio.
La niña me miraba como si mi respuesta pudiera cambiar algo.
Incliné apenas la cabeza.
—Siempre he estado vagando.
No era una mentira. Pero por primera vez, sonó diferente incluso para mí.
Ella pareció satisfecha con mi respuesta.
Y entonces tomó mi mano. Sin detenerse en el frío antinatural de mi piel.Sin apartarse ante las garras que asomaban desde mis dedos.
Sin miedo. Sin duda. Sin comprender realmente qué era yo.
Su piel era tibia… casi frágil. Un contraste doloroso contra la mía, helada y áspera como si jamás hubiera conocido el calor de algo vivo.
—Entonces caminemos juntos —dijo—. Así encontramos lo que estamos buscando
Debí apartarme pero no lo hice , así que caminé con ella.
El festival nos envolvió otra vez. Luces flotando sobre nuestras cabezas, tambores vibrando en el aire húmedo, risas que no sabían que compartían espacio con criaturas que podían arrancarles el alma con una sola mirada.
Su mano no soltó la mía.
El sonido llegó unos minutos después.
Un pequeño gruñido.
La niña se llevó ambas manos al estómago y me miró con una mezcla de vergüenza y esperanza.
—Tengo hambre…
La ironía casi me hizo sonreír.
La conduje hasta un puesto cercano. El vendedor estaba distraído, discutiendo con un cliente. Tomé una bandeja de takoyaki sin pedir permiso.
No tengo dinero. No lo necesito.
Ella aceptó el recipiente como si le hubiera entregado algo precioso.
Sopló con cuidado antes de morder. Observé la forma en que sus mejillas se inflaban por el calor. La naturalidad con la que confiaba en mí era increíble y solo pude reafirmar que los humanos son imprudentes.
Seguimos caminando hasta que un sonido distinto atravesó el bullicio.
Un llanto desesperado.
Alcé la mirada y la vi.
Una mujer moviéndose entre la multitud, preguntando con voz rota, mirando rostros que no eran el que buscaba. La angustia la envolvía como un manto.
Me detuve.
—Descríbeme a tu madre.
La niña habló entre bocados. Cabello largo, llevaba un Kimono claro con flores, tiene una cinta azul. Mi mamá es la mas bonita de todas dijo orgullosa.
La encontré sentada en una banca apartada, inclinada hacia adelante, los hombros temblando. Sus manos cubrían su rostro como si así pudiera contener el derrumbe.
La niña tiró suavemente de mí.
—Quiero seguir jugando contigo.
La miré.
—Jugaremos un último juego —le dije.
Sus ojos brillaron.
Extendí mi mano y dejé que una pequeña llama carmesí emergiera de mi palma. No era fuego humano. No quemaba madera ni piel. Era esencia condensada. Parte de mí.
La lancé suavemente al aire.
Flotó frente a nosotros.
—Síguela. Si la atrapas, te concederé un deseo.
Ella soltó mi mano.
Pero antes de dar el primer paso, se detuvo. Como si, en algún rincón de su instinto, comprendiera que después de ese momento no nos volveríamos a ver.
—¿Cómo te llamas?
—No tengo nombre.
Nunca lo necesité.
Ella frunció el ceño, determinada.
Sus ojos recorrieron mi máscara.
Tallada en hueso ennegrecido. Los cuernos curvándose hacia atrás. Las líneas carmesí descendiendo desde los ojos hasta la mandíbula. La sonrisa fija, eterna.
—Shinku Oni —decidió.
El nombre cayó sobre mí con un peso inesperado. Algo se acomodó en mi interior, como una pieza que no sabía que faltaba.
—Me llamo Saimori Miyo —dijo con orgullo.
Pronunció su nombre como si fuera importante que yo lo recordara.
Corrió tras la llama carmesí.
La guié entre la multitud, manteniéndola siempre un paso adelante. Rió mientras intentaba atraparla. Tropezó. Se levantó. Volvió a reír.
La llama descendió frente a la banca.
Se dejó alcanzar.
Miyo cerró su pequeña mano alrededor de la luz.
Cuando la abrió, la llama había desaparecido.
En ese instante, la mujer que sollozaba en aquella banca alzó el rostro.
La vio. Y sus miradas se encontraron.
El grito fue inmediato. Un sonido quebrado que se transformó en sollozo cuando corrió hacia su hija. La envolvió entre sus brazos, repitiendo agradecimientos a los dioses, al cielo, al destino.
Bufé suavemente.
Si supieran quién realmente caminó esa noche entre ellos…
La ironía me resultó casi divertida
Miyo, aún entre los brazos de su madre, giró el rostro.
Me buscó.
Y sonrió.
Como si supiera que yo seguía allí.
Como si supiera que volvería.
Esa noche crucé al mundo humano por primera vez.
Y regresé al Kakuriyo con un nombre.