Chapter 1
Prologo
Fue desde esa primera mañana que escogieron aquel valle, bajo la mirada lejana pero imponente de las fütamawida (Cordillera de los Andes), desde sus vientres monolíticos, se podía ver cómo un hilo tímido, de agua pero decidido bajaba zigzagueando entre árboles y grandes rocas, en su viaje sin descanso, que se perdía entre precipicios y cicatrices de la tierra que lo devoraban en esas fauces oscuras para luego surgir con fuerza hacia la superficie, triunfante corría decidido, hasta perderse detrás de tres picos que surgían de las entrañas de la tierra, como una forma de dedos gigantes, que parecían jugar con las nubes que se enredaban entre esos dedos pétreos arremolinándose y bailando con la delicadeza con la que el viento juega con los cabellos de una mujer.
Luego surgía de nuevo como un río furioso entre dos de esos dedos, para saltar en una cascada que explotaba con un ruido seco que se podía oír en todo ese valle, ya agotado, para luego descender en una corriente calmada para descansar en un lago de color verde fuego, como las plumas del Pinda (Colibrí).
Finalmente, resurgía una vez más, ya cansado, para perderse en un bosque de pehuenes y arbustos pequeños —tan inaccesible y oscuro que nadie jamás entraba allí. El Bosque sin alma, lo llamaban, por que creían que todo ser que entraba en su oscuridad, se la arrabiata los Pillan malos que habitan en él—, dejando al río descansar en paz.
El Mapu estaba en la planicie del valle, justo en el medio. Era una planicie extensa y verde que Antu calentaba a todas las casas en invierno, y en los veranos el viento refrescaba a todos por igual. Cada vivienda miraba hacia el angosto río. Detrás de él, había árboles de todos los tamaños y formas, donde el viento se metía a cantar con las aves y animales de todos los tamañas que habitaban en el.
Aquel lugar era la prueba de que los sueños, a veces, se pueden tocar y respirar sin perder la conciencia.
Allí reinaba la abundancia. Peces, vegetación y animales: todo les permitía vivir sin otro pensamiento que ser felices.
Aquel día, el primero en ese Paraíso, trajo consigo un sentimiento nuevo: la certeza de que podrían morir con el corazón latiendo hasta el último día, al mismo ritmo con que sentían reír a sus hijos.
Sin embargo, con el tiempo, ese primer sentimiento se fue perdiendo. Se fue mezclando entre recuerdos y leyendas, hasta fundirse en la neblina de la memoria.
Era conocida la gente que habita ese territorio como Püre Mapuche (Gente del Lago).
Esta es la historia de su caravana sin final, que tuvieron que hacer para encontrar su hogar.
Capitulo I
Desde aquel día, que descendieron de las fütamawida (Cordilleras), recién creadas por Trentren Vilu, quien las elevo para rescatar a todos los hombres de la furia de Kaikai Vilu —quien intentó, celoso por la felicidad de esos seres humildes que vivían en armonía con la tierra verde que renvalsaba de vida, eran los hijos de Gnegenche y que Kaikai Vilu en un acto de rabia hizo crecer los mares que el dominaba , para ahogar a todos esos seres, inocentes, tan jóvenes en esta tierra que la maldad no se había inventado todavía —, los recuerdos de caos y miedo persistían desde el día que las aguas se fueron dejando al descubierto los restos de su hogar destruidos y sin vida en sus corazones lloraron durante días en sus puerta imaginaria de dos Canelos que no resistieron es su alma tanta maldad y se marchitaron.
Aun temerosos, tomaron valor y con mucha determinación intentaron recrear su Mapu, pero ya no era su hogar, lo que había sido, para no regresar. Fue una noche de ronda silenciosa y llantos contenidos por el peso de los recuerdos, que decidieron partir hacia el norte, sin mas vergüenza que alejarse de esa tierra seca y desolada, nadie dijo cuando, ni nadie lo contradijo, tampoco nadie estuvo en contra, solo se fueron a dormir y al día siguiente, nadie pregunto ¿Cuándo es?, tampoco nadie respondió en marcha!. Solo se despertaron y comenzaron a prepararse y mirar hacia el norte esperanzados en un final de vuelta a su Mapu, en otro lugar, solo comenzó la caminata de seres ya olvidados que un día se les ocurrió caminar: buscando nuevas tierras; en busca de su nuevo Mapu.
Esa mañana, hasta el tiempo se despertó por el murmullo, que llegaba como el zumbido de un enjambre de abeja a cada ser que dormida en todo el Wallmapu. Un enjambre de personas que se movía desde antes del amanecer.
Él, el tiempo, que hasta el día anterior se despertaba y dormía sin mirar a nada, se llenó de curiosidad ante esa masa de preparativos llenos de incertidumbres, y sin nada que hacer fue que decidió acompañarlos, tal vez por miedo a la soledad. Que comenzó el éxodo junto a esa epopeya sin futuro.
Y así fue que ese día, él comenzó a dejar su huella, tras esos pasos que comenzaban a estrenar nuevos caminos, en busca de ese sueño sin forma.
De esa comunidad, aun sin nombre y con memorias a estrenar, que fijaron sus ojos ante al infinito de tierras desconocidas y se colocaron uno tras otro, decididos, en silencio, respiraron hondo para darse tranquilidad y así dar sus primeros pasos fuera de su hogar, bajo un amanecer soleado de brisas frescas y silenciosas.
Fue entonces cuando el Mapu con llanto pero preocupado por sus pequeños seres amados los despidió. Lo hizo con dolor y regalos de madre preocupada por el futuro de su hijo, que parte de sus brazos.
Las aves, posadas en las copas de los canelos, entonaron los himnos de despedidas. Eran melodías, dolorosas que al llegar a sus oídos sentían como su corazón pedía salir para poder llorar, inclusos los mas niños maestros en arte de reclamos urgentes, detuvieron su ritos de grandes llantos matinales, ante tanta tristeza que llegaban a sus oídos y se quedaron en silencio, sintiendo el peso de un dolor que aún no comprendían.
Cuando la marcha se ponía en movimiento, la tierra les ofreció sus últimos sustentos:
Los Kankén (cisne de Cuello negro)les traían peces, dejándolos en el costado del camino para luego alzar vuelo, dejando caer plumas como deseo de buena fortuna a ese futuro de pequeñas ilusiones. Las plantas de Mawit (berro) se enredaban entre si, para que las almas en marcha solo tuvieran que tomarlas y así tener su ensalada, para cuando les de hambre.
Las plantas de ngnalka (Nalca), durante la noche anterior crecieron el doble de su tamaño y el viento matinal para que no se las olvidaran, las saco de raíz y se las acerco al futuro desfiles de cuerpos somnolientos para que tenga sus grandes hojas y que nadie se quede sin su porción de Curanto o deje de saborear un trozo de su jugosos tallos.
Las Plantas de Chawra (Chaura), le regalaron sus frutos maduro y carnoso para cuando la marcha hacia ese sueño incompleto, sufrieran el sol del medio día, todas las mañana, una plata de Murta distinta, produciría frutos grandes y sabrosos, durante el camino para que los niños se despertaran con una sonrisa y pudieran seguir la marcha sin llorar.
Así con todo listo, fue que la marcha de pasos tímidos y esperanzas recién creadas; dio inicio.
Las madres colocaron a sus bebes en su kupülwe y apoyarlos sobre sus espaldas, para que sus corazones no sientan el temor a su futuro que su mirada transmitían, los hombres se acomodaron las Kutamas cargadas de alegrías y se pusieron en fila uno tras otros sin un líder pero sin dejar de seguir los mismos pasos que daba el que iba delante suyo, la fila que se podía ver era infinita, como si todas las hormigas del mundo, se pusieran en movimiento, todas a la vez, en un desfile lento pero imparable.
Al final de la infinita fila, solo tres mujeres se detuvieron. Miraron hacia atrás, para ver que nadie se hubiera quedado dormido, o si alguien se le halla olvidado cómo caminar.
Eran las tres Machis:
La más anciana, de mirada dulce como la miel y de movimientos de copo de nieve bailando en una brisa de carácter dulce para poner en linea a cualquiera o la más dulce caricia a quien esta necesitado de una, era la vos y también la que más hacia silencio, su mirada era su respuesta a preguntas que aun no se habían hecho.
A su lado estaba su aprendiz, una Machi de unos años menos, pero de experiencia en el refugio de un buen consejo ágil, fue la encargada de organizar la fila: los hombres mas jóvenes al frente, los que tenían familia después, y las mujeres detrás de los ancianos; las madres al final para asegurarse que nadie se saliera de la fila.
Y la iniciada, la mas joven, de ojos alegres que ocultan dolores y paciencia infinita, recién entrada en el mundo de ver cosas que están por suceder y remedios a dolores que nadie pide, fue la encargada de revisar cada niño y explicarle el sueño que estaba por comenzar .
Las tres, en silencio, caminaron contando uno por uno, para estar seguras que estaban todos y cuando ya no hubo mas excusas para demorar el primer paso. comenzaron a despedirse de cada ser con el que habían vivido, pidiéndole a los animales que no pelearan. Agradeciendo a las plantas por su alimento y remedios y pidiéndoles que, través de del viento del sur, avisaran a sus familias del futuro cruce.
Cuando terminaron, al pie de recuerdo todavía vivo de su Mapu, que comenzaba ya a ser un recuerdo, las tres miraron hacia atrás por un instante.
Vieron cómo todos los seres las miraban alejarse. Y detrás de ellos, su hogar entero — plantas, arboles, las nubes que miraban desde el cielo curiosas— se comenzaba a estirar en sus formas para fundirse en un centro, diminuto como grano de arena.
Los colores se mezclaban entre si, desde los borde hacia el centro, fundiéndose en un remolino, y los animales comenzaban a correr en todas direcciones, iniciando sus propios éxodos.
Ninguna de las tres se quitó las lágrimas. por miedo a que todo fuera una ilusión y que su mapu nunca hubiera existido, como una ilusión de almas en busca de ese amor que soñaron y que no existe.
Solamente se dieron vuelta y se unieron a la marcha.