El Encuentro
El caballo avanzaba con pasos lentos, y el emisario parecía tener la mirada fija en un horizonte que no terminaba nunca, venía del norte, del reino de Gustavo Adolfo más conocido como Coraje. El viento le había borrado el rostro y la lluvia le había empapado la capa, pero aún sostenía el libro contra el pecho, como si en esas páginas descansara la paz del mundo, no había más ruido que el de los cascos, ni más pensamiento que el de llegar. Los caminos eran largos, y las miradas de los aldeanos que encontraba eran las mismas: ojos que sabían de hambre, de cansancio, de mentiras bien dichas. En el fondo de su mente, el joven repetía las frases del texto como un rezo: “La verdad no será impuesta, sino compartida. El hombre no obedecerá a los dioses, sino a su razón.” Creía en esas palabras, las había memorizado con devoción, las había defendido ante reyes y sabios, sin embargo, algo lo inquietaba, Cada vez que pronunciaba el mensaje, la respuesta en los rostros ajenos era distinta. Algunos asentían con admiración, otros callaban con recelo; uno incluso se río; esa risa fue lo que le quedó resonando en el pecho. Una risa seca, astuta, que parecía saber más de lo que decía, y fue esa misma risa la que volvió a escuchar esa noche, cuando acampó cerca de las ruinas de un antiguo monasterio.
El fuego apenas sobrevivía entre las piedras, y el emisario, sentado junto a su caballo, se frotaba las manos para espantar el frío. Entonces oyó pasos, pasos irregulares, casi juguetones entre las sombras, las cual dieron preámbulo a un hombre pequeño, de ropas sucias y mirada brillante, no llevaba insignias, ni espada, ni propósito aparente, solo una sonrisa torcida, y un cascabel viejo atado al cuello.
—¿Tú eres el que lleva la paz en un libro? —preguntó con voz infantil.
El emisario se levantó, sorprendido.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
—Eso lo averiguaras más adelante… y tú, has de ser un hombre con demasiada fe para estar tan solo.
El emisario frunció el ceño.
—He cumplido mi deber. Los reinos han recibido el mensaje, solo me resta regresar y entregar el informe al rey — con cierta discreción menciono — Eres un hombrecillo extraño.
Aquel hombrecillo se acercó, ladeando la cabeza. Sus ojos eran curiosos, como los de un niño que observa un insecto raro.
—¿Y qué has visto? —
—He visto esperanza — dijo con cierta firmeza.
—¿Esperanza? — Oh, no, has visto educación. Los hombres fingen esperanza porque no saben cómo negarla.
El joven dio un paso atrás.
—No busco discutir contigo. —
—No, claro que no —sonriendo y mostrando los dientes—. Porque discutir implica dudar, y dudar es un lujo que los mensajeros de la verdad no pueden permitirse…pero dime cuando recitaste esas palabras en los palacios, ¿no notaste el silencio que seguía? Ese silencio no es respeto, muchacho. Es miedo.
El emisario respiró hondo, incómodo.
—El miedo pasará cuando entiendan.
—¿Y si no entienden nunca? — sentándose frente al fuego sin pedir permiso —. ¿Y si lo que tú llamas paz no es más que un nuevo modo de guerra? He oído que los sabios del rey escribieron ese libro pensando en la razón, pero la razón, chico, tiene una voz distinta en cada hombre. ¿Quién les dice a los demás qué razón seguir? ¿La tuya? ¿La del rey? ¿La mía?
El emisario guardó silencio, el fuego crepitó, lanzando chispas al aire y Aquel hombrecillo las observó.
—¿Sabes qué me gusta del fuego? —preguntó, con un brillo extraño en los ojos—. Que no distingue. Arde igual para los justos y los mentirosos. Así es la palabra, cuando se lanza sin pensar. Tú no llevas un mensaje: llevas una antorcha.
El joven bajó la mirada, su pecho pesaba.
—He sido instruido por el consejo del rey. Lo que entrego no es mío.
—Y ahí está tu condena — levantándose con lentitud—. Porque todo hombre que repite palabras ajenas sin entenderlas termina muriendo por ellas.
El silencio se hizo más profundo y él se acercó, tan cerca que el emisario pudo oler el vino en su aliento.
—Dime, ¿cómo se llama el último reino al que irás?
—Del caballero Mane—susurró el emisario. Él sonrió despacio.
—Ah, Salas… el que no se arrodilla ante palabras, ni ante reyes. Llévales tu libro, muchacho, diles que la verdad viene del Reino de las Mentiras y verás cómo te escuchan.
El emisario quiso responder, pero la voz se le quebró y él regresaba a su habitad de sombras, con la risa cayendo detrás de él como un eco húmedo.
El fuego tembló y por primera vez, el joven sintió que no sabía qué decía el libro que llevaba en las manos.
El amanecer lo sorprendió sin sueño, aquella llama que mantenia la linea entre la disciplina y la locura se había extinguido, y solo quedaban brasas que parecían mirar con el mismo cansancio. El caballo dormitaba, y el libro reposaba sobre sus piernas como un peso imposible: “Tú no llevas un mensaje, llevas una antorcha”. Aunque intentaba alejar esa frase, volvía, insistente.
El viento trajo consigo el olor a hierro y humedad; quizás era presagio, o simplemente el olor del camino hacia Mane. Montó en silencio, deleitandose con el ascenso del acojedor de hombres. El mundo parecía más grande y más vacío que antes.
《¿Por qué aquel pequeño hombresillo acudio justo a mi y no a mis compañeros? ¿Una antorcha? no entiendo, ¿Que paz estoy llevando? basta, concentrate Virgilio, paz quieres paz traerás.》
El viaje lo llevó a través de aldeas silenciosas, donde los campesinos miraban con una mezcla de respeto y desconfianza; sabían quién era, o bueno eso creo. Algunos lo bendecían, otros escupían al suelo cuando pasaba; nadie lo detenía, pero todos lo juzgaban con los ojos. En una de esas aldeas, una mujer anciana lo llamó desde su puerta.
—Tú llevas la palabra del rey. — Él asintió, sin bajarse del caballo.
—Entonces dile que la palabra no se come. —Y le cerró la puerta en la cara.
Siguió su camino, donde cada encuentro era un golpe más en la fe que aún le quedaba.
En la siguiente villa, un niño le preguntó si en el libro había dibujos, él no supo qué responder. Abrió el tomo, miró las páginas y, por un instante, no reconoció su idioma. Las letras parecían moverse, deformarse, burlarse de él. Esa noche, acampó junto a un río, el agua corría turbia, reflejando la luna partida. Abrió el libro una vez más, y leyó en voz alta: “Mentir, en su forma más alta, es una cortesía hacia la fragilidad humana.” Pero ahora las palabras le sonaron distintas; crueles e inalcanzables.
《¿Era eso lo que quería decir el rey?》
Dejó el libro a un lado y miró el reflejo de su rostro en el agua; ya no se reconocía. El rostro que veía tenía ojeras, la mirada vacía y un gesto que no recordaba haber aprendido: desconfianza. Recordó el tono del hombresillo, esa voz que no gritaba, pero hería igual, recordó su olor a vino y a polvo, y cómo había dicho su nombre sin que él se lo contara.
《¿Quién era realmente aquel hombre? ¿Un loco? ¿Un sabio? ¿O un eco más del reino que decía servir?》
Mientras pensaba, un murmullo comenzó a formarse en su cabeza; suave e insistente: “Llévales tu libro, muchacho. Diles que la verdad viene del Reino de las Mentiras.” Apretó los puños, queriendo expulsar esa voz, pero ya era tarde, la duda se había hecho carne.
Al tercer día, el camino se abrió en una colina desde donde se divisaban las torres lejanas del reino de Mane. El emisario respiró hondo; el aire olía a tierra húmeda y humo. Los cuervos giraban sobre el horizonte como si esperaran algo.
—Por fin — susurró.
Y sin embargo, algo dentro de él se resistía; un miedo antiguo, casi animal, le decía que no debía continuar, pero la orden era clara, y la costumbre más fuerte que el instinto.
Cuando vio las murallas, pensó en las palabras del Rey Mentiroso: “Que el libro sea un lazo entre reinos.” Y en las del hombresillo: “Toda antorcha necesita algo que arder.” Ambas frases se mezclaron en su mente, se unieron, y de su unión nació una interpretación nueva, torcida, suya: “Solo a través del fuego puede nacer la unión.” El pensamiento lo asustó, pero también lo embriagó, sintió por primera vez la sed de convencer, no de compartir. La misión ya no era una entrega: era una cruzada. Y aquel hombrecillo, desde lejos, sin verlo, sonrió.
El emisario se detuvo ante las puertas de Mane. Los guardias le preguntaron su propósito, y él, con voz firme y mirada encendida, respondió:
—Traigo la verdad.—
Pero en sus ojos, ya no quedaba ni una gota de paz.