Pacto.
Esteban Ponce añadió, en el momento exacto, su sangre en el barril de la jeringa para conseguir una espesa substancia gris que solo él comprendía en su totalidad.
Un último, hondo respiro, y se preparó para clavar la aguja en el antebrazo.
Sentados en las sillas de un amplio patio devenido en rosedal, seis niños unidos en un mismo Ensueño contemplaban su labor en silencio, esperando el momento exacto para interactuar sin ser vistos por quien ya no era, totalmente, uno con ellos.
El hombre sintió el roce de una mano pequeña en la espalda, y en ese mismo instante los cálculos que habitaban sus pensamientos dejaron de estar amparados por una lógica relevante, como si un golpe en la superficie del tiempo hubiese generado nuevas ondas que su cerebro no conseguía, ni necesitaba, calcular. Ya no solo sus acciones, sino hasta objetos en apariencia inanimados alteraban los posibles futuros, en una danza cuya embriagadora belleza no pudo ignorar.
Con incuestionable claridad vio la explosión de un dañado Núcleo convirtiendo la mano diestra del viejo amigo en una humareda roja. Las llamas de conocidos fuegos fatuos multiplicándose dentro y alrededor de un edificio que se desmoronaba sobre un chico, quizás un guerrero armado con un escudo imposible. El Rayo empujando la realidad a su paso en la metrópoli, causando destrucción y reclamando cientos, miles de inocentes almas a su paso.
Cada imagen era demasiado certera, como si no hubiese un número infinito de probabilidades, sino apenas un puñado.
Racionalmente, intentó negar que aquello pudiera estar ocurriendo mientras ocurría. El temor a un posible Ensueño que se adelantara a sus cálculos lo llevó a golpearse el rostro buscando, aunque más no fuera, un mero segundo de calma.
Cayó de rodillas creyendo sentir otra pequeña mano, esa vez en el hombro. Una manito con el peso del mundo, y otra más dibujando penumbras de visos naranjas que crecieron devorándose el todo hasta que sólo pudo ver sombras que, de a poco, se volvían siluetas frente a sus ojos.
Niños, pero no. Ningún niño normal podría provocar semejantes ondas en las mareas del tiempo. Las probabilidades de una fatalidad que devoraba el mundo se multiplicaban de camino hacia cantidades absurdas, incomprensibles para su mente, y Esteban tuvo miedo de perder la razón.
’No haga caso del infinito, concéntrese en lo probable, lo inmediato.’
Sacudió su cabeza, y tomó la acertada decisión de concentrarse en lo que debía, en lo que podía. Aún con los sentidos adormecidos, pudo identificar a dos varones y cuatro nenas. Hablaron todos juntos, casi a un mismo tiempo.
—Alberto, Esteban, los conocemos.
Creyó ver un reflejo del amigo a menos de un metro de distancia, pero fue apenas una borrosa ilusión que no alcanzó a perdurar más que un instante. Las voces de los niños, unas tras otras, reclamaron toda su atención.
—Sabemos lo que hicieron.
—Crearon algo.
—Algo que no debían usar.
—Y desobedecieron.
—Pero no fue culpa suya.
—No enteramente.
—Alguien cometió un error.
—Y los abandonó.
—Ahora, están solos.
—Pagando las consecuencias.
—Sufriendo las consecuencias.
—Podemos llegar a un acuerdo.
—Hacer un pacto.
—Lo que más atesoraban.
—Y no recuerdan haber perdido.
—Podemos devolverlo.
—Tiene un precio.
—El precio es alto.
—Decidan si vale la pena.
De los dos niños varones, el de cabeza rapada mostró la palma de una manito abierta.
—Ya pueden mirar —aseguró, y luego de un nuevo estallido interior de brumas anaranjadas, Esteban volvió a ver el mundo como había sido mucho antes de la obsesión por crear algo que nunca comprendieron en realidad.
La obscuridad a su alrededor no era más que eso, y sus propios movimientos no generaban ondas anticipando ningún futuro posible. Todavía no terminaba de aceptar aquella milagrosa, olvidada sensación de ignorancia cuando el recuerdo de un aroma, tal vez la sombra de un rostro, lo tomó por sorpresa humedeciéndole los ojos. A poco estuvo de recordar un nombre, cuando la manito se apartó para que su cabeza volviera a ser una tormenta de pensamientos abstractos e infernales cálculos, vagamente premonitorios, a los que estaba atado con cuerdas más resistentes que su arrebatada voluntad.
De rodillas ante los seis pequeños rostros que aguardaban una respuesta, el hombre no necesitó siquiera pensar en las palabras que brotaron de su boca. No le importó que tan alto fuera el precio a pagar.
—Si —rogó—. Por favor…
Seis manos se posaron en él.
Sintió un breve escalofrío, y luego la libertad de quien se deshace de una carga demasiado pesada para sus hombros mortales. Cuando recuperó el sentido, no encontró un solo rastro de la ilusión a su alrededor. ¿Había vuelto a dormir como una persona normal, a soñar de verdad?
Mientras se incorporaba, aceptó que ya no podía percibir ni calcular los inmediatos, casi infinitos posibles futuros, y se dejó envolver por una embriagadora sensación de alivio.
Respiró profundamente, caminó hacia la puerta que daba a la calle, y al abrirla recibió el fuerte viento del anochecer que hacía sisear las copas de los árboles. Una vez más, la sombra del recuerdo de un rostro pasó por su memoria, adquiriendo nueva nitidez.
Recordaba, estaba empezando a recordar.
Un repentino, conocido y desagradable cansancio se apoderó de su cuerpo.
Cerró de un golpe la puerta mientras empezaba a sentir la pesadez en brazos y piernas. El infierno lo cercaba.
Sobre la mesada de la cocina, una jeringa con su contenido ya evaporado pareció burlarse de él. En aquel preciso instante, comprendió lo que realmente significaba no poseer ya la habilidad ni el tiempo necesarios para generar un nuevo suero que aliviase lo peor del tormento.
Los recuerdos del olvido llegaron uno tras otro, implacables. Las horas regaladas, año tras año, a la obsesiva creación de una máquina sin uso real cuando la realidad lo necesitaba más que nunca. Todo ese tiempo perdido, malgastado, irrecuperable.
Cayó de rodillas, bañado en sudor frío.
Basta, no más, imploró internamente.
No podría, ni tampoco tenía caso, seguir soportando nuevos tormentos. Y ya no había motivos para hacerlo. Sin la capacidad para calcular múltiples posibilidades en fracciones de segundo, la búsqueda de un paliativo inyectable, una posible cura, había llegado a su fin.
Abrió uno por uno los cajones de la mesada hasta encontrar el objeto que había estado esperando por él desde los días posteriores a un velorio.
Metió el caño en su boca, para no permitir un insalvable margen de error, y presionó el gatillo.
Un ruido seco, una llamarada, y luego un olor a sol, a lavanda, a comida casera. Dos manos conocidas, frágiles y cándidas acariciando su rostro con ternura en la cocina.
Recordó el nombre, y ese último pensamiento le permitió despedirse del mundo con una sonrisa.