Prólogo
El río no pedía permiso para llevarse las cosas, pero tampoco para devolverlas. Durante esa mañana de julio, la desembocadura estaba envuelta en una camanchaca espesa. Manuel no podía ver ni sus propias botas hundiéndose en la greda húmeda. El viendo soplaba trayendo olor a salitre y a muerte vieja.
— Está allá, detective Cárdenas — dijo un policía, señalando hacia un banco de arena que el río dejado al descubierto tras la crecida de la noche anterior.
Manuel caminó con dificultad, sintiendo el frío calarle los huesos. Al acercase, sobre la tierra gris, depositado con delicadeza pudo observar cómo descansaba el cuerpo de un hombre joven.
Se puso de cuclillas, ignorando cómo el barro manchaba sus pantalones. El muchacho no aparentaba más de veintiún años. Su piel tenía la palidez del mármol, pero lo que primero llamó la atención de Manuel no fue el color, sino la textura. El torso y las piernas estaban cubiertos de cicatrices finas, blancas, marcas de años de castigos que ya habían sanado. Eran mapas de un dolor antiguo que, sin embargo, no lo habían matado.
Estaba buscando la herida mortal, la lógica detrás del cadáver, pero no encontraba nada. El joven estaba desnudo, expuesto al mundo en una vulnerabilidad absoluta. Con un suspiro pesado, Manuel ayudó al asistente del forense a girar el cuerpo para inspeccionar la espalda.
En la espalda del joven, desde el coxis hasta la nuca, se extendía un tatuaje imponente. No era un dibujo carcelario, ni una marca hecha a la rápida. Era un árbol de un negro profundo, ejecutado con una precisión quirúrgica.
Cientos de hojas diminutas, perfectamente sombreadas, brotaban de las ramas, cubriendo cada centímetro de piel disponible. Era un bosque entero comprimido en la columna vertebral de un muerto. Cada hoja parecía representar un ciclo, una espera, un tiempo que finalmente se había agotado.