Lunes de marcarte la piel (18+)

All Rights Reserved ©

Summary

"Entre el olor a comida de la oficina y el rugido de una moto, hay un lugar secreto donde el tiempo se detiene y la piel se rinde. Porque hay lunes que no se olvidan... se marcan."

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Lunes

Suena la alarma del reloj. Abro los ojos; los rayos del sol entran por la ventana, tibios sobre mi rostro, lastimando mi vista. Entreabro los ojos y veo la hora: 6:10 a. m.

—¡Rayos!

No quisiera ir a trabajar, pero las imágenes en mi mente excitan mi cuerpo. Imagino sus muñecas marcadas con la fuerza de mis dedos; esa morenita de fuego con su mirada de miel, tan sumisa cuando estamos solos. ¡Y Dios!, su melena rizada que huele a coco, enredada y despeinada, cediendo al vaivén de mis caderas mientras me lo chupa. Creo que hoy será el día en que conseguiré dominarla. Por fin hoy cederá y probará mis entrañas con su boca. Estoy seguro. ¡Ja! Es un premio que no debo perderme.

Me levanto de la cama de un brinco con un entusiasmo renovado. Dejo las sábanas enredadas sobre el colchón y me doy una ducha rápida. Siento el agua fría correr por mi cuerpo; el choque de la temperatura con mi piel aún tibia logra terminar de despertarme. Entre el sonido del agua cayendo, escucho los pasos de mi esposa vistiendo a nuestra hija. El olor a papa frita inunda no solo el baño, sino toda la casa. Tomo una toalla seca y me la enrollo en la cadera al salir.

Elijo ropa cómoda: bóxer gris, pants negros, playera blanca, sudadera a rayas. Perfumito por donde quiero que esa morenita —mi premio— pase su lengua de fuego saboreando mi piel. Mientras jaloneo sus cabellos, quiero que sienta el sabor amargo del perfume. Un poco de gel para calmar mi cabello y estoy más que listo; me siento seguro, atractivo y cómodo para verla.

Al salir, mi mujer me entrega un topper con comida; aún huele a fritura, no pesa, y en el interior parece haber una mezcla de huevo con papa. Me despido de Jazmín, mi hija. La alzo en brazos y giro con ella en el aire; escucho sus carcajadas en mi oído, la prueba de su ternura y de su amor por mí. Me da un beso sonoro en cada mejilla; huele a gel de moras y su cabello brilla con la luz del día. Me despido también de mi mujer con un beso rápido en los labios; saben a sal.

Salgo de la casa. El aire se siente fresco, como agujitas enterrándose en mi rostro. Me subo a la moto; se siente fría, pero hay una carga de adrenalina: el rugido del motor y el olor de la gasolina que sube rápidamente impregnando el aire. Es una Honda Cargo que me dan mis jefes para hacer mi trabajo, pero cuando la monto, yo soy el dueño.

Me pongo el casco apretado y aprovecho para enviar un mensaje a la morenita. Un recuerdo fugaz atraviesa mi mente: su mirada sumisa y pícara color miel. Estoy seguro de que hoy caerá a mis pies.

—Buenos días, guapa... —tipeo rápidamente. Enviar.

En la calle, el ruido de los autos y el bullicio de la gente denotan que es lunes. Los destellos del sol se reflejan en mi casco; primer día laboral de la semana y la gente a mi alrededor pulula como hormigas de mercado. Pongo música en el intercomunicador —rock para iniciar bien el día— y siento cómo la melodía acelera mi corazón y despeja mi mente. La velocidad, el aire y rebasar a los coches me inyectan una dosis de energía.

Ocho minutos exactos marcó mi reloj en el trayecto hacia el trabajo. La mañana pinta apacible. Capturo notas mientras el olor del café godín llena la oficina. Hago mandados rápido; no puede faltar el desayuno de las secretarias: todo huele a cochambre y salsas. De repente, siento vibrar mi pierna. Un mensaje llega. Su mensaje.

—Buenos días, guapo... ¿qué haces?

—Cajas chicas... aburrimiento total, ¿y tú?

—Reportes de gastos.

Tengo que actuar rápido; mi cuerpo está excitado solo con imaginar su piel.

—¿Puedes perderte cinco minutos? —le escribo.

—Te veo en cinco donde siempre. 🥰

¡Sí! La tengo. Tomo mi sudadera, aviso que voy al baño y me dirijo a nuestro lugar secreto. Al llegar, ella me espera tímida y nerviosa. Huele a vainilla y un brillo malicioso en sus ojos me cautiva. Su cara se ilumina con una sonrisa tímida al verme entrar.

—Hola, ¿cómo...? —intenta decir.

Mi cuerpo tiene hambre. No la dejo terminar de hablar y la beso apasionadamente; sus labios saben dulce, como refresco de cola, y me reciben húmedos y carnosos. Los muerdo y ella gime. Siento sus dedos atrapar mi cabello a la altura de la nuca y un recorrido eléctrico atraviesa mi espina dorsal. Mi miembro reacciona en cuanto la beso; mi sangre hierve, siento el calor recorrer mi cuerpo y mi corazón late con tanta fuerza que creo que se quiere salir del pecho.

Mis manos bajan a sus piernas suaves y tersas; siento cómo sus vellitos se erizan a mi contacto. Subo su falda y ella suspira, exhalando aire caliente en mi oreja; me deja subir más. Siento su pantaleta de encaje raspar mis dedos, húmeda y pegajosa. El olor que emana su ser es hipnótico, caliente. Comienzo a hacer círculos en su centro con mis dedos firmes y seguros; rompo con mis manos el encaje que me separa de su palpitar para abrirme paso. Ella se sobresalta con el tirón de su ropa, soltando un quejido. Sin dejar de besarla, callo su protesta. Ella retira mi mano; yo la vuelvo a poner en su lugar. Esta vez será como yo quiera. Ella, temblorosa, busca mi mano, pero duda; no se mueve. Escucho sus gemidos queriendo escapar de su boca mientras mi lengua atrapa la suya y la callo de nuevo.

Camino empujándola hacia la esquina para arrinconarla. Sus manos, en lugar de intentar retirar las mías, ceden y comienzan a indicarme el ritmo correcto. Escucho el crepitar de sus fluidos en mi mano; mis dedos están resbalando hacia dentro de su ser. Meto un dedo sin miramientos y su primer grito sale de su boca casi sin querer. Atrapo su lengua con mis dientes, callándola de nuevo. Mi miembro, ahora totalmente erecto, se restriega con firmeza en su cuerpo.

Tomo con mis manos sus muñecas, apretándolas fuerte por encima de su cabeza, chocándolas contra la pared. Ella gime excitada; sus manos se llenan del polvo blanco que la pared desprende cuando sus manos la golpean, como si se fundiera con nosotros. Sus piernas se doblegan, tiemblan; siento cómo la electricidad recorre su cuerpo una y otra vez. Sus gemidos se vuelven gritos, convirtiéndose en la única música dentro de ese espacio tan nuestro. Le doy mordidas salvajes en los labios, la barbilla y el cuello, dejando marcas rojas. No paro; sigo sin clemencia, arrinconándola cada vez más y hundiendo mis dedos en ella, masajeando con mi pulgar firme ese botón hinchado, húmedo y palpitante. Sus jugos calientes escurren por mi mano. Lo está disfrutando. Meto mis dedos lo más profundo que puedo. Ella se arquea con la invasión, chocando su cabeza contra la pared. Se sacude violentamente, sin control, y luego cae de rodillas ante mí con un sonido seco de sus huesos contra el piso.

Se aferra a mis piernas con las manos para sostenerse. Jalo su melena, alzando su cabeza para que me mire: hincada delante de mí, tal como la quería tener. Despliego mi hombría en su cara, golpeando su mejilla. Su rostro, deseoso de mí, sabe lo que tiene que hacer. Lo toma con sus manos pequeñas y me mira a los ojos con una rendición casi devota. Se escucha el aleteo de sus pestañas, que provocarían huracanes al moverse. Sus manos recorren mi miembro; pasa sus labios entreabiertos explorándolo, extiende su lengua y lo vuelve su dulce favorito. Lengüetada tras lengüetada, como escudriñando sus dimensiones, recorre las venas que resaltan y besa la punta. Eso me vuelve loco. Vuelvo a tirar de su cabello alborotado con fuerza, sacudiendo su cabeza, y esa sonrisa que brota de su boca denota que disfruta mi trato. La abofeteo suavemente en la mejilla; al instante se vuelve color púrpura. El calor que emana su piel se esparce por mi mano. Mi centro firme se mete en su boca de un solo movimiento, mientras con una mano ayuda masajeando lo que no alcanza a cubrir.

Escucho sonidos guturales que brotan de mi ser... o del de ella, no lo sé. Arcadas que suenan en su garganta cuando lo hunde tan adentro. Me siento cada vez más duro, más hombre; siento que pronto voy a estallar. Quito sus manos, tirando de ellas hacia los lados y dándole una orden silenciosa que ella entiende perfectamente. De inmediato lo hunde hasta el fondo de su garganta. Yo la empujo desde la nuca, enredado en su cabello. Miro sus ojos inundarse de lágrimas y sus mejillas ponerse rojo carmín al querer respirar, pero aún no es momento. La suelto. Desesperada, jala el aire hacia sus pulmones, tose y llora al mismo tiempo. Su pecho sube y baja como dos montañas agitadas, pero su sonrisa siniestra sigue ahí, demostrando cómo disfruta del placer. Lo tomo de nuevo y la hundo en mí hasta que pide clemencia. La suelto y escucho sus jadeos mientras se aferra con las manos a mi piel; está loca, en un frenesí. Continúa su trabajo: chupa, succiona y me extrae hasta la última gota en éxtasis total. Grito aferrado a sus rizos desordenados tras mi explosión, inundando su boca. Mi pecho late a mil y solo puedo escuchar sus jadeos y cómo se atraganta, desesperada por tomar toda mi esencia.

Ella se limpia con los dedos las comisuras de los labios, saboreando mis jugos. La ayudo a incorporarse, aún temblorosa. Una vez de pie, tomo sus muñecas y las pego por detrás de su espalda con firmeza. La giro y la estampo contra la pared fría y polvosa nuevamente.

¡Zaz! El primer golpe en su nalga izquierda retumba en el espacio. Ella gime, desprevenida. Beso su cuello por debajo de la oreja; vuelve a gemir, pero esta vez solo de placer agitado. ¡Zaz!, otra nalgada en el mismo lugar, ahora caliente y rojo.

—¡Ahhh! —grita de dolor y placer al mismo tiempo.

La giro nuevamente, haciéndola trastabillar para que quede de frente. Arranco su blusa rompiendo los botones, que vuelan en diferentes direcciones. Bajo su sostén negro de encaje, a juego con sus pantaletas. Sus pezones, café y grandes, saltan erectos bailando para mí. Los muerdo dejando la marca de mis dientes enterrados en su piel.

—Ahhh... —suspira de dolor en mi cuello.

—Esto es para que todo el día recuerdes quién es tu dueño —le digo en un susurro.

Ella gruñe, pero no se queja. La imagen de ella con la blusa abierta, el sostén abajo, su pecho marcado, sus cabellos despeinados y llenos de polvo blanco, sus rodillas rojas y sus labios impregnados de mí, es la imagen que soñé cuando desperté hoy. Mi premio.

Me visto mientras ella intenta arreglar su blusa para que no se note que le faltan botones. Salgo primero, besándola dulcemente en los labios. No queremos que nadie sospeche lo que hicimos en nuestro lugar secreto, para que lo prohibido se quede solo marcado en su piel.