ENERO
2 de enero 2025
Abro los ojos de golpe. Los párpados me arden, como si hubiera estado llorando en silencio. Soy expulsada de un sueño que se desvanece mientras intento retenerlo, pero se disuelve antes de que pueda nombrarlo. Queda solo el eco físico: una puntada filosa entre los omoplatos, la sensación de haber luchado contra algo o alguien que ya no tiene rostro.
El sol de enero no acaricia, se impone y tiñe de un blanco incandescente mis sábanas revueltas. Afuera, la humedad de la ciudad se pega a las ventanas y me recuerda que estoy acá, no frente al mar. Otro cumpleaños en la ciudad de las diagonales.
Por un instante, la edad se vuelve borrosa. ¿Cuántos cumplo hoy? La respuesta no está en mi cabeza. Miro el caos de mi mesa de luz y veo un altar desordenado: la medicación que me permite silenciar la mente; un vaso de agua a medio servir que Almendra - mi gata- seguramente usó como bebedero y mi cuaderno con el dibujo torpe y precario de una torta con una sola vela. Busco el celular. La pantalla me devuelve el veredicto: 2 de enero, 2025.
34 años.
Me levanto de la cama, casi por inercia, y pongo a sonar la única tradición que mantengo hace años. La voz de Spinetta llena el silencio un año más: “Y agarro mis libros, quemo todas mis palabras falsas... hoy es temprano, hoy comienza el 2 de enero”. Me quedo de pie junto a la cama, inmóvil, dejando que la música me atraviese. Y entonces sucede, la compuerta de la memoria se abre de par en par.
Nacer en la resaca del mundo, cuando el año nuevo descorcha sus promesas, es una lección temprana de soledad. Mis cumpleaños siempre olieron a Vitel Toné y se celebraban en el vacío que dejaba el éxodo festivo: mis amigas ya estaban en la playa con sus familias, el cansancio ajeno no pasaba inadvertido y nadie tenia energía para empezar otra celebración. A mi me quedaba el residuo. Las sobremesas repetidas donde se masticaban las mismas anécdotas hasta el desgaste, entre burlas racistas, homofóbicas y un veneno pasivo-agresivo servido como postre. Mi celebración era un trámite. No siempre habían regalos, pero cuando los había era porque el de navidad valía por dos. Las sorpresas, eran una fantasía inalcanzable. Creo que así me convertí en esta mujer que le tiene pánico a la celebración. Y así también invente mi propio ritual: escaparme al mar siempre que se pueda, regalarme un horizonte limpio como única compañía y tener un bautismo sin testigos.
La canción termina. El silencio vuelve, más denso que antes. La letra del flaco quedó flotando en el aire. "Quemar todas mis palabras falsas"
Y entonces se instala en mí una idea conveniente: quizás estoy empezando a perder la memoria. Pensalo, me digo a mí misma. Es casi poético, ¿no? Un mecanismo de defensa refinado contra el desastre.
Pienso en mi yo del pasado, en las pilas de hojas que escribió para salvarme ahora, como si esas palabras fueran un salvavidas que dejé hundirse mientras el ahogo se devoraba mi voz. Esa chica que llenó cuadernos creyendo que se salvaba...qué ingenua. Y, sin embargo, qué valiente. Y ahí mismo, con el peso de mis treinta y cuatro recién estrenados, nace el pacto. Voy a leer cada uno de esos cuadernos. Voy a dejarle una reseña a mi yo del futuro. Una guía para esa versión de mí, vieja y olvidadiza, para que todavía pueda encontrar algo valioso en lo que fui. La idea explota en mi cabeza como un eco, es clara y brillante.
Voy a llevarme mis fantasmas de viaje al único lugar donde siento que puedo respirar. El plan es hacerlo en doce meses, porque en mi cabeza fantástica, mi memoria expira en enero de 2026. Ridículo, sí. Pero también hermoso. Y va a empezar junto al mar. Así lo decreto.
El impulso es más fuerte que la resaca emocional. Voy decidida hacia la biblioteca y observo la prueba de mi existencia: una torre caótica de cuadernos inclinada peligrosamente hacia la izquierda. Un monumento a la constancia y al abandono. Almendra se frota contra mis piernas, ronroneando, como si diera su aprobación. Mis dedos rozan el lomo del primer cuaderno, el que está abajo de todo. Uno escolar, de tapa dura azul. Lo tomo. Pesa más de lo que recordaba. O quizás lo que pesa no es el cuaderno, sino la decisión. Doce meses. Y un viaje. La cuenta regresiva empieza ahora.
17 de enero 2025
Enero en La Plata es un castigo. El aire es una sopa espesa que se mete por la ventana y ni siquiera el ventilador de techo, en su giro lento y resignado, consigue hacerla circular. Solo agita el agobio. Mis días han adquirido una rutina monótona, casi un ritual. El café, la ventana, y luego el suelo, donde me siento con la torre de cuadernos como única compañía. Son mis compañeros de celda en este mes de encierro autoimpuesto.
Hago una preselección, un inventario arqueológico de mi propia vida. Apilo a un lado los que irán conmigo, los que siento que guardan los nudos más apretados. Hay agendas viejas, cuadernos universitarios con los márgenes llenos de angustia, libretas de bolsillo con poemas que nunca le mostré a nadie. Cada uno, una versión de mí que guardo con cuidado en una caja de cartón.
Y entonces, en medio de esa dedicada selección, me encuentro nuevamente con el cuaderno de tapa dura azul, lleva la estrella plateada casi borrada. Huele a polvo y a tiempo guardado. Lo abro. Recorro las hojas con una delicadeza que no sabía que tenía. La caligrafía es inestable, por momentos apretada, luego extrañamente prolija. Pero la voz, la que susurra debajo de cada trazo, sigue siendo la misma. Me leo como si fuera otra y, a la vez, como si nunca hubiera dejado de ser esa nena que escribía con pánico a ser vista.
Llego a una pagina escrita con lápiz. El trazo es firme, todavía se puede leer:
Hoy papá me miró de una forma rara. No sé cómo explicarlo, pero me dio miedo. Me puse nerviosa y me fui corriendo. Mamá me dijo que no hiciera escándalo, pero no era escándalo, solo quería salir de ahí. A veces siento que me odia.
El aire se escapa de mis pulmones. El corazón decidió galopar en mi garganta. La habitación se achica. Instintivamente, llevo mis manos al pecho, pero el calor de mis palmas no me ancla, me empuja hacia adentro. Y las imágenes llegan sin permiso, son fragmentos rotos que mi memoria insiste en llamar infancia: mamá con su espalda encorvada y su mirada triste; la pava con la manija quemada; mi hermano Joaquín encendiendo la estufa con hojas de revista; y él, mi padre, fumando en la cabecera de la mesa con esa expresión de odio genérico hacia el mundo. El olor a cigarrillo me perfora el estómago ahora, a kilómetros y años de distancia.
Intento darle un contexto a la escena, ponerle fecha por lo menos, pero es inútil. No sé qué es real y qué es una invención de mi memoria para llenar los huecos. Esos recuerdos no son nostálgicos. Son imágenes que martillan mi cabeza, me ahogan y me lastiman. Cierro el cuaderno con un golpe seco. Siento miedo y enojo. Lloro como una niña que se esconde porque le da vergüenza que la vean llorar. Almendra se acerca y se acurruca a mi lado, como si entendiera que el silencio es la única respuesta posible.
Cuando las lágrimas dejan de caer, abro la computadora y miro por décima vez la reserva del departamento en la costa. Leo la descripción: “A 100 metros del mar”. Miro las fotos donde el mar se refleja en el ventanal y me quedo un momento ahí, sosteniendo esa calma. Durante años, el mar fue una idea. Esta vez, en pocos días, será un lugar.
Una parte de mí, la que todavía tiembla con las imágenes imprevistas de mi memoria, quiere prender fuego la pila de cuadernos y fingir demencia para siempre. Pero ya no puedo. Ya no quiero. Tengo que llevarlos al único lugar donde el horizonte es lo suficientemente grande como para contener tanto pasado. Febrero y el mar ya casi están acá. Y mi caja de fantasmas está lista para viajar.