⓿
El siglo XXI, una era que prometió la cúspide de la civilización, se desmoronó bajo el peso de sus propias contradicciones.
Las cicatrices del cambio climático devoraron las costas, transformando paraísos en desolación salina. Las guerras, antes conflictos localizados, se extendieron como una plaga, convirtiendo ciudades vibrantes en monumentos de escombros y ceniza, cada uno un epitafio silencioso a la ambición humana. La desigualdad, un abismo ya profundo, se ensanchó hasta volverse infranqueable, fracturando la sociedad en fragmentos irreconciliables. No obstante, la estocada final, la más cruel y definitiva, llegó con el silencio de los vientres. La tasa de natalidad, primero un goteo, luego un torrente, se desplomó en picada. Las mujeres, por razones que la ciencia, en su arrogancia, no pudo desentrañar, dejaron de concebir. Los gobiernos, en un frenesí de desesperación, lanzaron programas masivos; tratamientos experimentales, tecnologías reproductivas de vanguardia, políticas draconianas.
Todo fue en vano. La vida, en su forma más fundamental, se negaba a florecer.
Las calles, antaño bulliciosas arterias de la existencia, se vaciaron. Los parques infantiles, antes santuarios de risas y sueños, se transformaron en mausoleos de un futuro que nunca llegó, sus columpios oxidados balanceándose con el viento como fantasmas de la inocencia perdida. La humanidad se convirtió en un eco de sí misma, una sombra errante entre rascacielos que gritaban con el silencio de sus habitantes ausentes, un réquiem arquitectónico a una especie al borde del abismo.
En medio de este crepúsculo existencial, Jeon Jungkook no era más que un científico entre millones. Su laboratorio, un reducto modesto y funcional, era su universo, dedicado a la mejora genética de cultivos, una tarea vital pero, en el gran esquema de la extinción, desesperadamente insignificante. Su vida era una sinfonía de predictibilidad, metódica hasta la médula, irrelevante para el apocalipsis silencioso que se cernía sobre el mundo. Sin embargo, en las profundidades de su ser, Jungkook albergaba una chispa. Una llama alimentada por la desesperación colectiva y una curiosidad insaciable, una chispa que se negaba a extinguirse.
Fue en una noche que se fundía con la eternidad, con el laboratorio sumido en un silencio sepulcral y la ciudad muerta bajo un manto de estrellas indiferentes, cuando Jungkook se enfrentó al abismo de su propia impotencia.
La oscuridad era total, solo interrumpida por el zumbido constante de los equipos y el tic-tac implacable de un reloj que parecía contar los últimos segundos de la humanidad. Rodeado por los fantasmas de sus fracasos y la certeza ineludible de la extinción, algo dentro de él se quebró. No fue un pensamiento racional, una deducción lógica; fue un rugido visceral, primario, que nació en las profundidades más oscuras de su alma. La pregunta, cruda y acuciante, resonó en su mente como un mantra obsesivo.
“¿Por qué la ciencia, con todo su poder, no podía revertir esto?”
“¿Por qué no podían crear vida?”
Jungkook se levantó de su silla, sus ojos ardiendo con una intensidad febril, y comenzó a caminar por el laboratorio. Sus pasos resonaban en el silencio, un metrónomo sombrío que marcaba el ritmo de su desesperación creciente.
De repente, se detuvo frente a una pizarra blanca, un lienzo en blanco para su mente convulsa. Con un marcador, comenzó a escribir, una cascada de ecuaciones complejas, teorías audaces, conceptos que había estudiado durante años, ahora entrelazados en una nueva y perturbadora sinfonía. La pizarra se llenó de símbolos arcanos y diagramas intrincados, un mapa de la desesperación que se transformaba en una creatividad febril. Jungkook trabajaba con una velocidad y una precisión que nunca antes había experimentado, como si su mente estuviera operando en un plano superior de conciencia, desatada de las limitaciones humanas.
La habitación se llenó de un resplandor azulado, un aura etérea que emanaba de los monitores y los equipos que Jungkook había activado, bañando su rostro, destacando sus facciones tensas y sus ojos febriles, ahora dos brasas incandescentes en la penumbra.
De repente, todo se detuvo. Jungkook se quedó inmóvil, el marcador suspendido en el aire, su respiración contenida.
Y entonces, lo vio. La solución. La respuesta a todas sus preguntas, una revelación que iluminó la oscuridad como un faro en la noche más profunda. Un destello de genialidad, tan brillante como aterrador. Jungkook sonrió, una mueca que era una mezcla perturbadora de euforia desquiciada y terror primario. Había vislumbrado el futuro, y ese futuro, en su mente retorcida, se llamaba NeoGénesis. Con manos temblorosas de anticipación, Jungkook se sumergió en los datos, en las teorías olvidadas, en los experimentos fallidos de décadas, buscando los fragmentos de un rompecabezas macabro. Su mente se convirtió en un torbellino de posibilidades.
“¿Cómo crear un ser que no solo sobreviviera, sino que creara vida?”
“¿Cómo darle a la humanidad una segunda oportunidad, una que él moldearía a su imagen y semejanza, con un control absoluto y una intimidad sin precedentes?”
Así nació la idea de NeoGénesis, un proyecto que trascendería la mera reproducción para adentrarse en la creación de una nueva estirpe, una que él, Jeon Jungkook, dominaría por completo. No sería un androide, sino un ser de carne y hueso, diseñado para ser la cúspide de la existencia, un prototipo que encarnaría la vida misma, pero bajo sus propias reglas.
Un ser que no solo sería capaz de reproducirse, sino que sería la manifestación de su voluntad, su deseo, su más oscura fantasía. Y en el centro de esta creación, en el epicentro de su obsesión, estaría Jimin, el primer NeoHumano, el lienzo perfecto para su obra maestra, un ser cuya existencia estaría intrínsecamente ligada a la suya, en cuerpo y alma, en placer y en dolor. La línea entre creador y creación, entre amo y esclavo, entre el amor y la posesión, estaba a punto de desdibujarse de la manera más cruda y explícita imaginable.
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