Acido Láctico

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Summary

¿Cuánto pesan 9.77 segundos en la balanza de la eternidad cuando el plato opuesto está lleno de sangre de matadero y cartílagos triturados? En un mundo que arde bajo el capricho de semidioses, no hay espacio para la integridad; aquí, el éxito no se alcanza, se compra a plazos con la propia anatomía. Tyson "El Galgo" Vance es un misil de carne y hueso con un ego del tamaño de Júpiter y unas rodillas de ochenta años. Acompañado por un representante que huele a sudor y un químico que diseña milagros ilegales, Tyson está dispuesto a profanar cada célula de su sistema con tal de silenciar a ochenta mil personas con el sonido de un disparo. Es una carrera contra el cronómetro, contra la Agencia Mundial Antidopaje y contra un cuerpo que ha decidido empezar a morir antes de cruzar la meta. Bienvenidos al coliseo de la autodestrucción, donde Dios mira en silencio mientras tú te inyectas tu propia condena por un contrato de treinta millones de dólares.

Status
Complete
Chapters
28
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 01

El cuerpo humano no fue diseñado para desplazarse a cuarenta y cinco kilómetros por hora. A esa velocidad, la fricción del fémur contra la rótula genera una temperatura capaz de cocer el cartílago, y el tendón de Aquiles se estira con la tensión de un cable de acero a punto de decapitar a un obrero. Para que un hombre de ochenta y dos kilos rompa la barrera de los 9.80 segundos en los cien metros llanos, la biomecánica debe dejar de ser humana y convertirse en balística. Y la balística cuesta dinero. Exactamente ochenta y cinco mil dólares por ciclo olímpico en esteroides de diseño, péptidos derivados de cartílago de tiburón y transfusiones de sangre enriquecida con ozono que el comité antidopaje tardará media década en catalogar como ilegales.

Tyson Vance estaba tumbado boca abajo sobre la camilla de cuero sintético en el sótano insonorizado del doctor Faust. El aire olía a una mezcla repulsiva de amoníaco industrial y loción de afeitar de farmacia barata.

La aguja tenía cinco centímetros de largo y un bisel tan afilado que cortaba el aire antes de tocar la piel. Faust no titubeó. Hundió el metal directamente en el tejido cicatrizado del glúteo mayor de Tyson. El líquido espeso y amarillento —una variante sintética de testosterona molecularmente alterada para imitar la hormona luteinizante— entró en el torrente sanguíneo con la densidad del aceite de motor frío. Tyson ahogó un grito, mordiendo la toalla húmeda que tenía entre los dientes, mientras el músculo sufría un espasmo violento y antinatural. Su ritmo cardíaco, monitoreado por una pantalla parpadeante en la esquina, saltó instantáneamente a 152 latidos por minuto. Su párpado izquierdo comenzó a vibrar con un tic frenético, como una polilla atrapada bajo la piel.

—Se sentirá como fuego de batería durante un minuto —murmuró Faust, limpiando la gota de sangre oscura que perlaba la piel con un algodón empapado en alcohol—. Luego te sentirás como si pudieras alcanzar a una bala con los dientes.

Tyson escupió la toalla. Tenía el rostro empapado en un sudor frío y tóxico. Miró fijamente el fluorescente parpadeante del techo, sintiendo cómo la química profanaba cada célula de su sistema. Él lo sabía. Sabía exactamente lo que estaba haciendo. En las escuelas dominicales de su infancia en Atlanta, los pastores le habían enseñado que el cuerpo era el templo del Espíritu Santo, una vasija sagrada esculpida por las manos del Creador. Pero Dios no pagaba las facturas de su madre. Dios no te conseguía un contrato de treinta millones de dólares con Nike, ni te ponía en la portada de Sports Illustrated, ni te daba el poder de silenciar a ochenta mil personas en un estadio con el simple sonido de un disparo de fogueo.

Tyson era perfectamente consciente de la condena. Sabía que a los cuarenta años no podría sostener a sus propios hijos en brazos sin llorar por el dolor de huesos, y sabía que su alma estaba tan putrefacta como el hígado que su cuerpo apenas lograba desintoxicar. Conocía las reglas de la eternidad y las matemáticas del infierno.

—Ponme otros cinco miligramos —gruñó Tyson, con la voz ronca, acariciando la cicatriz de su rodilla con una devoción grotesca—. Si Dios quería que fuera humilde e íntegro, no debió hacerme probar lo que se siente cruzar la maldita meta antes que el resto. Que me mire. Que me guarde un asiento en el fuego. Pero el oro es mío.

El sótano quedó sumido en un silencio denso y sepulcral. Solo se escuchaba el zumbido eléctrico de la nevera donde Faust guardaba las bolsas de plasma. En ese silencio asfixiante, el peso del espacio vacío alrededor de la camilla se sintió absoluto, como si el propio aire se hubiera vuelto un testigo mudo. Como si, detrás del brillo enfermizo de los fluorescentes, el Ojo inquebrantable del Creador estuviera observando la inyección, anotando cada latido artificial, esperando con paciencia milenaria a que la gravedad, y la carne, hicieran su trabajo inevitable.