El almuerzo
Tarde, como siempre voy tarde al trabajo.
Me subo al auto, presiono el botón de encendido, escucho el arranque del motor y el olor a gasolina; un Corolla clásico en color blanco. Salgo con la música a tope, en el volumen más alto; necesito activarme para las juntas del día y la música me despierta. El sol está saliendo de frente a mí, sus rayos nublan mi vista aun con los lentes oscuros puestos.
Poco a poco, el olor a cerezas del aromatizante del coche empieza a tener un efecto placentero en mí; huele a las paletas de dulce que comía durante el recreo en mi infancia. El tráfico, los peatones, padres y niños entrando a las escuelas, el bullicio de la calle y los vendedores me enfadan; voy tarde y todos se empeñan en retrasarme aún más. Cada semáforo alimenta las prisas por llegar.
Por fin, ya en la oficina, mi escritorio limpio y ordenado me da esa calma después del bullicio, aunque pronto se llena de personas con olor a perfumes baratos pidiéndome firmas, reportes, reuniones... El olor a café llega como un bálsamo a mis sentidos tras el ajetreo de hoy. Creo que le pediré a mi asistente que me sirva una taza enorme.
Vibra mi celular y aparece su mensaje en mi pantalla:
—Guapa, te extraño... quiero besarte —me escribe.
—Bebé, ya quiero verte yo también. En el almuerzo te puedo ver en la salida de emergencia que da a las escaleras, creo que ahí nadie nos verá.
Cuento los minutos hasta la hora del almuerzo, la espera se vuelve una agonía... no logro concentrarme. Quiero que me tome, que me estruje, me azote y muerda todas las partes de mi cuerpo. Solo de pensarlo, la electricidad recorre mi cuerpo, desde mi vulva hasta la punta de mis dedos; siento cómo mi cuerpo empieza a emanar ese calor que enrojece mis mejillas.
«Estoy en la oficina», me recuerdo, soplándome con los papeles que tengo en la mano.
El olor a comida me dice que ya es hora de mi encuentro secreto. Me dirijo al lugar acordado; mi cuerpo tiembla, tiene hambre, pero de su piel.
Cuando llego a la salida de emergencia, él está ahí esperando, recargado sobre el barandal de la escalera. Viste de negro, su cabello está un poco despeinado por el viento de afuera; me lanza una sonrisa maliciosa y yo corro hacia sus brazos para abrazarlo.
Escucho su corazón latiendo desbocado; me atrae hacia él y comienza a desabrochar los botones de mi uniforme con urgencia. Sus manos tibias atrapan cada botón; mis senos, ahora libres, sienten el aire fresco sobre ellos, endureciendo mis pezones al instante. Él los toma y se los lleva a la boca de inmediato; los succiona, primero uno, luego el otro. Gimo... muerdo su hombro para que el sonido no se escuche al otro lado de la puerta.
Me toma de los hombros y me gira, poniéndome de espaldas a él. Me empuja contra los barrotes metálicos; siento el frío del pasamanos en mi vientre. Desabrocha mis jeans y los baja; mis nalgas bailan para él. Cuando quita la tanga de encaje rojo, sin pedir permiso, hunde su miembro erecto en mi centro, que lo recibe palpitante, caliente, húmedo y hambriento.
Comienza el vaivén de sus caderas. Con cada movimiento, mi vientre choca con los tubos fríos; las pulseras de mis muñecas golpean el metal de la escalera, generando una pequeña sinfonía musical solo para nosotros. Percibo su aroma a madera... a hombre. Mete sus dedos en mi boca, jala mi cabeza arqueándome hacia él y dejando al descubierto mi cuello; aprovecha y muerde mi oreja, ahora caliente por su contacto salvaje. Siento cómo los espasmos se apoderan de mi cuerpo, recorriendo mis entrañas; mis piernas tiemblan, me aferro con las uñas a sus manos para no caer. Estoy a punto de gritar cuando... se escuchan voces al otro lado de la escalera; reconozco la voz de mi jefe hablando con alguien más. Nos quedamos quietos, sin respirar para no hacer ruido, así fundidos uno en el otro. Los segundos se hacen eternos, mi corazón late a mil como queriendo salirse de mi pecho, hasta que las voces se alejan.
—Oh, por Dios, casi nos descubren.
Siento la adrenalina en todo el cuerpo. Nuestros pechos agitados bailan al mismo compás; él me abraza muy fuerte, casi haciéndome daño. Nuestras respiraciones, que estaban contenidas, se sueltan estrepitosamente al mismo tiempo. Y nos reímos en silencio.
La adrenalina que liberó nuestro cuerpo nos ha encendido aún más. Él termina de quitar mi blusa y empuja mis jeans escalones abajo; me tiene expuesta y desnuda en la escalera. Con mi sostén y mi tanga amarra mis manos al barandal, una en cada extremo, y abre mis piernas. Se posiciona debajo de mí y comienza a extraer todos los jugos que emanan de mi centro.
—Oh, por Dios, quiero gritar, pero no debo.
No tiene clemencia; su lengua de fuego y sus dedos hacen que mi alma salga de mi cuerpo, lejos de la realidad. Tengo espasmos cada vez más violentos arqueando mi espalda; los gritos contenidos hacen que muerda mis labios. Siento sus dientes enterrarse crudamente en uno de mis muslos, justo en la parte más sensible de mi piel... muy, muy cerca de mi centro. Tiemblo, casi grito; mis rodillas no pueden detenerme ni un minuto más.
Él se levanta, me toma de las caderas y hunde todo su miembro, fuerte y duro, tan dentro como mi cuerpo le permite. Se balancea una y otra vez hasta estallar en mis entrañas; su leche espesa y caliente escurre por mis piernas. Ahora huelo a él.
Recoge mi ropa, me besa en los labios y desaparece, dejándome húmeda, temblorosa y expuesta.
Sin él, regreso a la realidad. No tengo tanto tiempo, la hora del almuerzo está por terminar. Me visto rápidamente y me dirijo a los baños más próximos. Me limpio, arreglo mi cabello y salgo, tratando de que no se note al caminar que llevo su mordida entre las piernas. Estoy de regreso a mi vida laboral, pero con el recuerdo en mi muslo de a quién pertenece mi piel.