Padre Nuestro || 국민 - O.S

Summary

En el pueblo brumoso de Colchester, Jimin seduce al sacerdote Jungkook hasta romper sus votos, convirtiendo cada acto prohibido en un ritual blasfemo donde el Padre nuestro se recita entre gemidos y un Amén mientras se muerden los labios. → jk top ♡ jm bottom → drama, romance, religión, pecado. → portada: ©Californiabooks13 → año 2026 → historia 100% original. prohibida su copia o plagio. no acepto adaptaciones. ©_lovelykm_

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1
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n/a
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18+

✝︎ Padre Nuestro ✝︎

Colchester, Inglaterra - 1890

La niebla se aferraba a las colinas como un sudario gris, y el viento frío silbaba entre las lápidas del cementerio que rodeaba la iglesia de Aidan. Dentro, el aire era denso con el olor a incienso rancio, cera de abeja y lana húmeda.

Las lámparas de gas parpadeaban débilmente, proyectando sombras largas sobre las bancas de roble oscuro donde la familia Park ocupaba siempre su lugar habitual, la tercera fila desde el altar, ni demasiado cerca ni demasiado lejos.

El señor Park Seo Joon, un granjero de manos encallecidas y expresión perpetuamente seria, mantenía la cabeza inclinada en oración. A su lado, la señora Shin Hye rezaba con los ojos cerrados, el rosario de cuentas negras deslizándose entre sus dedos.

Los hermanos mayores, los cuales eran dos chicos robustos y una muchacha callada seguían el ejemplo de sus padres con la disciplina que se esperaba en Colchester, un pueblo donde la iglesia dictaba el ritmo de la vida y cualquier desviación se notaba como una mancha en un mantel blanco.

Y luego estaba Jimin.

A sus doce años, Jimin era delgado, de piel pálida y ojos grandes avellanas que parecían absorber todo lo que veían. Le fascinaban los detalles, las grietas en las vidrieras que teñían el suelo de rojo sangre y azul profundo cuando el sol lograba atravesar la niebla, los santos tallados en madera con rostros severos, el crucifijo sobre el altar que parecía más pesado cada invierno. Pero sobre todo observaba al Padre Elias.

El anciano sacerdote subió al púlpito con pasos temblorosos, apoyándose en un bastón nudoso. Su voz era un susurro ronco que apenas llegaba al fondo de la nave.

—Queridos hermanos —comenzó, y tosió una vez antes de continuar—, hoy celebro mi última misa entre vosotros.

Un silencio pesado cayó sobre la congregación. La señora Shin Hye se llevó la mano al pecho. El señor Seo Joon apretó la mandíbula.

—Mi salud me obliga a retirarme. En unas semanas llegará un nuevo sacerdote desde Leeds. Es joven, formado en el seminario y lleno de celo por la palabra del señor. Confío en que guiará vuestras almas con firmeza... y con la gracia que este pueblo necesita.

Jimin sintió un escalofrío que no venía del frío. El Padre Elias siempre había sido bondadoso con él, le permitía encender las velas del altar, le enseñaba a doblar los corporales con precisión, le daba una estampita de San José cuando se portaba bien. Pero ahora se marchaba, y el muchacho no sabía por qué eso le apretaba el pecho como una mano invisible.

Al final de la misa, la familia se arrodilló para el Padre Nuestro. Jimin unió su voz infantil a las demás, aunque su mente vagaba.

—Padre nuestro que estás en los cielos...

Mientras rezaba, miró de reojo al altar. El Padre Elias estaba de rodillas, encorvado bajo el peso de la cruz dorada, y por primera vez parecía frágil, como una hoja a punto de caer.

Cuatro semanas después, el nuevo sacerdote llegó en un carruaje que traqueteaba por el camino empedrado cubierto de barro.

Era un día de abril húmedo y gris. La campana de la iglesia tañó con fuerza inusual, convocando a la gente a la plaza embarrada. Mujeres con chales negros, hombres con gorras planas, niños con las rodillas sucias de tierra. Todos querían ver al joven cura que venía de la ciudad.

Jungkook descendió del carruaje con una maleta de cuero gastado y un crucifijo de plata colgando sobre su sotana negra. Tenía veintidós años, pero su presencia llenaba el espacio, ya que era alto, de hombros anchos, cabello oscuro peinado con severidad. Sus ojos eran profundos, casi negros, y cuando sonrió de manera cortés varias mujeres murmuraron algo sobre "un enviado del cielo" y se santiguaron.

Jimin estaba al frente, sujetado por la mano firme de su madre para no perderse entre la multitud. Cuando Jungkook levantó la vista y saludó con un leve gesto de cabeza, sus miradas se cruzaron un instante. Jimin sintió que el corazón le daba un vuelco, como si algo dentro de él se hubiera despertado de golpe.

Esa misma tarde se celebró la primera misa del Padre Jeon. La iglesia estaba abarrotada; incluso los que rara vez asistían habían venido. Jimin se sentó en su sitio de siempre, pero esta vez no podía concentrarse en las palabras. Observaba cada gesto, la forma en que Jungkook sostenía la hostia con dedos largos y firmes, cómo su voz grave resonaba en la nave fría al leer el Evangelio, cómo la luz mortecina de las lámparas delineaba su perfil como si fuera tallado en mármol.

Después de la misa, la señora Shin Hye lo tomó del brazo.

—Jimin, ve a ayudar al Padre Jeon con los ornamentos. Es nuestro deber mostrar respeto al nuevo pastor.

Jimin asintió, tenía el pulso acelerado. Entró en la sacristía con las manos temblorosas. Jungkook estaba allí, quitándose la casulla con movimientos precisos. Al verlo entrar, le dedicó una de esas sonrisas breves.

—¿Cómo te llamas, muchacho?

—Jimin, Padre. Park Jimin.

—Un placer, Jimin. Gracias por venir a ayudar.

Jimin tomó el cáliz con cuidado, como le habían enseñado, y lo llevó al lavamanos de piedra. Mientras lo enjuagaba, no podía evitar mirarlo de reojo. Nunca había visto a un sacerdote así, joven, fuerte, con una energía contenida que parecía a punto de desbordarse bajo la tela negra.

Jungkook guardó los libros religiosos en el armario. Al pasar junto a Jimin, su brazo rozó apenas el hombro del niño.

—Eres muy cuidadoso —dijo sin mirarlo directamente—. Eso me gusta.

Jimin sintió que el rostro le ardía. Bajó la vista y murmuró un "gracias, Padre" apenas audible.

Esa noche, en la cama estrecha que compartía con su hermano mayor, Jimin no podía dormir. Cerró los ojos y volvió a ver el rostro del Padre Jeon bajo la luz tenue de la iglesia. Pensó en sus manos, en su voz, en cómo había pronunciado su nombre.

"Es un sacerdote", se repitió. "Es como un ángel".

Y sin embargo, en la oscuridad de Colchester, la palabra "ángel" ya no le parecía suficiente.


Cuatro años habían pasado como niebla que se disipa lentamente sobre los páramos. Colchester seguía igual, las mismas casas de piedra gris apiñadas contra el viento, la misma iglesia de Aidan erguida como un juez silencioso, el mismo tañido de campana que marcaba las horas de oración y trabajo. Pero Jimin ya no era el niño de mejillas redondas que ayudaba a encender velas con manos temblorosas.

A los dieciséis años, Jimin había crecido delgado y elegante, con facciones que empezaban a definirse en algo peligrosamente hermoso, pómulos altos, labios llenos, ojos avellanas que parecían guardar más de lo que decían.

Su familia lo miraba con orgullo; era el hijo más devoto, el que nunca faltaba a misa, el que ayudaba al Padre Jeon en todo lo que se le pedía. Doña Shee Hye solía decir que "el Señor lo había bendecido con una vocación temprana". Nadie sospechaba que esa devoción tenía otro nombre.

Jungkook, ahora de veintiséis años, se había convertido en el alma indiscutible del pueblo. Sus sermones eran fieros y hermosos; hablaba de la tentación como si la conociera de cerca, de la pureza como si fuera una herida que nunca cerraba del todo. Las mujeres mayores lo llamaban "el ángel de ojos oscuros", y los hombres lo respetaban porque nunca bajaba la mirada cuando les hablaba de pecado.

Pero Jimin lo veía de otra forma. Lo veía en los detalles que nadie más notaba, la forma en que sus manos se crispaban ligeramente al sostener el cáliz, el leve temblor en su voz cuando leía pasajes sobre la carne y el espíritu, la manera en que evitaba mirarlo demasiado tiempo cuando estaban solos en la sacristía.

Esa tarde de octubre el cielo estaba plomizo y el viento traía olor a lluvia lejana. La iglesia estaba casi vacía; solo quedaban unas pocas velas encendidas y el eco de los pasos de Jimin sobre las losas frías. Llevaba semanas acumulando valor, repitiéndose las palabras en la cabeza como un rezo al revés.

Entró al confesionario con el corazón golpeándole las costillas. Se arrodilló en el lado del penitente, separada del sacerdote por la rejilla de madera tallada. El aroma a incienso y a la sotana de Jungkook lo envolvió de inmediato.

—Bendíceme, Padre, porque he pecado —murmuró, la voz más baja de lo que pretendía.

Del otro lado llegó la respuesta grave y calmada.

—Que el Señor esté en tu corazón. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde tu última confesión?

—Dos semanas, Padre.

Silencio. Jimin tragó saliva.

—He... he tenido pensamientos impuros. Muy impuros.

Jungkook esperó. Siempre esperaba, paciente, como si supiera que el silencio era el mejor interrogatorio.

—Pensamientos sobre... alguien que no debería ocupar mi mente de esa manera —continuó Jimin, las palabras saliendo atropelladas—. Alguien que es sagrado. Alguien que representa a nuestro señor aquí en la tierra.

Un leve movimiento al otro lado. La madera crujió.

—¿Qué clase de pensamientos, hijo?

Jimin cerró los ojos con fuerza.

—Quiero tocarlo. Quiero que me mire como si yo fuera lo único que existe. Quiero... quiero que me haga suyo, aunque sé que es pecado mortal. Me gusta, Padre. Me gusta usted.

El silencio que siguió fue tan pesado que Jimin pensó que se ahogaría en él.

Cuando Jungkook habló, su voz era baja, controlada, pero había un filo nuevo en ella.

—Jimin.

Pronunció su nombre como una advertencia. Como una oración rota.

—Escúchame con atención. Esos pensamientos no vienen de ti. Vienen del Enemigo, que siempre busca las almas más puras para corromperlas. Lo que sientes es una prueba. Una cruz que debes llevar.

Jimin sintió lágrimas calientes quemándole los ojos, pero no lloró.

—¿Qué debo hacer, Padre?

—Olvida esos pensamientos. Entiérralos. No les des nombre ni forma. Reza. Reza hasta que la tentación se disuelva como humo.

—¿Y si no puedo?

—Entonces reza más fuerte.

Jungkook hizo una pausa. Jimin pudo imaginarlo al otro lado, los ojos cerrados, los labios apretados, las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se ponían blancos.

—Como penitencia —continuó el sacerdote—, rezarás diez Padre nuestros. Con devoción. Con el corazón abierto al arrepentimiento. Y no volverás a hablar de esto. Ni aquí, ni en ningún otro lugar.

Jimin asintió aunque Jungkook no pudiera verlo.

—Amén —susurró.

Salió del confesionario con las piernas débiles. Se arrodilló frente al altar mayor, abrió las manos y comenzó a rezar.

—Padre nuestro que estás en los cielos...

Pero mientras las palabras salían de su boca, su mente dibujaba otra imagen, el rostro de Jungkook inclinado sobre él, los ojos oscuros brillando no de piedad, sino de algo mucho más peligroso.

Esa noche, en la pequeña habitación que compartía con su hermano, Jimin se arrodilló junto a la cama y rezó los diez Padre nuestros prometidos. Los rezó despacio, uno a uno, como si cada palabra pudiera borrar lo que sentía. Pero al llegar al último, en lugar de decir "amén", cerró los ojos y susurró el nombre de Jungkook.

En la casa parroquial, al otro lado del cementerio, Jungkook permaneció despierto hasta el amanecer. Se sentó en la silla de madera frente al crucifijo de pared y miró la figura del señor con una intensidad que rayaba en desafío.

—Perdóname, Señor —murmuró—. No dejes que caiga.

Pero en la oscuridad, la voz que respondió no fue la del señor.

Fue la suya propia, baja y ronca, preguntándose cuánto tiempo más podría resistir.


La lluvia golpeaba los vitrales de Aidan como dedos impacientes. Era una tarde de finales de otoño, cuando el día se rendía temprano y la oscuridad se colaba por las rendijas de las ventanas antes de que las lámparas de gas pudieran combatirla.

Colchester parecía más pequeño bajo el cielo plomizo, las calles embarradas, las chimeneas humeando con carbón barato, las ovejas apiñadas en los campos lejanos como fantasmas blancos. Dentro de la iglesia, el frío se metía en los huesos y hacía que el aliento se condensara en pequeñas nubes frente a la boca.

Jimin tenía dieciocho años ahora. Ya no era el muchacho pequeño de ojos curiosos; había crecido en estatura, aunque seguía siendo delgado. Conservaba esa delicadeza en sus facciones que hacía que las mujeres del pueblo lo miraran dos veces y luego apartaran la vista con cierta culpa.

Su cabello rubio caía en ondas suaves sobre la frente, y cuando sonreía una sonrisa lenta, casi perezosa parecía prometer algo que nadie se atrevía a nombrar. Seguía viviendo bajo el techo de sus padres, ayudando en la granja por las mañanas y en la iglesia por las tardes.

Doña Shin Hye lo elogiaba constantemente: "Mi hijo es un ejemplo de piedad. Pasa más tiempo con el Padre Jeon que con sus propios hermanos". Nadie veía la verdad detrás de esas horas.

Jungkook, a sus veintiocho años, había ganado aún más peso en el pueblo. Sus sermones eran legendarios: hablaba de la carne como una cárcel del alma, del deseo como un fuego que consumía desde dentro, y lo hacía con una intensidad que dejaba a la congregación en silencio largo rato después de que terminara.

Llevaba la sotana con la misma precisión con la que un soldado viste su uniforme de gala. Sin embargo, Jimin sabía que bajo aquella tela negra se ocultaba un cuerpo fuerte, forjado por años de disciplina y privación voluntaria. Jungkook corría por los páramos al amanecer y rezaba de rodillas hasta que el dolor lo obligaba a cerrar los ojos con más fuerza.

A veces, cuando sentía que la tentación lo rozaba, se castigaba en secreto, como si así pudiera arrancarse cualquier pensamiento indebido. Y, aun con toda esa rigidez y autocontrol, no podía evitar que Jimin se acercara cada vez más.

Jimin había empezado a coquetear de forma abierta, aunque siempre envuelto en una capa de inocencia que lo hacía casi imposible de reprender. Durante la misa, cuando Jungkook elevaba la hostia, Jimin se arrodillaba en la primera fila y mantenía los ojos fijos en él, con los labios entreabiertos, como si estuviera a punto de recibirla directamente de su mano.

Al pasar la bandeja de la comunión, sus dedos rozaban los de Jungkook más tiempo del necesario: un toque leve pero deliberado que hacía que el sacerdote retirara la mano como si se hubiera quemado.

En la sacristía, Jimin se ofrecía para todo, doblar los manteles, pulir el cáliz, arreglar las flores del altar. Una tarde, mientras Jungkook se cambiaba la casulla, Jimin se acercó por detrás con un paño en la mano.

—Padre, tiene una mancha aquí —dijo en voz baja, y antes de que Jungkook pudiera reaccionar, pasó el paño por el borde del cuello de la sotana, rozando la piel caliente de la nuca.

Jungkook se tensó como un arco a punto de disparar.

—Jimin —su voz era un aviso grave—. No es necesario.

—Pero quiero hacerlo bien. Quiero servirle como se merece.

Jungkook se giró. Sus ojos se encontraron con los de Jimin, y por un segundo el aire entre ellos pareció cargarse de electricidad. Jimin no bajó la mirada. Sonrió, esa sonrisa lenta y peligrosa que había perfeccionado en los últimos meses.

—Su voz en los sermones... —continuó Jimin, bajando la voz hasta que fue casi un susurro—. Me hace sentir el Espíritu Santo aquí —se tocó el pecho, justo sobre el corazón—. Como si me estuviera hablando solo a mí.

Jungkook tragó saliva. Sus manos se cerraron en puños a los lados.

—Son las palabras del señor las que escuchas, no las mías.

—¿Está seguro? Porque cuando dice "la carne es débil", me mira a mí. Y cuando dice "resiste la tentación", parece que me lo está pidiendo a mí.

—Basta.

La palabra salió más dura de lo que Jungkook pretendía. Jimin retrocedió un paso, pero no apartó la vista. En cambio, ladeó la cabeza y sonrió de nuevo.

—Como ordene, Padre.

Y salió de la sacristía dejando a Jungkook solo con el eco de su propia respiración acelerada.

Las provocaciones se volvieron rutina. Jimin se ofrecía para dar clases de catecismo a los niños más pequeños y, cuando Jungkook entraba a supervisar, él hacía preguntas inocentes pero cargadas, como estas:

"Padre, ¿cómo sabe uno cuándo el diablo está tentando con algo que parece bueno" o "¿Es pecado desear algo que el señor puso en nuestro camino?" . Jungkook respondía con citas de las Escrituras, pero su voz se volvía más ronca cada vez.

La familia Park lo animaba. "Ve a la iglesia, hijo. Ayuda al Padre Jeon. Es un honor". Jimin obedecía con una docilidad que ocultaba todo.

Una noche de tormenta, el viento aullaba contra las ventanas de la casa parroquial y la lluvia azotaba el tejado como latigazos. Jimin apareció en la puerta de la iglesia empapado, el cabello pegado a la frente, la camisa blanca adherida al torso. Llevaba una excusa preparada, había ido a dejar unas velas que su madre había prometido y la tormenta lo había sorprendido.

Jungkook lo dejó entrar. No había nadie más en el edificio. Solo ellos dos, el rumor del agua y el crepitar del fuego en la pequeña chimenea de la parroquia.

—Siéntate —dijo Jungkook, señalando una silla junto al hogar—. Te vas a enfermar.

Jimin obedeció, pero no se sentó con recato. Cruzó las piernas, se recostó ligeramente hacia atrás y dejó que la camisa mojada se abriera un poco en el cuello, revelando la clavícula y el inicio del pecho.

—Gracias, Padre. No quería molestar.

—No molestas.

Jungkook se quedó de pie, de espaldas al fuego, intentando no mirar. Pero Jimin hablaba con voz suave, casi hipnótica.

—¿Sabe qué pienso cuando rezo el Padre nuestro? Pienso en usted diciendo las palabras. En su boca moviéndose. En cómo se le tensa la mandíbula cuando llega a "no nos dejes caer en la tentación". Me pregunto... ¿usted también cae, a veces?

Jungkook giró la cabeza bruscamente.

—Jimin.

—¿Sí, Padre?

—No hables así.

—¿Por qué no? Estamos solos. Nadie nos oye. Solo el señor. Y Él ya sabe lo que siento.

Jungkook cerró los ojos un segundo, respirando hondo.

—Vete a casa. La tormenta pasará.

Jimin se levantó despacio. Se acercó hasta quedar a un paso de Jungkook. El calor del fuego los envolvía a ambos, pero el verdadero calor venía de la proximidad.

—Antes de irme... ¿puedo pedirle una bendición?

Jungkook dudó. Luego, con movimientos rígidos, levantó la mano y trazó la señal de la cruz sobre la frente de Jimin.

—Que el Señor te guarde de todo mal.

Jimin atrapó la mano de Jungkook antes de que pudiera retirarla. La sostuvo contra su mejilla, los ojos cerrados, como si estuviera saboreando el contacto.

—Gracias, Padre —susurró—. Por protegerme.

Soltó la mano y salió a la tormenta sin mirar atrás.

Jungkook se quedó solo frente al fuego. Se arrodilló en el suelo frío, juntó las manos y comenzó a rezar. Pero las palabras se le trababan en la garganta.

Esa noche, en su cama estrecha, soñó con Jimin. Soñó que lo tenía debajo de él, que sus cuerpos se tocaban sin barreras, que Jimin gemía su nombre como una oración. Despertó sudando, con el corazón desbocado y una erección dolorosa que lo hizo maldecir en voz baja.

Se levantó, tomó el cinturón de cuero que guardaba en el cajón y se azotó la espalda cinco veces, con fuerza suficiente para dejar marcas. Cada golpe iba acompañado de una palabra:

Perdóname.

Perdóname.

Perdóname.

Pero el deseo no se fue. Solo se hundió más profundo, como una semilla esperando la primavera.


El verano de 1898 se había despedido con un calor pegajoso que dejó a Colchester exhausto, pero septiembre trajo de vuelta la niebla espesa y el frío que se metía bajo la ropa como dedos helados.

La iglesia de Aidan parecía más oscura que nunca; las lámparas de gas apenas iluminaban los rincones, y las sombras se alargaban en las naves como pecados que nadie quería nombrar. Jimin tenía veinte años.

Su cuerpo había dejado atrás cualquier rastro de adolescencia. Sus hombros eran firmes y su cintura, estrecha. Sus piernas, aunque no muy largas, se movían con una gracia deliberada y provocadora.

Su rostro se había vuelto aún más peligrosamente hermoso. Cuando sonreía, lo hacía despacio, como si supiera exactamente el efecto que causaba.

Se había convertido en el voluntario indispensable de la iglesia. Ayudaba en las misas matutinas, preparaba el altar para las vísperas, limpiaba la sacristía con una meticulosidad que rozaba la obsesión. Su familia lo veía como un modelo de devoción. "Jimin es un bendito", decía doña Shin Hye a las vecinas mientras compraba pan en la plaza.

"Pasa más horas con el Padre Jeon que con nosotras. Debería entrar al seminario". Nadie preguntaba por qué un joven fuerte y atractivo prefería la soledad de la iglesia a las fiestas del pueblo o las miradas de las muchachas.

Jungkook, a sus treinta años, llevaba la carga de su sacerdocio como una armadura cada vez más pesada. Sus sermones seguían siendo fieros; hablaba del pecado con una pasión que parecía venir de dentro, pero sus ojos tenían ojeras permanentes y sus manos temblaban ligeramente cuando elevaba la hostia.

Rezaba más de lo humanamente posible, corría por los páramos hasta que los pulmones le ardían, se disciplinaba en secreto hasta que la espalda le sangraba. Pero Jimin ya no jugaba a la sutileza. Había pasado de coqueteos velados a avances directos, y cada día encontraba una forma nueva de rozar el límite sin cruzarlo del todo... hasta que lo cruzó.

Una noche a principios de septiembre, cuando el pueblo ya dormía bajo la luna pálida, Jimin se deslizó por la puerta trasera de la casa parroquial. Llevaba una excusa preparada, un misal que supuestamente había olvidado, pero entró directamente al dormitorio de Jungkook.

El sacerdote estaba arrodillado frente al crucifijo de pared, el rosario entre los dedos, murmurando avemarías en voz baja. La única luz era la de una vela solitaria que proyectaba sombras danzantes sobre su rostro tenso.

—Padre —susurró Jimin desde el umbral.

Jungkook no se movió al principio. Solo su espalda se tensó visiblemente.

—¿Qué haces aquí? —preguntó sin girarse.

—No podía dormir. Vine a... confesarme.

Jungkook se levantó despacio, como si cada movimiento le costara un esfuerzo. Se giró y lo miró, Jimin estaba descalzo, la camisa blanca desabotonada hasta la mitad del pecho, el cabello revuelto por el viento nocturno. Parecía un ángel caído, o quizás el diablo disfrazado de uno.

—Vuelve mañana al confesionario —dijo Jungkook con voz ronca—. Esto no es el lugar.

Jimin dio un paso adentro y cerró la puerta con el talón.

—No quiero esperar hasta mañana. Quiero confesarme ahora. Contigo. Solo contigo.

Jungkook retrocedió hasta que su espalda tocó la pared fría.

—Jimin, vete.

Pero Jimin avanzó. Se detuvo a un aliento de distancia, lo suficientemente cerca para que Jungkook pudiera oler el jabón de lavanda en su piel y el leve aroma a tierra húmeda de los páramos.

—Siento que mi alma se quema —murmuró Jimin, bajando la voz hasta que fue un susurro íntimo—. Y usted es el único que puede salvarme... o condenarme del todo.

Jungkook cerró los ojos con fuerza.

—No hables así.

Jimin extendió la mano y tocó el crucifijo que colgaba del cuello del sacerdote. Sus dedos rozaron la piel caliente de la clavícula.

—He soñado con usted todas las noches —continuó—. Con su boca en mi cuello. Con sus manos sujetándome contra el altar. Con usted dentro de mí mientras reza el Padre nuestro para que el señor nos perdone.

Jungkook soltó un sonido ahogado y atrapó la muñeca de Jimin.

—Para.

Jimin no se resistió. En cambio, tomó su otra mano y la colocó plana sobre su propio pecho, para que sintiera los latidos desbocados de su corazón.

—Siente cómo late —dijo—. Late por usted. Siempre ha latido por usted.

Jungkook intentó apartar la mano, pero sus dedos se cerraron alrededor de la muñeca en lugar de soltarla.

—No puedo —murmuró—. No debo.

Jimin se inclinó y lo besó.

Fue un beso violento al principio, labios chocando con urgencia, dientes rozando, lengua exigiendo entrada. Jungkook se quedó inmóvil un instante eterno, luchando contra sí mismo. Luego, con un gemido roto, respondió. Sus manos subieron a la nuca de Jimin, atrayéndolo más cerca, profundizando el beso hasta que ambos jadearon.

Jimin deslizó las manos bajo la sotana, tocando la piel desnuda del abdomen, subiendo por los pectorales tensos, sintiendo los músculos contraerse bajo sus palmas. Jungkook temblaba, pero no lo detenía. Bajó una mano por la espalda de Jimin, apretándolo contra sí, sintiendo la erección dura presionando contra su muslo.

—Señor mío —susurró Jungkook contra su boca—. Perdóname.

Jimin mordió su labio inferior, tirando suavemente.

—No pida perdón todavía. No hemos terminado.

Sus manos bajaron más, desabrochando los botones de la sotana con dedos hábiles, exponiendo el torso de Jungkook al aire frío. Tocó, exploró, trazó las líneas de músculos forjados por la disciplina y el castigo. Jungkook jadeó cuando Jimin rozó un pezón con el pulgar.

Entonces, como si un rayo lo hubiera atravesado, Jungkook lo empujó con fuerza contra la pared del dormitorio. La madera crujió. Sus ojos eran oscuros, salvajes.

—No —dijo, pero su voz se quebró—. No puedo.

Jimin sonrió, los labios hinchados y rojos.

—Puede. Y lo hará.

Se inclinó de nuevo y lo besó más lento esta vez, torturándolo con la lengua, con las manos que seguían explorando. Jungkook lo dejó hacer durante unos segundos más, perdido en el calor, en el sabor prohibido. Luego, con un esfuerzo que pareció desgarrarlo por dentro, lo apartó definitivamente.

—Vete —ordenó, la voz ronca y temblorosa—. Ahora.

Jimin lo miró fijamente, los ojos brillando con triunfo y deseo.

—Mañana —dijo—. En el confesionario. Volveré para terminar lo que empezamos.

Y salió sin mirar atrás, dejando la puerta entreabierta como una invitación.

Jungkook se derrumbó de rodillas frente al crucifijo. Se arrancó la sotana a medias, tomó el cinturón de cuero del cajón y se azotó la espalda con furia. Cada golpe era un latigazo de culpa, de rabia contra sí mismo, de deseo reprimido.

—Perdóname, Señor —rezaba entre dientes, la voz quebrada—. Perdóname por haber probado lo que no debo. Perdóname por querer más.

Las marcas rojas florecían en su piel, pero no borraban el recuerdo, el sabor de Jimin, el calor de su cuerpo, la forma en que había gemido contra su boca.

En su casa, Jimin se acostó con el cuerpo ardiendo y una sonrisa en los labios. Sabía que había abierto una grieta irreparable. Jungkook ya no podía fingir. La caída era inevitable.

Y cuando llegara, sería gloriosa.


La niebla de Colchester se había vuelto espesa esa semana, como si el mismo cielo quisiera ocultar lo que ocurría dentro de la iglesia de Aidan. Las noches eran largas y silenciosas; solo el viento gemía entre las lápidas y el tañido lejano de la campana marcaba las horas de oración.

Jimin ya no pedía permiso para entrar a la casa parroquial. Simplemente aparecía cuando el pueblo dormía, deslizándose por la puerta trasera como un secreto que ya no podía esconderse.

Jungkook había dejado de resistir con palabras. Sus defensas se habían derrumbado una a una, primero el beso en el confesionario, luego las caricias robadas en la sacristía, los roces deliberados durante la misa que nadie más notaba.

Cada vez que Jimin se acercaba, Jungkook sentía que su voluntad se deshacía como cera bajo una llama. Rezaba más fuerte, se azotaba hasta que la piel se abría, pero el deseo volvía siempre, más feroz, más hambriento.

Esa noche del 12 de septiembre, la luna apenas lograba filtrarse a través de la niebla. Jimin entró sin hacer ruido. Llevaba solo una camisa blanca larga que le llegaba a medio muslo, los pies descalzos sobre el suelo frío de piedra. Jungkook estaba sentado en la cama estrecha de su habitación, el crucifijo en la mano, los ojos cerrados como si estuviera rezando. Pero no rezaba. Esperaba.

Jimin se acercó despacio y se detuvo frente a él.

—Padre —susurró.

Jungkook abrió los ojos. Los tenía enrojecidos, ardientes.

—No deberías estar aquí.

—Usted me dijo que volviera. En el confesionario. Me dijo que volviera.

—No te dije eso.

Jimin sonrió, esa sonrisa lenta y peligrosa que lo había llevado hasta aquí.

—Su cuerpo lo dijo.

Se arrodilló entre las piernas de Jungkook, colocó las manos en sus muslos y subió despacio, sintiendo cómo los músculos se tensaban bajo la sotana. Jungkook no se movió para detenerlo. Solo respiraba con dificultad, el pecho subiendo y bajando como si cada inhalación fuera una batalla.

Jimin deslizó las manos bajo la tela negra, encontró la piel caliente del abdomen, subió hasta los pectorales. Jungkook soltó un gemido bajo cuando los dedos rozaron sus pezones endurecidos.

—Dígame que pare —murmuró Jimin, inclinándose para besar el cuello expuesto—. Dígame que pare y me iré. Para siempre.

Jungkook cerró los ojos con fuerza. Sus manos se alzaron, dudaron en el aire, y luego se posaron en los hombros de Jimin. No para empujarlo. Para sujetarlo.

—No puedo —susurró—. Ya no puedo.

Jimin levantó la mirada, los ojos brillando en la penumbra.

—Entonces tómeme.

Fue como si una presa se rompiera.

Jungkook lo levantó con una fuerza que sorprendió a ambos, lo arrojó sobre la cama estrecha y se cernió sobre él como una tormenta. Rasgó la camisa de Jimin con manos temblorosas, exponiendo la piel pálida y suave. Besó su boca con furia, mordiendo los labios hasta que saboreó sangre, bajando por el cuello, por el pecho, dejando marcas rojas que mañana tendrían que esconderse bajo la ropa.

Jimin gemía contra su boca, arqueándose, ofreciéndose sin pudor. Sus manos tiraron de la sotana, la arrancaron de un tirón, dejando a Jungkook desnudo y temblando de deseo. El sacerdote lo miró un segundo, los ojos oscuros llenos de culpa y hambre.

—Perdóname, Señor —murmuró, y luego se hundió en él.

Fue salvaje, casi violento. Jungkook lo penetró con una embestida profunda, sin preparación, sin ternura, solo necesidad cruda. Jimin gritó, un sonido ahogado contra el hombro del sacerdote, las uñas clavadas en su espalda. Jungkook comenzó a moverse con fuerza, con furia, como si cada embestida pudiera expulsar el pecado de su cuerpo.

Mientras lo poseía, empezó a rezar. En voz alta, ronca, desesperada.

—Padre nuestro... que estás en los cielos...

Jimin jadeó, mordiendo el hombro de Jungkook.

—Siga... no pare...

—Santificado sea tu nombre...

Jungkook aceleró, los golpes de cadera resonando en la habitación pequeña. Jimin se aferraba a él, las piernas alrededor de su cintura, el cuerpo temblando de placer y dolor.

—Venga a nosotros tu reino...

Jimin levantó la cabeza y mordió el labio inferior de Jungkook, tirando con fuerza.

—Hágase... su voluntad...

Jungkook gruñó, embistiendo más profundo, más rápido.

—Así en la tierra... como en el cielo...

Jimin estaba cerca, el placer acumulándose como una ola. Sus manos bajaron por la espalda de Jungkook, sintiendo las cicatrices antiguas de los azotes, las nuevas marcas que él mismo había dejado esa noche.

—Danos hoy... nuestro pan de cada día...

Jungkook temblaba entero, el sudor corriendo por su frente.

—Perdona nuestras ofensas...

Jimin se tensó, el orgasmo golpeándolo como un rayo. Gritó el nombre de Jungkook, el cuerpo convulsionando alrededor de él.

—Como también nosotros perdonamos...

Jungkook no pudo más. Se derramó dentro de Jimin con un gemido roto, el cuerpo colapsando sobre él, aún moviéndose en espasmos.

—...a los que nos ofenden...

Jimin, jadeante, mordió de nuevo su labio, suave esta vez, y susurró contra su boca:

—Y no nos dejes caer en la tentación...

Jungkook terminó la oración con voz quebrada:

—...amén.

Jimin sonrió, los ojos entrecerrados de placer.

—Amén —repitió, lamiendo la sangre de su propio mordisco.

Se quedaron así largo rato, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas. Jungkook se apartó despacio, se sentó al borde de la cama y miró al crucifijo en la pared. Lágrimas silenciosas corrían por sus mejillas.

—Lo hice —murmuró—. Caí.

Jimin se incorporó, se acercó por detrás y lo abrazó, apoyando la barbilla en su hombro.

—No cayó solo. Caímos juntos.

Jungkook no respondió. Solo cerró los ojos.

Las noches siguientes fueron un ritual. Se encontraban en la casa parroquial, en la sacristía después de la misa, incluso una vez en el pequeño bosque detrás del cementerio, bajo la niebla que los ocultaba del padre celestial y de los hombres. Cada vez, Jungkook lo tomaba con la misma furia, la misma desesperación. Y cada vez, mientras lo poseía, recitaba el Padrenuestro en voz alta, fuerte, como si las palabras pudieran salvarlo.

Jimin siempre respondía al final, mordiendo su labio con deseo, jadeando:

—Amén.

No había redención. No había perdón visible. Solo ellos dos, atrapados en una trinidad prohibida, el padre que pecaba, el hijo que tentaba, y el espíritu que ardía entre ambos como un fuego eterno.

En Colchester, la iglesia seguía en pie, las campanas seguían sonando, las oraciones seguían subiendo al cielo. Pero en las sombras de Aidan, algo había cambiado para siempre.

Y ninguno de los dos quería que volviera a ser como antes.

Fin...