Fantasmas del pasado
El mundo de Claus se había reducido a una sinfonía de grises y al olor dulzón de la muerte reciente. Caminaba con la pesadez de quien carga el mundo sobre los hombros, sus botas hundiéndose en una capa de ceniza tan espesa que parecía nieve negra. Lo que antes fue el hogar de su clan, un santuario de tradición y vida, ahora era una cicatriz humeante en la tierra.
Vagaba entre los escombros con una expresión vacía, sus ojos recorriendo los cuerpos de aquellos que alguna vez fueron su familia. No había lágrimas; el fuego se las había secado antes de que pudieran brotar. Solo quedaba un vacío gélido que lo consumía por dentro.
Se detuvo ante la estructura colapsada de su antigua casa. Al entrar, el silencio era tan denso que podía escuchar el latido de su propio corazón, un sonido que le resultaba insultante en medio de tanto silencio eterno. Buscó en los rincones ocultos bajo las vigas calcinadas, allí donde el polvo y el olvido se acumulaban. Sus dedos, entumecidos por el frío emocional, rozaron el metal.
Era la Ranger.
Al desenterrarla, la espada no emitió el brillo heroico de las leyendas. Estaba opaca, ahogada en hollín, con el hierro plateado mostrando las marcas de un desgaste que parecía reflejar el estado de su propia alma. La tomó con una mezcla de asco y devoción, sintiendo el tacto áspero de las vendas en la empuñadura. No era un arma; era un testamento.
Al salir de nuevo a la luz del atardecer, la realidad lo golpeó con una nueva ola de náuseas. Los miembros de su clan yacían en filas desordenadas, como marionetas a las que alguien les hubiera cortado los hilos de golpe. En ese momento, la tristeza fue reemplazada por una vibración eléctrica y violenta que recorrió su brazo.
Claus apretó su bufanda, ocultando la mandíbula tensa mientras su cuerpo empezaba a reaccionar a la furia. Hubo un crujido interno, un dolor agudo cuando su uña se alargó y se endureció, transformándose en una garra negra y afilada. No fue un accidente; fue la manifestación física de su quiebre. Con un movimiento deliberado, hundió la garra en su palma izquierda.
La sangre brotó, caliente y oscura, deslizándose por su muñeca hasta manchar el suelo sagrado de sus ancestros.
—Un pacto de sangre por una vida de ceniza —susurró, y su voz ya no pertenecía a un hombre, sino a algo que acababa de nacer del dolor.
El Recuerdo del Infierno
El dolor de la herida invocó al fantasma. De repente, Claus ya no estaba en las ruinas silenciosas; estaba de vuelta en la noche del infierno.
El cielo era una herida abierta de color naranja y carmesí. El calor era tan intenso que el aire quemaba al inhalar. Claus veía a su clan caer con una precisión quirúrgica. No era una batalla, era una ejecución. Los guerreros más fuertes de su linaje caían uno a uno, sus gargantas cortadas o sus pechos atravesados por una fuerza que no comprendían.
En el centro del torbellino de chispas y gritos, se alzaba una figura que parecía inmune al calor. Un hombre enmascarado, envuelto en una capucha que devoraba la luz, observaba la carnicería desde lo alto de una pira de cadáveres. Lo único que contrastaba con la oscuridad de su ropa eran los mechones de cabello blanco que ondeaban con el viento caliente, como hilos de plata en medio de la hoguera.
Sus miradas se encontraron. Los ojos de Claus, dilatados por el terror, chocaron con la fría indiferencia tras la máscara del desconocido. Fue un contacto breve, pero suficiente para marcar el destino de Claus para siempre.
El humo comenzó a cerrarse sobre él como una mano invisible. Claus intentó alcanzar la Ranger, intentó levantarse para luchar, pero sus pulmones se llenaron de hollín y muerte. La asfixia lo reclamó. Mientras su vista se nublaba y caía de rodillas entre los cuerpos de sus hermanos, lo último que vio fue la silueta del hombre de cabello blanco desvaneciéndose en el fuego, dejando atrás un mundo que ya no tenía lugar para un hombre como Claus
Cuando la consciencia regresó a Claus, el infierno se había convertido en ceniza fría. Se puso en pie con movimientos mecánicos, como un autómata que ha olvidado su propósito original. No miró atrás. Con la Ranger asegurada a su espalda, se dio media vuelta y abandonó las ruinas de su vida, dejando que los recuerdos se hundieran bajo el peso del silencio.
Mientras se alejaba, un vapor gélido comenzó a brotar de sus poros. El aire alrededor de su mano herida se cristalizó; el hielo, nacido de una sangre que ya no conocía el calor, selló la herida de su palma con una costra de escarcha azulada.
Caminó durante días a través de un bosque nevado donde los árboles parecían esqueletos que lo juzgaban al pasar. Finalmente, los pinos cedieron el paso a un pueblo de casas bajas y techos de paja. Al entrar, el ambiente cambió. No hubo bienvenida. Los aldeanos se detenían, lo observaban con expresiones de desaprobación y alejaban a sus hijos de su camino. Para ellos, un hombre con una espada desgastada y una mirada que parecía haber visto el fin del mundo no era más que un presagio de desgracia. Claus era un paria, una mancha de violencia en un pueblo que fingía paz.
Ignorando los murmullos, entró en un bar donde el olor a alcohol barato y madera húmeda apenas lograba mitigar el frío de sus huesos. Se sentó en la penumbra, esperando.
Después de un rato, dos chicas se deslizaron en su mesa. Sus rostros reflejaban una mezcla de ansiedad y esperanza.
—Tenemos el pedido, Claus —susurró una de ellas, extendiendo un documento arrugado—. Un embajador. Se rumorea que es el cerebro detrás del tráfico de esclavos y el armamento ilegal en la frontera. La recompensa es lo suficientemente grande como para no volver a trabajar en un año.
Claus observó el papel con desdén.
—No mato políticos —respondió, y su voz sonó como el crujido de la nieve bajo una bota—. Solo traen problemas que no se pueden cortar con acero.
—Por favor, Claus —suplicó la otra chica, sujetando con fuerza la mesa—. Si aceptamos esto, finalmente tendremos suficiente para volver a casa. Solo una última misión y podremos dejar este lugar atrás.
Claus cerró los ojos y dejó escapar un suspiro pesado, un aliento gélido que formó una pequeña nube frente a él. La debilidad de los demás era su propia trampa, pero no podía darles la espalda.
—Está bien —cedió al fin—. Pero lo haremos a mi manera.
El plan se trazó con la precisión de un verdugo. El objetivo viajaría en el tren hacia la capital, una fortaleza de metal en movimiento.
—Ustedes subirán en la próxima parada, mezclándose con los pasajeros —ordenó Claus, con una autoridad que no admitía réplicas—. Yo me encargaré del resto.
Esa noche, bajo un cielo sin estrellas, Claus esperó a que el tren pasara por el tramo más lento de la ladera. Con una agilidad sobrenatural, saltó desde una roca hacia el techo metálico. El viento aullaba, intentando arrancarlo de la cima de la máquina, pero él avanzó agazapado, una sombra entre las sombras.
Encontró el respiradero y, con la fluidez de un depredador, se deslizó por los conductos hasta colarse por la puerta del camerino privado del embajador. El aire dentro de la cabina era cálido y olía a perfume caro y tabaco. El embajador, un hombre gordo y confiado, ni siquiera se giró a tiempo.
Claus no usó la Ranger; el metal plateado era demasiado ruidoso para un espacio tan pequeño. En su lugar, permitió que su mano mutara. Sus dedos se alargaron, la piel se tornó oscura y las garras brotaron, afiladas como bisturíes. Con un movimiento seco y preciso, trazó un tajo perfecto en la garganta del hombre.
No hubo gritos, solo el siseo del aire escapando de los pulmones y el sonido amortiguado de la sangre golpeando la alfombra. Claus observó por un segundo cómo la vida se desvanecía de los ojos del corrupto, sintiendo aquel peso familiar en su alma: otra decisión, otra muerte, otra capa de hielo que lo alejaba de quien alguna vez fue.
Sin esperar a que el cuerpo se enfriara, abrió la ventana y desapareció en la oscuridad de la noche nevada, dejando atrás un cadáver y un rastro de escarcha que el viento se encargaría de borrar.