Cuando el arte chocó con el caos
Todo el mundo piensa que las historias comienzan con una serie de argumentos que hacen parecer al protagonista perfecto, o que muestran que tiene una vida difícil o ideal, y que, a lo largo del relato, empieza a descubrirse a sí mismo. Pero mi descubrimiento personal comenzó el día que lo conocí a él.
Aquella mañana, estaba haciendo mi ruta habitual por el vecindario cuando, de repente, vi la sombra de alguien acercándose rápidamente en bicicleta. En mi mente pensé:¿Quién es ese animal que conduce a esa velocidad?
Faltando dos manzanas para llegar a casa, me lo encontré de frente. Me miró directamente y me hizo señas desafiándome a una carrera. Yo, de tonto, acepté. Dimos inicio a la competencia. Mientras pedaleaba, noté lo hábil que era esquivando obstáculos. Por un momento logré sacarle ventaja, pero justo cuando me acercaba a la meta, un conejo apareció cruzando la calle.
Para proteger al conejo, decidí lanzarme de la bicicleta y cubrirlo, justo cuando el “animal” venía a toda velocidad detrás. Él cruzó la meta, pero se devolvió y, con una sonrisa en la cara, me preguntó:
—¿Estás bien?
—¿Te parece que estoy bien, animal? —respondí, adolorido.
—¿Cómo me dijiste? —replicó, divertido.
—Animal. Porque estás en un lugar público y conduces a esa velocidad.
Él se rió sarcásticamente.
—Ya veo por qué eres así. Estoy seguro de que ese perro tiene más cerebro que tú —solté con rabia.
Se acercó a mi oído y me susurró:
—Aunque ese perro tenga más cerebro que yo... no te ganó la carrera.
Luego se retiró, dejándome tirado en la calle.
Oh, perdón. No me presenté. Me llamo Michael. Tengo 16 años y soy el único heredero de la familia Solem. Sí, de la familia más importante de Bogotá.
Aunque muchos piensen que mi vida es perfecta —y es lógico, tengo todo—, la realidad es otra. Soy popular en el colegio, no solo por ser guapo, sino porque mi familia es la fundadora del colegio más prestigioso y elitista de Colombia: el Solem School. Mi papá es uno de los médicos más reconocidos del mundo, y mi tía, la mujer más poderosa del país. De mi madre... no recuerdo mucho. Sé que murió joven, en un accidente mientras viajaba al extranjero. Para ser sincero, no tengo recuerdos claros de mi infancia.
Al día siguiente, me levanté temprano para ir al colegio. Amanecí un poco adolorido por la caída, pero no era nada grave. Me alisté, y al bajar, ya me estaban esperando los Perfect M.
—¡Aw! ¿Qué te pasó, Michael? —preguntó Milan, con cara preocupada.
—Pss... un animal se cruzó en mi camino y me hizo caer. Pero no es nada grave, chicos —respondí restándole importancia.
—¡Menos mal! —dijo Mary—. ¿Pero puedes conducir el auto?
—No se preocupen, estoy bien. Pero, si se sienten más tranquilos, Martín puede manejar.
—Sí, dale. Yo conduzco —dijo Martín, tomando las llaves.
Nos subimos al carro y salimos a recoger a Lucy, mi novia. Justo al llegar al colegio, una figura pasó por mi ventana en bicicleta. Me pareció familiar... como el “animal” del día anterior.
—¿Mike, estás bien? —preguntó Martín, notando mi expresión.
—Sí... es que juraría que vi al animal que me hizo caer ayer.
—¿Dónde está? ¡Yo lo mato! —dijo Milan, exaltado—. Pero dime qué animal es, porque si es una rata, déjame llamar al 911 para que lo eliminen.
—Es peor que una rata —contesté, con fastidio.
—Lo siento, Mike. Si es peor que una rata, ni el 911 puede hacer algo —replicó Milan, fingiendo drama.
—¡Las ratas son lindas! —intervino Mary—. Cuando son pequeñas...
—¿De qué hablan ustedes? —interrumpió Lucy, confundida.
—De lo que me pasó ayer en la mañana —le expliqué.
—Ah, sí. De ese salvaje —dijo ella, cruzándose de brazos.
—(Estornuda Milan)— Hablando de animales... ¿alguno de ustedes tiene conejo? ¿O soy una vida humana avanzada? Porque acabo de oler conejo, y ustedes saben que soy alérgico.
Me puse nervioso. El comentario me hizo recordar al conejo que protegí, y rápidamente solté un chiste para desviar el tema:
—Milan, vida humana avanzada... ¡ni siquiera sabes cuánto es 10 por 20!
—¡Sí sé! 10 por... es... es... ¡ya lo tengo! ¡Un número! ¿Viste, Mike? Soy superior a ti —dijo Milan, orgulloso de su respuesta ambigua.
—Sí, muy superior,Mr. Country—bromeó Mary.
—¿País? —preguntó Milan, confundido.
—Chicos, llegamos al Solem —anunció Martín, deteniéndose frente a la entrada del colegio.
Todos le agradecieron por traerlos. Yo, algo distraído, abrí sospechosamente la cajuela del auto.
—¿Chicos, listos para comenzar clases en el Solem? —preguntó Bright, con una sonrisa.
—La verdad... es un colegio normal, solo para niños caprichosos —dijo Gigi, cruzada de brazos.
—A mí me parece un lugar apagado, como sin vida —añadió Alexander—. Es como mirar una foto sin colores.
—Pss... la verdad, esto sí fue un lugar lleno de color —comentó Bright—. Todo cambió cuando la señora Solem dejó de ser la directora. Desde que su hermana tomó el mando... se volvió un lugar cuadrado, sin alma.
—¿Cómo así queera? ¿Qué pasó con la señora Solem? —preguntó Gigi, intrigada.
—Bueno... la señora Solem era una mujer que amaba el arte. Vivía por él. Siempre estaba feliz, y cuando se subía a un escenario, lo llenaba con una energía única, mágica. Un día salió con su hija rumbo a una obra en Nueva York, pero el avión desapareció.
—Lo que me cuentas... no sé por qué, pero siento que ya lo he vivido —dijo Gigi, pensativa.
—Es que hablar de la señora Solem es hablar de magia viva —respondió Bright, con nostalgia—. Este lugar antes estaba lleno de color, de música, de vida. Pero ahora... solo nos educan para ocupar puestos importantes en el país.
—Qué lástima que ese talento se haya desvanecido —comentó Alexander—. Me habría gustado conocerla.
—Pss... ese talento no se desvaneció —dijo Bright, con una media sonrisa.
—¿Por qué lo dices? —preguntaron al mismo tiempo Gigi y Alexander.
—Miren hacia la puerta... el chico del medio —respondió Bright, señalando discretamente.
Alexander se quedó sorprendido al ver a Michael: era la segunda vez que lo veía.
Gigi se quedó paralizada. Su mirada se clavó en él.
—¿Qué hay con ese chico... y sus amigos? —preguntó Alexander, curioso.
—Ellos son losPerfect M. ¿Sabes por qué se llaman así? Porque todos sus nombres empiezan por “M” y son los reyes del Solem School. Cada uno pertenece a una de las familias más poderosas del país.
—(Gigi suspira) Me pareció haber visto a ese chico antes...
—Seguramente lo viste en alguna revista o red social —respondió Bright—. Es el único heredero de la familia Solem.
—¿Y qué tiene que ver eso con lo que estábamos hablando? —intervino Alexander.
—Mucho. Ese chico... es el hijo de la señora Solem.
—Pero... ¿no dijiste que ella desapareció? —preguntó Gigi, confundida.
—Sí, pero el tenía una hermana melliza, El día del accidente, Michael no viajó con ellas.
—¿Y por qué dijiste que el talento de la señora Solem no se desvaneció? —preguntó Alexander, ahora más intrigado.
—Porque tanto él como su hermana heredaron ese talento. Ella pintaba como los ángeles, y él era un genio en la música. No solo eran buenos... cuando cantaban juntos, era algo mágico. Pero después del accidente, todo cambió. La gente lo miraba con lástima, incluso los niños lo rechazaban. Su padre, incapaz de soportar el dolor, se fue a trabajar al extranjero.
Después, conoció a los Perfect M, y ellos se volvieron su nueva familia. Pero Michael ya no era el mismo. Se convirtió en alguien frío, calculador, antipático. Ya no hay ser humano que logre intimidarlo. Y desde entonces... jamás volvió a tocar el arte.
—Sabes mucho de él... ¿te gusta? —preguntó Gigi, medio en broma.
—¡No, jamás! —se apresuró a decir Bright—. Además, ya tiene novia. Lo sé porque crecí con él... estamos en el mismo curso.
Alexander se quedó en silencio, recordando su extraño encuentro días antes...
Michael llegó a su salón de clases. La profesora le asignó su puesto y también ubicó a sus amigos: Milan y Martín quedaron juntos, mientras Lucy se sentó con Mary. Michael quedó en un asiento solo, aunque no pareció prestarle demasiada atención.
—Chicos, ¿escucharon del chico nuevo? —preguntó Mary, bajando la voz con emoción.
—Nooo... —respondieron los demás en coro, curiosos.
—Pues les cuento —dijo ella, como quien comparte un secreto—. Se llama Alexander. Viene de Tailandia, de una familia muy adinerada.
—¿Y de dónde proviene ese dinero? ¿Son gánsteres o algo así? —preguntó Milan, entusiasmado.
—¡Deja de ver tantos doramas! —respondió Mary entre risas—. Leí en la web que su familia es una de las más famosas en la industria de la comedia musical.
—¿Comedia musical? —intervino Michael, frunciendo el ceño.
—Sí, comedia musical —repitió Mary, sonriendo.
—¿Y eso todavía existe? —dijo Michael con una risa burlona.
En ese momento, una voz firme le contestó desde atrás:
—Pues fíjate que sí existe... y deja mucho dinero.
Michael volteó inmediatamente, y quedó helado: era el mismo chico con el que había corrido en bicicleta el día anterior.
—¡Es el animal! —exclamó, sorprendido.
—¿Dónde? ¿Dónde está? —dijo Milan, subiéndose a la mesa—. ¡Mike, estás bien? ¡Yo no veo nada!
—¡Ahí! —respondió Michael, señalando directamente a Alexander.
—¿Ustedes ya se conocían? —preguntó Martín, confundido.
—¡Chicos, qué está pasando allá atrás! —interrumpió la profesora—. ¡Ah, llegaron! Atención, por favor.
Todos se callaron.
—Tenemos dos nuevos estudiantes este año. Por favor, pasen al frente y preséntense.
En ese momento, entró Gigi. Michael se quedó completamente perplejo al verla. Su corazón se agitó de forma extraña, como si ya la conociera.
—Hola, mucho gusto. Me llamo Alexander Bunmi —dijo con seguridad—. Mi familia es originaria de Tailandia. Nací allá, pero hemos vivido en muchas partes del mundo. Me gusta la música y vengo a darle color a sus vidas.
Los murmullos empezaron a llenar el salón.
—Hola, un placer. Me llamo Gigi Bunmi —dijo ella, firme y directa—. Soy hermana de Alexander. Me gusta leer y no me interesa si su colegio parece de los años griegos. No vengo a darles color como mi hermano... vengo a quitárselo, lo que queda.
Algunos alumnos se rieron nerviosamente. Otros se quedaron mirando a Gigi, sorprendidos por su actitud.
—Gracias por su presentación —dijo la profesora—. Por favor, vayan a los puestos que les asigné. Se sentarán ahí durante todo el año. Si quieren cambiar, hablen con sus compañeros.
—Gigi, siéntate con Bright. Y tú, Alexander... déjame ver... Ah, sí, te sentarás con Michael, el chico de atrás.
Michael se quedó sin palabras.
Alexander, con total naturalidad, caminó hasta su lugar, se sentó junto a Michael y, mirándolo con sarcasmo, le dijo:
—Qué casualidad, ¿no? Nos volvemos a encontrar,animal