El Hechicero.
Pablo midió sus pasos, preocupado ante la certeza de haber visto pasar el mismo patrullero por segunda vez. Eso, sin contar las nuevas postas de gendarmería que debió esquivar en las dos estaciones de tren y en las avenidas más transitadas.
Aún sin considerar su historia personal con la policía, que no era un detalle menor, los casi quinientos gramos de medicina para el alma bajo una pila de diarios y pasquines prohibidos en su mochila de jean no le representaban la mismísima fuente de la tranquilidad.
Las fuerzas humanas, y no tanto, que imponían la ley en el pesado lenguaje del plomo estaban alteradas, y ni siquiera él podía negar que con justo motivo. Las verdaderas leyes, las naturales, esas que rigen el mundo más allá de políticas y monedas, estaban cambiando de manera veloz, violenta e imprevisible. Pablo había sido testigo de lo sobrenatural, en más de una ocasión.
Bajo el desamparo de tales circunstancias, que lo agarrasen con las manos llenas (o la mochila, por poner el caso) en plena temporada de pesca con gatillo nervioso no le puntuaba muy alto en el listado personal de recomendaciones.
Dobló con premura en la esquina del quiosco para encontrarse con la diagonal que daba a la plazoleta donde ya no podía vender sus hierbas medicinales. Ni siquiera de madrugada, que desde siempre había sido el último de los horarios disponibles para tales negocios.
No faltaba, eso sí, el pastor evangelista de turno declamando a viva voz la inminente llegada del fin de los tiempos, cada semana con más rebaño alrededor. Espolvorear la delicada situación con una pizca de creciente fanatismo religioso era una idea magnífica, y Pablo no se asombraba de lo poco que había tardado el diablo (el verdadero, que desde siempre habitó en el interior de hombres dueños de famélicas almas y voraces bolsillos) en darse cuenta.
Llegado a paso firme al supermercado chino, terminó de llenar la mochila con mercadería legal y anduvo solo unos cien metros más hasta ver asomar el pequeño edificio de tres plantas que ocupaba, en su totalidad, la manzana triangular representada por un mísero puntito en las guías de transporte.
Revestidas con piedra proyectada, las claras paredes ocres de la estructura le daban el aspecto de algo que había sido viejo desde siempre. La luz del incipiente atardecer apenas si conseguía regarlas de un tono levemente más cálido. El descolorido cartel, sobre la puerta de madera siempre abierta, parecía ironizar en apenas legibles letras descascaradas: “Hotel Progreso”.
Había, como cada domingo, un pequeño grupo humano apostado en la entrada. Eran el ejemplo del inquilino promedio: jóvenes adultos llegados de las provincias al Conurbano Bonaerense para tomar empleos temporales como obreros de construcción y operarios en las fábricas. Alegres, despreocupados, y carentes de cualquier pudor que ostentaran en sus hogares natales, Pablo congenió con ellos desde las primeras visitas, negocios mediante.
Lo saludaron llamándolo por su nuevo apodo, nacido de ocultar el viejo corte de cabello bajo su mejor, y única, gorra.
—¡Pelado!
—¿Qué hacés, Pela?
—¿Viniste a ver al loco de mierda?
—Tá peor que nunca, el hijo de puta ese.
—Cagalo a palo’, a ver si lo amansás un poco.
Por supuesto, no era la cordialidad lo que los había juntado en la entrada, como cada vez. En algunas miradas, la ansiedad era un secreto a viva voz. Los tranquilizó con un gesto y luego de solapados intercambios comerciales se perdió en el interior, donde sus primeros anfitriones fueron una creciente obscuridad apenas interrumpida intermitentemente por lamparitas de quince watts que fallaban en la tarea de iluminarse a sí mismas y la suma de fuertes olores provenientes, en su mayoría, de las cocinas que daban fin a los pasillos.
Haber pasado toda su vida en una villa miseria no impedía la cascada de sensaciones encontradas cada vez que se metía en el hotel. Un lugar sórdido incluso para sus estándares, que no eran precisamente elevados.
El Progresoposeía, sin embargo, un cierto encanto comparable al de las fortalezas o los castillos medievales. Y no sería Pablo quien se atreviese a negar la conocida, auténtica magia escondida detrás de las paredes.
Caminó unos metros en penumbras hasta encontrar la puerta con el número cuatro apenas visible en la madera vieja y ennegrecida. Levantó la mano derecha vuelta un puño para golpear civilizadamente, pero el sonido del mecanismo en la cerradura lo detuvo. Con sus propios ojos vio girar el picaporte, intuyendo que ninguna mano, del otro lado, lo empuñaba.
Magia.
La puerta se abrió, dejando ver la minúscula habitación en la que, tímidamente, se colaba la tarde por entre las rendijas de una persiana de plástico que, alguna vez, había sido blanca.
Tan lejos como el atiborrado cuarto le permitía estar, sentado como siempre detrás de la mesita cuyo único adorno era una vieja radio, el hombre joven extremadamente flaco de grasientos cabellos entrecanos apenas si le dedicó una mirada de ojos chinos tras los lentes de vidrios rotos. Ni la habitación ni él tenían mejor aspecto que la vez anterior. El hedor, por sí solo, se había convertido ya en una barrera que volvía innecesaria la puerta.
Se saludaron gruñendo en voz baja un nombre y un apodo desconocidos a los inquilinos del hotel mientras la puerta se cerraba de un portazo a espaldas del recién llegado. Éste se dijo que había sido obra del viento, pero no fue lo primero que pasó por su mente. Estaba acostumbrado a lo que para sí llamaba juegos de imanes.
Otras cosas, sin embargo, seguían siendo un misterio, y luego del parco saludo se atrevió a preguntar. Con una, tal vez dos respuestas por semana Pablo se daba por satisfecho.
—¿Adivinás siempre que soy yo, o los domingos abrís a cada rato, por las dudas?
—La cadenita, el reloj, el arito maraca —le contestó el otro, señalando desganadamente con una huesuda mano abierta los objetos metálicos que adornaban al expandillero—, y esa hebilla de mierda.
Pablo sonrió, tocándose la hebilla del cinto cuyo tosco relieve imitaba el escudo de Boca Juniors. Su propia experiencia de vida le permitió aceptar las palabras como toda explicación necesaria. Podría decirse que, entre los dos, habían construido sin saberlo una complicidad cimentada en sobreentendidos.
—Largá todo, acomodate —ofreció el anfitrión, mientras apagaba la radio sin necesidad de usar las manos.
Largar todo consistió, como casi siempre, en cambiar las botellas vacías del armario por las que traía en la mochila, y agregar nuevos paquetes de fideos y arroz a los que se venían amontonado de semanas pasadas. Acomodarse resultaba, en cambio, un ejercicio de complejidad casi acrobática.
Los mínimos espacios libres apenas si permitían escasos, breves movimientos, y la única visita que el espantapájaros aquel recibía en su habitación, hasta la fecha, estaba obligada a sentarse en la hedionda cama, teniendo que elegir si golpear las rodillas en la pata más cercana de la mesa situada a la izquierda, o en la mesita de luz a la derecha. Estirar las piernas era imposible, debido al armario. Tamaña incomodidad no se debía a que el cuarto fuera por demás pequeño, sino a la cantidad de elementos que se superponían en un paisaje de accidentes antinaturales. En su gran mayoría eran objetos de metal que Pablo supo conseguirle uno por uno, a según se los iba pidiendo un demente para sus trucos de magia negra.
Con el paso del tiempo, sin embargo, las prioridades fueron cambiando.
—¿Trajiste?
La pregunta, repetida domingo tras domingo, podía ya prescindir de sustantivo alguno.
—Después —prometió el recién llegado, cerrando el círculo de sobreentendidos—. Primero comé algo, salame, mirá cómo estás.
Sin darle tiempo a protestar, el ratero retirado se ofreció para hacer unos fideos con carne, preocupado ante la posibilidad de que el expolicía no fuera a comer más que eso en toda la semana.
Por razones de la vida, Pablo se había especializado en el cuidado de individuos con más personalidad que persona física. Al regresar de la cocina más cercana no le permitió a Gabriel más que mirar la mochila hasta que terminaron la cena. Derramó luego sobre la mesa, junto con una petaca de whisky barato, los diarios, pasquines y revistas prohibidos que ambos se dedicaron a escudriñar en silencio mientras bebían.
En los últimos años el sensacionalismo se había convertido en la única fuente de información viable. Los antiguos avistamientos de ovnis, fantasmas y vírgenes Marías estaban siendo reemplazados por noticias auténticas de una realidad todavía más extravagante, que los medios oficiales no mencionaban.
Aquí y allá, con frecuencia cada vez mayor, un hijo de vecino como cualquier otro se quedaba dormido en plena calle para despertar unos segundos después, vomitando un alma condenada al infierno en una tormenta personal que destruía todo a su alrededor. Otros desaparecían sin dejar rastro tras la primera visita al hospital, y las leyendas del relámpago de fuego y el polvo de diamante resultaban cada vez menos fantasiosas.
Esto último, el polvillo cristalino, era todo lo que dejaban como recuerdo de sus trágicas existencias algunas víctimas de las brigadas preventivas que, por prevención, vaciaban los cargadores antes de hacer una sola pregunta. No era una buena época para padecer epilepsia, o desmayarse de calor en el colectivo.
Del lado de la vida que les era más cercano, las gentes de escasos recursos y muchas menos pulgas hacía un buen tiempo que acompañaban la secuencia de sucesos inexplicables con acciones no menos dramáticas. A los ya conocidos delitos menores que hacían cada vez más pintoresco el conurbano se sumaron protestas embellecidas por coloridas pancartas, cánticos, palos, piedras de alto calibre para el lanzamiento olímpico y las tristemente célebres bombas molotov. Todo esto, por supuesto, no hacía más que aflojar las cadenas de los perros guardianes, rabiosos por naturaleza.
Las drogas, a falta de una mejor excusa, volvieron a ser el blanco de los medios más situados al extremo derecho. Porque sin lugar a duda eran las responsables de todo lo que estaba pasando, o al menos algo tenían que ver. Ya no quedaba un solo televidente, lector de periódicos buenos o radioescucha que pudiera negar la consecuencia inmediata de fumarse medio porro: vomitar relámpagos en llamas y hacer volar las casas de los vecinos.
No encontraron nada nuevo en las páginas amarillas del periodismo. Al menos, nada de lo nuevo que cada uno buscaba.
Dieron vuelta la última página de la revista “Pronto”, hicieron sus breves comentarios, las acostumbradas bromas de mal gusto, y apenas si discutieron acerca de alguna u otra noticia en particular.
—¿Subimos? —propuso finalmente Gabriel, haciendo su mejor esfuerzo para no sonar impaciente.
Los domingos a tales horas los pasillos del hotel estaban tan poco concurridos como iluminados. Al amparo de tal desolación, una silla de ruedas podía elevarse como por arte de magia sin mayores contratiempos que un esfuerzo literalmente sobrehumano hasta llegar a la muy particular azotea del hotel.
Rodeado como estaba de construcciones que en su máxima elevación se atrevían a ser medianas, El Progreso se convertía en la atalaya privilegiada del barrio.
Dos obstáculos impedían, sin embargo, el obtener trescientos sesenta grados de paisaje urbano. En primer lugar, una sola habitación central debajo del tanque de agua, a cuyas paredes exteriores se abrazaban hileras de lavaderos individuales. En segundo lugar, pero mucho más efectivamente, una eterna, desordenada algarabía de sábanas y ropa bailando al compás del viento en los cables y alambres que servían de tendederos.
Tanto Pablo como su anfitrión se veían siempre obligados a abrir un cortinado de remeras, pantalones, vestidos y todo tipo de ropa interior a medida que avanzaban hacia la baja baranda de material en la esquina más apartada de las tres que triangulaban el hotel.
Desde aquel rincón que ya consideraban propio, echaron fugaces miradas a los alrededores antes de dar comienzo a la verdadera noche, enmarcada en el ritual que se repetía, un domingo más, de cara a las pocas estrellas visibles.
—¿Querés que lo arme yo? —ofreció, solícito y ansioso, Gabriel.
—¡Ni en pedo! —respondió enérgicamente quien ya había empezado la obra con riguroso cuidado artesanal, apartándose del otro unos centímetros y dándole la espalda.
—El último me salió una pinturita —suspiró el espantapájaros de piel y huesos, fingiendo estar ofendido.
Pablo arqueó las cejas, pero no replicó. Le había dejado casi cien gramos y el desgraciado los desapareció en menos de una semana.
Está muy viciado, se alarmó.
Fumaron en silencio, cada cual entregado a sus pensamientos y con las miradas perdidas en la superposición de techos a dos aguas, terrazas bajas, cableado eléctrico y postes de alumbrado que recortaban el horizonte de aquel sector del conurbano.
Una caja de fósforos se convirtió en rudimentaria tuca con la que disponer de los últimos milímetros del porro cuando, vencido por el aburrimiento, el expolicía disparó palabras apuntando al necesario conflicto que hacía más tolerable la existencia.
—No entiendo que hacés todavía en la villa, si con lo que sacás de jardinero te podés ir tranquilamente a cualquier lado —apuntó certeramente un domingo más, en parte porque sabía que al otro le molestaba, y en parte porque Pablo nunca confesaba en voz alta la verdad oculta detrás de tamaña cabecidurez.
—El barrio —corrigió con aplomo el ratero devenido en comerciante ilegal, y la mueca en su rostro anticipó el contraataque—. Es un barrio, ahora, ya te dije. Por tu culpa... Hechicero.
Quien estaba sentado de manera obligatoria rechazó, no por primera vez, el apodo burlón con una mueca y un resoplido.
Pablo enarboló una mirada vencedora.
Desde que un enmascarado volador desbandara la pequeña banda de delincuentes que mandoneaba en la villa, las gentes de bien habían ganado el coraje que necesitaban para organizarse. No habían pasado ni siete meses y ya casi no quedaban ranchitos con techos de chapa, las cloacas bajo tierra estaban reemplazando los arroyos de agua sucia en los pasillos, y el correo llegaba a todas las puertas. Los mismos vecinos que apodaron Hechicero a ese mamarracho erigieron también una estatuilla en su nombre, siempre rodeada de flores. Al retirado ratero no dejaba de asombrarle la inmensa devoción y gratitud que un solo acto equívocamente noble, por egoísta y vengativo que fuera, podía provocar en las gentes sencillas.
A los pies del monumento al malentendido, una placa conservaba en la memoria colectiva las únicas palabras que le habían escuchado decir:
—Ladrón que roba al ladrón —repitió el hincha de boca marcando el tanto final de aquel encuentro.
—Que ganas de romper las pelotas que trajiste, negro —murmuró el desmembrado bando perdedor, sin ocultar su descontento y regresando a un silencio que prefirió no volver a interrumpir.
Bajaron antes de bordear la madrugada procurando no cruzarse con los madrugadores que, en breve, comenzarían a llenar las cocinas cargados con tarros y pavas donde prepararse los desayunos que servían de prólogo a sus largas, tediosas jornadas laborales.
En la planta baja, súbitamente, las ruedas de la silla volvieron a encontrarse con el piso.
—Va a salir alguien —anticipó el Hechicero en voz baja, unos segundos antes de que ambos pudieran escuchar el ruido quejumbroso de alguna puerta no tan lejana como hubiesen querido.
Atento, Pablo fingió empujar la silla cuando los chirridos de goznes dieron paso al hilo de luz que fue creciendo, ensanchándose hasta formar un ángulo agudo que abarcó, por algunos segundos, una buena parte del pasillo y la pared opuesta.
El tucumano del octavo, que nada pudo hacer para evitar ser nombrado ‘el Chavo’, los esquivó como le fue posible, y sólo se saludó con Pablo al pasar. Éste último, por su parte, no soltó las manijas de la silla hasta no escuchar la ruidosa traba en la puerta metálica del baño y ver, con sus propios ojos, como se encendía la luz dentro.
De regreso en la habitación, “el pelado” atajó una lata de conservas que llegó volando hasta sus manos. Parte de los “ahorros” que pasaron de ladrones comunes a un ladrón justiciero, mermando con cada domingo que pasaba. La introspectiva preocupación del visitante fue inevitable, de poco y nada le servía que el tipejo se abandonase de tal manera a su escasa suerte.
—Sacá lo de siempre, para los mandados —exigió el abandonado tipejo, muy poco preocupado por el asunto.
Despidió a Pablo con las primeras horas del amanecer, y de haber sido un ciudadano normal, al que no le faltaran piernas ni le sobraran poderes y por tanto dueño de invaluables recuerdos ordinarios, Gabriel se habría echado a dormir inmediatamente después de cerrar la puerta, cansado como estaba después de jornadas enteras de vigilia.
El fundado temor al sueño, sin embargo, lo empujó a seguir estirando las horas hasta el límite de sus fuerzas restantes.
La radio, como siempre, lo ayudaba en la tarea. Con precisión de ciruja cirujano fue moviendo la perilla de metal hasta encontrar las emisoras cuasi clandestinas que transmitían, en apenas comprensible amplitud modulada, las noticias verdaderas que los medios legales esquivaban con la más acrobática destreza del silencio coral.
En menos de diez minutos escuchando, corroboró como cada vez que ni la gente de a pie ni las revistas a mediatinta mentían una sola letra de lo que realmente ocurría en las calles.
Otro selecto dueño del número perdedor en la más inoportuna de las quinielas antinaturales con sabor a ruleta rusa pasó a engrosar los cementerios de polvo blanco tras explotar dentro de la zona de cuarentena. La bolsa de mercado seguía bajando en picada, los precios subían, las fuerzas del orden aumentaban el caos, y el descontento popular ya obligaba a cerrar los negocios antes de las siete de la tarde.
Del círculo de obscuridad y muerte que se había llevado sus piernas, nadie decía nada, nunca. Y era sabido que ni siquiera los milicos se atrevían a traspasar el invisible muro que dividía la realidad conocida de lo que fuera que hubiese quedado allí.
Cuando la radio comenzó a repetirse como tartamudo mascando chicle a caballo de calesita, su personal batalla contra el tedio lo reclutó en la relectura obligada de las nuevas revistas que le había hecho llegar su visita dominical.
Mientras releía pasando las hojas de la madrugada siguiente, los murmullos que llegaban desde los pasillos acompañando el ir y venir de diversos utensilios de metal comenzaron a arrullarlo, y casi sin darse cuenta descansó la pesada cabeza en el sucio cristal de la ventana que, a esa distancia y con ayuda de una persiana ocre siempre baja, se volvió puro reflejo.
Tres, cuatro lentos parpadeos más tarde, Gabriel reconoció que no era su rostro el del espejo retrovisor, sino un atado de facciones similares y a la vez irreconocibles. Desagradable, inhumano. La cara de un títere, y los hilos tiraron del brazo que sostenía el fierro. No pudo contener el gatillo, ni desviar la bala. Todavía no sentía los metales, ni lo habían nombrado Hechicero en la villa. Los ojos del incrédulo Sargento Gómez se fueron apagando en cámara lenta sin que él, atrapado dentro del títere, pudiese hacer nada. Y quería gritar, cagarse a trompadas, arrancarse la piel si era necesario para escapar del embrujo y volver a ser una persona normal, alguien que ni quería salvar el mundo ni mataba gente porque le estorbaba en la tarea.
Lo despertó su propio aullido. En las paredes y los muebles, nuevas marcas de fuertes impactos hacían de preludio a la imagen de diversos objetos derramados por toda la habitación.
Estaba comprobando que la radio estuviese todavía entera cuando escuchó las palabras de consuelo que tanto necesitaba en aquel momento.
—¡Loco de mierda! —escupió en voz alta la cordobesa del cinco, y pateó la puerta al pasar galopando por el pasillo con su incomparable gracia femenina.
En aquel momento, casi lo vencieron las ganas de gritarle que el anillo de compromiso que ostentaba en el anular estaba hecho de la más berreta aleación de alpaca y cobre de cableado eléctrico, pero se contuvo.
Todavía con el pulso alterado, sacó del armario el cannabis, el papel de armar, y una de las petacas del mejor whisky del mundo, por lo barato que era. Poco tiempo después, ya podía mentirse que se sentía mejor, que lo peor ya había pasado, que no tenía caso seguir revolviendo la mierda.
La radio y sus vicios, como muchas otras veces, le evitaron caer en el pozo ciego de una completa locura, pero unas repentinas ganas de ir al baño le recordaron lo que todavía le quedaba de humano.
Esperó hasta no escuchar un solo ruido en los pasillos para subir con silla y todo a la mesa. En el estado en que se encontraba, lo avergonzaba sobremanera cruzarse con alguien.
Desde la habitación, abrió la puerta de hierro del baño más cercano para que una silla y su prisionero pasaran en vuelo rasante. Lo que siguió, incluso con la impagable ayuda de las cadenas que usaba para mantenerse erguido, fue una tortura en incómodas cuotas. Nadie tenía la menor idea de que tan jodida podía volverse una tarea mundana hasta que la mala suerte le arrancaba dos miembros y le decía: dale, echate un meo, ahora.
Como todas las veces, evitó mirarse en el espejo. El miedo a encontrar una fría careta en lugar de su cara lo atormentaba desde mucho antes de volverse un inválido al que le rebotaban las balas.
La procesión de días siguientes no tuvo nada que envidiar a la de semanas anteriores. Los comentarios audibles en los pasillos eran casi literalmente un eco de sí mismas, al igual que el ir y venir de los mismos objetos metálicos que ya conocía de memoria. Una sola cuchilla nueva, llevada el jueves al caer la tarde a la cocina del segundo por una chica con aros y cadenita de níquel bañado en plata, lo sorprendió gratamente. La conocida empresa brasilera, cuyo nombre podía sentir como letras en bajorrelieve a dos pisos de distancia, fabricaba cubiertos de acero con una calidad indiscutible.
Por supuesto, que un utensilio de cocina se hubiese convertido en su única fuente de sincero entusiasmo lo desanimó hasta más allá de lo confesable.
De más estaba decir que había conocido mejores épocas.
Hacía no más de dos años, la sola idea de añorar sus días de agente y las guardias que le enseñaron a mantener algo parecido a la vigilia durante más de setenta y dos horas corridas, hubiese sido no más que una cruel humorada.
Y, sin embargo, fueron los buenos recuerdos de una vida rutinaria y sencilla, con sueldo magro pero seguro y reglas claras de un mundo más cuerdo, los que acompañaron su cuasi inmóvil maratón hacia la madrugada, con la invaluable ayuda del porro, el whisky, y la música en la radio.
Inesperadas, unas primeras gotas golpearon la cortina de plástico para luego convertirse en persistente lluvia. La escasa sonrisa que había crecido sin querer en su rostro se fue transformando en mueca de disgusto a medida que otras memorias, mucho menos agradables, lo tomaban cautivo.
El cruel, completamente innecesario asesinato del sargento Gómez dando comienzo a la espiral descendente de conductas impropias, aberrantes, de las que siempre se había creído incapaz.
De lo primero, podía culpar a fuerzas externas, desconocidas, que lo habían usado a su antojo. Pero había sido él, no un títere, quien regresó a la patrulla ni bien despertó de aquella primera pesadilla con amargo gusto antinatural para limpiar el arma y ponerla en las manos del primer cadáver que encontró en los alrededores, todavía con la ropa empapada de lluvia.
Comparados con ese acto repudiable al que sumó mentiras y verdades a medias para evitar la justicia del hombre, el creciente alejamiento de sus compañeros, los muros de silencio con el que lo acusaban día tras día y la inevitable traición final con sabor a venganza, no fueron más que una respuesta lógica, y hasta racional, a su imperdonable cobardía.
Cabeceó, involuntariamente, pero no cayó dormido. Una culpa delatora le venía negando el sueño desde hacía más tiempo del que se atrevía a contar. Especialmente durante las eternas jornadas laborales.
Las gotas continuaban golpeando el parabrisas. No le gustaba ir a trabajar los días de lluvia, eran de mal augurio y llevaban consigo el más horrible de los recuerdos.
En la entrada de la villa bajó de la patrulla seguido de sus compañeros. Le había parecido extraño que se hubieran aventurado tanto en la persecución, mucho más allá del área de acción de la comisaría, y qué decir de meterse así nomás por aquellos estrechos pasillos, pero no estaba en condición de andar haciendo reclamos.
El arma reglamentaria le pesaba en la mano más que en la cintura, pero por ley tenía que mostrarla. Para cuando dio la voz de alto, ya sabía que su destino estaba escrito, porque la justicia real, de certeros rasgos divinos, no estaba escrita con tinta en los indolentes papeles del juzgado.
Los tres delincuentes voltearon a un mismo tiempo y dispararon sus propias, hasta entonces ocultas armas de fuego casi con la misma complicidad con la que el primer tiro, traicionero, le impactó en la espalda.
Mientras caía, con las nuevas balas silbando alrededor en los pocos segundos en los que se mantuvo consciente, intentó reconocer los rostros de sus no tan certeros atacantes frontales.
Pero en lugar de sus caras, aquella vez, vio inexpresivas caretas emulando las propias facciones. Como si fuesen marionetas, títeres, atados a hilos invisibles.
En su cabeza o en algún lugar interior que no pudo precisar, un estallido de luz y sombras se hizo eco del tiro de gracia, regalo laboral de despedida.
No emitió un solo sonido, y antes de abrir los ojos ya había impedido que lloviese metal pesado por toda la habitación.
En un silencio que mentía descaradamente calma, regresó todo a sus rincones habituales y luego, sosteniendo un nuevo cigarrillo en manos nerviosas, volvió a lamentar el haber sobrevivido aquella vez.
Aceptar esa muerte a traición, ese merecido destino con sabor a justicia que a la vez era terrenal y divina, no le habría costado nada. Era el seguir viviendo con la culpa lo que le vaciaba el alma en cada nuevo día de prestado, ya demasiado cobarde para dejarse matar.
Al caer la tarde del viernes, como era costumbre, los inquilinos detrás de las paredes empezaron a volver de sus trabajos tan llenos de vida como no lo habían estado desde las vísperas del fin de semana anterior.
Los escuchó gritarse en los pasillos, planeando a boca sucia y carcajada limpia las esperadas salidas nocturnas. Algunos recorrerían los mismos boliches y bares que de costumbre, otros harían una visita ocasional a sus verdaderos hogares, y los menos andarían mintiéndose novios para las conquistas de ocasión en Buenos Aires.
En lo que a Gabriel correspondía, meses enteros dedicados al abandono, el rencor y la amargura lo habían convencido de que los demás eran felices a propósito, y en voz alta, con el único objetivo de joderle aún más la vida.
En merecida represalia, no fueron pocas las veces en que los cables de la azotea se sacudieron violentamente echando a volar los mejores trapos de alguno, o aquellas en que los grifos de las duchas giraron de más para pelar o congelar cueros ajenos.
Entre dientes y en voz baja se reía luego el autoengañado justiciero a contramano de la justicia, cuando los gritos de frustración o dolor despertaban en él algo parecido a la ya casi olvidada sensación de alegría.
En contraste, su futuro inmediato se vistió de luto al comprobar la triste ausencia de casi todo el porro en la bolsa. Y tampoco tenía para hacer dulce con el whisky restante.
Uno, tal vez dos momentos de recreación más, bebida incluida, y luego sólo el diablo sabía cómo se iba a mantener cuerdo hasta la llegada de Pablo, el domingo, con una nueva tanda de elementos de supervivencia mental.
Lo único que le andaba sobrando, como siempre, eran elementos de limpieza y paquetes enteros de alimentos no perecederos. Pero era poco probable que se dedicara a beber lavandina y fumarse los fideos, por muy desesperado que llegase a estar.
Estirando las horas, envuelto en el humo de salvadores cigarrillos restantes y sus agónicas tucas, releyendo las revistas nuevas y viejas, sacándole jugo al dial de la radio y jugando con los inmediatos metales alrededor, suyos y ajenos, consiguió mantenerse ocupado y, por consiguiente, despierto, que era lo más importante.
El último día de la semana, cuando ya cabeceaba bajando los párpados peligrosamente cerca de inmediatas pesadillas, su única visita llegó trayendo consigo las consabidas, necesarias costumbres que incluían frases hechas y diálogos breves, repetidos hasta el hartazgo, más todo lo necesario para sobrevivir a sí mismo una semana más.
—¿Me estás cargando? —protestó Gabriel antes de despedirse, el lunes de madrugada, pesando en su mano diestra la escasa medicina para el alma que su generosa cantidad de dinero semanal estaba pagando.
—Te traje más comida —se excusó el inexcusable, pésimo, único proveedor—. Largá la droga y agarrá los cubiertos, salame, estás desapareciendo.
Ni siquiera se molestó en discutirle, ni tenía caso explicar que poco y nada necesitaba su cuerpo para seguir funcionando luego de haber ganado magia y perdido piernas. A espaldas del viejo conocido cerró la puerta y se dedicó a la verdadera batalla de supervivencia mental que cada día peleaba contra el sueño.
Aun siendo consciente de que, por la invencible naturaleza del enemigo, cada minuto ganado era también uno perdido, pasadas veinticuatro horas más de vigilia no pudo evitar felicitarse internamente por lo bien que la venía llevando, aunque en más de una ocasión hubiese tenido que recurrir a los cachetazos como única contrapropuesta a la caída de párpados y el involuntario cabeceo premonitorio.
El martes por la tarde, un repentino corte de luz consiguió, como siempre, sobresaltarlo.
No era un incidente mayor ni mucho menos del todo inesperado. Los apagones en el conurbano eran algo corriente, por así decir.
Pero la obscuridad, especialmente la que llegaba de un momento a otro abarcando el todo a su alrededor, invitaba los recuerdos menos bienvenidos de su memoria.
Haciendo todo lo posible para distraerse y pensar en otra cosa, no consiguió más que obsesionarse con los más escabrosos detalles de su segundo encuentro con lo sobrenatural mientras su estado de vigilia perdía, lenta pero inevitablemente, una nueva batalla contra el enemigo invencible.
Los gritos de pavor le abrieron los ojos. La enfermera con carita de conejo seguía queriendo abrazar, ya sin brazos, el cuerpo del novio que desaparecía tras el devorador manto de obscuridad que no había durado ni siquiera un segundo.
Horrorizado y bañado en sangre ajena, Gabriel retrocedió involuntariamente de cuerpo entero empujando la cama de hierro del hospital sin siquiera saber cómo lo hacía. Pero la sombra ya le había devorado los pies hasta más allá de las rodillas.
Lo despertó un coro de sonidos metálicos, que no por primera vez encontró eco barítono más allá de la puerta.
—¡Pará, santiagueño vago hijo de puta! —exigió desde el pasillo aquel a quien llamaban Chavo, acompañando la demanda con sendos golpes en la puerta.
El hijo de una buena madre no respondió, en voz alta, lo mucho que lamentaba la pésima calidad de los arreglos dentales en la cloaca bucal del vecino, tal vez realizados sin anestesia en el pueblo fantasma de donde había escapado ese bandiao sin madre, padre, ni estudios primarios completos, con una gallina robada debajo de cada axila como todo equipaje, para pelar el lomo catorce horas por día seis días a la semana en algún obrador bonaerense con el objetivo final, o merecido destino si se quiere, de seguir siendo un culo sucio muerto de hambre hasta el último día de su miserable vida.
Se felicitó internamente por haber sabido callar sus pensamientos mientras retiraba, sin esfuerzo, un tenedor clavado en las capas de revoque.
Habiendo comprobado el retorno de la energía eléctrica y ya con la radio encendida, terminó de regresar a sus lugares, como cada vez, uno a uno los distintos elementos metálicos que sin dudas habían formado parte del singular remolino que acompañaba sus pesadillas.
No volvió a caer dormido sino hasta dos días después, y los malos sueños llegaron infaltables a su cita.
Aquella vez, algún enviado del pequeño matón rencoroso hasta los dientes, que eran ‘lo suyo’, finalmente lo encontraba. Dos manos mucho más fuertes que las suyas apretaron el fino cuello y no importó cuanto objeto lanzase al atacante, supo que nada evitaría el morir estrangulado.
Despertó jadeando agitadamente, rodeado por la muestra de arte moderno que daba fin a sus dulces sueños.
Sudando a mares helados, se recordó la necesidad de permanecer oculto. Que las balas le hubieran rebotado, por arte de magia y puro reflejo, a centímetros del cuerpo aquella vez que la desesperación lo llevó a robarle a ladrones no significaba ser inmune a todo lo que pudieran tirarle.
Una preocupación llevó a la otra, y no tardó en repensar la incertidumbre de un futuro no tan lejano y aún menos agradable que su presente. Aun si aquella rata inmunda no lo encontraba, sólo el diablo tenía idea de lo que pasaría con su pellejo cuando ya no le quedase un mango ni para pagar el hotel.
Lo que Gabriel tenía por seguro, era que no regresaría a su Santiago natal en silla de ruedas, con las manos vacías, a volverse una carga y hasta tal vez un peligro para sus seres queridos.
Ese y otros tantos pensamientos nefastos le hicieron compañía los días siguientes, y bien podría haber asumido que su suerte ya estaba echada, pero una extraña sensación lo contuvo de seguir martirizándose mentalmente.
La inesperada incomodidad de sentirse observado.
Buscó en derredor suyo al posible observador, y clavó la vista durante lo que le pareció minutos enteros en la pared que lo separaba de la habitación número cinco, la de la cordobesa que, a juzgar por las varillas del corpiño, la hebilla del cinto y toda su bisutería, se encontraba presente del otro lado.
Poco le faltó para reírse de sí mismo, a carcajadas, en la soledad del cuarto. Una inexplicable paranoia era el más esperable primer escalón descendente hacia la completa locura. Se asombró, genuinamente, de que no le hubiese ocurrido mucho antes.
Pero luego, también, lo invadió un sentimiento parecido a la calma, a la sensatez. Si acaso recordaba como se sentían esas cosas.
Por primera vez desde que la mala suerte lo tomara cautivo, se permitió pensar que tal vez no había mal que por bien no viniera, como solía decirle su sabia madre.
Empujado tal vez por esas palabras, el recuerdo de la buena mujer o vaya a saber el diablo qué cosa, durante los días siguientes agregó una inesperada sucesión de pensamientos positivos a los vicios y los sonidos de la radio con los que libraba su constante batalla contra el sueño.
Y venciendo el pronóstico nacido de la costumbre, el sábado, al atardecer, despertó con inesperada calma del primer sueño sin pesadillas en largos años.
Sin dar aviso, los primeros recuerdos positivos de su pasado en la comisaría llegaron poco después, mientras desayunaba un charuto, mostrándole un posible camino a seguir.
Quizás hubiese un sentido muy bien escondido, detrás de lo evidente, para todo aquello que le había pasado. Un propósito que él mismo estaba evitando, impidiendo con su dura cabeza, al abandonarse de la manera en que se abandonaba.
Por razones que no comprendió ni se preocupó en querer comprender, no hizo más que repensar su presente, su vida, la cantidad de tiempo perdido y hasta permitirse hacer planes a futuro en cada jornada subsiguiente, súbitamente dueño de una claridad mental que hasta aquel particular momento le había sido, al menos, esquiva.
Llegó a la conclusión de que había estado equivocado por demás, absurda y hasta dañinamente. Lo suyo no era una maldición que ocultar al mundo, sino por el contrario, la posible salida de aquel laberinto de una sola habitación en el que se había quedado encerrado por propia mano e ignorancia.
Afuera, en el mundo que nunca debió abandonar, abundaban malandras con enormes cantidades de dinero en su poder.
Sacudió la cabeza.
Una vocecita moral en su interior, eco del jovencito que salió de Santiago para ser policía en Buenos Aires, intentó reprimir esas extrañas, súbitas malas ideas.
¿En qué estaba pensando?
Pero una frase a medias, acuñada en recuerdos más cercanos comenzó a repetirse como un mantra, acallando aquella moral infantil, tan desafortunadamente ignota del mundo tal cual era.
’Ladrón que roba al ladrón.’
El joven inocente y el policía traicionado por sus propios compañeros no eran un pasado mucho más instructivo que su decadencia en tiempo presente.
Ya no era ni el Huesito Gaby de la escuela, ni el flaco Lezama de la seccional.
’No hay mal que por bien no venga.’
Llevado por un impulso que en un principio ni siquiera le pareció propio, utilizó las fuerzas que le quedaban en ambos brazos para tirar de la correa y su verdadero poder para hacer girar el metálico mecanismo que ayudó a levantar la cortina de plástico amarillento después de tanto tiempo sin haberse movido una sola vez.
Detrás de la consiguiente nube de polvo, la luz natural se derramó por su ser y abarcó el cuarto por primera vez desde su llegada, más de medio año atrás.
’Mientras haya luz’, se aseguró, repitiendo otro de los tantos latiguillos grabados en su mente, ’hay esperanza’.
Su visita dominical se encontró con una versión del viejo conocido que, por perdida en la memoria, ya le era desconocida.
—¿Te bañaste? —preguntó, desconcertado.
Poca importancia le dio Gabriel a la pregunta por demás retórica, y a las que siguieron en cada domingo a medida que, lento pero seguro, volvía a tomar su propia vida por las riendas.
Días y noches dedicó a refrescar viejos recuerdos y elaborar nuevos planes, saliendo del cuarto y hasta del hotel cuando le era necesario para ejercitar sus oxidados dones.
De madrugada, cuando casi todo dormía, levantaba los contenedores de basura ya vacíos y camiones de carga a medio llenar, preparándose para la verdadera salida, la que le cambiaría la suerte.
No abandonó los vicios, pero de pronto le importaba más pedirle a Pablo guías de tránsito y artesanías forjadas en hierro que marihuana y alcohol.
—Está cambiando todo, ahí afuera —compartió la visita, una de tantas otras noches acodado en la baranda de la terraza, y luego enumeró aquellas cosas que más le habían llamado la atención.
La policía y hasta gendarmería se comportaban de manera extraordinariamente normal y educada, como en las películas yanquis. Pablo ya ni siquiera se molestaba en esquivar postas y patrulleros. Los pastores estaban cambiando sermones para declamar la llegada de Ángeles y salvadores en lugar de monstruos y el fin de los días.
Y eso sin mencionar el barrio, donde las cosas mejoraban a cada segundo.
—Ese malandra no va a dejar que crezca nadie ahí adentro —lo interrumpió Gabriel, recordando sus propias experiencias con el desgraciado, dentro y fuera de la seccional—. El tipo se cree dueño de la villa y toda la gente.
Pablo no contuvo una enorme sonrisa.
—Es un barrio —volvió a corregirlo, incansable—. Y el dientudo está más loco que vos, y encima puto.
El poderoso inválido frunció el ceño.
—¿Qué?
Su corpulento visitante dominical comenzó a explicarse, pero a medida que hablaba, la voz de a poco se le iba rebelando, como queriendo ser más risa que palabras. El último, peor líder de la fragmentada banda delictiva estaba más dulce que nunca, devolviendo favores, haciéndose el bueno, y a los besitos con un travesti de vestido azul floreado y peluca roja.
Ninguno de los dos aguantó las carcajadas, y una vez recuperado el aliento Pablo no pudo convencer a Gabriel, completamente, de no estar tomándole el pelo.
Regresando al acostumbrado silencio a dos voces que los unía domingo a domingo en la terraza del hotel, no por primera vez pusieron las miradas a descansar sobre las pleamares de techos y árboles bajos que se extendían hasta más allá de la catedral de Santos Lugares.
’Pleamares’, repitió para sí Gabriel, festejándose la ocurrencia cerebral. El recientemente adquirido diccionario enciclopédico le enseñaba nuevas palabras y significados diarios, pero las frases ingeniosas que a veces se le ocurrían eran producto de algo mucho más profundo, un genio dormido que algún roce sin lámparas había despertado en su interior.
En sus mejores momentos cambiaba de lugar memorias, hechos, circunstancias y posibilidades como si fueran piezas de ajedrez. Era como si pudiese reparar en los detalles más insignificantes, permitiéndose planificar cada certero movimiento hacia un futuro mejor. Sin lugar a duda, estaba volviéndose más y más inteligente con cada segundo que pasaba.
—¿Qué hacés, salame?
Con un movimiento brusco pero efectivo, Pablo impidió que se metiera en la boca el extremo encendido del porro.
Recuperado del susto y la sorpresa, el salame se obligó a replantear el verdadero alcance de su capacidad de cálculo. Evidentemente, dos o tres arrebatos de genialidad por semana, especialmente los sábados, no equivalían a ser el nuevo Maradona de la humanidad. Lo suyo funcionaba, tan intermitentemente como su selectiva y fotográfica memoria, para los fines más prácticos de su vida. Programar su nueva salida laboral,por ejemplo, teniendo en cuenta que había sobrevivido a la primera de puro milagro.
Las balas le rebotaban antes de tocarlo, sí, pero cualquier pedazo de mampostería en la nuca seguía sobrando para pagarle un pasaje de ida al cementerio más cercano.
Quizás queriendo distraerlo de tan obscuros razonamientos, su habilidad siempre despierta desvió su atención unos cincuenta metros hacia la izquierda.
Un poco de práctica no le vendría mal, aunque no se tratara de un camión blindado.
—¿Querés ver algo? —preguntó en voz alta, evidentemente animado.
—No —respondió el menos loco de los dos, preparándose para lo peor.
Ostentando su natural media sonrisa malsana, Gabriel señaló un contenedor industrial con muy pocas bolsas de basura en su interior que descansaba, por así decir, bordeando la esquina más lejana a ellos.
—¡Bajálo, pelotudo! —exigió el espectador unos segundos después, como si quisiera gritar en voz baja, barriendo las calles con la mirada en busca de posibles testigos.
Gabriel devolvió la media tonelada de hierro apenas oxidado a su aburrida inmovilidad anterior.
’Media tonelada’, repitió para sí mientras continuaba recibiendo insultos en voz baja, ’un contenedor pesa media tonelada’.
Si se tratara del blindado, los custodios harían las veces de basura, pero no había más de trescientos quilos de custodio ahí adentro. En ese sentido, el viejo camión recolector y su pequeño enjambre de laburantes ofrecía, seis días a la semana, un mejor objetivo para sus prácticas.
Ya más tranquilo al asumir que ningún vecino había visto nada de aquello, Pablo frunció el ceño y se atrevió a inquirir en voz baja, mientras pasaba nuevamente el charuto.
—O sea… ¿Sudás como tu hermana en el confesionario cuando levantás la sillita esa de mierda, pero no te cuesta nada hacer volar un conteiner?
—No me pesan los fierros —explicó Gabriel, dando unos golpecitos con las falanges a los caños más cercanos de su prisión con ruedas—, es todo lo demás. Es mi peso el problema, no el peso de la silla ¿entendés?
—Tu peso —ironizó el otro, recorriendo con los ojos la mísera escasez de un magro cuerpo que terminaba, hacia abajo, en dos abruptos muñones anteriores a inexistentes rodillas.
—No entendés nada —aseguró el que sí entendía, sin aceptar la humorada ni rechazar el cigarro.
Pablo se llamó a silencio, pero no dejó de pensar en las muchas cosas que seguía sin entender, como el cambio en la actitud del expolicía, cada vez menos preocupado por esconderse y más atrevido en el uso de sus habilidades sobrehumanas.
Al abandonar el hotel con el sol en la espalda, ni siquiera se permitió asombrarse con la nueva lista de pedidos que incluía todo tipo de cadenas, mochilas de diversos tamaños, y una muy particular labor artesanal para encargar a un herrero en particular.
Los inquilinos que ya casi no le compraban droga intercambiaron, a plena luz del día, los más amables saludos con un sonriente Gabriel que lo acompañó hasta la vereda.
El domingo siguiente, las razones para creer que su mundo inmediato se apresuraba en volverse loco no disminuyeron.
—Gaby te está esperando —le avisó el Chavo ni bien lo vio llegar al hotel, apostado en la puerta de entrada junto con un puñado de vecinos y exclientes, como todos los domingos de ocio.
El interior olía a lavanda, limón, y pintura fresca. Las flamantes paredes blancas resplandecían gracias a la iluminación provista por bombillas nuevas, de sesenta watts. Todas en funcionamiento.
Al llegar a la puerta, como de costumbre, la manija giró sin necesidad de que nadie la tocase, invitándolo a pasar.
No por primera vez encontró al expolicía limpio y en una habitación ordenada, pero la cabeza rapada y el manto tricolor que lo cubría desde el cuello hasta más allá de los miembros faltantes eran algo completamente nuevo.
Una vez dentro y sin darle tiempo a saludar, el cierre de su propia mochila se abrió para dejar salir volando una pesada pieza de hierro.
—¡La trajiste! —exclamó su pésimo anfitrión mientras volaba el también, dejando bajo suyo la prisión con ruedas.
La máscara se posicionó frente al rostro de su nuevo dueño, y una capucha subió sobre la calvicie hasta que los pequeños engarces de metal quedaron situados en los precisos, casi imperceptibles orificios superiores de la elaborada careta, como si ambas piezas del disfraz hubiesen sido pensadas la una para la otra.
Aunque en su mayoría ocultos a la vista, era evidente que las cadenitas, pequeños ganchos y engarces que el tipo le venía pidiendo ya formaban parte de la túnica que lo hacía parecer un hombre completo, flotando de cuerpo entero, por así decir, sobre la silla.
Un detalle no menor eran las cadenas grandes, cuyos eslabones salían desde posibles aberturas entre los pliegues laterales del exagerado poncho pretencioso para terminar enrollados en el piso.
Pablo no pudo evitar preguntarse de dónde había sacado Gabriel una cabeza funcional para diagramar todo aquello a la perfección.
—¿Qué te parece? —preguntó el héroe de un barrio que no llegó a conocer.
Sin importar lo que pensara de los gustos personales del mamarracho, especialmente con respecto a su elección de colores, la túnica y esa pesada careta resultaban un mucho mejor disfraz de Hechicero que unos caños retorcidos, una bandeja con agujeros y la sábana de hospital, toda desgajada y pintada con manchones de sangre.
—Me parece que volvés a salir.
La máscara se corrió para dejar ver un rostro enrojecido por el esfuerzo en el que destacaban, detrás de la notable nariz, media sonrisa llena de cinismo y dos ojos negros cargados de brillo malsano.
—Me voy a sacar la lotería —prometió el inválido volador, para después regresar lentamente a su silla sin dar explicaciones.
Pasaron revista, como cada domingo, a los pasquines que los quiosqueros ya ni se molestaban en esconder de la policía. Las noticias eran las acostumbradas: la zona obscura seguía siendo un misterio inquebrantable, y las delimitadas ganaban nuevos límites con cada suceso explosivo.
A media tarde, la atención de Gabriel se desvió hacia la puerta.
—No abras —pidió, unos pocos segundos antes de que ambos pudieran escuchar los pasos y los educados golpes.
Con velocidad, se abrió la túnica para esconder lo más que pudo del traje a sus espaldas, y de una entre tantas alforjas en su silla sacó lo que parecía ser una peluca hecha con su propio cabello entrecano.
—¡Ya va! —gritó con ganas, pero no dio la orden de abrir hasta no haberse disfrazado de sí mismo.
Una sonriente cordobesa, la misma que hace menos de dos meses ni siquiera toleraba la existencia del Gaby, les ofreció una torta de hojaldre ‘para acompañar el mate’.
Horas más tarde, mientras subían rumbo a la terraza, la salteña del segundo le preguntó si le habían gustado “las empanadas de anoche”.
En ambas ocasiones, Pablo recibió del viejo conocido una sonrisa a medias y dos hombros en alza como toda respuesta para lo que fuese que ocurría.
¿Desde cuándo el arisco ese le caía tan bien a la gente? Una pregunta más que, por no expresada en voz alta, quedaría sin respuesta.
Ubicados en el rincón de siempre, se dedicaron a la muda tarea de fumar y contemplar el paisaje que ya conocían de memoria.
Cuando volvieron a intercambiar palabras, no tardaron en retomar sus temas de conversación más espinosos. Como si se tratara de un tic nervioso verbal, Gabriel volvió a reprocharle que siguiera viviendo en la villa.
—Es un barrio—, corrigió incansablemente Pablo, antes de decir en voz alta lo que al parecer ya no alcanzaba con dar por sobreentendido—. Y ya sabés por qué no me puedo ir.
—Aunque sea el Sheraton, Tulu —, intentó hacerlo entrar en razones Gabriel Hermenegildo Lezama, ya que de pronto estaba permitido decir las verdades tal cual eran—. Si el Chiqui no volvió hasta ahora, es porque ya no va a volver.
—No sabés —replicó Pablo Javier, el mayor de los hermanos Toulou, contento de poner las cartas sobre la mesa—, nadie sabe. Además, si no me lo encuentro yo, te lo vas a encontrar vos.
Las cejas que acentuaban la nariz singular del expolicía, por aquella vez, parecieron necesitar una nueva frente.
—Eso es una pelotudez —, se quejó, sorprendido de tener que decirlo en voz alta—. Si está vivo y no asoma el hocico en tu rancho, decime cómo me lo voy a encontrar yo de casualidad.
Pablo le dedicó la mirada que tenía reservada a quienes eligen ignorar la evidencia frente a ellos.
—De casualidad, no —dijo, estirando la última vocal y acompañando las palabras con el vaivén de un dedo índice—. Se van a encontrar porque se tienen que encontrar.
En aquel momento, ambos estuvieron convencidos de que el otro se había vuelto realmente loco, o era mucho más estúpido de lo que aparentaba.
—Te dije, boludo —declaró Gabriel con voz cansada—, dejamelo armar a mí. Vos le metés nada, y el faso careta te pega mal.
Pablo no dio lugar a la humorada, ni se llamó a silencio.
—¿Sabés lo que tienen en común la yuta y los chorros? —inquirió, en tercera persona, como si ninguno de ellos hubiese pertenecido jamás a las agrupaciones mencionadas.
—Prontuario —respondió el que elegía, de aquel modo, no preocuparse en resolver el acertijo.
—Se juntan —aclaró su rival en filosofía de bolsillos rotos y vacíos, con cara de orador que revela una verdad absoluta, innegable—. Todos se juntan. Los tarados que coleccionan moneditas viejas, estampitas, mariposas. Las amas de casa al pedo que hacen yoga y venden tupper. Los motoqueros, los artistas, los hippies, los testigos de Jehová, los putos, los violines, los nazis, los adoradores de satanás... los hinchas de river. Tarde o temprano, se encuentran y se amontonan. Porque, sino ¿con quién van a andar, de qué van a hablar, si para los demás son todos bichos raros?
Para quedar frente a frente con el poderoso inválido que era la última esperanza de volver a encontrarse con su hermano menor, Pablo se agachó y giró con una sola mano la silla de ruedas de un Hechicero que no le opuso resistencia.
—Ahí afuera seguro que hay más salames como ustedes dos, a los que les rebotan las balas, y te los vas a ir encontrando uno por uno, salame.
El exagente devenido en cínico ladrón y poco menos que un santo para los habitantes del barrio Loyola se encogió de hombros. Salvando las apariencias, no era tan imbécil como para no comprender que, muy mal disimulados detrás de la afirmación, había evidentes manotazos de ahogado.
—Si me lo encuentro, le encajo una estampita en el culo y te lo mando por expreso —prometió, y ya no volvieron a tocar el tema.
Los días que siguieron los dedicó al proyecto que, ocupando el lugar vacante que habían dejado las pesadillas, era el nuevo encargado de robarle horas de sueño. Jornada tras jornada y venciendo el cansancio, practicó el arte de mantenerse erguido con el arnés que lo sostenía dolorosamente en el aire. Para darse ánimos, más de una vez se imaginó en las penumbras, arrastrando las cadenas sobre el herido asfalto de una ruta muy mal iluminada. Una entrada triunfal.
Trató, en repetidas oportunidades, de emular el movimiento de una caminata, pero no necesitó mirar espejo alguno para comprender que no estaba dando resultado. Además, alcanzaba con parecer entero, y el efecto teatral de un vuelo rasante lo entusiasmaba.
El apodo que se había ganado en la villa lo apremió, desde que las buenas ideas lo habían encontrado, a profundizar en el impacto de su imagen. El público que lo esperaba, sin esperarlo, estaba muy por encima del espectador promedio. Gente entrenada, que había visto de todo y estaba preparada para casi todo. De esos mandados para el desgobierno no se encargaba la custodia común, y la primera impresión era fundamental si pretendía que lo recordasen como cualquier cosa menos quien realmente era: un flaco narigón, partido a la mitad, al que le había empezado a funcionar el cerebro una vez más.
Ocurría esporádicamente, los sábados y otros días selectos a según el capricho de vaya a saber que endemoniado sortilegio, y lo mejor que podía hacer era no buscarle tanto la vuelta y sacar el mayor provecho de sus neuronas despiertas.
Según las palabras del comisario Franco, en la comisaría, a las dos de la mañana el blindado doblaba en la estación terminal y le metía derecho por lo más oscuro de la Avenida Lemos. A esas horas la zona era una boca de lobo. Con los baldíos de un lado y el riachuelo del otro, antes de llegar a la estación Don Torcuato Gabriel encontraba su mejor oportunidad.
La memoria, hasta entonces perdida, regresaba a su cabeza en docenas de conversaciones a las que creía no haber prestado atención, y su nueva inteligencia separaba los detalles más importantes a según el grado de conveniencia. El plan de acción, así, tomaba una forma cada vez más precisa.
No era el suyo, sin embargo, un don totalmente gratuito. Una creciente paranoia se volvía desagradable compañera de sus ganadas fuerzas intelectuales. Por momentos, la locura susurraba en su oído que no estaba solo en la habitación, y solamente a cachetazos podía espantar tales ideas.
Antes de caer la noche del viernes ya lo peor de la locura había pasado, y podía también considerarse el mismo estúpido de siempre. El sábado, aunque nuevamente convertido en un ratón paranoico, tuvo el buen tino de anotar todo lo recordado junto con los detalles de un plan cada vez más sencillo, como debían ser los mejores planes.
Había cosas, empero, que no podían ser simplemente planeadas. Que requerían horas y horas de práctica. Mantenerse erguido en el aire mientras intentaba manipular otros objetos más allá del arnés, era la más importante de aquellas cosas.
Pasaron semanas enteras, y luego meses, pero con el correr de las madrugadas pudo levantar colectivos, camiones y contenedores no del todo vacíos sin perder el equilibrio, aun cuando él mismo se desplazaba de un lado a otro en el aire a voluntad.
Finalmente, el día tan esperado lo encontró más listo que nunca.
Se despidió de sus buenos vecinos augurando, más que desear, el mejor de los futuros y esperó hasta no escuchar un solo sonido en los pasillos ni sentir movimientos de metal en las habitaciones para ponerse su primer disfraz, tanto o más importante que el segundo.
La ropa vieja y hedionda que supo vestir sin lavar durante más de un año, tal vez inconscientemente anticipando ese momento. Las sábanas y frazadas sucias hasta el hartazgo con las que cubrir tres cuartas partes de su silla de ruedas, especialmente las alforjas por el momento vacías.
Un pelado harapiento que existiría por una sola noche, de camino a mejor vida.
Antes de que pudiera darse cuenta ya estaba fuera del hotel y del barrio. De vez en vez giraba por completo, convencido de que alguien lo seguía, lo acompañaba, pero no le permitió a la locura trepar por encima de sus planes. A cachetazos se quitó lo estúpido, y continuó avanzando por veredas convenientemente despobladas en su trono rodante de futuro millonario.
Esperó en el andén de la estación a que llegara el último de los trenes nocturnos, destinado a cartoneros, y viajó en un silencio enmarcado por el repaso mental de sus futuras acciones hasta llegar a la terminal.
Una gota más en el río de humildes y desesperados que desembocaba en la avenida, no encontró quien lo interrumpiera en su camino al punto de espera, donde descontando el escaso y fugaz tránsito sólo eran perceptibles la grotesca aleación de los postes de alumbrado y, a unos cincuenta metros de la ruta, el trenzado de un solemne, magnífico alambrado de acero inoxidable.
Unos minutos después de haberse apostado en el rincón más obscuro entre los árboles linderos, cambió la remera que de vieja y sucia ya no era blanca por el flamante manto tricolor del Hechicero y se puso a armar un porro.
Lo miró largamente antes de encenderlo, admirando su creación. No era más que un aberrante montón de papel húmedo de saliva, por el que sobresalía el contenido en todas direcciones.
—No está mal —se felicitó, mientras provocaba chispas en la piedra del encendedor.
Por supuesto, la aleación que lo componía no era de su agrado. Desde hacía un buen tiempo que había empezado a entender y despreciar el universo de la siderurgia moderna que, al parecer, aborrecía el uso de metales puros.
Su futuro imperio industrial, donde planeaba emplear a todos sus buenos conocidos, no sería tan miserable.
Retuvo el humo en la boca, saboreándolo, antes de expulsar el aire por la nariz. El Tulu le había asegurado que así pegaba más.
Buen tipo, el Tulu. Pensó, mientras recostaba la espalda en la por demás arropada silla de ruedas enfrentando su rostro con la luna y las pocas estrellas visibles en el cielo despejado. Era poco menos que una noche ideal.
Un viento fresco, inesperado, le llenó la cara de mechones grises.
Con su sexto sentido prestó atención a las manecillas del reloj en su pantalón antes de notar, a no más de quinientos metros, el pesado cuerpo del blindado.
Puntual, afirmó para sí, satisfecho.
Podía sentir las formas y densidades de los elementos que le importaban, como si los estuviese tocando con las yemas de mil dedos. Armas, municiones, cajas fuertes. Sobre todo, eso: las cajas.
En el puñado de instantes que antecedieron a la segunda misión del Hechicero, repasó en su mente los movimientos tantas veces practicados mientras el corazón se le aceleraba.
—Ladrón que roba al ladrón —murmuró nerviosamente antes de regalarse la última pitada, ponerse la máscara y tirar del arnés que levantó su enjuto cuerpo por encima de las copas de los árboles.
El blindado se acercaba a una velocidad que, en un país en funcionamiento, bien hubiese valido una multa y varios despidos.
Esperó hasta el último momento, cuando ya supuso imposible que los de la cabina no lo vieran, para empujar hacia arriba con fuerzas moderadas. Vio los gestos deformes de los pobres diablos y luego acompañó el vuelo rasante del camión que abandonaba el asfalto rumbo a los baldíos más allá del alambrado. Sin un esfuerzo mayor al que había previsto, lo sacudió en el aire con ambas puertas abiertas, deshaciéndose de conductor y acompañante a mitad de camino.
Apremiado por el creciente dolor en costillas, axilas e ingles, el Hechicero abandonó su presa en el barro a los pocos kilómetros y arrancó las dos hojas del portón trasero antes de mandar a volar las armas tan lejos como pudo. El chaleco de un custodio que insultaba desde dentro se mantenía en movimiento, el otro estaba quieto desde hacía casi un minuto. Con dos cadenas arrastró al marrano gritón fuera del vehículo, pero con sumo cuidado se encargó del cuarto hombre, completamente inmóvil.
Hasta ese preciso instante, su único temor era fracasar en la tarea o salir él mismo herido.
Negó con la cabeza, visiblemente nervioso. No estaba pasando, no podía estar pasando. Había tenido un cuidado de artista, ni siquiera permitió que el camión diera una vuelta sobre sí mismo, precisamente para evitar una fatalidad.
Solamente cuando el tipo tosió, un segundo más tarde, se permitió volver a respirar el poco aire que su cruz de cadenas le permitía.
Volando sin la gracia planeada, apartando las cadenas de su propio paso, se acercó a un punto equidistante entre los asombrados custodios.
—El Hechicero —murmuró, para luego agregar, nervioso—, ladrón que roba al ladrón.
Inmediatamente después, con la mayor de las torpezas tiró del arnés para perderse en la total obscuridad del descampado, seguido por un cuatrimestre de recaudación ilegal en ocho cajas fuertes de acero sólido.
Malhumorado y adolorido, regresó a su silla con la plena seguridad de no haber conseguido el impacto deseado.
Bajo la escasa iluminación del desamparo, abrió las cajas y acomodó el contenido en las forjas cosidas al asiento y el respaldo de su silla de pordiosero mientras el corazón dejaba de latir al ritmo de un furioso malambo.
Media hora más tarde, golpeaba la puerta del dúplex en el próspero Barrio Florido de San Miguel, donde lo estaba esperando, orgullosa de él, una muchacha ciega que todo lo veía.