The división cuando la sociedad cae surgimos

All Rights Reserved ©

Summary

THE DIVISION Cuando la sociedad cae, surgimos nosotros Nueva York no cayó. Fue ejecutada. El virus Variola Quimera no solo destruyó cuerpos… destruyó la confianza, el orden y la moral. Las calles están cubiertas de ceniza. Los hospitales son fosas comunes. Y bajo la cúpula que encierra la ciudad, el mundo ha decidido mirar hacia otro lado. Pero alguien sigue luchando. Fran, activado como agente SHD tras recibir el reloj de una mujer moribunda, descubre que la verdadera infección no es biológica… es humana. Traiciones dentro de la CIA. Protocolos secretos. Y un nombre que se repite como un susurro de guerra: Aaron Keener. Un agente que ha entendido algo que el resto aún teme aceptar: para reconstruir el mundo… primero hay que dejar que termine de arder. En una ciudad sin ley, sin rescate y sin redención, Fran deberá convertirse en algo más que un soldado. Deberá convertirse en juicio. En sentencia. En la última línea entre la civilización y el abismo.

Status
Excerpt
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 la caida de NY

Caída de la Zona Cero — Nueva York

La ciudad no colapsó de golpe. Primero fue silencio.

Nueva York amaneció bajo una tormenta invernal anormalmente densa. El viento arrastraba nieve sucia por las avenidas mientras las pantallas gigantes de Times Square parpadeaban con interferencias. Las radios locales comenzaron a emitir boletines contradictorios: “incidente sanitario aislado”, “eviten aglomeraciones”, “permanezcan en interiores”.

Nadie entendía aún el nombre que pronto dominaría todas las frecuencias:

Variola Chimera.

Un patógeno híbrido. Extremadamente contagioso. Periodo de incubación mínimo. Mortalidad incierta.

Los hospitales empezaron a saturarse en menos de seis horas.

Las salas de urgencias se convirtieron en trincheras médicas. Pacientes con fiebre hemorrágica, erupciones cutáneas negras y episodios de agresividad extrema llenaban los pasillos. El personal sanitario, superado, improvisaba zonas de aislamiento con cortinas de plástico y cinta adhesiva.

Las transmisiones internas de los hospitales registraban mensajes entrecortados:

“No tenemos camas.”

“Se están levantando… después de… —están atacando—”

“Cierren las puertas. ¡CIÉRREN—”

Las ambulancias dejaron de responder a llamadas individuales. El sistema pasó a modo de desastre masivo. Helicópteros médicos sobrevolaban Manhattan, pero muchos no regresaban.

El virus no solo mataba.

Transformaba.

Cuando las redes sociales empezaron a llenarse de vídeos de infectados atacando a civiles, la histeria se volvió contagiosa. Supermercados saqueados. Accidentes en cadena bloqueando autopistas. Familias enteras intentando huir a pie bajo la nieve.

La policía de Nueva York perdió el control de varios distritos en cuestión de horas. Las comunicaciones oficiales se degradaron a mensajes automatizados:

“Permanezcan en sus hogares.”

“Eviten contacto físico.”

“Se está estableciendo una zona de cuarentena.”

Pero ya era tarde.

La infección se movía más rápido que cualquier protocolo.

🛑 El cierre de la isla

El gobierno federal declaró Nueva York como Zona Cero. Puentes y túneles fueron sellados por unidades militares. Barricadas de acero, vehículos blindados y francotiradores establecieron un perímetro absoluto.

Quien quedaba dentro… se quedaba dentro.

Los intentos de evacuación degeneraron en estampidas humanas contra los cordones de seguridad. Disparos. Gritos. Helicópteros proyectando focos blancos sobre multitudes desesperadas.

La temperatura descendía.

Los servicios eléctricos comenzaron a fallar sector por sector. Manhattan se sumergió en una oscuridad rota solo por incendios dispersos y sirenas moribundas.

En las calles, algo más que el frío empezaba a dominar.

La metamorfosis urbana

La ciudad dejó de ser una metrópolis.

Se convirtió en un organismo enfermo.

Los infectados vagaban en manadas erráticas, atraídos por sonido y movimiento. Edificios enteros quedaron sellados por supervivientes que improvisaban refugios. Las transmisiones de emergencia se redujeron a bucles repetitivos antes de apagarse por completo.

No hubo reivindicación. Ninguna corporación reclamó responsabilidad.

A las 03:17 AM, en medio del colapso total de comunicaciones civiles, una señal codificada atravesó redes militares encriptadas.

Una sola orden.

Activación inmediata. Protocolo SHD. Primera oleada.

La Strategic Homeland Division no era una fuerza visible. No aparecía en ruedas de prensa ni en informes públicos. Sus agentes vivían como civiles hasta que el país dejaba de funcionar.

Y esa noche, el país dejó de funcionar en New York City.

Relojes inteligentes, anillos biométricos y dispositivos ocultos vibraron al unísono en distintos puntos del mundo. Pantallas mínimas proyectaron el mismo mensaje:

“Recuperar. Reestablecer. Proteger.”

Sin ceremonias. Sin despedidas. Solo movimiento.