Prólogo
En un recodo olvidado del mundo, un valle que el invierno había hecho suyo para siempre. No era un invierno cualquiera, de esos que traen nieve para hacer muñecos y tarde de chocolate caliente.
No.
El invierno del Valle de las Sombras era un gigante silencioso y eterno, con garras de hielo que arañaban las montañas y un aliento de escarcha que cubría los árboles. En lo más alto del valle, donde el viento ululaba como un lobo herido, se alzaba la cumbre del Gran Colmillo. Y en la cima, dentro de una gruta de cristal azul, dormía un secreto.
Un secreto de nombre: Ventisca de Tempestad.
No era una tormenta común. Era un torbellino de nieve y voluntad, un espíritu antiguo y furioso atrapado en el corazón de un glaciar. Durante cientos de años, había permanecido encerrado, soñando con libertad. Pero sus sueños eran pesadillas. Cuando se removía inquieto en su sueño helado, un escalofrío recorría el valle, y los habitantes del pequeño pueblo de Roca Clara, allá abajo, sentían un miedo que les helaba la sangre.
Los ancianos contaban la historia en susurros, junto al fuego. Decían que el día en que la Ventisca despertara, no sería una simple tormenta lo que azotaría sus casas. Sería un rugido de hielo que lo cubriría todo, una oscuridad blanca que se tragaría el sol. Sería el último invierno.
Una noche, mientras la luna llena se reflejaba en la superficie helada del lago, algo cambió. Una fina grieta, como un pelo plateado, apareció en el hielo de la gruta del Gran Colmillo.
Un niño, que no podía dormir por culpa del viento, lo vio. Apoyado en el alféizar de su ventana, observó cómo una estrella fugaz surcaba el cielo y, por un instante, creyó ver un destello de luz azulada en la cima de la montaña. No era una estrella. Era un suspiro de la tempestad.
Esa misma noche, un búho de las nieves, con plumas tan blancas que parecía un fantasma, emprendió el vuelo desde Roca Clara. Voló directo hacia el Gran Colmillo, llevando en su pico algo pequeño y reluciente: una única pluma negra como el carbón, la señal de que la profecía estaba a punto de cumplirse.
El viento se detuvo. El valle entero contuvo la respiración.
La aventura estaba a punto de comenzar. La tempestad se removía en su sueño, y solo una chispa de valor en el corazón de un niño podría evitar que el invierno se volviera eterno.