El Camino de Hierro

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Summary

¿Qué pasa cuando los ídolos de tu infancia se convierten en los monstruos de tus pesadillas? El cielo llora ceniza negra y los dragones son solo huesos pudriéndose en el fango. Yvar es el último portador del fuego de los Cielos Escarlata, un caballero solitario en una cruzada suicida hacia el corazón del imperio del Amo de las Sombras. Pero lo que le espera en la oscuridad no es solo una guerra por la supervivencia, sino la terrible verdad detrás de la caída de su linaje. El Camino de Hierro está trazado, y se pagará con sangre.

Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1 P1:El Precio de la Sangre y la Memoria

El viento del norte no soplaba; arañaba.

Yvar avanzaba con dificultad por la calle principal de un pueblo sin nombre, hundiendo sus pesadas botas de hierro en una mezcla de nieve sucia y barro congelado. Sobre su cabeza, el cielo no mostraba estrellas ni luna, sino la pesada y asfixiante tormenta de nubes púrpuras y negras del eclipse eterno que ahogaba aquellas tierras. A lo lejos, rasgando el horizonte como el colmillo de un dios muerto, se alzaba la imponente silueta de la Torre de Ceniza.

El joven caballero se detuvo un instante y la miró. Apretó la mandíbula, sacudió la nieve de su desgastada capa gris y empujó la pesada puerta de roble de la taberna "El Último Trago".

El interior olía a leña húmeda, cerveza agria derramada y sudor antiguo. Al entrar, Yvar se bajó la capucha. Era un joven que apenas rozaba la veintena, pero cuyo rostro estaba tallado por un dolor prematuro. Su cabello oscuro, revuelto y ligeramente largo, caía sobre una frente perlada de nieve derretida. Tenía la mandíbula tensa y cuadrada, cubierta por una sombra de barba de varios días en el camino. Pero lo que más destacaba en él eran sus ojos: oscuros, fríos y penetrantes como el hierro forjado. Eran los ojos de su padre.

Bajo la capa, llevaba una armadura de placas de acero mate, funcional y rayada por viejas escaramuzas, sin los pulidos adornos de los caballeros de la capital.

Yvar cruzó el salón en silencio, ignorando las miradas desconfiadas de los pocos parroquianos, y se sentó en la esquina más alejada y oscura. Sobre la madera pegajosa de la mesa, sus dedos enguantados buscaron instintivamente la empuñadura de su espada. El pomo estaba intrincadamente recubierto por escamas que parecían talladas en ámbar puro. A pesar del frío glacial de la taberna, el metal emitía un calor sutil, constante y reconfortante.

Era la Espada de Escamas. El único legado de Lady Elara, su madre.

Bajo la mesa, el joven de los Cielos Escarlata contó mentalmente su fortuna. Diez monedas de oro. Era exactamente todo lo que había logrado reunir tras vender su antigua vida para financiar aquel viaje suicida.

El estruendo de la puerta abriéndose de una patada rompió su concentración.

El viento helado se coló de nuevo, seguido por tres hombres. Bandidos de los caminos, con aspecto de lobos famélicos. El líder, un tipo corpulento con una repulsiva cicatriz purpúrea que le partía la nariz, recorrió el salón con una mirada depredadora. El silencio cayó sobre "El Último Trago"; nadie quería terminar la noche sangrando.

La mirada del líder se detuvo en la esquina oscura. En el forastero de cabello revuelto. Y, sobre todo, en el destello ámbar de su espada. Sus botas claveteadas resonaron hasta detenerse frente a la mesa de Yvar.

—Bonita capa —dijo el de la cicatriz, con voz de grava—. Y bonita mesa. Creo que la quiero.

Yvar no levantó sus oscuros ojos de la madera. Sus dedos acariciaron el ámbar.

—Hay muchas mesas libres —respondió, su voz plana y fría—. Esta está ocupada.

El bandido soltó una carcajada seca, inclinándose para invadir su espacio.

—Aquí se paga peaje por respirar, muchacho. Y tu peaje es esa bolsa que llevas... y quizás esa espada tan rara.

La mano callosa del bandido bajó a la velocidad de una víbora hacia la empuñadura de escamas.

Nadie tocaba esa espada. Nadie.

Yvar no desenvainó. Hacerlo significaba matar, y no mancharía el legado de su madre con la sangre de un ratero. Con un movimiento explosivo, agarró su pesada jarra de cerámica y la estrelló en un arco brutal contra la mano del bandido. El crujido de los dedos rompiéndose resonó en toda la taberna, seguido por un aullido de agonía del líder.

—¡A POR ÉL, MÁTENLO! —bramó, retrocediendo.

El segundo bandido cargó con un garrote remachado. Yvar levantó ambas botas y pateó la pesada mesa desde abajo, estrellando el borde contra las rodillas del gigante y haciéndolo colapsar. El tercero intentó flanquearlo con una daga, pero Yvar giró sobre sus talones. Desenganchó la vaina entera de su cinto y, usándola como un bastón pesado, asestó un golpe implacable con el pomo directamente en la nariz del atacante, lanzándolo hacia atrás.

El caos se detuvo. Yvar se puso en pie lentamente, su alta figura dominando la esquina. Con un siseo metálico, desenvainó apenas un palmo de la Espada de Escamas.

El acero no era común. Una luz ámbar, cálida pero letal, cortó la penumbra, proyectando sombras alargadas. Los bandidos se quedaron paralizados por el terror reverencial de la magia antigua.

—Largo —ordenó Yvar con una calma gélida—. Antes de que decida si vuestra sangre sirve para limpiar este suelo.

Los tres aterrorizados ladrones tropezaron entre sí y huyeron hacia la noche.

Yvar envainó la espada con un golpe seco. Acomodó su capa y se dispuso a marcharse, pero un sonido a sus espaldas lo detuvo. El tabernero, un anciano esquelético con un parche de cuero negro, había salido de detrás de la barra. No miraba a Yvar, sino que temblaba mirando la empuñadura de ámbar.

—Ese diseño... —murmuró el anciano, persignándose rápidamente—. Solo hay una estirpe que porta el acero de las escamas de ámbar. La Dama del Amanecer.