I: Mal augurio
—Jaja, mira eso. Alguien te busca, Miri.
Como era habitual, Preir estaba en lo correcto. El hombre que acababa de entrar a la taberna tenía toda la pinta de estar buscando a Miri. Por alguna razón, siempre era fácil saberlo. Preir tenía el ojo entrenadísimo en ese asunto.
—Pfff —fue la elocuente respuesta de Miri a la situación. Solo por si acaso, volteó el cuerpo en dirección a la barra antes de seguir tomando su cerveza. Estaba un poco caliente. Normal, dada la época del año. Pronto sería insoportable salir de día. Agh.
—Ahí viene —susurró Mélador divertido. Como siempre, los tres fingirían que nada sucedía hasta que efectivamente sucediera lo inevitable. Era como un juego que solo divertía a dos de ellos.
El recién llegado se acercó a la barra, para hastío de Miri, y pidió una cerveza fría y algo para comer. Naria, la camarera, no tardó ni un segundo en acercarse al nuevo para atender su pedido. Y, tal vez, coquetear un poco.
El tipo era exacto su tipo. Alto, barba de tres a cinco días, facciones duras, pintas generales de vagabundo. Olor corporal considerable. A Naria le gustaban así, morenos y con aspecto de no valer ni un centavo. Para disgusto constante de Preir, que no pasaba una semana sin tener que rescatar a su rubio y bien dotado retoño de las seductoras garras de algún pordiosero.
Que difícil es ser padre, era la frase predilecta del dueño de la taberna. Miri siempre asentía en silencio ante su afirmación, un segundo antes de pedir otra ronda de alcohol.
—¿Cuánto crees que tarde esta vez? —preguntó Mélador dirigiéndose a Miri. La expresión divertida no había abandonado su rostro ni un solo segundo. Rara vez lo hacía, en realidad.
—No lo suficiente como para que resulte interesante. —La respuesta de ella vino en relación a como Preir ya estaba en camino para correr a Naria de la nueva red a la que estaba a punto de saltar.
Por suerte para todos, el forastero no parecía tener el mínimo interés en la hermosa camarera que le acercaba el pecho junto a su plato de guiso de cordero. La especialidad de la casa, solían bromear por las calles. Pecho de cordero.
—Lo dejarás esperando —dijo Mélador antes de darle una mordida al durazno que cargaba en la mano. Le fascinaban los duraznos.
La respuesta de Miri fue acabarse la cerveza caliente, dejar unas monedas en la barra y salir por patas del lugar. El desconocido podía pudrirse. Le daba lo mismo.
Nadie le dirigió la palabra mientras atravesaba las mesas atestadas y los grupos de borrachos. La gente ya la conocía. Cuando Miri se movía de cierta manera era mejor dejarla tranquila.
Se preguntó cómo habría hecho el tipo para encontrarla. Estaba segura, segurísima, de que esta vez su rastro era prácticamente indetectable.
Un perro aulló en la distancia y lo sintió como un augurio. Qué tontería. Perder una noche tan hermosa como esa huyendo de un desconocido que seguro no querría más que pedirle alguna estupidez.
—¿Ahrola? —le susurró una voz sin dientes desde un callejón. Estuvo a punto de ignorar el llamado, pero tras pensarlo un segundo se devolvió sobre sus pasos y entró en la oscurecida callejuela.
Hacía calor, la noche era joven y ella perdía el preciado tiempo que podría haber utilizado en desplumar a un par de incautos con un par de rondas de cartas. Había creído al despertar que ese día tendría suerte. Pfff.
Minutos más tarde cruzaba el pequeño puente del río. En un sobre de cuero bien sellado, cinco rollitos de hierba de Ahrola esperaban en fila su destino. Quizás se había excedido un poco con la compra. Dos era más que suficiente para un mes entero. ¿Qué haría con cinco para ella sola?
Bah, siempre podía llevarlos al otro lado. Truri le compraría lo que le ofreciera. Y por más de lo que en realidad valían, que era lo importante. Truri era fácil de timar, para desgracia del pobre y para juego de la moral de Miri.
No se entretuvo demasiado. Si no podía jugar a las cartas, al menos fumaría en un lugar tranquilo. En pocos minutos sus pies trepaban la torre en la cual vivía.
No era una torre per se, pero le gustaba llamarla de esa manera. La vieja construcción se alzaba en forma de cilindro hacia el cielo; todo su redondeado cuerpo relleno con diminutas habitaciones a las que la palabra casucha les quedaba grande.
La suya era la más alta y, por lo tanto, tenía acceso al techo. Si te dabas maña trepando el muro al salir por la ventana, pero eso era solo un detalle.
Mientras el humo de la hierba bailaba en el cielo la imagen del forastero regresó a su mente.
La encontraría. Siempre lo hacían. Era como una especie de maldición enfermiza. Tenía que prepararse, armarse de paciencia, para cuando llegara ese momento. Se preguntó qué querría de ella, qué clase de deseos perversos querría verla realizar.
Ojalá no fuera un loco de esos, a los que solo les interesaba la venganza. Aunque no tendría muchas esperanzas puestas en ello. Por las pintas que traía bien podría ser un noble venido a menos que buscaba recuperar el control de sus tierras o algo similar. Esa gente nunca se acostumbraba al bajo mundo.
Mal por ellos. Peor para ella, que era a quien le tocaba lidiar con los problemas ajenos.
Cuando el tubo de hierba llegó a su fin resistió el impulso de encender otro y descendió de nuevo por la ventana. La noche era cálida, por lo que lanzó al suelo las mantas que descansaban sobre el colchón. Luego las arreglaría. Le habían chafado una noche maravillosa, no lo haría peor poniéndose a limpiar.
Se quitó la ropa, se lavó y se lanzó a la cama. El techo seguía igual que siempre. Esa vieja construcción de ladrillo seguía igual que siempre.
Con un poco de suerte esta vez lograría escapar de un encuentro inevitable. Quizás, si se quedara allí escondida durante unos días, el desconocido se hartaría y partiría a otra ciudad. No era la única en su tipo, a fin de cuentas. Podía encontrar a otro que estuviera dispuesto a satisfacerlo.
Ya, bueno. Solo quedaba esperar.
Para ignorar un poco las verdades del mundo rodó el cuerpo de cara a la pared y se dispuso a dormir. Despierta tampoco solucionaría nada.
*
—Creí que te tomarías el día libre —dijo Mélador, sorprendido de verla llegar.
—También yo, pero me aburría. —Había abusado un poco de la confianza de su jefe al aparecer recién por la tarde. Aunque Mélador no se lo recriminaría, ambos lo sabían—. ¿Qué pasó cuando me fui?
—Adivina. —Dicho eso, el hombre levantó aquello sobre lo que estaba trabajando: un medallón de oro tallado.
Miri lanzó un silbido, asombrada.
—¿Quién fue? —preguntó ella aceptando el medallón que le ofrecían.
Pesaba. Y el diseño era intrincado. Incluso cubierto de mugre resaltaba la mano experta del artesano. Se notaba a leguas que era auténtico. Mélador había tenido suerte.
—Naria. —El nombre de la chica llegó acompañado de sus risas.
—¡Preir debe estar la mar de contento! —Imaginar al viejo con canas verdes a causa de la chica era un gran aliciente contra el mal humor.
Naria siempre lograba su cometido. Siendo ese: despellejar a las pobres víctimas de su belleza. Preir no debería sentirse tan ansioso por su retoño, sino por los pobres incautos que tuvieran la mala suerte de caer en sus garras.
—Tendrías que deshacerte de él cuanto antes —sugirió Miri mientras tomaba el puesto de Mélador para acabar de limpiar la pieza.
El jefe aprovechó para lavarse las manos y empezar a ordenar la mercancía que había ingresado el día anterior. Todo tipo de objetos comenzaron a salir de baúles de cuero empolvados. Vasijas, cubertería, relojes, ropa. Mélador no le hacía asco a nada al momento de aceptar un buen botín. Todo podía venderse si sabías a quién y cómo hacerlo, era su filosofía de vida y lo que había mantenido la tienda a flote durante más de treinta años.
—En un par de días llega una caravana. Ese será el momento.
—¿Tan pronto? —se sorprendió Miri, levantando la vista del trabajo. No había pasado mucho desde la última. Una vez al mes era lo normal.
—Algún noble ocioso quiere recorrer el país y obviamente Sah no puede quedar fuera de la lista —explicó Mélador mientras decidía qué quitar y qué conservar de los escaparates que daban a la calle. Tenía gran gusto a la hora de organizar los objetos, eso era algo que secretamente le admiraba.
—Por supuesto —respondió en el mismo tono compinche.
Los nobles eran fáciles de timar. Como no tenían idea de lo que valían las cosas o de materiales, era sencillo colar una que otra vasija de barro haciéndola pasar por porcelana fina. Además, nunca venían solos. Requerían protección de la gente del interior lo que se traducía en guardias con bolsillos sensibles a una mano traviesa; y diversión, lo que se traducía en hermosas concubinas que rara vez resistían la tentación de la seda y los diamantes.
El negocio perfecto, como quien dice. No era de extrañar que Mélador hubiera estado guardando las cosas más bonitas fuera de la vista de la gente. Debía de tener esa información desde hacía días.
—¿Qué hay de nuestro nuevo amigo? —preguntó después de un rato, tratando de que no se notara la ansiedad que traía dentro. No funcionó.
—Preir tenía pensado echarlo apenas despertara de la borrachera. Se quedó dormido en el callejón después de perder a las cartas unas diez veces.
Esa maniobra tenía el sello de Naria por todas partes. El pobre volvería a casa sin una sola moneda y encima pensando que lo habían robado por borracho.
No le daba pena. Al menos, no demasiada.
Para espantar cualquier posible pensamiento de lástima por el desconocido, continuó limpiando el medallón. La precisión milimétrica que se requería para esa clase de trabajos era lo que la llevó a convencer a Mélador de contratarla. Cada pieza tenía su maña y su historia, y ella disfrutaba desenterrando esas narraciones silenciosas del pasado.
En este caso, por el diseño y el tipo de proceso de manufactura, podía intuir que el medallón procedía del norte. Muy lejos de Sah, el interminable desierto.
Eso la llevó de manera inevitable a pensar en el desconocido. ¿Cuál sería su historia? ¿De dónde venía con exactitud? ¿Hacia dónde se dirigía?
Bueno, al menos una de esas tres preguntas tenía respuesta: hacia ella. Y de ahí, al futuro.
Suspiró. Ojalá Preir se diera prisa. Quería ir a la taberna más tarde a gastar toda la suerte acumulada de la noche anterior.
—Iré a ver a Radah —dijo de pronto. No dejó de cepillar en ningún momento. Quería que la afirmación sonara casual.
—¿A qué viene eso ahora? —Mélador continuó también pasando el trapo a un juego de cubertería de plata con incrustación de piedras preciosas. De qué casa habrían desaparecido tales gloriosas piezas de artesanía era mejor no saberlo.
Miri se encogió de hombros, como si hubiese sido un pensamiento del momento.
—Lo extraño —dijo con simpleza—. Además, es mi marido. No debería haber problema con ir a ver a mi marido.
—Claro que no —coincidió su jefe—. ¿Estás segura de que…?
La pregunta quedó en el aire y cuando no pudo soportarlo más, lo miró.
—¿De qué? —espetó con algo más de violencia de la necesaria.
—De que es el tiempo propicio —terminó el hombre como si hubiera cambiado de palabras en el último momento.
—No hay tiempo más propicio que el presente —respondió intentando suavizar el tono y se sorprendió al notar que estaba citando a Radah. Al Radah de un tiempo muy, muy lejano.
Quizás debería llevarle un regalo. Algo de plata estaría bien. A Radah le gustaba coleccionar minucias de plata. ¿Cuándo fue la última vez que le hizo un regalo?
Ah, no debió hacerse esa pregunta.
—Lo rompes, lo pagas —dijo Mélador sacándola de sus pensamientos.
Estaba apretando tan fuerte el medallón que si no paraba lo rompería. Lo soltó de golpe y la rueda de oro rebotó contra el mostrador de madera y rodó fuera de su alcance, deteniéndose al borde del precipicio.
—Ve a ver a Naria. Yo cerraré hoy. —Era un ofrecimiento grandioso, teniendo en cuenta que había trabajado menos de una hora.
Se aferró a ello con uñas y dientes, saliendo disparada por la puerta en un pestañeo, siendo seguida por la silenciosa mirada de su jefe.








