Pas de deux a un latido

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Summary

" ¿En qué momento olvidé lo que se sentía estar tan feliz por algo que no fuese el ballet? " Azul sigue bailando ballet, aún cuando sus padres creen que lo dejó hace un par de años y ahora se encuentra estudiando leyes en una ciudad vecina. Vivir con su hermana mayor fue el escape perfecto, pero la repentina visita de sus padres lo obligan a huir. ¿Qué podría ser peor que ser atrapado en tu mentira? Volver a ver a tu primer amor, primer beso y, además, primer rechazo podría ser una respuesta de poco peso. Si no tuvieses que compartir habitación con él durante tres semanas. Y darte cuenta de que, tal vez, aún después de años sigue haciendo latir tu corazón.

Genre
Lgbtq
Author
Munpi
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

♡Capítulo 1♡

Ya había perdido la cuenta de las veces en las que Diana, mi hermana mayor, asomó la cabeza por la puerta entreabierta de mi habitación para comprobar que hubiese algún avance desde el último vistazo, hacía cinco minutos.

En el momento que sentí sus pasos acercarse, otra vez, solté un suspiro y me dejé caer de espaldas en el piso sobre la alfombra mullida, de color rosa pálido, justo a un lado de la cama.

Sentí los hombros crujir un poco y la parte baja de mi espalda algo tensa, ya estaba cansado de estar tanto tiempo, por más de dos horas casi, en el mismo lugar y mi cuerpo me lo recordaba de la manera más amigable posible.

Podría ser peor. Había tenido días de cansancio más horribles que este.

—¿Quieres que te ayude?

Giré la cabeza para mirarla, desde mi perspectiva se veía casi invertida, como si estuviera pegada a una de las paredes de la habitación. Asentí y me estiré, soltando un pequeño quejido.

Diana se acercó y se posicionó a mi costado, cruzando las piernas y apilando los libros que me faltaba poner dentro de la caja. Me incorporé tomando unos cuantos también, debía terminar de ordenar antes de que oscureciera y cuatro manos trabajaban más rápido que dos. Escuché un casi inaudible bufido y me giré a mi izquierda, para ver cómo mi hermana pasaba la mirada por los títulos que había tomado, su cara contorsionada casi en una mueca de disgusto me sacó una breve carcajada.

—Que no sean de la editorial de tu novio no significa que sean malos. —dije, tomándolos de sus manos para dejarlos junto a los demás. —No es mi culpa que aún no quieran incursionar en la edición demanga.

—Solo soy una pobre abogada a tiempo completo, esclava de ese mundo de palabras. No puedo hacer mucho más que orientar a Leo a enviar una solicitud. La que, por cierto, lleva esperando varias semanas ya... Pero, al menos tenemos unas cuantas novelas gráficas, y eso lo siento como un logro. —su voz con tintes de orgullo me hizo sonreír.

No conocía a nadie que trabajara tan duro como Diana y sus logros eran mi alegría también. Ella muchas veces se quejaba sobre su trabajo en la editorial, pero amaba los libros con una intensidad casi igual al amor que le tenía su novio —o como yo—, y aunque no se implicara directamente con el proceso creativo, le daba una sensación de bienestar cuando presenciaba como un autor firmaba un contrato.

Sus ojos se iluminaban al recordar como cada uno de ellos, en su mayoría autores noveles, casi temblaban de júbilo a la hora de tomar el lápiz.

Al final había podido disfrutar de un trabajo que en un comienzo fue parecido a una sentencia de cadena perpetua.

Cerré con cinta de embalar otra de las cajas que ya ocupaban casi la mitad del cuarto y me levanté para pasar un paño sobre la superficie del librero. Se veía sin vida con ninguno de mis libros y decoraciones en el.

Tan blanco, tan frío.

Sin historias que descubrir o lugares a los cuales volver.

—Comeremos sushi para la cena, tómalo como un incentivo para terminar pronto aquí. —Diana, aún sentada, hizo un bailecito gracioso intentando hacerme reír.

Mi pecho vibró ante el nacimiento de una risa y resoplé, logrando que un par de los mechones color magenta que caían sobre mi frente y nariz se movieran de su sitio.

—Creo que podría comer un par de piezas...

—Hoy es tu último día aquí, además hace mucho tiempo que no comes algo más delicioso que no sea pechuga de pollo con verduras.

—No como solamente pechuga de pollo con verduras. —dije frunciendo el ceño, intentando hacer memoria de lo que había comido ayer.

Diana elevó los hombros y movió la mano de un lado a otro, ese movimiento que decía “ya, ya, como sea” y se giró para armar otra caja, en la que iría la mayoría de mi ropa. Volví a girarme hacia el librero, buscando algún sitio que tal vez no hubiese limpiado.

—De todas maneras, Odette dijo que hoy podrías comer más que de costumbre, la semana pasada no fuiste con los demás chicos de la academia a su salida por pollo frito. —sentí su mirada sobre mi pero no me giré.

Mis manos apretaron un poco más el paño con el que ya había terminado de limpiar, pero de igual manera lo pasé de nuevo por uno de los estantes, haciendo movimientos más lentos esta vez. Musité un“mmh”y seguí con mi tarea.

Diana pensaba que no había ido aquella vez porque me dolía el estómago. Al menos eso era lo que yo le había dicho, a ella y a la maestra Odette, pero no era del todo cierto.

Mi estómago sí estaba apretado ese día, pero no por la comida o porque me sintiera enfermo realmente. Era algo más cerca de estar ansioso, sentir que algo me golpeaba en el abdomen y de pronto perdiera todo el aire, dejándome sin poder respirar, aunque lo intentara. La misma sensación que últimamente me abordaba minutos antes de ingresar a la academia.

Mordí ligeramente la parte interna de mi labio inferior y los brazos comenzaron a picarme, igual que el cuello. Por suerte el ruido de la puerta de la entrada abriéndose me espabiló y mis manos se detuvieron justo a medio camino de llegar a la superficie descubierta de mis extremidades.

—¡Estamos aquí! —mi hermana gritó y, en menos de un minuto, Leo se asomó por la puerta de la misma manera en la que Diana lo hacía.

Costumbres que se pegan al vivir tanto tiempo en pareja, suponía.

Todavía traía consigo la mochila con la que iba al trabajo y su cara estaba algo roja, lucía cansado, pero aún así sonrió al vernos.

—Hola, cariño. —Diana se acercó para besarlo y yo desvié momentáneamente la mirada.

No era que me molestara que demostraran su cariño de forma física frente a mí, y aunque ya me había acostumbrado a verlos besándose, a veces prefería evitar presenciar sus escenas desbordantes de amor. Mucha miel podría ser empalagosa.

—No me digas, ¿el ascensor está fallando otra vez? —Diana habló con un tono de sorpresa fingida. Ante el asentimiento de Leo ella chasqueó la lengua.

Él giró el rostro en mi dirección y sonrió al mismo tiempo que levantó la mano para saludar.

—Veo que ya casi has terminado de vaciarlo... —dijo mientras miraba por todos lados.

Lo imité y mi pecho se sintió vacío al ver el cuarto de la misma manera.

Vacío.

Ya no había nada además de la cama, el clóset y el librero.

Las paredes estaban limpias, como si nunca una postal o fotografía hubiese sido pegada en ellas. Tampoco se percibía el aroma de las flores que Diana me regaló al final de cada una de mis presentaciones y que solían estar colgadas en una de las paredes, secas, pero recordándome que había tenido un logro más y que era un hermano menor querido, por ella y por su novio.

—La maleta que llevarás mañana ya la tienes lista, ¿verdad?

Di un pequeño brinco en mi sitio y miré a los dos adultos que me observaban con una pequeña sonrisa en sus labios. Me habían pillado volando en cualquier otra parte menos en el presente.

Asentí y la señalé, a un lado del clóset.

—Llevo lo esencial, tal y como me lo dijeron: útiles de aseo nuevos, mis productos deskincare, toallas, ropa prevista para una semana, la que pueda lavar para seguir usando por un par de semanas más, también mis zapatillas de ballet y... —dije enumerando con mis dedos, haciendo memoria de todo lo que había dejado en el interior de la maleta. No quería olvidar nada importante.

—Sí, sí, sí... lo llevas todo, lo capto. ¡Ahora a comer!

Diana me tomó del brazo y me sacó junto a ella de la habitación.

Siempre me había quejado de esa mala manía de tironearme, pero sin dudas iba a extrañarla por las próximas tres semanas.

Y era algo que me cabreaba.

Pero era mi culpa. El que tuviese que irme era mi culpa, y no podía hacer un berrinche por eso.

—¡Azul! Otra vez estás en las nubes... —Diana volteó los ojos y me hizo una seña para que me acercara a ella. —¿Podrías ir a comprar una gaseosa a la tienda de la otra cuadra?

Mis piernas se detuvieron por sí solas y tras inspirar un par de veces, profundo y largo, agradecido de que ella estuviese dándome la espalda mientras buscaba su tarjeta, solté unlo suficientemente alto para que ella me escuchara.

Al voltearse y tenderme la tarjeta su rostro estaba adornado por una sonrisa. Me sacudió un poco el cabello y rió al ver mi cara de desagrado.

—Tengo un hermanito menor de lo más precioso, cariñoso, atento...

—Ya entendí, ya entendí. Sólo porque me voy mañana es que no te recuerdo que te tocaba a ti ir a comprar hoy... —me llevé la mano a la boca y abrí los ojos, fingiendo una falsa sorpresa. —Ups, creo que ya lo hice...

Me reí y caminé rápido hacia la puerta, escuchando como ella se quejaba, tomé las llaves que colgaban de la pared y salí del apartamento antes de que Diana se pusiera a darme un discurso con palabras opuestas a los cumplidos que me había recitado hacía un momento.

La tarde no estaba tan fría, el otoño apenas había comenzado, pero, aunque al bajar las escaleras mi cuerpo ganó algo de calor, al salir a la calle el viento que me sacudió el cabello y levantó un poco mi camisa me hizo temblar. La piel de mis brazos se erizó y di un par de saltitos antes de seguir caminando.

Necesitaba tomar algo de valor.

¿Cómo el hecho de ir a comprar a una tienda podía hacerte latir el corazón tan rápido como si acabaras de terminar uno de los actos principales de una función de ballet?

Mi mano apretó la tarjeta y mis pasos se hicieron más lentos a medida que el escaparate de la tienda se hacía más visible y cercano. A lo mejor podría caminar un poco más e ir al pequeño local que atendía Raúl, el abuelo de una de mis compañeras de la academia. Tal vez si corría mi hermana no se daría cuenta de que había ido a comprar cinco cuadras más lejos de casa.

Pero era tarde y no quería hacer esperar mucho más a Diana y a Leo.

Me obligué a enfocar mis pensamientos en el gato que estaba durmiendo a un lado de la maceta con rosas que adornaba el exterior de la tienda y mi mano empujó la puerta de cristal. La campana que anunciaba nuevos clientes sonó cuando la puerta chocó con ella.

No había tanta gente dentro y pude escuchar las voces de la chica tras la caja registradora y la niña a la que atendía en ese momento. Un suspiro inevitable salió de mis labios y continué caminando hacia uno de los pasillos casi al fondo de la tienda, me propuse terminar lo más pronto posible con la compra.

—Naranja, piña, cereza... —dije mientras mis ojos pasaban por cada botella dentro de la máquina de frío. —¿O refresco de cola? Todo sería más fácil si ella...

—No puedes beber refresco de cola.

Mis brazos se tensaron al escuchar la voz profunda y cercana, separé la mano del cristal y giré la cabeza hacia la derecha, aún medio agachado. Me enderecé y aclaré la garganta al encontrarme con su rostro serio, sonreí y cerré los ojos al mismo tiempo.

—No es para mí. —respondí con un dejo de amabilidad, mi voz saliendo casi como un susurro, y tomé la botella helada. —No sabía que trabajabas hoy.

Nicolás se cruzó de brazos, haciendo estirar la camisa de su uniforme de trabajo en la parte de los hombros. La tarjeta de identificación sobre su pecho se hizo a un lado, doblándose un poco. Sus ojos oscuros se entrecerraron y frunció la boca, algo le molestaba.

Me sentí diminuto.

—No me dijiste que te ibas.

Ah, era eso.

—Sí... sólo la maestra Odette lo sabe, así que...

Se acercó un paso hacia mí y mi brazo se aferró un poco más alrededor de la botella. El frío me hizo recordar que no podía bajar la guardia.

—Pero yo soyyo. —su voz sonó aún más profunda y la sonrisa que surcó sus labios no me gustó para nada.

Sentí ganas de vomitar.

Solté una pequeña risa y di un par de palmaditas en su hombro tenso, otro recordatorio de que él era mucho más alto y fuerte como para echar todo a la basura y demostrarle cómo realmente me sentía con su presencia.

Me arrepentí muchísimo de no haber corrido hacia la otra tienda.

—No te preocupes, conmigo o sin mí aquí nadie robará tu papel principal para el musical de otoño. —me alejé un poco y miré de reojo hacia la caja, ya no había fila.

—Sí me hicieras caso, podríamos convencer a la maestra para que el rol femenino no sea en exclusivo para una de las chicas.

Siempre con lo mismo.

Negué y reí un poco más fuerte, mi garganta dolió por lo apretada que estaba.

—No podría bailar contigo.

Nicolás sonrió una vez más y se agachó para quedar más cerca de mi rostro.

Aguanté la respiración.

—A lo mejor termina como la última vez... —dijo y su nariz casi rozó la mía. Mis dientes se apretaron.

Posé mi mano libre en su pecho y lo alejé, él no opuso resistencia alguna y una pizca de alivio se instaló en el centro de mi pecho. Con suerte no se habría dado cuenta de que esta estaba temblando.

—Tres semanas... —dije, antes de girarme. —Volveré en tres semanas. No molestes a nadie mientras no estoy.

Me callé antes de que un lastimeropor favorsecundara mi última frase. Siempre había más formas de verme aún más patético.

Mis palabras con un tinte burlón fueron el camuflaje perfecto para evitar que siguiera hablando. Él no me consideraba una amenaza y prefería que creyera que me tenía en la palma de su mano, así no podría herirme de nuevo. Era lo mejor para ambos.

Su sonrisa ladeada perduró mientras me cobraba por el refresco y su mano se detuvo más tiempo de lo normal sobre la mía al entregarme la tarjeta de crédito. Su dedo pulgar se deslizó por el dorso de mi mano y puse una cara de fastidio, la que le pareció muy graciosa porque comenzó a reír, dejando de tocarme.

Al fin.

—Nos vemos en tres semanas, entonces. No olvides seguir tu dieta y la rutina de ejercicios. Quiero seguir pudiendolevantartesin problemas cuando regreses.

Apreté los labios al percibir el tono con el que había dicho la última frase, al mismo tiempo que mi estómago casi se dio vuelta.

—Idiota.

La palabra salió de mis pensamientos y mis ojos se abrieron al darme cuenta. La cara de Nicolás cambió al no escuchar vástagos de broma en mi voz, vi como su mandíbula se marcó más y di un paso atrás.

A lo mejor fue porque sentí más personas a mi espalda y sabía que él no podría abandonar su puesto de trabajo si no quería tener problemas, o tal vez era el hecho de que al otro día me iría de la ciudad.

Lo que fuese me dio el valor de levantar mi mano para mostrarle el dedo medio y, aún con voz temblorosa pero llena de verdad, soltar en su cara un: —Eres un imbécil, Nicolás Badillo.

Mis piernas dolieron cuando corrí una vez estuve fuera de la tienda. Pensé que el corazón se me iba a salir y mis ojos picaron, por el aire frío y porque tenía ganas de llorar.

Había sido muy valiente o demasiado idiota.

Lo único que me daba un poco de alivio era pensar que no vería su rostro por varios días.

Lo que pasara una vez volviera podría comenzar a atormentarme desde mañana.


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¡Hola! Aquí Mun (o Munpi, como quieras decirme) espero que hayas disfrutado del primer capítulo. Me emociona mucho que puedas conocer a Azul y su historia, este es, literalmente, solo el inicio. Se vienen muchas cositas.Un abracito.