Capitulo 1
Era una tarde sofocante de verano en el departamento. El aire acondicionado había decidido morir esa mañana, y el calor pegajoso se colaba por cada rendija. Inko Midoriya, con su cabello verde oscuro pegado al cuello por el sudor, llevaba solo una blusa blanca ligera de algodón –tan fina que se transparentaba el sostén– y una falda corta holgada que apenas cubría la mitad de sus muslos generosos. Sus pechos pesados subían y bajaban con cada respiración agitada mientras limpiaba la cocina.
El timbre sonó. Inko abrió la puerta y se encontró con el mensajero: un chico de unos veintitantos, alto, de hombros anchos y brazos marcados bajo la camiseta del uniforme empapada de sudor. El paquete en sus manos era grande, pero sus ojos se desviaron inmediatamente al cuerpo de ella. El calor hacía que la blusa se le pegara al torso, delineando cada curva de sus tetas grandes y redondas, los pezones endurecidos visibles como dos puntos oscuros.
—Buenas tardes… paquete para Midoriya —dijo él con voz ronca, tragando saliva.
—Ah, sí, soy yo. Pasa, por favor, hace un calor infernal afuera —respondió Inko con una sonrisa dulce, pero sus mejillas ya estaban sonrosadas. Lo dejó entrar y cerró la puerta detrás de él.
El chico dejó el paquete en el suelo del living y se secó la frente. El departamento era pequeño; el aire estaba cargado de olor a sudor limpio y a perfume floral suave de Inko. Ella se inclinó para firmar el recibo, y la blusa se abrió lo suficiente para que él viera el valle profundo entre sus pechos, brillando de sudor.
—Gracias… ¿quieres un vaso de agua? Estás empapado —ofreció ella, mordiéndose el labio inferior sin darse cuenta.
Él asintió, y en segundos estaban en la cocina. Mientras Inko llenaba el vaso, sintió la mirada quemándole la espalda. Se giró y lo encontró muy cerca. Sus ojos se encontraron, y algo se rompió.
Sin palabras, él la tomó por la cintura y la besó con hambre. Inko soltó un gemido ahogado y respondió, sus manos subiendo al cuello sudoroso del chico. Las lenguas se enredaron de inmediato, saladas por el sudor. Él la empujó contra la encimera, pero el calor los volvió impacientes. Cayeron al suelo del living, sobre la alfombra fina, sin importarles nada.
Inko se quitó la blusa con un tirón rápido; sus tetas grandes saltaron libres, pesadas y sudorosas, los pezones rosados duros como piedras. Él se arrancó la camiseta y los pantalones del uniforme, liberando su polla gruesa y venosa, ya dura y goteando precum. Medía unos 20 cm, curvada ligeramente hacia arriba, palpitante.
Ella se puso de rodillas primero, agarrándola con ambas manos. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el sudor y el sabor salado. Luego se la metió entera en la boca, hasta que la cabeza golpeó su garganta. Chupó con fuerza, gimiendo alrededor de la carne caliente mientras él le agarraba el pelo y empujaba las caderas.
—Joder… qué boca tienes, señora —gruñó él.
Inko se apartó jadeando, saliva colgando de sus labios. Se tumbó de espaldas en el suelo, abrió las piernas y se quitó las bragas empapadas. Su coño estaba hinchado, labios gruesos y rosados abiertos, brillando de jugos. El clítoris hinchado asomaba entre los pliegues.
—Fóllame… ya… como animales —suplicó ella con voz temblorosa.
Él se colocó encima en posición misionera salvaje, apoyando los antebrazos a ambos lados de su cabeza. Empujó de una sola vez, enterrándose hasta los huevos. Inko gritó de placer, sus uñas clavándose en la espalda musculosa. Él empezó a bombear fuerte, profundo, el sonido de carne contra carne resonando en la habitación. Sus bolas golpeaban contra el culo de ella con cada embestida.
Inko arqueó la espalda, sus tetas rebotando violentamente. Él bajó la cabeza y atrapó un pezón en la boca, chupando y mordiendo mientras seguía follando sin piedad.
Luego la giró. De perrito en el suelo: Inko a cuatro patas, culo en alto, mejillas separadas. Él entró de nuevo desde atrás, agarrando sus caderas anchas con fuerza. La penetraba tan profundo que su vientre se hinchaba ligeramente con cada golpe. Inko gemía como loca, empujando hacia atrás para encontrarse con él.
—Más duro… rómpeme… —jadeaba.
Él le dio palmadas en el culo, dejando marcas rojas. Cambiaron otra vez: ella encima, cowgirl inversa. Inko se sentó sobre la polla, empalándose hasta el fondo. Rebotaba como poseída, sus tetas saltando, sudor volando. Él le agarraba las nalgas, abriéndolas para ver cómo su polla entraba y salía, cubierta de crema blanca de ella.
Finalmente, la puso de lado en cuchara profunda. Él detrás, una pierna de Inko levantada. La penetró lento al principio, pero pronto volvió a la brutalidad animal. Una mano en su clítoris frotando círculos rápidos, la otra apretando un pecho. Inko empezó a temblar.
—Voy a correrme… ¡dentro! ¡lléname! —gritó.
Él aceleró, gruñendo. Con un último empujón brutal, se vació dentro de ella: chorros calientes y espesos llenando su coño, desbordando por los lados mientras seguía bombeando. Inko llegó al orgasmo al mismo tiempo, su vagina contrayéndose alrededor de la polla, ordeñándola hasta la última gota. Gritó su nombre (ni siquiera sabía cuál era) mientras su cuerpo se convulsionaba.
Quedaron jadeando en el suelo, sudorosos, pegajosos, semen goteando entre los muslos de Inko. El paquete seguía olvidado junto a la puerta.
Ella sonrió, aún temblando.
—Vuelve cuando quieras… el próximo paquete lo entrego yo.
Fin del one-shot 1. 🔥