Chapter 1 operación inicial
El aire de Nuevo Laredo no se respiraba, se masticaba. Era una mezcla espesa de escape de diésel, polvo de caliche y ese olor metálico, dulzón, que Julián Méndez solo conocía por los libros de texto de la academia: el aroma de la sangre seca bajo un sol de cuarenta grados.
Julián apretó el volante de la Ford F-150 vieja que la DEA le había proporcionado. Sus nudillos estaban blancos. En el asiento del copiloto, una mochila de lona contenía un osciloscopio, varios transmisores de radiofrecuencia y, oculto en un doble fondo, un rastreador satelital que se sentía como una granada sin seguro.
—Pasa el puente, no mires a los federales, no te detengas hasta el taller de “El Chino” —le había repetido su supervisor en El Paso.
Pero era difícil no mirar.
Al llegar al libramiento que conectaba con la carretera a Monterrey, el tráfico se detuvo en seco. No era un retén militar. Era un espectáculo. Tres camionetas blindadas, con las siglas CDN grabadas en los costados con cinta aislante negra, bloqueaban el paso.
Julián bajó un poco el vidrio para no levantar sospechas. El sonido de un corrido a todo volumen salía de las bocinas de una de las camionetas, compitiendo con los gritos desgarradores que venían del centro del bloqueo.
En medio del asfalto, cuatro hombres con uniformes tácticos y el rostro cubierto con pasamontañas de calavera rodeaban a un sujeto que suplicaba en el suelo. No era una ejecución rápida. Uno de los sicarios, un tipo enorme con un hacha de carnicero en la mano, le propinó un golpe seco en el hombro. El grito que siguió no sonó humano; fue un chillido agudo, roto, que terminó cuando el acero volvió a caer, separando el brazo del torso con una facilidad quirúrgica y aterradora.
Julián sintió la bilis subir por su garganta. El mundo se volvió borroso.
—¡Ey, tú, el de la troca! —gritó un sicario apuntándole con un AK-47 chapado en oro—. ¿Qué me ves, cabrón? ¿Quieres una foto o qué?
Julián tragó saliva, sintiendo cómo el sudor le empapaba la camisa. Si aceleraba, moría. Si se quedaba congelado, moría.
—Busco al Chino —logró decir con una voz que no reconoció—. Traigo los radios para el Comandante 50.
El sicario bajó el arma un centímetro, escupió al suelo —justo sobre el brazo que aún espasmaba en el pavimento— y soltó una carcajada ronca.
—Pásale, ingeniero. Pero no pises la basura, que luego ensucio la bota.
Julián avanzó lentamente. El neumático delantero derecho pasó sobre un charco rojo que salpicó el chasis. En el retrovisor, vio cómo el hombre del hacha comenzaba a trabajar en la otra extremidad. El sol seguía brillando, el corrido seguía sonando, y Julián comprendió que su familia en San Antonio nunca había estado tan lejos como en ese preciso momento. Acababa de entrar al estómago de la bestia.