"Cuando las flores hablan de amor
Era un día como cualquier otro, agitado, agotador y repleto de papeleo en la oficina. No había ni un segundo para respirar, menos aún para detenerse a pensar en algún aspecto de su vida personal. Para Min Yoongi esa carga de trabajo era algo tranquilizador, como un refugio en el que podía perderse sin tener que enfrentarse a su propia realidad.
Su vida ahora no era especialmente emocionante, en cambio, la podría describir como monótona y predecible y, a decir verdad, estaba bien con eso. Al compararla con su pasado, donde tenía muchas dificultades de dinero y falta de empleo, esta vida ordenada y sin sobresaltos era un verdadero alivio. Y aunque su vida fuera discreta y sencilla, se sentía tranquilo, porque todo en su vida parecía estar en su lugar. Sí, un gran alivio.
Sin embargo, SeokJin, el esposo de su hermano NamJoon, sostenía lo contrario. “¿Cuándo piensas sentar cabeza? Estás a punto de cumplir treinta años, y aún no tienes pareja...” “Solo me preocupo por ti. Quiero que mi amigo al menos tenga a alguien con quien compartir su vida. No quiero verte solo.”
“Pareja.” “Enamorarse.” Escuchar esas palabras solo le provocaba un dolor de cabeza. Para él, significaban más preocupaciones, más compromisos y, por supuesto, más gastos. Aunque el mundo entero parecía coincidir en que enamorarse era una de las experiencias más hermosas de la vida, a él no le provocaba ninguna emoción, lo veía como una idea muy lejana. No podía, ni quería, imaginarse compartiendo el resto de su vida con otra persona.
Además, si lo pensaba bien, no se veía como alguien que llamara la atención de alguien. No se consideraba atractivo, sus rasgos eran ordinarios y su estilo simple. Tampoco tenía una cuenta bancaria que impresionara y su rutina era tan predecible como un reloj. De esta forma, estaba más convencido de que gustarle a alguien sería un verdadero milagro.
Al salir del edificio de la corporación y cruzar la calle, Yoongi se encontró con una avenida vibrante y llena de vida. El sol comenzaba a descender en el cielo, tiñendo el atardecer de un anaranjado suave. Pero para Yoongi aquella tarde era tan solo una más de sus rutinas diarias, sin sobresaltos ni sorpresas. Hasta que, de repente, un aroma delicado y floral rozó sus sentidos.
Yoongi se detuvo al descubrir una floristería que parecía haber abierto sus puertas ese mismo día. La tienda tenía una fachada cálida y encantadora. Sus ojos se iluminaron al descubrir numerosas flores de colores vibrantes, radiantes, que parecían sonreírle desde su lugar.
Y luego, en medio de todas esas flores, al otro lado de la ventana apareció el rostro de un joven. A la distancia, parecía un cuadro perfectamente enmarcado, donde las flores lo envolvían con delicadeza. Su sonrisa iluminaba todo el lugar, y sus ojos, esos ojos brillantes, se cruzaron de repente con los suyos. Fue un breve instante, pero suficiente para dejarlo completamente sin aliento.
Era el momento más emocionante de toda su vida, como una chispa de luz que atraviesa todo su mundo sin sentido. En aquel instante, mientras el sol desaparecía, algo dentro de él cobró vida, como si por primera vez se diera permiso para soñar.
Sí, soñar, solo un sueño, efímero como todos, que termina en un abrir y cerrar de ojos.
—Disculpe, señor—dijo una vocecita aguda, mientras unas pequeñas manos tiraban con timidez de la tela de su pantalón—. ¿Me ayuda a amarrar mis zapatos?
Yoongi miró al niño con sorpresa. Después de un largo tiempo de consternación, sin poder negarse, se inclinó hasta su altura, lo miró un momento y empezó a amarrarle los zapatos.
—¿Estás solo?—preguntó.
—No—contestó el niño.
—¿Dónde están tus padres?
—Papá está ocupado.
—¿Tus padres no te han dicho que no debes hablar con extraños?
—Papá dijo que no debo acercarme a personas que parezcan peligrosas —respondió el niño.
—¿Y no me veo peligroso?
—No, usted parece más un señor tonto.
—¿Cómo? —preguntó Yoongi, sorprendido.
—Hace un momento estaba parado mirando la ventana como un tonto. Debería prestar más atención. Podría tener un accidente si sigue así —dijo el niño, con un pequeño regaño que hizo que Yoongi se sintiera avergonzado.
Yoongi terminó de amarrar los zapatos al niño y se levantó.
—Gracias, señor—volvió a decir el niño— nos vemos otro día.—Y se fue corriendo, cruzando la puerta de aquella florería, esto hizo fruncir el ceño a Yoongi, sintiendo más curiosidad por aquel lugar.
En ese instante, un grito captó su atención:
—¡Tío Yoongi!
Era la voz de otro niño, su sobrino, que venía de la mano de su padre, Seokjin, su cuñado. Ambos le sonrieron desde la distancia. Yoongi devolvió la mirada a la ventana, pero ya no encontró la mirada de aquel joven. Soltó un suspiro, sintiendo una extraña decepción, y se apresuró a alcanzar a Seokjin y al pequeño, a quien levantó en sus brazos con cariño.