Amarte bajo otro nombre

Summary

La desaparición de Klein Moretti debería haber sido el final. Leonard Mitchell siempre creyó que podía soportar la pérdida. Se convenció de que Klein no era más que un compañero de trabajo, un colega entre tantos en una vida acostumbrada a la violencia, la incertidumbre y las despedidas sin nombre. Sin embargo, cuando el silencio se volvió definitivo y la figura de Klein dejó de aparecer incluso en sus recuerdos cotidianos, Leonard comprendió demasiado tarde que el vínculo que los unía había sido más profundo, más íntimo. . . y dolorosamente irreconocido para él mismo.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Sinopsis

La muerte y el sacrificio de Klein Moretti debería haber sido el final.

Leonard Mitchell siempre creyó que podía soportar la pérdida. Se convenció de que Klein no era más que un compañero de trabajo, un colega entre tantos en una vida acostumbrada a la violencia, la incertidumbre y las despedidas sin nombre. Sin embargo, cuando el silencio se volvió definitivo y la figura de Klein dejó de aparecer incluso en sus recuerdos cotidianos, Leonard comprendió demasiado tarde que el vínculo que los unía había sido más profundo, más íntimo. . . y dolorosamente irreconocido para él mismo.

Intentó seguir adelante. Regresó a su hogar con la esperanza de encontrar consuelo en la rutina, en los gestos automáticos de una vida que no se detiene por nadie. En su lugar, lo aguardaba una pila de cartas acumuladas durante su ausencia. Entre ellas, una llamó su atención de inmediato: estaba firmada por Melissa Moretti.

En la carta, Melissa le explicaba que conservaba algunas pertenencias de su hermano. Objetos personales relacionados con su trabajo, notas, libros y documentos que no comprendía del todo. No sabía a quién más entregarlos. Klein había sido reservado, incluso distante, pero Leonard. . . había estado allí. Si alguien podía reconocer qué merecía ser conservado y qué debía desaparecer, era él.

Leonard aceptó sin dudar.

Cuando recibió la caja, la abrió con manos más temblorosas de lo que hubiera querido admitir. Encontró libros gastados, hojas sueltas cubiertas de anotaciones inconexas, símbolos dibujados al margen de páginas aparentemente inocuas. Y, al fondo, un cuaderno: un diario. No era una confesión personal ni un registro emocional, sino algo más peligroso. Entre líneas crípticas y apuntes técnicos, Leonard reconoció con horror el registro de un antiguo ritual de “buena suerte”. El mismo ritual que, sin saberlo, había permitido que Klein llegara a ese mundo.

Leonard entendió que aquello nunca debió existir. Que debía destruirlo, olvidarlo, entregarlo a la Iglesia o sellarlo para siempre.

No lo hizo.

Consumido por el duelo, la culpa y un deseo que se negaba a llamar egoísta, cometió un error fatal. No buscaba desafiar a los dioses ni alterar el destino del mundo. No pretendía traer de vuelta a una deidad ni despertar aquello que Klein había sellado con su propio sacrificio. Leonard solo quería verlo una vez más. Confirmar que no todo había sido un engaño del tiempo y la memoria. Decirse, aunque fuera demasiado tarde, que había significado algo.

Reprodujo el ritual.

Funcionó.

Pero no como Leonard esperaba.

En lugar de reencontrarse con Klein, la realidad se quebró. Leonard despertó en un mundo distinto, extraño y perturbadoramente familiar, donde la historia seguía otro curso y los nombres no cargaban el mismo peso. Allí, Klein Moretti no existía. No como investigador, no como loco divino, no como sacrificio silencioso. En su lugar vivía Zhou Mingrui, un joven atrapado en circunstancias que Leonard reconoció con un escalofrío inquietante.

Forzado a ocupar el cuerpo de un muchacho llamado Leo, Leonard tuvo que aprender a sobrevivir en una realidad que no obedecía las reglas que conocía. No había rituales, ni entidades antiguas, ni un sistema claro de poderes. Solo un mundo crudo, ajeno, donde la identidad era una jaula y la memoria, una herida abierta. Cada gesto, cada reflejo, le recordaba que ese cuerpo no le pertenecía y que ese mundo no era el suyo.

Aun así, Leonard no se rindió.

Mientras intentaba comprender las leyes de esa nueva realidad y adaptarse a una vida que no eligió, persiguió una sola verdad: si el alma que había amado seguía existiendo en alguna forma, entonces el nombre, el cuerpo y el mundo eran secundarios.

Esta vez, no lo perdería de nuevo.