The Hollow

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Summary

En las cenizas de la vieja aristocracia, solo las espinas sobreviven. Katerina Ashford siempre fue la hija perfecta, hasta que Nikolai Blackwood la convirtió en su obsesión. Él es un fantasma de la revolución rusa, un hombre con cicatrices en la espalda y hielo en las venas. Ella es el pago de una deuda de sangre. Dentro de The Hollow, las reglas de la sociedad desaparecen. No hay tés de las cinco ni bailes de debutantes; solo hay el rugido del mar, el aroma a tabaco y la mirada implacable de un hombre que ha esperado dieciséis años para reclamar lo que es suyo. A través de cartas prohibidas y pactos sellados con seda roja, Katerina se hundirá en un romance donde la línea entre el odio y la devoción se desvanece por completo. "No te estoy comprando, Katerina. Te estoy recuperando."

Genre
Romance
Author
Moon
Status
Complete
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo: El Precio del Invierno

Londres, febrero de 1921.

El invierno de aquel año no era una estación: era una condena suspendida sobre la ciudad, una mortaja de niebla y hollín que se adhería a los pulmones y al alma. Las farolas de gas ardían como ojos febriles en medio de la bruma, y los carruajes avanzaban con un crujido amortiguado por la humedad que todo lo volvía más lento, más denso, más irremediable. Para mí, Katerina Ashford, el frío no provenía del Támesis ni de la escarcha que bordaba los cristales de Mayfair; provenía de la certeza de que algo largamente aplazado había venido a cobrarse.

Desde el rellano de la gran escalera de mármol, donde las sombras se enredaban en el pasamanos de hierro forjado como serpientes inmóviles, observaba el vestíbulo. El aire olía a cera de vela derretida y a flores marchitas en jarrones de porcelana, pero por debajo de todo eso persistía otro aroma: el del miedo, agrio y casi metálico. Abajo, mi padre, Lord Arthur Ashford, parecía un retrato antiguo que hubiese perdido el color. La guerra le había dejado canas prematuras; los negocios, ojeras profundas. Aquel hombre que había comandado hombres y capitales con la misma firmeza con que otros sostienen una espada ahora se encogía tras el escritorio de caoba como si la madera pudiera protegerlo.

Frente a él, erguido con una quietud casi antinatural, se encontraba la causa de aquella humillación.

Nikolai Blackwood había regresado.

No era el muchacho delgado y silencioso que yo recordaba vagamente de los pasillos, años atrás, cuando su madre aún vivía y el apellido Blackwood era tolerado como una sombra incómoda en nuestra casa. No era el joven que, tras el escándalo de 1905, fue expulsado como se arroja al barro un objeto manchado. El hombre que ahora ocupaba el vestíbulo parecía haber sido tallado en hielo y hierro. Vestía un abrigo de lana oscura, aún húmedo por la niebla londinense, y sus botas de cuero resonaban con una cadencia que desafiaba el silencio. Su presencia era una mancha de tinta negra sobre el tapiz dorado de nuestra respetabilidad.

No habló de inmediato. No lo necesitaba. El silencio, en él, tenía filo.

—Los activos han sido transferidos, Nikolai —dijo mi padre al fin, y su voz quebró el aire como un cristal fino—. Las minas del norte, las acciones del acero, los terrenos en Cornualles… Todo está a tu nombre, como estipulaba el contrato. No queda nada más que reclamar. Ahora, por favor, abandona mi casa.

La súplica disfrazada de orden flotó entre ellos, frágil.

Nikolai inclinó apenas la cabeza, como quien escucha una anécdota trivial. Sus ojos —grises, con destellos acerados— no se detuvieron en el hombre que lo enfrentaba. Ascendieron, lentos, calculados, hasta encontrarme en la penumbra de la escalera.

Sentí el impacto de esa mirada como si me hubiese tocado.

—No he cruzado el continente por un puñado de papeles, Ashford —respondió al fin. Su voz era un barítono profundo, con ese acento ruso que arrastraba las erres y convertía cada palabra en una advertencia—. He venido por la única propiedad que tu linaje aún no ha logrado corromper.

El frío se deslizó por mi columna vertebral, lento y deliberado. Apreté la barandilla con tanta fuerza que mis guantes de encaje crujieron.

—No te atrevas —susurró mi padre, aunque su voz carecía ya de autoridad.

Nikolai dio un paso hacia la escalera.

El sonido de sus botas sobre el mármol fue un latido grave, implacable. Cada peldaño que ascendía parecía borrar años de distancia, de rumores, de silencios forzados. Yo sabía, incluso antes de que alcanzara la mitad, que aquello no era una visita. Era una conquista.

Recordé fugazmente al muchacho que había sido: el hijo bastardo de un socio arruinado, la presencia incómoda en cenas formales, el joven que me miraba con una intensidad desconcertante cuando yo apenas tenía edad para comprenderla. Recordé la noche del escándalo, los gritos, la traición, la expulsión. Y recordé, también, mi propia cobardía al no intervenir.

Cuando llegó al último escalón, el mundo se redujo a la distancia mínima entre nuestros cuerpos. El olor a tabaco turco, cuero y aire helado lo rodeaba como un halo oscuro. No era desagradable; era peligrosamente envolvente.

—Mírame, Katerina —ordenó.

Levanté la barbilla, sosteniendo su mirada con una firmeza que apenas conseguía sostener mi pulso.

—No soy una de tus posesiones, Nikolai —respondí—. Puedes llevarte nuestras empresas, nuestras tierras, incluso el nombre que mi padre ha manchado. Pero no me llevarás a mí.

Una sombra de sonrisa curvó su boca.

—¿Crees que esto es una cuestión de posesión? —preguntó, y su tono se volvió más bajo, más íntimo—. No se trata de comprarte. Se trata de recuperar lo que fue arrancado.

Extendió la mano con una lentitud que me hizo contener la respiración. Sus dedos rozaron la línea de mi mandíbula, no con violencia, sino con una firmeza que no admitía réplica. Sentí el contacto a través del guante, como si atravesara la tela.

—Tu padre me vendió todo lo que tenía para salvar su cuello —murmuró, inclinándose hasta que su aliento rozó mi oído—. Pero no entiende que hay deudas que no se pagan con acciones ni con tierras. Hay deudas que exigen sangre, memoria… y voluntad.

El vestíbulo parecía contener el aliento. Abajo, mi padre permanecía inmóvil, derrotado.

—Si das un paso más —dije, aunque mi voz traicionó un leve temblor—, demostrarás que no eres mejor que aquello de lo que te acusaron.

Sus ojos se oscurecieron.

—¿Y qué fue exactamente aquello de lo que me acusaron? —preguntó con suavidad peligrosa—. ¿De ambición? ¿De desear un lugar que me fue prometido y luego negado? ¿O de mirarte como si fueras algo más que un adorno en una vitrina dorada?

El recuerdo me golpeó con fuerza. Las conversaciones a media voz. La firma forzada. El incendio que arruinó a su familia y que nunca fue investigado con rigor. La sospecha que siempre flotó, pero que nadie quiso confirmar.

—No fue mi decisión —susurré.

—Pero fue tu silencio.

La acusación cayó entre nosotros, más pesada que cualquier amenaza.

Por un instante, el resentimiento que lo sostenía pareció agrietarse, dejando ver algo más complejo: dolor, quizá; traición, sin duda. Comprendí entonces que su regreso no era un simple acto de venganza financiera. Era una reclamación emocional que llevaba años fermentando.

—El coche espera fuera —dijo finalmente, recuperando la compostura—. Mañana, Londres será un recuerdo. Mañana, solo existirá The Hollow.

El nombre me atravesó. The Hollow. Las tierras en Cornualles que habían pertenecido a su familia antes de que mi padre las adquiriera por una suma ridícula tras el escándalo. Los acantilados azotados por el viento, la mansión aislada frente al mar, las historias de pasillos interminables y ecos que nunca encontraban respuesta.

—No iré contigo —afirmé, aunque la certeza se deslizaba entre mis dedos como arena.

—Vendrás —replicó—. No por obligación, sino porque necesitas respuestas tanto como yo.

Miré hacia abajo. Mi padre evitó mis ojos.

La traición no estaba solo en el pasado; estaba viva en el presente.

Nikolai tomó mi mano. No fue un gesto brusco, pero sí irrevocable. Su agarre era firme, cálido pese al frío que lo rodeaba. Sentí una sacudida que no era únicamente miedo. Era reconocimiento, como si una parte de mí hubiese esperado este momento con una paciencia secreta.

Descendimos juntos los escalones. Cada paso alejaba la vida que había conocido. La mansión, con sus retratos y su linaje orgulloso, parecía encogerse tras nosotros.

—Esto no es justicia —dije en voz baja mientras cruzábamos el vestíbulo.

—No —respondió él—. Es ajuste de cuentas.

Al abrirse la puerta principal, la niebla nos envolvió como un sudario. El carruaje aguardaba con las luces encendidas, una silueta oscura en la calle desierta. El aire cortaba la piel, pero dentro de mí ardía algo más complejo que el miedo.

Antes de subir, me volví una última vez hacia la casa. Vi a mi padre en el umbral, pequeño, vencido. Comprendí que, para él, yo ya había sido sacrificada mucho antes de esa noche.

—Si descubro que todo esto es una mentira más —advertí, encontrando de nuevo la mirada de Nikolai—, no habrá rincón en The Hollow que te proteja de mí.

Una chispa casi imperceptible cruzó sus ojos.

—Eso espero, Katerina.

El carruaje inició la marcha, y Londres se disolvió en la bruma. Las calles adoquinadas dieron paso a caminos más estrechos, más oscuros. Durante el trayecto, el silencio entre nosotros no fue incómodo; fue tenso, cargado de preguntas no formuladas.

—¿Por qué ahora? —pregunté al fin.

—Porque ahora tengo el poder que antes me negaron —respondió sin mirarme—. Y porque la verdad ha estado enterrada demasiado tiempo.

La noche avanzó, y con ella la sensación de que mi vida se deshilachaba para tejer otra distinta. Pensé en el escándalo de 1905, en las acusaciones de sabotaje que habían arruinado a su familia, en la adquisición sospechosamente oportuna de las propiedades por parte de mi padre. Pensé en las cartas que había visto, años atrás, escondidas en un cajón, con la firma de Arthur Ashford al pie de acuerdos que jamás salieron a la luz.

Tal vez mi silencio había sido una forma de complicidad.

El amanecer nos encontró lejos de la ciudad. El mar apareció como una línea de acero en el horizonte, y los acantilados de Cornualles se alzaron, severos, imponentes. A lo lejos, sobre una colina azotada por el viento, se erguía The Hollow.

No parecía una prisión. Parecía un desafío.

Cuando el carruaje se detuvo, Nikolai descendió primero y me ofreció la mano. Dudé apenas un segundo antes de aceptarla. El viento arrancó un mechón de mi cabello y lo arrojó contra su abrigo oscuro.

—Bienvenida a casa —dijo.

No supe si hablaba para sí mismo o para mí.

Mientras ascendíamos por el sendero de piedra hacia la entrada, comprendí que el invierno que había comenzado en Londres no era solo una estación. Era una transformación. Había cruzado una línea invisible, una frontera entre la obediencia y la elección.

El precio del invierno no era mi libertad, como había creído en un primer momento.

Era la verdad.

Y estaba dispuesta a pagarla.