Mi bella Rayne

Es aburrido mirar las cuatro paredes de esta habitación, grises y con olor a humedad. Ha pasado un tiempo desde que me encuentro aquí; no sé cuánto, pues no me doy cuenta de cuándo sale el sol o cuándo se oculta, y no puedo contar los días ni las noches.
Lo que sí sé es que por aquel agujero se asoma un pequeño ratón que cree que no lo veo. Está ahí observando, esperando para darle una mordida al pan añejo que reposa en el suelo húmedo. No me molesta; creo que por estar tanto tiempo aquí me he acostumbrado a su presencia. Estoy segura de que tiene familia, y como padre debe alimentarlos. Qué buen padre. Pocos tenemos uno como él.
¿Saben? Yo tenía familia. Tengo algunos pocos recuerdos, aunque todo está distorsionado en mi cabeza: las risas, algún que otro rostro y la sangre. Mucha sangre. El color carmesí, lo caliente que llega a ser y lo placentero…
Todo se encuentra como un rompecabezas que aún no he podido armar, pero puedo contarles lo que sí recuerdo con exactitud: un nombre, un beso y los celos.
Flashback
Rowan Rose, una chica de mejillas siempre sonrojadas que corría por la pradera revoloteando con las mariposas mientras recogía flores silvestres. Sus ojos verdes, parecidos a los de mi padre, siempre lucían felices e inocentes; tenía el cabello rojo recogido en dos trenzas, lo que le daba un aspecto aniñado a pesar de haberse convertido ya en mujer. Las pocas pecas en su rostro no ayudaban en mucho, pues lograban que su belleza fuera aún más exorbitante.
Mi melliza era hermosa, de eso no cabía duda. Y aunque habíamos nacido el mismo día bajo una tarde lluviosa y de tormenta, éramos completamente diferentes: mis mejillas no se sonrojaban, lo que le daba a mi piel blanca un aspecto de extraña frialdad; mi cabello era oscuro como la noche; y mis ojos tenían una peculiaridad: uno era verde y el otro negro, tan oscuro que mi pupila no se notaba.
Me miraba todos los días al espejo preguntándome por qué tanta rareza en mi aspecto. No importaba cuántas veces lo intentara frente a este, no lograba sonreír con naturalidad; me era difícil conseguir una sonrisa que llegara a los ojos, del tipo que Rowan lucía con frecuencia. Mi hermana solo decía “sigue intentando” de manera despreocupada. Después de un tiempo me conformé: no podía cambiar lo que era.
Mis padres me pedían que fuera diferente, no directamente, sino evitando salir en público con una hija que consideraban extraña. Hubo un momento de niña, cuando apenas entendía lo que ocurría, en que el rechazo continuo era doloroso. Pero con el tiempo aprendí a estar bien con ello.
Claro, todo eso era antes de que descubriera su verdadero rostro.
—¡Rayne Rose, levántate del suelo ahora mismo! —Cierro los ojos tragándome el bufido.
Mi madre, Rainie Rose, era una mujer jovial y de carácter, más de carácter que jovial. Abro los ojos volviendo a observar el cielo antes de levantarme. Mi hermana seguía jugueteando; no entendía cómo podía estar feliz todo el tiempo. ¿No era agotador?
Me acerqué a mi madre. Sus ojos me miraron con incomodidad y disgusto, aunque trató de ocultarlo detrás de una mueca que pretendió ser una sonrisa. Al menos lo intentaba. Nunca me trató como a una hija, siempre fue distante, pero jamás escuché palabras groseras de su parte. Yo era la oveja negra de la familia. Lo entendía.
Mi padre, Gandell Rose, no ocultaba para nada su desagrado; en realidad procuraba que yo lo notara. No lo culpaba: de nuestra pequeña familia era la única de cabello negro, piel fría y ojos de colores diferentes.
La partera se sorprendió cuando me cogió en brazos; mi cabello cambió de rojo a negro, y el grito que dio alertó a todos. Lo más extraño es que no lloré, mientras que mi hermana sí. En el pueblo decían que estaba maldita, que traería desgracia a la familia; otros, que era una bruja que debían quemar en la hoguera; y muchos otros, que era la hija de Satanás. En realidad conocía mejor la palabra de Dios que ellos mismos.
Fin del Flashback
Pero creo que me he desviado.
El pequeño ratón se armó de valor y salió de su escondite corriendo frente a mí. Lo miro darle al pan unas cuantas mordidas; podría llevárselo entero si quisiera, para mí no hay ningún inconveniente. En realidad, no tengo hambre: el olor a humedad y muerte le quita el apetito a cualquiera. Pronto llegará el momento de mi sentencia, y siendo sincera lo espero con ansias.
El porqué de que esté aquí hiela la sangre a muchos. Solo diré que lo merecían…
Flashback
Mi padre llegó una noche acompañado de un joven, el hijo del Duque Hiccwech: un hombre amable, caballeroso y con una belleza peculiar. Tenía unos ojos claros color miel y el cabello tan dorado como el oro; era cortés sin llegar a ser demasiado formal, y humilde sin llegar a ser vulgar. Distante y alegre a la vez.
Mi padre lo invitó a cenar con nosotros. Como hijas de la casa Rose era nuestro deber servirle, pues debíamos mostrar la hospitalidad de la familia. Le serví té con tranquilidad; no podía comportarme con naturalidad cuando los nervios me dominaban. Sus ojos no se apartaban de mí, no sabía si por curiosidad o por algún otro sentimiento, pero por primera vez mis mejillas se sonrojaron y la vergüenza tiñó mi rostro frío.
Sonrió, y no puedo negarles que me pareció aún más hermoso.
Mi padre tosió falsamente llamando nuestra atención y me retiré a la cocina. Mi hermana salió para ofrecerle al invitado algunos pastelillos, y fue entonces cuando por primera vez escuché la voz de él de manera clara, ya que hasta ese momento siempre respondía con un “gracias” muy cortés.
—Esta es nuestra hija menor, Harry. Rowan Rose. ¿No es hermosa? —dijo mi padre con algo de orgullo, lo que hizo que un nudo se formara en mi estómago.
Harry. Ese era su nombre. El toque de mi madre en mi hombro me sacó de la conversación.
—Es el futuro esposo de tu hermana, Rayne —dijo con desdén.
No contesté. Ya entendía la presentación no tan casual de mi padre. Miré hacia donde estaba mi hermana y sentí que algo dentro de mí se rompía. Bajé el rostro, desanimada, y me miré en el reflejo de la vajilla: por primera vez tenía el ceño fruncido. Me era extraño ver ese gesto en mí misma; normalmente lo veía en otros y trataba de imitarlo, de sentir, pero no lo lograba. Hasta ahora.
—Ambas hijas de la casa Rose son hermosas, señor —respondió Harry al comentario de mi padre.
Levanté la mirada, sorprendida. No era común escuchar algo así, y aunque pudo haber sido por cortesía, se sentía bien. Normalmente ese tipo de comentarios iba dirigido hacia Rowan. En cambio, yo era diferente.
Sus ojos se encontraron con los míos. No les mentiré: aparté la mirada y mis mejillas se sonrojaron. Me pregunté ¿qué me ocurre? El corazón en mi pecho se aceleró doliéndome; cerré los ojos tratando de comportarme con normalidad.
Recuerdo haberme disculpado con mi padre, despedirme de mi madre y retirarme a la habitación que compartía con mi hermana. Recuerdo acostarme en la cama y soñar que alguien me acariciaba el cabello con dulzura; para mi extrañeza, no quise despertar, aunque no pudiera reconocer el rostro de aquella persona.
Muchos dirían que estoy loca. Algo, sí. Era algo loco pensar que un hombre como Harry estaría con una mujer como yo: no por su buen nombre ni por ser hijo de un noble, sino por la desgracia que caería sobre él. Sería arruinado y criticado. Y eso no era algo que le desearía ni a mi peor enemigo. Su cortesía debía mantenerse ahí, como cortesía.
Fin del Flashback








