Rayne Rose

All Rights Reserved ©

Summary

Mis recuerdos son fragmentos sueltos, distorsionados, como vidrios rotos que no logro encajar. Recuerdo risas -lejanas, huecas-, algunos rostros vagos... y sangre. Mucha sangre. Es lo más nítido en mi mente. El carmesí brillante. La calidez que arde. Y -aunque no debería decirlo- lo placentero que puede llegar a ser.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Mi bella Rayne

Es tedioso contemplar una y otra vez las mismas cuatro paredes grises, desprovistas de vida y teñidas por el persistente olor a humedad. No tengo mucho que decir, en realidad. Ha pasado un tiempo desde que estoy aquí... quizá más que un simple “tiempo”. Ya no distingo cuándo el sol se alza o cuándo desaparece, por lo que contar los días o las noches se ha vuelto imposible.

Lo único que sé con certeza es que, desde ese pequeño agujero en la pared, se asoma un ratón. Cree que no lo he notado, que su sigilo lo protege, pero lo observo mientras espera el momento justo para morder el trozo de pan añejo que descansa en el suelo húmedo. No me molesta. Después de tanto tiempo aquí, su presencia se ha vuelto familiar... diría incluso necesaria. Estoy segura de que tiene una familia, y como buen padre, debe alimentarla.

Qué buen padre... pocos tienen uno como él.

Yo también tuve una familia. Al menos, eso creo. Mis recuerdos son fragmentos sueltos, distorsionados, como vidrios rotos que no logro encajar. Recuerdo risas —lejanas, huecas—, algunos rostros vagos... y sangre. Mucha sangre. Es lo más nítido en mi mente.

El carmesí brillante. La calidez que arde. Y —aunque no debería decirlo— lo placentero que puede llegar a ser.

Todo en mi mente es un rompecabezas incompleto, piezas que no encajan, otras que ni siquiera sé si me pertenecen.

Pero hay tres cosas que recuerdo con una claridad dolorosa: un nombre, un beso... y los celos.

Rowan Rose era una chica de mejillas siempre sonrojadas, que corría por la pradera revoloteando entre mariposas mientras recogía flores silvestres.

Sus ojos verdes —idénticos a los de nuestro padre— brillaban con una felicidad ingenua, como si el mundo jamás pudiera tocarla. Su cabello rojo, trenzado con esmero, le daba un aire infantil incluso ahora, convertida ya en mujer. Las pecas que moteaban su rostro no hacían más que acentuar su belleza, volviéndola tan llamativa que parecía salida de un retrato.

Mi melliza era hermosa, no cabía duda alguna. Y aunque nacimos el mismo día, bajo una tormenta que partió la tarde en dos, éramos completamente distintas.

Mis mejillas nunca se sonrojaban, y eso hacía que mi piel blanca pareciera aún más fría, casi espectral. Mi cabello, negro como la noche, contrastaba con el suyo como la sombra frente al fuego. Pero lo más peculiar eran mis ojos: uno verde, como el suyo, y el otro tan oscuro que la pupila se fundía en él, invisible incluso bajo la luz.

Me miraba todos los días al espejo, preguntándome por qué mi rostro parecía tan ajeno. No importaba cuántas veces lo intentara ni cuántas sonrisas ensayara frente al cristal: ninguna lograba alcanzarme los ojos.

No eran como las sonrisas de Rowan, esas que nacían sin esfuerzo y llenaban una habitación.

Mi hermana solía decir, con ligereza: “sigue intentando”. Pero no era tan sencillo como sonreír y ya.

Con el tiempo no aprendí a sonreír... aprendí a conformarme. A entender que no podía cambiar lo que era, por más que lo deseara.

Mis padres nunca me pidieron que fuera distinta... no con palabras.

Pero evitaban salir conmigo en público, como si mi presencia fuera un error vergonzoso.

Podría mentir y decir que no me afectaba. Pero sí, cuando era niña, el rechazo dolía. Dolía tanto que ni siquiera entendía por qué.

Con los años, el dolor se volvió silencio. Comprendí que mi diferencia incomodaba... y terminé aceptándolo.

No porque estuviera bien, sino porque no podía cambiar lo que era.

—¡Rayne Rose, levántate del suelo ahora mismo! —

Cierro los ojos y me trago el bufido.

Mi madre, Rainie Rose, era una mujer de carácter... más carácter que jovialidad, para ser honesta.

Vivir en el campo forjaba temple en cualquiera, y en ella, ese temple era ley.

Abro los ojos y vuelvo la vista al cielo antes de incorporarme.

Rowan seguía corriendo por el campo, riendo con mariposas invisibles. A veces me preguntaba cómo lograba estar tan feliz todo el tiempo. ¿No se cansaba de fingir tanta luz?

Me acerqué a mi madre.

Sus ojos se posaron en mí con esa mezcla incómoda de incomodidad y disgusto. Lo disfrazó con una mueca que quiso parecer una sonrisa. Al menos lo intentaba.

Siempre lo intentó. Ser amable... aunque no me quisiera.

Nunca me trató como a una hija, pero tampoco fue cruel. Su frialdad era elegante, constante, inquebrantable.

Con el tiempo aprendí a agradecer su esfuerzo. Porque en el pasado, su simple intento de cortesía me ayudaba a seguir adelante.

Yo era la oveja negra de la familia. Y eso... eso estaba bien. Me había acostumbrado.

Claro... todo eso era antes de descubrir su verdadero rostro.

Antes de que la máscara se deslizara apenas un poco y me dejara ver lo que realmente ocultaba detrás de cada gesto contenido.

No siempre el desprecio duele más que la indiferencia... a veces es al revés.

Mi padre, Gandell Rose, jamás se molestó en ocultar el desagrado que sentía al mirarme.

De hecho, parecía disfrutar que lo notara.

A veces me preguntaba si su mirada dura buscaba quebrarme... o recordarme que nunca debí nacer.

En nuestra pequeña familia, yo era la excepción: el cabello negro como la noche, la piel demasiado pálida, los ojos —uno verde, el otro negro— como si la naturaleza misma hubiese cometido un error al formarme.

No encajaba, y él se aseguraba de que lo supiera.

La partera me tomó en brazos y, al instante, soltó un grito que heló la habitación.

Mi cabello —nacido rojo como el de mi hermana— oscureció ante sus ojos, volviéndose negro como la tinta.

No lloré. Solo abrí los ojos, en silencio, mientras mi hermana gritaba con la fuerza de un recién nacido sano.

Desde entonces, el pueblo no supo qué hacer conmigo.

Decían que estaba maldita.Que traería desgracia a la familia.Que era una bruja.Que debían quemarme en la hoguera antes de que arrastrara al infierno a todos con mis pecados no cometidos.

Algunos me llamaban hija de Satán. Otros me colgaban cruces al cuello, como si el hierro bendito pudiera protegerlos de mi sola existencia.

Irónicamente, yo conocía mejor la palabra de Dios que todos ellos juntos.

¿Por qué era tan distinta?

Perdón... me he desviado.

El pequeño ratón se armó de valor y salió de su escondite, corriendo con rapidez frente a mí. Lo observé mientras mordisqueaba el pan añejo tirado en el suelo húmedo. Podía llevárselo si quería; no me molestaba.

Yo no tenía hambre. El olor a humedad y muerte le quitaba el apetito a cualquiera.

Pronto llegaría el momento de mi sentencia. Y, siendo sincera... lo esperaba con ansias.

¿Por qué estoy aquí? Muchos dicen que su sangre se hiela al saberlo. Una joven tan peculiar... y tan macabra.

Solo diré esto: lo merecían.

Mi padre llegó una noche acompañado de un joven: el hijo del Duque Hiccweck.

Era un hombre amable, cortés, con una belleza poco común. Jamás había visto a alguien como él. En el pueblo solo había hombres rústicos, simples, con miradas torpes que se clavaban en mi hermana como cuchillas, ignorándome a mí por completo... o fingiendo hacerlo.

Me disculpo, vuelvo a perderme.

Hiccweck —Harry— tenía ojos color miel, tan claros como el ámbar al sol, y el cabello tan dorado que parecía forjado en fuego. Era educado sin ser frío, modesto sin volverse vulgar. Tenía ese tipo de presencia que parecía distante, pero su sonrisa... su sonrisa tenía algo alegre, como si escondiera secretos que solo compartía con quien lograra descifrarlos.

Mi padre lo invitó a cenar con nosotros. Como hijas de la casa Rose, era nuestro deber atender al invitado, mostrarle nuestra hospitalidad, aunque solo fuera una formalidad.

Le serví el té con manos temblorosas, intentando que no se notara cuánto me costaba mantener la compostura. No podía actuar con naturalidad, los nervios me hacían torpe.

Y entonces sentí su mirada.

No apartaba los ojos de mí. ¿Curiosidad? ¿Miedo? ¿Interés? No sabría decirlo. Pero por primera vez en mi vida, mis mejillas ardieron. La vergüenza coloreó mi rostro helado.

Sonrió.

Y no puedo mentirles: en ese momento me pareció el hombre más hermoso que había visto.

Mi padre carraspeó con intención, obligándonos a prestar atención. Me retiré a la cocina sin decir palabra, aunque sentí la mirada crítica de mi madre clavarse en mi espalda. Su sonrisa forzada apenas disfrazaba el disgusto.

Rowan salió entonces con una bandeja de pastelillos para nuestro invitado. Algo dulce, como ella. Fue en ese instante, por primera vez en toda la velada, que escuché con claridad la voz del joven. Hasta entonces solo había murmurado un par de “gracias”, siempre cortés.

—Esta es nuestra hija menor, Harry. Rowan Rose. ¿No es hermosa? —dijo mi padre con una nota de orgullo que me revolvió el estómago.

Harry.

El nombre me tembló dentro como si lo hubiese esperado toda mi vida.

Sentí el toque seco de mi madre en el hombro.

—Es el futuro esposo de tu hermana, Rayne —dijo sin molestarse en suavizar el desdén.

Me quedé quieta. No respondí. No hacía falta. La escena había cobrado sentido.

Miré hacia donde estaba Rowan y sentí algo romperse dentro de mí. Asentí, solo por no llorar. Bajé la cabeza y vi mi reflejo en la vajilla. Por primera vez, el ceño fruncido era real, no imitado. Lo estaba sintiendo.

—Ambas hijas de la casa Rose son hermosas, señor —respondió Harry, con esa misma elegancia serena que lo envolvía todo.

Alcé la mirada, sorprendida.

No era común escuchar algo así dirigido a mí. Tal vez lo dijo por simple cortesía, pero en ese instante, lo sentí como una caricia. Una validación inesperada. Por primera vez, no era solo Rowan quien brillaba.

Y entonces, sus ojos se encontraron con los míos.

Fue apenas un instante, pero bastó para encenderme.

Aparté la mirada con torpeza. Mis mejillas se encendieron, como si mi rostro —siempre tan frío— despertara de pronto. Vergüenza. Confusión.

¿Qué me ocurría?

No debía sentir esto. No por él. No ahora.

Mi corazón golpeaba dentro del pecho con tal fuerza que dolía. Cerré los ojos, intentando calmarme. Tenía que respirar. Fingir normalidad. Volver a ser la sombra.

Recuerdo haberme disculpado con mi padre, despedido con un gesto mudo de mi madre, y subido las escaleras con pasos pesados hasta la habitación que compartía con Rowan.

Me acosté en la cama sin decir palabra.

Esa noche, el silencio pesaba como nunca.

Y entonces lo soñé.

Una mano —cálida, paciente— acariciaba mi cabello con una dulzura que no conocía.

No distinguía su rostro. Pero no me importaba.

No quería despertar.

Por primera vez, la oscuridad me abrazaba sin juicio.

Muchos dirían que estoy loca. Tal vez lo esté.

¿Qué otra cosa podría pensar una mujer desdichada al imaginar que alguien como Harry podría siquiera mirarla?

No se trata de su apellido, ni de su linaje, ni del oro que corre por las venas de su estirpe. Tampoco es solo por el contraste: él, nobleza adornada; nosotros, simples campesinos que servimos a su casa.

Es porque el solo hecho de mirarme podría arruinarlo.

La sociedad no perdona.

Lo criticarían, lo condenarían, lo desterrarían del círculo perfecto que gira sobre sí mismo.

Sería rechazado. Como yo.

Y no... no desearía eso. Ni siquiera para él.

Su cortesía debía quedarse ahí. Como eso.

Un gesto amable.

Nada más.

Sandra Guerrero, una de las vigilantes, escupe en el suelo como cada vez que me mira. Su rostro es tosco, de origen incierto, y su desprecio... inconfundible.

Estoy acostumbrada.

La sociedad siempre necesita un monstruo. Alguien que les recuerde qué no ser.

Pero lo que no entienden es que no existe el bien sin el mal. Nos necesitamos. Nos definimos mutuamente. Por mucho que intenten erradicarme, solo prueban que existo.

Que soy necesaria.

Next Chapter