Capitulo 1 : "Cenizas sobre el mármol"
El silencio en el bufete Vance & Asociados no era un silencio tranquilo; era el tipo de vacío pesado que solo existe en los lugares donde se guardan demasiados secretos. Elena caminaba por el pasillo de la planta cuarenta con una precisión mecánica. Sus tacones de aguja repicaban contra el suelo de granito con un ritmo constante, un metrónomo que marcaba el pulso de su propio autocontrol.
A sus veintinueve años, Elena se había convertido en el activo más valioso de la firma. Su cabello castaño estaba recogido en un moño tan tenso que parecía imposible que un solo mechón se atreviera a escapar. Su traje sastre, de un gris humo impecable, se ajustaba a su silueta esbelta con una severidad que era, en sí misma, una advertencia: no te acerques demasiado.
Se detuvo frente a la pesada puerta de los archivos históricos. No había cámaras en este sector; ella misma se había encargado de sugerir "mejoras de privacidad" el año anterior.
Al entrar, el olor a papel viejo y humedad la recibió. Elena se dirigió al fondo, hacia la caja 904. Sus dedos, finos y de uñas perfectamente limadas, temblaron un milímetro antes de extraer el sobre amarillento.
—Solo un poco más —susurró para sí misma. Sus ojos avellana, usualmente cálidos pero ahora gélidos por la determinación, se fijaron en el documento que contenía su nombre y una firma que nunca debió existir.
Sacó un encendedor de plata de su bolsillo. Un objeto elegante para un acto tan sucio.
El fuego cobró vida, iluminando las facciones de su rostro, esa belleza simétrica que los jueces confundían con honestidad. Elena sostuvo el papel mientras la llama devoraba la esquina donde constaba la prueba de la coartada falsa. Sintió el calor en las yemas de sus dedos, el olor acre del papel quemado ensuciando el aire filtrado del edificio.
Por un segundo, se permitió cerrar los ojos. La ceniza negra cayó sobre sus zapatos de diseñador y sobre la alfombra impoluta, manchando la perfección que tanto le había costado construir. En ese momento, Elena no era la abogada estrella; era solo una mujer intentando enterrar un cadáver que se negaba a morir.
—La destrucción de pruebas es un delito menor comparado con lo que realmente te preocupa, ¿no es así, Elena?
Elena se quedó petrificada. El encendedor se le resbaló de las manos, cayendo con un golpe sordo sobre la alfombra.
No necesitó girarse para saber quién era. Esa voz tenía una cadencia que ella conocía bien, una mezcla de aburrimiento y una curiosidad peligrosa. Lentamente, se dio la vuelta.
Álex estaba apoyado contra una de las estanterías metálicas, a apenas tres metros de ella. Su figura alta y robusta devoraba el poco espacio del pasillo. Llevaba una camisa negra con los primeros botones desabrochados y las mangas remangadas, revelando unos antebrazos de venas marcadas y rostro definido que parecía esculpido en piedra. Pero lo peor eran sus ojos. Esos ojos azules, del color de un lago congelado, que la observaban con una fascinación perturbadora.
—¿Álex, qué haces aquí? —La voz de Elena salió firme, pero su pecho subía y bajaba con una rapidez que la traicionaba.
Álex se separó de la estantería y empezó a caminar hacia ella. No era un caminar agresivo, era el movimiento de alguien que sabe que la presa no tiene a dónde ir. Se detuvo justo en el límite de su espacio personal, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
—Disfrutar del espectáculo —dijo él, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo que vibró en el aire—. Siempre me pregunté qué aspecto tendría la impecable Elena ensuciándose las manos.
Él bajó la vista hacia las cenizas que aún humeaban a los pies de ella y luego volvió a mirarla, con una media sonrisa que le heló la sangre.
—Es un color que te sienta bien. El negro de la culpa.