Capítulo 1: El Umbral del Desprecio
Capítulo 1: El Umbral del Desprecio
La luz de la mañana se filtraba con dificultad a través del espeso dosel del bosque élfico, proyectando sombras alargadas que parecían garras sobre el suelo musgoso. Para Alna, esa luz no traía la promesa de un nuevo comienzo, sino el riesgo inminente de ser cazada. Bajo el tronco caído de un árbol milenario, cuyas raíces se retorcían como nervios expuestos, la joven elfa contenía la respiración, sintiendo el latido de su propio maná vibrando en sus sienes. Sus ojos, antiguos y cargados de una furia gélida, observaban el entorno con un desprecio que solo siglos de injusticia y una herencia maldita podrían forjar.
Su propia familia, aquellos que debieron ser su baluarte, habían intentado ejecutarla. La excusa oficial era que su existencia representaba una vergüenza para el linaje puro, una aberración de las artes de hilos y engaño. Pero la realidad era mucho más mundana y cruel: su hermano mayor, un ser cuya ambición superaba con creces su talento, la había vendido por unas cuantas monedas de oro y un asiento permanente en la Mesa de los Siete Líderes Élficos. Había canjeado la vida de su hermana por un puesto de poder y una copa siempre llena de vino de néctar.
—Basura ambiciosa... —susurró Alna, y el vaho de su aliento pareció cristalizarse en el aire—. Algún día, esos hilos que tanto desprecias serán los que cosan tu boca para siempre.
Su voz era cortante, una hoja de hielo que no dejaba espacio para la calidez. Necesitaba un refugio donde pasar la noche, un lugar donde el velo entre las realidades fuera lo suficientemente fino para concentrar su maná y abrir un umbral hacia otro mundo. Quería una vida tranquila, un exilio autoimpuesto lejos de la hipocresía de los bosques eternos. Sin embargo, el crujir rítmico de las hojas secas y el siseo metálico de armas desenvainándose anunciaron que sus perseguidores no le darían tregua.
Escena de Acción: La Emboscada de los Elfos Oscuros
Seis figuras emergieron de las sombras proyectadas por los sauces llorones. Eran elfos oscuros, mercenarios de ojos carmesí contratados para terminar el trabajo que el consejo no se atrevió a ejecutar a plena luz del día. No mediaron palabra; su hostilidad era palpable en la forma en que cerraban el círculo, confiados en que una elfa solitaria, cansada y repudiada, sería una presa fácil para sus dagas curvas bañadas en veneno de parálisis.
No sabían con quién se metían. No comprendían que Alna no era solo una elfa en fuga, sino la Maestra del Engaño y los Hilos.
Alna salió de su escondite con una elegancia letal, su postura irradiando un desprecio gélido que hizo que la temperatura del claro descendiera varios grados.
—¿Creen que su mediocridad es suficiente para alcanzarme? —soltó con una calma que resultaba más aterradora que un grito de guerra—. Solo son perros falderos siguiendo el rastro de un amo que no los valorará más que a los cadáveres que están a punto de ser.
Activó suSlim Alquimia. En un parpadeo de maná puro, sus manos manifestaron armamento sólido: una espada de filo translúcido, casi invisible a la luz, apareció en su mano derecha, mientras que una lanza de punta obsidiana y grabados rúnicos se materializó en la izquierda. Los mercenarios se lanzaron al ataque de forma coordinada, pero Alna ya había tejido su trampa mucho antes de que ellos llegaran.
Utilizó su técnica especial:Red de Hilos Invisibles. Antes de que el primer atacante pudiera siquiera parpadear, se encontró suspendido en el aire, sus movimientos bloqueados por filamentos de maná puro. Estos hilos, tan finos como telarañas pero más resistentes que el acero enano, se habían tensado por todo el claro durante sus horas de espera. Con un movimiento sutil y rítmico de sus dedos, Alna ejecutó unaBrutalidad Quirúrgica. Los hilos se contrajeron con una fuerza mecánica irresistible, cercenando extremidades, cortando armaduras de cuero endurecido y desgarrando carne con una precisión anatómica aterradora.
El líder de los oscuros intentó un tajo descendente, pero Alna esquivó con un giro mínimo que parecía una danza. Utilizando la lanza manifestada, le atravesó el plexo solar con un impacto seco. Mientras el cuerpo aún caía, usó sus hilos para desarmar a los otros tres restantes, derribándolos como marionetas cuyas cuerdas han sido cortadas de golpe. No hubo gritos prolongados, solo el sonido del metal chocando contra el suelo y el último aliento de hombres que subestimaron a una maestra. En menos de diez segundos, el claro quedó en un silencio sepulcral, decorado solo por los restos de quienes osaron intentar cobrar su recompensa.
Alna deshizo sus armas, dejando que el maná se reintegrara a su ser, y se acercó a los cuerpos. Con un gesto de asco profundo, registró sus bolsas buscando provisiones o alguna gema de portal. Solo encontró raciones secas y una baranda de ropa usada y maloliente, impregnada de un sudor rancio.
—Hombres... no pueden tener tanta falta de sentido común —dijo, sintiendo una náusea física que la obligó a apartar la vista—. Ni siquiera para morir sirven de forma limpia. Su existencia es tan desordenada como sus muertes.
Dejó las pertenencias en el suelo y se dirigió hacia el norte, hacia las cumbres donde el aire era más puro. El orgullo era el motor que la mantenía en pie, pero el agotamiento comenzaba a nublar su visión, un recordatorio de que incluso una maestra tiene límites físicos.
El Peñasco y la Traición Final
Horas después, Alna alcanzó un prado en lo alto de una montaña escarpada. El viento soplaba con una fuerza violenta, agitando sus cabellos y silbando a través de las grietas de las rocas. De pronto, un brillo inusual, una luminiscencia azulada que no encajaba con el entorno, llamó su atención desde un peñasco inferior. Bajó con agilidad, sorteando los salientes rocosos con la esperanza de haber encontrado finalmente una fuente de poder natural para estabilizar su umbral.
Sin embargo, al llegar, solo encontró una flor de cristal, una rareza botánica hermosa pero sin valor mágico real para un portal dimensional.
—Una pérdida de tiempo —gruñó, golpeando una piedra con el pie—. El destino parece tener el mismo sentido del humor retorcido que mi familia.
Pero entonces, el aire detrás de ella se rasgó con un sonido similar al de la seda rompiéndose. Un portal se abrió de la nada, emanando un aura que Alna reconoció al instante; era un aroma a flores de cerezo y ozono. Se giró, manifestando un hilo de maná en sus dedos, esperando ver a un perseguidor rezagado. Lo que vio la dejó paralizada por un microsegundo, un error que rara vez cometía.
Era ella. Su hermana menor. La única persona en la que Alna aún guardaba un rastro de compasión, la única a la que no despreciaba de forma absoluta.
—¿Incluso tú...? —comenzó a decir Alna, pero no hubo respuesta verbal.
Sin decir una palabra, con una mirada fría y vacía que rivalizaba con el desprecio de la propia Alna, su hermana extendió la mano y liberó una onda de choque de maná de grado superior. Alna, agotada por el combate anterior, el hambre y la escalada extenuante, fue empujada con violencia hacia el umbral que se acababa de abrir a sus espaldas. Fue un empujón calculado, una traición final diseñada para borrarla del mapa sin dejar rastro.
El vacío la engulló antes de que pudiera activar suControl de Cuerpopara estabilizarse.
Ubicación: El Pacífico Expansivo
Alna cayó de espaldas sobre una superficie dura, plana y dolorosamente gélida. El impacto le sacó el aire de los pulmones, dejándola por unos segundos luchando por una bocanada de oxígeno. Al levantarse, el escenario era aterradoramente distinto a todo lo que conocía. No había árboles, ni Mesa de Líderes, ni el aroma a bosque que había definido su vida.
Se encontraba en lo que alguna vez fue un océano vibrante, ahora transformado en un desierto de hielo infinito que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Este era el Pacífico Expansivo, un lugar donde el fenómeno de los golpes de calor extremo que solían azotar la zona de manera tradicional se habían invertido de forma catastrófica. Lo que antes era un trópico ardiente ahora era un reino de frío absoluto, una anomalía climática que había congelado el agua en una costra sólida de cientos de metros de espesor en cuestión de días.
Alna abrazó sus hombros, sintiendo por primera vez el desamparo de un mundo que no respondía a sus leyes mágicas. El frío no era solo ambiental; era una fuerza que intentaba penetrar en sus huesos. Estaba sola en un planeta helado, traicionada por la única persona que amaba, pero con la furia del Nexo Alna ardiendo más fuerte que nunca en su interior. Su orgullo no permitiría que el hielo fuera su tumba.
—Si este mundo quiere congelarme... tendrá que aprender que mi desprecio es más frío que su hielo —sentenció, y su voz se perdió en el viento aullante mientras comenzaba a caminar con paso firme sobre el mar sólido, buscando un nuevo propósito entre la escarcha.