Prólogo
Lo tenía clavado contra el suelo mugriento del bosque.
Mi peso se hundía en su pecho flácido hasta que oí el crujido seco de sus costillas partiéndose una por una, como ramas podridas bajo botas pesadas.
El sonido reverberaba en la noche húmeda, mezclándose con el hedor a tierra revuelta y orina fresca de su vejiga traidora que se vaciaba sin control.
El cuchillo rozaba su garganta sudorosa y grasienta. El filo ya caliente por la sangre que latía debajo como un río subterráneo ansioso por salir. El olor a miedo invadiendo mis narices. Grillos callando de golpe como si olieran la carnicería inminente. El aire espeso con promesas de muerte. El viento susurrando secretos que solo yo entiendo.
Sus ojos se desorbitaban, blancos como huevos podridos. Pánico puro de animal que huele el matadero y sabe que no hay escape, solo el final crudo, el despiece lento, el olvido en un charco de su propia mierda.
—¿Por esa puta de mierda me vas a matar? —balbuceó, voz rota como un disco rayado, escupiendo saliva mezclada con flema, el aliento apestando a cerveza barata y dientes manchados de sangre.
Sonreí torcido, calmado como una estatua de cementerio abandonada cubierta de musgo y meados de perros, porque esto no es ira ciega. Es lógica fría, calculada, el equilibrio que el mundo necesita, pero no pide.
La manoseas de formas que no merece. La agarras por el pelo y la obligas a arrodillarse, dejando moretones púrpuras en esa piel tersa que tapa con mangas largas en pleno verano. Crees que tu ira de mierda la mantiene sumisa como una perra encadenada, patético cabrón con pene de gusano.
Pero yo veo más allá de tu fachada de macho falso. Veo el fondo putrefacto de tu alma negra.
Ella es lista y frágil como un cristal fino listo para romperse bajo mi toque, con una sonrisa curva prometiendo pureza en esta mierda de mundo reciclada en basura humana, basura como tú que la ensucias con tus manos grasientas oliendo a semen rancio y sudor.
Tú la rompes pedazo a pedazo como un niño destrozando juguetes con manos pegajosas de mocos y dulces. Te la coges cuando llora, metiéndole tu micropene flácido forzado con viagra barata, dejándola sangrando por dentro, violándola fuera de mi vista pero no de mi conocimiento, explotando su cuerpo como un animal en celo con una bestia, zoofilia disfrazada de relación.
Apreté el cuchillo sintiendo la resistencia de la piel antes de ceder.
Corte limpio al principio, un tajo preciso que abrió la garganta como una sonrisa roja y babeante, chorro rojo caliente salpicando mis manos, pegajoso como semen fresco, el cuerpo convulsionando en espasmos ridículos, gorgoteo húmedo escapando de su boca abierta, burbujas de sangre y saliva mezcladas, el olor a cobre invadiendo todo.
Lo miré apagarse, claridad fría invadiéndome como un orgasmo lento, pero no paré. ¿Por qué parar cuando el show apenas empieza?
Empujé más profundo girando el cuchillo en la herida, carne rasgándose con un sonido húmedo y asqueroso, tendones partiéndose como hilos podridos en una tela vieja, sangre en pulsos pegajosos empapando mi camisa, él intentando gritar pero solo borboteando su propia mierda, gargantas llenas de vómito rojo, el hedor a entrañas abiertas golpeándome como un puñetazo, intestinos revueltos saliendo a la superficie.
Reí bajo, una risa cínica que resonó en el bosque vacío, pensando en su pene flácido ahora, micropene escondido por el terror como una tortuga asustada, el mismo que usaba para forzarla, metiéndosela cuando lloraba, violándola, torturándola con embestidas brutas, dejando semen infecto en su útero, explotando su inocencia como un pedófilo con una mascota.
Corté abajo abriendo el vientre como un regalo navideño a prisas, cuchillo hundido en la grasa blanda, olor a muerte cruda invadiendo todo, intestinos desparramándose como serpientes viscosas y calientes, siguiendo destripándolo, manos hundidas en el caos húmedo, sintiendo cada tirón de órganos, hígado resbaladizo, riñones como bolsas de sangre reventadas, ojos nublados suplicando mientras se vaciaba gota a gota, autolesiones imaginarias en su carne, acoso eterno en su agonía.
—Esto es por ella, cabrón de mierda —murmuré, terminando el giro en la entrepierna, castrándolo de un tajo salvaje, testículos rodando como canicas ensangrentadas, pene cortado colgando como un gusano muerto, sangre salpicando mi cara como lluvia tibia y salada.
Se sacudió una última vez, estertor patético como un orgasmo fallido, quedó quieto por fin.
Saco vacío de vida, olor a hierro y mierda flotando en la brisa fría, el bosque reclamando su trofeo.
Limpié el cuchillo en su camisa empapada, lo guardé en mi bolsillo.
Arrastré el cuerpo deshecho, tripas colgando como decoraciones grotescas, lo tapé con hojas y ramas podridas, dejando que gusanos y animales lo devoraran, naturaleza cogiendo con los muertos.
Nadie lo echará de menos rápido. Era solo otro extremista disfrazado de novio, un torturador casero.
Caminé de vuelta, corazón firme como una erección matutina. Adrenalina mezclada con el pulso en mi pene que no ignoré, duro como acero, goteando pre-semen en mis boxers.
Sí, soy un peligro andante, un psicópata funcional con testosterona alta como un toro en celo. Lo supe desde niño, observando gente como ratas en un laboratorio, riéndome de lo predecibles y patéticos que eran, imaginando diseccionarlos vivos, abriéndolos para ver sus secretos sangrientos.
No siento culpa, ni una puta pizca. Ese era un parásito chupasangre, un abusador sexual que merecía peor, y ella necesitaba esta limpieza aunque la tonta no lo sepa, viviendo en su burbuja de autolesiones emocionales.
Me paré frente a su casa, sombras de calle muerta como un cementerio olvidado. Ventana iluminada, silueta perfecta como una puta en un burdel de lujo.
Se quitaba su ropa despacio, ignorante del espectador obsesivo que tiene, el voyeur que la coge con los ojos.
Sus pechos redondos libres, pezones tiesos por el frío, invitándome a morderlos hasta sangrar, a chuparlos como un bebé hambriento de leche materna.
Bajó sus bragas rositas, revelando ese triángulo depilado que me pone duro al instante, vagina rosada y húmeda, lista para ser explotada sin piedad.
Arqueó la espalda posando para mí, invitándome a clavársela por detrás, rompiendo su ano virgen si es necesario, mezclando dolor y placer en una violación consentida por mi mente.
Abrí mi pantalón para sacar mi erección dura y palpitante, venas marcadas como cuerdas tensas.
Acaricié lento, caliente, e imaginando mis dedos en su vagina mojada, preparándola para cogérmela rico, hundiendo tres dedos de golpe, sintiendo su interior contraerse, sangre ligera si es su primera vez real.
Se giró, revelando el culo firme, redondo, perfecto para azotes que dejan marcas rojas como huellas de posesión.
Gemí bajo, ritmo acelerando, pensando agarrar su pelo rubio y empujarla contra la pared para clavársela, rompiéndola de placer hasta que me suplique más, eyaculación llenándola completa mientras ese cabrón yace muerto, semen mezclado con su sangre menstrual si toca, fertilizando su útero con mi semilla posesiva.
Me vine, semen acumulado de días, espeso y blanco disparando en chorros potentes, pegándose en mi mano como pegamento caliente, un desperdicio que algún día meteré dentro de ella cada vez que quiera, violándola en ciclos interminables, torturándola con orgasmos forzados hasta que su mente se quiebre como su cuerpo.
Me limpié con un pañuelo que tenía, arrugado y sucio, y lo tiré en un contenedor cerca con ratas royendo basura, imaginando zoofilia urbana, animales cogiendo con desechos humanos.
Apagó la luz y se perdió en la cama, probablemente soñando con príncipes que no existen.
Me quedé respirando, aire frío calmando el calor post-orgásmico.
Esto solo es aperitivo. Hay más basura por eliminar, más cuerpos por destripar, más violaciones por justificar.
Sin ese idiota el camino ahora está algo libre, pero lleno de minas que detonaré uno por uno.
No soy un monstruo. Tipos como yo equilibran esta mierda de mundo. Quitamos lo podrido para que lo bonito crezca, fertilizamos con sangre y leche, con semen y gore, creando un jardín de muerte violenta y romance tóxico.
Ella es bonita, frágil como un pajarito con alas rotas. Y necesita ser fuerte, necesita mi mano guiándola... o rompiéndola.
Para eso estoy yo. Para salvarla... o destruirla si no coopera.