Capítulo 1
Adrián siempre había creído que las estrellas guardaban secretos, que había vida a parte de este planeta. Por eso siempre que podía salía a observar el universo desde el atardecer hasta pasada la medianoche, con su música de fondo, algunas veces solo o en compañía de sus amigos. Esa noche subió al cerro para sacar fotos para ver si en algún momento captaba un ovni, esa emoción que sentía cada vez que se ganaba a observar las estrellas, algo muy difícil de explicar para él en ese instante, siempre esperaba tener un encuentro extraterrestre desde que comenzó a ver videos de abducciones eh ir a encuentros de ufología lo hizo volverse aún más cercano a sus sueños, por eso mismo cuando entro el año pasado a la universidad, eligió la carrera de filosofía para entender la vida y saber por qué los aliens venían a este planeta.
Esa noche llevaba la cámara colgando del cuello y los audífonos puestos, con Heaven Tonight de HIM sonando bajo, como si la letra de esta fuera un secreto compartido solo con la oscuridad. Las luces del pueblo de Sauzal quedaban atrás mientras avanzaba entre la vegetación, siguiendo un sendero que conocía de memoria el cual recorría desde sus 15 años. Había subido tantas veces que podría hacerlo con los ojos cerrados, incluso en ese momento iba sin linterna, para aprovechar mejor la vista, además la luna estaba llena y con esa luz perfectamente podía ver el camino.
Se sentó en una roca plana para acomodar sus cosas, dejo la cámara en un trípode y apuntó al cielo ajustando el enfoque para una mejor calidad de fotos. Él sonrió, siempre había pensado que el universo observaba de vuelta, esperando a que alguien se atreviera a mirar más tiempo de lo necesario, fue entonces cuando la música se cortó, se escuchó como un estruendo lejano, pero a la vez cerca, casi como si cayera un rayo, fue algo extraño, su celular dejo de funcionar unos segundos y volvió a reproducir la canción, frunció el ceño bajando los audífonos. El silencio era tan inquietante que se le erizo la piel, solo vio como unos pájaros volaban de forma apresurada como si viniera una tormenta, primero pensó que a lo mejor se aproximaba una tormenta eléctrica, era verano así que en su pueblo siempre pasaba ese tipo de clima, volvió a mirar la cámara para ajustarla de nuevo y entonces a lo lejos vio como una luz aparecía en el cielo, no era una estrella fugaz estaba muy debajo de la atmosfera, tampoco se movía como un avión ni parpadeaba como un satélite. Era grande, de color entre azul y blanco que se movía con lentitud, Adrián sintió cómo el corazón se le aceleraba mientras levantaba la cámara con sus manos temblando a lo mejor por la emoción o el miedo de que algo extraño estaba pasándole por primera vez.
—No puede ser... que demo... es eso—murmuró.
La luz descendió lentamente, acercándose al cerro, iluminando los árboles con un resplandor irreal. Adrián dudó un segundo porque debería haber corrido, haber bajado el cerro y alejarse de eso, recordó una experiencia de un chico que conto en una de las conferencias de ufología, las abducciones y todo lo que les hacían los extraterrestres a los humanos si se los llevaban, pero siempre había sido curioso, lo extraño siempre le había llamado como si en otra vida hubiera nacido en un planeta o en una dimensión de fantasía.
Siguió la luz entre los árboles, con la respiración agitada y los sentidos alertas. Cada paso parecía alejarlo del mundo conocido para entrar en uno lleno de magia donde encontraría la verdad sobre esta vida. El aire vibraba, como si el espacio mismo estuviera alterado o impulsándolo para seguir la locura que estaba cometiendo, porque eso era lo que pensaba él, entrar a lo desconocido y que le hagan lo que muchos chicos y chicas contaban en las convenciones o conferencias.
La luz se apagó de golpe. No fue un desvanecimiento gradual ni un parpadeo inseguro, simplemente dejó de existir. Durante un segundo, Adrián sintió que el mundo entero había quedado suspendido en ese vacío repentino, y luego el bosque volvió a reclamarlo todo.
La oscuridad fue total, el canto de los insectos regresó de forma desordenada, como si también ellos hubieran estado conteniendo la respiración. Adrián parpadeó varias veces, intentando que sus ojos se acostumbraran, pero el contraste había sido demasiado brusco, el corazón le golpeaba el pecho con una fuerza que no recordaba haber sentido antes.
Sin pensarlo demasiado, se movió, se agachó y se ganó detrás del tronco más cercano, presionando la espalda contra la corteza rugosa. El árbol era ancho, viejo, con raíces que sobresalían del suelo como dedos retorcidos. Adrián apoyó una mano en una de ellas para mantener el equilibrio mientras inclinaba la cabeza, intentando escuchar algo más allá del ruido natural del bosque, su respiración sonaba demasiado fuerte en sus propios oídos.
Tranquilo, se dijo. No seas ridículo.
Se rio para sí mismo, una risa corta y nerviosa que murió antes de tomar forma real, no pudo evitar pensar en todas las películas que había visto, en las historias que había leído, en los foros nocturnos llenos de teorías absurdas que consumía cuando no podía dormir. Ideas sueltas comenzaron a desfilar por su cabeza sin orden, luces que atraen, seres que observan, pruebas, errores humanos.
—Estás siendo paranoico —murmuró en voz baja.
Seguramente había una explicación lógica. Siempre la había. Algún fenómeno atmosférico extraño, un reflejo, una ilusión provocada por el cansancio y la expectativa, tal vez incluso alguien jugando con un dron de alta potencia, nada más. Aun así, su cuerpo no parecía convencido.
Adrián tragó saliva. Sabía lo que venía a continuación. Lo que toda persona hacía en una situación así, especialmente en las películas de terror que luego criticaba por sus decisiones estúpidas.
—¿Hola...? —dijo, con la voz apenas audible, como si temiera que hablar en voz alta fuera una invitación.
El eco de su propia voz se perdió entre los árboles. Por un instante no ocurrió nada. Adrián empezó a relajarse apenas, convencido de que había sido una exageración, estaba a punto de salir de su escondite cuando lo escuchó... un crujido, no fue el sonido aleatorio de una rama rompiéndose bajo el peso del viento, fue un paso, luego otro más lento, medido, demasiado regular para ser un animal. Adrián se tensó por completo.
El sonido se acercaba desde su izquierda, arrastrándose entre el pasto, cada pisada parecía calcularse con cuidado, como si quien caminaba supiera exactamente dónde poner el pie. Adrián asomó apenas la cabeza desde detrás del tronco, con el pulso latiéndole ya en la garganta.
Entre los árboles vio una silueta, era alta... humana. Eso fue lo primero que pensó, y el alivio parcial que sintió fue casi inmediato, aunque no completo. La figura avanzaba despacio, apartando ramas bajas con movimientos suaves, no parecía apresurada, ni perdida, más bien... segura.
—¿Hola? —repitió Adrián, esta vez un poco más fuerte, aunque la garganta se le cerró al final de la palabra.
La figura se detuvo durante un segundo eterno, nadie se movió. Adrián pudo distinguir mejor la forma del cuerpo, hombros, brazos, piernas. Era, sin lugar a dudas, una persona común y corriente o al menos eso parecía. Sin embargo, no alcanzaba a ver el rostro, la oscuridad se lo tragaba por completo, como si la sombra se negara a soltar ese detalle.
Adrián frunció el ceño. Se movió con cuidado, saliendo poco a poco de donde estaba escondido, necesitaba ver mejor, confirmar lo que sus ojos apenas lograban captar, en momentos así, maldecía no llevar sus lentes, todo era un poco más borroso, más impreciso, y eso no ayudaba en absoluto a su estado mental.
Dio un paso adelante, la figura levantó ligeramente la cabeza.
—¿Adrián?
El sonido de esa voz atravesó la tensión como un cuchillo caliente, el alivio fue inmediato. Adrián soltó el aire que no se había dado cuenta de que estaba reteniendo.
—¿Jensen? —respondió, incrédulo—. ¿Qué haces acá arriba y a estas horas?
Salió completamente de detrás del árbol y se acercó un poco más, ahora que sabía quién era, el miedo inicial se transformó en confusión. Jensen estaba quieto, demasiado quieto para alguien que normalmente no podía quedarse ni un minuto tranquilo.
La postura rígida contrastaba con la imagen que Adrián tenía de él, siempre inquieto, moviéndose, gesticulando incluso cuando hablaba de cosas triviales. Esta versión era distinta, su expresión era seria, casi inexpresiva, los ojos, acostumbrados a brillar con picardía o burla, reflejaban algo extraño bajo la luz tenue de las estrellas, a pesar de la oscuridad, tenían un brillo azulado, frío, que no parecía normal del todo. Por un instante, Adrián sintió un escalofrío inexplicable recorrerle la espalda.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó Adrián al fin.
Jensen levantó la vista del suelo lentamente.
—El suficiente —respondió. —Necesitaba aire y despejarme un poco —dijo Jensen finalmente. Sonrió, pero era una sonrisa torcida, incompleta que no llegó a sus ojos. —Como tú.
Adrián frunció el ceño. Normalmente, Jensen no era tan ambiguo. Siempre exageraba, siempre añadía detalles innecesarios o hablaba de más, aquella versión contenida, casi medida, le resultaba extraña.
—¿Me estabas siguiendo? —preguntó medio en broma, aunque la risa no le salió.
—Observando —corrigió Jensen—. No es lo mismo.
Adrián sintió otra punzada de incomodidad. Miró alrededor, tratando de identificar el punto exacto desde el cual Jensen lo había estado mirando antes de aparecer.
—¿Desde dónde? —insistió.
Jensen señaló vagamente hacia la línea de árboles.
—Desde allá.
Adrián siguió la dirección con la mirada. Desde ahí, pensó, se veía perfectamente él, demasiado bien. Un escalofrío le recorrió los brazos.
—Entonces... —dijo despacio— ¿me viste cuando apareció la luz?
Jensen no respondió de inmediato. Se tomó su tiempo, como si la pregunta requiriera una decisión previa.
—Vi cómo reaccionaste —dijo al final—. Eso fue suficiente.
Adrián soltó una risa nerviosa.
—Yo... —aclaró—. Subí a probar mi cámara nueva. —Hizo una pausa, todavía inquieto—. Y vi la luz enorme... estaba como en el cielo.
Levantó el brazo y apuntó con el dedo índice hacia arriba, señalando el punto exacto donde había aparecido la luz. Con la otra mano, intentó reproducir el movimiento que había visto, trazando una línea irregular en el aire.
—Justo acá.
Jensen siguió el gesto con la mirada, observó el cielo en silencio, como si buscara algo que ya no estaba ahí. Las estrellas brillaban con normalidad, indiferentes a la conversación que se desarrollaba bajo ellas.
Él no había visto nada, había pasado gran parte de la noche observando a Adrián desde la distancia, oculto entre los árboles, lo había visto acomodar el trípode, ajustar la cámara, revisar una y otra vez los parámetros como si temiera que algo fallara. Esa había sido la razón por la que subió al cerro, estaba aburrido, inquieto, y la idea de observar a su amigo con su nuevo juguete le había parecido suficiente excusa para salir.
Incluso había pensado en asustarlo. En esperar el momento justo para hacer un ruido, aparecer de improviso y reírse de su reacción, como cuando eran más chicos y el mundo parecía menos complicado.
Pero entonces apareció la luz, no la vio directamente, pero notó el cambio en Adrián. La forma en que se quedó completamente inmóvil, la manera en que levantó la cámara con manos temblorosas, como si temiera perder algo irrepetible. Jensen decidió no intervenir, algo, no supo qué, se lo impidió.
—Tal vez —dijo al fin—, como ya sabes, el espacio está lleno de cosas inexplicables y en la atmósfera de la Tierra siempre se producen fenómenos extraños. —Hizo una pausa breve antes de continuar. —No sé cómo te sorprende esto que acabas de ver.
Mientras hablaba, observaba a Adrián con atención, analizando cada mínima expresión, cada gesto. Quería ver cómo reaccionaba ante una explicación aparentemente racional.
Adrián lo miró con evidente confusión, sus cejas se fruncieron mientras intentaba procesar lo que Jensen decía.
—Sí, pero... —empezó, y luego se detuvo—. No fue como otras veces.
—Siempre dices eso —respondió Jensen con suavidad.
—No, en serio —insistió Adrián—. Esto se sintió distinto.
El silencio volvió a instalarse entre ellos, las estrellas seguían brillando sobre sus cabezas, lejanas, eternas. Sin saberlo, esa noche sería el punto exacto donde todo cambiaría, donde las preguntas que Adrián había acumulado durante años comenzarían a encontrar respuestas y donde algunas verdades, una vez reveladas, ya no podrían ignorarse.
Jensen bajó la mirada, al ver la expresión perdida de su amigo, buscó el suelo con los ojos hasta encontrar una roca plana cerca del sendero. Caminó hacia ella y se sentó con cuidado, apoyando los codos sobre las rodillas.
—Ven —dijo—. Si vas a contarme teorías sobre luces misteriosas, al menos hazlo cómodo.
Adrián dudó un segundo ante de acercarse, algo en su interior le decía que esa conversación no sería como las anteriores, que, de algún modo, ya habían cruzado una línea invisible.
Se sentó frente a Jensen, con el bosque observándolos en silencio y, aunque todavía no lo sabía, ya no había vuelta atrás.
La noche estaba más fría de lo que Adrián había calculado, el aire se le metía por debajo de la sudadera y le recorría la espalda como un recordatorio constante de que llevaba demasiado tiempo sentado ahí, con las piernas dobladas y la vista clavada en un cielo que ya no parecía el mismo. Apoyó la palma de la mano para impulsarse, notó la tierra fría pegándosele a la piel. Respiró hondo, pero el aire no le calmó el temblor en el pecho.
Seguía viendo el destello cada vez que parpadeaba. No había sido una estrella fugaz. No había sido un avión. Ni siquiera un satélite. Adrián estaba seguro de eso, con una certeza que le pesaba como una piedra en el estómago, había sido demasiado lento y demasiado brillante, había cambiado de dirección de una forma imposible, como si algo allá arriba hubiese decidido, de pronto, jugar con las reglas.
—No estás loco —murmuró para sí mismo, aunque la frase sonó más a súplica que a convicción.
Fue entonces cuando sintió una presencia a su lado, no un ruido claro, sino ese cambio casi imperceptible en el ambiente, como cuando alguien entra a una habitación sin decir nada y aun así sabes que ya no estás solo.
Jensen lo observó en silencio durante unos segundos. Empezó por el cabello de Adrián, que en la oscuridad se veía completamente negro, más de lo que realmente era. Estaba desordenado, aplastado en algunas partes por haber apoyado la cabeza contra sus rodillas. Las facciones de su rostro no se distinguían del todo bajo la luz escasa de los faroles lejanos, pero aun así Jensen reconocía cada ángulo, cada sombra. Los ojos de Adrián, cafés durante el día, parecían ahora casi negros, con un brillo extraño que no supo identificar de inmediato. No era miedo puro, era algo más denso, una mezcla de confusión, expectativa y una necesidad silenciosa de que alguien más hubiese visto lo mismo.
Jensen carraspeó suavemente antes de hablar, como si quisiera asegurarse de que su voz no rompiera del todo la noche.
—¿Crees que fue un ovni... o solo un asteroide que decidió darte un espectáculo privado? —exclamó al final, con ese tono burlón que usaba cuando no sabía muy bien cómo acercarse a algo serio.
Adrián giró el torso con brusquedad. La expresión en su rostro era de enojo, pero también de alivio mal disimulado.
—Yo sé lo que vi —respondió, más alto de lo necesario—. Y lo que no entiendo es qué hacías acá. Te mandé varios mensajes para que me acompañaras, Jensen... varios. —Se levantó del suelo de un salto torpe, sacudiéndose el pasto del pantalón—. Y ahora sales de la nada, como si nada. ¿En qué andas?
Jensen alzó las manos en un gesto defensivo, dando un paso atrás.
—Te acabo de decir que necesitaba tomar aire —contestó, encogiéndose de hombros—. No todo gira alrededor de tu obsesión con el cielo, ¿sabías?
—No te creo —dijo Adrián sin rodeos. Giró los ojos, se levantó de forma brusca y comenzó a caminar por el sendero de tierra que llevaba fuera del cerro—. Pero tampoco es de mi interés saber en qué andas metido. — Sus pasos eran largos, más rápidos de lo habitual. El ruido de sus zapatillas contra la grava rompía el silencio nocturno con una insistencia casi agresiva. —¿Mañana nos juntamos en el mismo lugar de siempre? —preguntó sin mirarlo, como si la pregunta fuese una formalidad más que una invitación real y Jensen lo siguió, ajustando el paso para alcanzarlo.
—Claro —respondió—. Siempre tenemos nuestras juntas de conversaciones extrañas ahí. —Sonrió para sí mismo—. Pero dime una cosa... ¿por qué vas tan rápido? No estuviste ni una hora aquí y ya te quieres regresar, a menos que... —alargó la frase con malicia— ...te haya dado miedo lo que viste.
Soltó una carcajada abierta, incapaz de contenerse. Nunca había entendido cómo era posible que a Adrián le fascinaran tanto las cosas raras teorías conspirativas, documentales de fenómenos inexplicables, foros interminables de internet y aun así fuera tan sensible cuando algo salía del terreno de lo "interesante" para entrar en lo "real".
Adrián se detuvo en seco.
—No me dio miedo —dijo entre dientes.
Jensen casi choca contra él.
—¿Seguro? —preguntó, ladeando la cabeza—. Porque corres como si algo fuera a perseguirte.
Adrián apretó los puños, durante un segundo pareció debatirse entre seguir caminando o darse la vuelta. Finalmente se giró hacia Jensen, con los ojos brillándole de una forma que ahora sí era inequívocamente nerviosa.
—No entiendes —dijo—. No es miedo. Es... —buscó la palabra— ...incomodidad, como cuando sabes que algo no encaja, pero no sabes explicar el por qué.
—Ah —respondió Jensen, con una sonrisa ladeada—. El famoso "presentimiento cósmico".
—No te burles —replicó Adrián—. No esta vez.
Eso bastó para que la sonrisa de Jensen se desvaneciera un poco. Caminó unos pasos más despacio, hasta quedar frente a él.
—Entonces explícame —dijo, ahora con un tono más bajo—. ¿Qué fue exactamente lo que viste?
Adrián dudó. Miró hacia el cielo de nuevo, como si temiera que el objeto reapareciera solo por nombrarlo.
—Fue una luz —empezó—. Pero no como las otras, esta no cruzó el cielo de lado a lado, solo apareció... —hizo un gesto vago con la mano— ...se quedó suspendida, y luego cambió de dirección. Como si alguien allá arriba hubiera dicho "no, mejor por acá".
Jensen alzó una ceja.
—¿Y estás seguro de que no era un dron? Hoy en día hay drones para todo.
—No era un dron —respondió Adrián con firmeza—. Era demasiado grande y demasiado silencioso.
—Los drones pueden ser silenciosos.
—No así —insistió—. Esto... no hacía ruido alguno. Nada. Ni siquiera ese zumbido bajo, era como si el aire mismo se hubiese detenido.
El silencio que siguió fue distinto al de antes. Más pesado.
—¿Y por qué no me esperaste? —preguntó Jensen al cabo de un momento—. Dijiste que querías compañía.
Adrián bajó la mirada.
—Te esperé —dijo—. Más de lo que crees.
Jensen tragó saliva. Miró hacia el sendero, luego de nuevo a Adrián.
—No siempre puedo contestar al instante —murmuró—. A veces... —se detuvo— ... necesito desaparecer un rato.
—Siempre dices lo mismo —respondió Adrián, con un cansancio que no era nuevo—. "Necesito aire", "necesito tiempo", "no es nada". Pero nunca dices qué es lo que te pesa.
Jensen soltó una risa breve, sin humor.
—Mírate —dijo—. Hablando de lo que pesa, justo después de decirme que viste algo que desafía todas las leyes conocidas.
—No es lo mismo —replicó Adrián—. Lo mío está afuera. Lo tuyo... —lo miró— ...está acá adentro.
Hubo un momento en el que Jensen pareció querer responder algo, pero se contuvo, se pasó la mano por el cabello y suspiró.
—Mañana —dijo—. Mañana hablamos de eso, ¿sí? Como siempre. En el lugar de siempre.
Adrián asintió, aunque no parecía del todo convencido.
—Mañana voy a venir más temprano —añadió—. Voy a traer la cámara.
—¿En serio?
—Sí. Si vuelve a pasar... —sus labios se curvaron apenas— ...no quiero que esta vez solo quede en mi cabeza.
Jensen lo observó con atención. Había algo en la forma en que Adrián hablaba, una mezcla de determinación y vulnerabilidad que lo inquietaba más de lo que quería admitir.
—Ojalá no vuelva a pasar —dijo finalmente.
—¿Por qué? —preguntó Adrián.
Jensen tardó en responder.
—Porque cuando las cosas raras se repiten —dijo—, dejan de ser solo curiosas y ahí es cuando empiezan a exigir respuestas.
Adrián lo miró fijamente.
—Eso es exactamente lo que quiero.
Siguieron caminando en silencio el resto del camino. El cielo permaneció quieto, como si nada hubiera ocurrido nunca. Pero ambos sabían que, de alguna forma, algo había cambiado. Y que, al día siguiente, en el mismo lugar de siempre, no solo hablarían de luces extrañas y teorías imposibles, también de todo aquello que llevaban demasiado tiempo evitando mirar de frente.
Bajaron rápido el cerro donde estaban. Jensen solo podía pensar en que casi lo descubren, años de amistad, crecieron juntos pero siempre tuvo que guardar el secreto de quien era realmente, desde pequeño sus padres lo criaron a él y su hermana como humanos normales, pero por momentos extrañaba ser el mismo, la única manera era estar en plena naturaleza donde nadie pudiera verlo brillar, ser un extraterrestre como lo dicen los seres humanos, era someterse al gobierno y que lo transformen en un sujeto de experimentos, pero algunos de su raza vinieron a este planeta para cuidar y proteger de otros seres que solo quieren invadirlo y destruirlo.
Intentaba dejar de ver Adrián, siempre se preguntó que sentía, que pasaba por su mente cuando estaban juntos, desde chicos él sentía una cierta conexión con él, pero, aun así, con todo el amor y cariño que sentía por su amigo, no podía contarle quien era, ni que hacía en este planeta, ni él sabía exactamente porque llegaron acá, sus padres no le contaron con detalle el porqué, solo lo necesario. Le pedía en silencio a todos los dioses posibles que nunca se enterara de quien era realmente, no quería perderlo.
— No entiendo que te traes Jensen, estuviste todo el camino callado, quien sabe qué hacías allá arriba...
Adrián lo quedo mirando esperando una respuesta mientras llegaban a la entrada del pueblo.
—Yo debería preguntar por qué estas tan interesado en saber qué hacía en el cerro, ¿acaso no puedo ir a despejarme? — Al ver que siguió caminando sin mirarlo pensó que a lo mejor no debió preguntar eso.
—Quiero llegar a mi casa, estoy cansado y se me arruino la noche, no sé qué fue lo que vi, pero estoy seguro que no fue un cometa o un meteorito... o lo que sea.
Adrián al llegar al pueblo solo siguió su camino a casa, se dio la media vuelta para despedirse de mala gana de Jensen que iba sumergido en sus propios pensamientos.
—Buenas noches — lo observo mientras sus ojos solo reflejaban dudas. —Nos vemos mañana, ¿nos juntaremos en el mismo lugar de siempre? — Pregunto dudando.
—Claro, solo llega a la hora, siempre te demoras una eternidad en llegar y nunca entendí a qué le das tanta vuelta antes de salir. — Adrián solo rodo los ojos y se fue agitando la mano en forma de despedida.
Jensen solo podía pensar en cómo casi lo descubren, eso sería un gran problema para él y su hermana o aún peor, para Adrián.
Se puso aún más nervioso cuando al llegar a su casa, su hermana estaba esperándolo de brazos cruzados y apoyada en la puerta, con una mirada como si lo juzgara de la peor forma.
— Sabes?, en ocasiones me pregunto cuando le dirás a tu mejor amigo lo que sientes, aunque a mí no me interesa — Se giro mientras elevaba las manos saliendo de la entrada y se fue directo a la cocina, a donde Jensen la siguió.
— ¿Como? — Jensen quedo con los ojos todos desorbitados al escuchar eso y por un momento había dejado de sentir sus propias piernas... —De que demonios hablas Nyra, de donde sacas esas cosas por dios...
—Mira, hace unas horas fui al bosque para poder dejar este cuerpo por un rato y meditar, fue ahí cuando te sentí y vi que estabas siguiendo a Adrián
La queda mirando con asombro y entrecerrando los ojos mientras colocaba su mano en su propia cabeza, revolviendo su cabello con cierto nerviosismo.
— ¿Esa luz que él vio fuiste tú entonces?, ¡Te das cuenta de que pudo verte Adrián!, por un momento pensé que algo había fallado en mi cuerpo humano y que fui yo quien emano esa luz... pero fuiste tú... — Le apunta con el dedo índice
—Y quien más seria...?, eres un aguafiestas, son nuestros amigos y el único que no sabe es él. Julián y Kory ya saben... por cuanto tiempo se lo vas a ocultar... hasta que te le declares?
—Tú no entiendes nada y deja de decir cosas sin sentido.
Sale de la cocina y sube las escaleras totalmente enojado. Su hermana no tiene idea de sus sentimientos por Adrián y lo juzgaba de esa manera. Para él todo es más complicado cuando se trata de sentimientos, y su hermana solo hace que se sienta presionado, aun sabiendo que se comenta mucho entre sus amigos que al parecer el sentimiento es mutuo, el problema es más bien, los prejuicios del pueblo, esa gente está más pendiente de la vida del resto que de ellos mismos, aun no entiende como es que sean ocultado tan bien si las personas saben la vida completa de todos, quitas es la suerte o son muy estúpidos para notarlo. Ahora solo le preocupa ocultar su identidad como alíen y dejar todo lo demás de lado, definitivamente estas vacaciones de verano iban hacer agotadoras.
Adrián no durmió esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, veía esa luz blanca que fue como un destello enorme que tiraba pequeñas auras azules. No como un recuerdo borroso, como algo que seguía ahí, latiendo detrás de sus párpados. Se dio vuelta en la cama, con el corazón inquieto y la sensación persistente de que algo había cambiado sin pedirle permiso. Jensen tampoco salía de su cabeza, no era solo haberlo encontrado en el cerro. Era cómo lo había encontrado todo fue extraño, él estaba demasiado tranquilo como si hubiera estado esperando que llegara.
—No seas paranoico —se dijo en voz baja, mirando el techo mientras pasaba sus manos por la cara—. Fue una coincidencia.
Pero Adrián nunca había creído del todo en las coincidencias.