Capitulo 1
En los antiguos bosques de Eldoria, donde los árboles milenarios susurraban secretos al viento, reinaba Lirael, la soberana suprema de todas las razas élficas. Su belleza era legendaria: cabello plateado como la luna llena, trenzado en una corona que simbolizaba su linaje eterno, orejas puntiagudas adornadas con pendientes de oro antiguo, y un cuerpo esculpido por la gracia de los dioses. Sus curvas eran hipnóticas, con pechos voluptuosos que se elevaban orgullosos bajo su atuendo de seda oscura, revelando un tatuaje intrincado en su hombro que narraba la historia de su pueblo. Pero esa gracia no la salvó de la guerra.
El rey humano, Draven, hijo de la diosa de la conquista y un mortal ambicioso, era un semidiós con poder divino y político que eclipsaba a cualquier monarca. Sus ejércitos, impulsados por su fuerza sobrehumana y su carisma, habían invadido las fronteras élficas en busca de expansión. La guerra fue brutal. Los elfos, que una vez contaban con diez millones de almas, fueron diezmados; ahora, apenas cinco millones sobrevivían, escondidos en las ruinas de sus ciudades arbóreas. Lirael luchó con fiereza, su arco encantado segando vidas humanas, pero Draven era imparable. Con un solo golpe de su espada imbuida de poder divino, podía derribar murallas enteras.
Al final, en el corazón del bosque sagrado, Lirael se rindió. Arrodillada ante el trono improvisado de Draven en su campamento real, con las manos atadas por cadenas encantadas que anulaban su magia, miró al conquistador. Él era alto y musculoso, con ojos que brillaban con un fulgor celestial, cabello oscuro y una armadura que acentuaba su figura imponente. Su presencia irradiaba dominación, y al posar sus ojos en ella, un deseo primitivo lo invadió. La reina elfa, con su piel pálida reluciendo bajo la luz filtrada de las hojas, era un trofeo que ningún dios rechazaría.
—Has perdido, reina Lirael —dijo Draven, su voz profunda y resonante, como un trueno lejano—. Tus ejércitos yacen rotos, y podría borrar a los elfos de la faz de la tierra con un chasquido de mis dedos divinos. Pero... tu belleza me intriga. Te ofrezco un pacto: conviértete en mi esposa, entrégame tu cuerpo para que lo posea como desee, y perdonaré a lo que queda de tu raza. Serán vasallos, no esclavos exterminados.
Lirael sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Sus ojos violetas se llenaron de lágrimas de rabia y resignación. No había otra opción; el sacrificio de una reina por su pueblo. —Acepto... mi señor —susurró, su voz temblando.
Draven sonrió con triunfalismo, levantándola por la barbilla con una mano fuerte. La llevó a su tienda real, un pabellón lujoso forrado de sedas capturadas y alfombras élficas. Allí, la despojó de sus ataduras, pero no de su sumisión. —Desnúdate para mí —ordenó, sentándose en un trono de madera tallada, observándola con ojos hambrientos.
Con manos temblorosas, Lirael desató su atuendo. La tela cayó, revelando sus pechos grandes y firmes, con pezones rosados que se endurecían al aire fresco. Su tatuaje se extendía hasta el hombro, y más abajo, su vientre plano conducía a caderas anchas y un sexo depilado, enmarcado por muslos suaves. Draven se levantó, quitándose su armadura con facilidad divina, exponiendo un cuerpo esculpido como el de un dios: músculos definidos, cicatrices de batallas, y un miembro erecto, grueso y venoso, que palpitaba con anticipación.
—Arrodíllate, esposa mía —gruñó, su voz cargada de autoridad masculina.
Lirael obedeció, cayendo de rodillas ante él. Él tomó su cabeza por el cabello plateado, guiándola hacia su polla. —Chúpala. Muéstrame tu devoción.
Sus labios se abrieron, envolviendo la cabeza caliente y salada. Lirael succionó con reticencia al principio, pero el poder de Draven la obligaba a profundizar. Su lengua danzaba a lo largo de la longitud, sintiendo las venas pulsantes mientras él empujaba más adentro, follando su boca con thrusts dominantes. Gemidos escapaban de ella, ahogados por su grosor. —Buena chica —murmuró él, su mano apretando su trenza como riendas—. Trágatelo todo.
Cuando estuvo al borde, la levantó como si no pesara nada y la arrojó sobre la cama de pieles. La posicionó a cuatro patas, su culo elevado, vulnerable. —Ahora, te reclamaré como mía —dijo, frotando la punta de su miembro contra sus labios vaginales húmedos, a pesar de su vergüenza.
Lirael jadeó cuando él penetró de un solo empujón, estirándola con su tamaño divino. —¡Ah! Mi señor... es demasiado... —gimió, pero su cuerpo traicionero respondía, mojándose más.
Draven la folló con fuerza, sus manos agarrando sus caderas, marcando su piel pálida con moretones. Cada embestida era un recordatorio de su dominación: profundo, rítmico, implacable. Sus pechos rebotaban con violencia, y él se inclinó para pellizcar un pezón, tirando de él hasta hacerla gritar de placer mezclado con dolor. —Eres mía ahora, reina. Tu coño me pertenece. Di que me perteneces.
—Te... pertenezco... —sollozó ella, su orgullo rompiéndose mientras un orgasmo la invadía, sus paredes internas contrayéndose alrededor de él.
Él aceleró, sus bolas golpeando contra ella, hasta que con un rugido divino, se derramó dentro, llenándola con chorros calientes de semen que desbordaban por sus muslos. La dejó temblando, marcada, pero viva.
Desde esa noche, Lirael fue su esposa, su posesión. Los elfos sobrevivieron bajo el yugo humano, y ella, en la cama del semidiós, aprendió a someterse una y otra vez, su belleza eterna al servicio de su conquistador. Pero en lo profundo de su corazón, un fuego de venganza ardía, esperando el momento para revertir la dominación.