el hombre de los sueños malditos
Enero de 2006. Nueva York nunca duerme, pero sus ciudadanos están empezando a tener miedo de cerrar los ojos.
Sac Murdock no era un psiquiatra común. Se había ganado su reputación en los pasillos más oscuros del sistema judicial, analizando mentes que otros daban por perdidas. Para Sac, la mente humana no era un misterio, sino un mecanismo que podía desarmar pieza por pieza. Sin embargo, su propia mente era su peor enemiga: padecía un insomnio crónico que lo mantenía en un estado de alerta constante, como si estuviera esperando un golpe que nunca llegaba.
Un día cualquiera en su oficina recibió en su consulta a una joven paciente como cualquier otro día. Ella no sufría de ansiedad común; sufría de una presencia. Le explicó que, en repetidas ocasiones, un hombre al que ni siquiera conocía invadía sus sueños.
-Tiene una calva incipiente -describió ella con voz temblorosa-, las cejas muy gruesas y los labios... sus labios son extremadamente finos.
Mientras la escuchaba, Sac deslizó su lápiz sobre el papel, dibujando el retrato del sujeto. En ese momento, no le dio importancia y dejó el dibujo sobre la mesa, pensando que era un arquetipo más.
Mientras oía la descripción, Sac sintió un escalofrío familiar. Deslizó su lápiz sobre el cuaderno, dejando que su instinto guiara el trazo. Dibujó el retrato del sujeto con una precisión quirúrgica. Al terminar, miró el rostro en el papel y, por un instante, sintió que aquellos ojos dibujados lo reconocían. Sacudió la cabeza, culpando a la falta de sueño, y dejó el dibujo sobre la mesa sin darle mayor importancia.
Pero las tornas cambiaron. En las semanas siguientes, dos pacientes más aseguraron haber visto al mismo hombre. Sac, intrigado, envió copias del dibujo a sus colegas. Meses después, el horror se hizo oficial: el número de personas que soñaban con él no paraba de aumentar. Optaron por crear una página web para registrar las apariciones, descubriendo que aquel misterioso hombre se había colado en los sueños de cerca de dos mil personas
Las apariciones del intruso eran tan diversas como aterradoras. Sac Murdock repasaba los informes noche tras noche, intentando encontrar un patrón.
Meses después, lo que empezó en su pequeño despacho se convirtió en una epidemia global. El número de personas que habían soñado con él no paraban de aumentar. Optaron por crear una página web en la que se registraran todas sus apariciones. Los facultativos, liderados por un Sac cada vez más obsesionado, descubrieron que el misterioso hombre se había colado en los sueños de cerca de dos mil personas.
Sac Murdock ya no buscaba una cura para sus pacientes; ahora buscaba una respuesta para sí mismo. Porque él también había empezado a ver sombras en los rincones de su casa, sombras que tenían la misma forma que el hombre del papel.
Su vida personal era el precio de su genialidad. A sus 45 años, el silencio de su hogar era absoluto. Su divorcio, años atrás, no fue por falta de amor, sino por exceso de análisis; su exesposa solía decirle que era imposible vivir con un hombre que siempre estaba "auscultando" el alma de los demás en lugar de simplemente sentirla. Sac ya no sabía cómo apagar el interruptor de su profesión. Incluso cenando solo, diseccionaba sus propios pensamientos con la frialdad de un forense.
"Al llegar a su apartamento, Sac no se quitó el abrigo. Se sirvió un vaso de whisky que dejó intacto sobre la mesa de mármol. Se miró al espejo del pasillo y notó que las ojeras eran ya surcos profundos, cicatrices de batallas ganadas contra el sueño. Recordó las palabras de su ex-esposa: 'Sac, el problema no es que no duermas, es que tienes miedo de lo que eres cuando no estás vigilando'.
Ahora, frente al dibujo del hombre de cejas gruesas, entendía que su vigilancia no había servido de nada. El intruso no había entrado por la puerta, sino por la grieta que su propia mente no podía cerrar.
El insomnio de Sac Murdock era su eterna condena, pero esa noche, la agotadora repetición de informes y el zumbido constante de su mente lograron por fin una tregua. Se desplomó en el sofá de su despacho, el dibujo del "Hombre de los Sueños" aún sobre la mesa de café, iluminado por la luz pálida de un monitor que mostraba el incesante conteo de apariciones. Por primera vez en semanas, el cansancio era más fuerte que su eterna vigilancia. La oscuridad lo arrastró, no a un sueño profundo, sino a un estado intermedio, una especie de duermevela febril donde la lógica se desdibujaba.
No era un sueño como los de sus pacientes, llenos de terror ineludible. Era más bien una habitación familiar, su propio despacho, pero distorsionada, sus paredes respirando y el aire
volviéndose denso, como melaza. El contorno de los muebles se estiraba, y los libros de sus estanterías parecían murmurar lenguas muertas. De repente, una figura emergió de la sombra más profunda de la habitación. No caminó, simplemente apareció.
Era él. El hombre del dibujo. La calva incipiente reflejaba la escasa luz, sus cejas gruesas le daban una expresión de incomprensible autoridad, y sus labios finos... eran una línea apenas perceptible en un rostro que no mostraba emoción alguna. Vestía un traje de corte anticuado, tan oscuro que parecía absorber la poca luz que había.
Sac intentó gritar, pero el sonido se ahogó en su garganta. Quiso levantarse, pero sus extremidades estaban ancladas, pesadas. El Hombre de los Sueños no habló. No necesitó hacerlo. Su presencia era un eco, una voz sin palabras que resonaba directamente en la mente de Sac: ¿Me reconoces ahora, psiquiatra?
Sac sintió una punzada de terror, pero también una furiosa determinación. No era un hombre que se acobardara. Siempre había desarmado las mentes de sus pacientes; este intruso no sería diferente. Luchó contra la parálisis, intentando enfocar su mente, buscar un patrón, una debilidad. Quiso preguntar: ¿Qué eres? ¿Qué quieres? Pero la pregunta no salió.
El Hombre de los Sueños dio un paso. O, más bien, el espacio alrededor de él se curvó, acercándolo a Sac sin mover un músculo. Su rostro impasible se acercó, sus ojos oscuros, vacíos, pero extrañamente inquisitivos. Sac sintió que su mente era una puerta abierta, y este ser la estaba explorando, no con violencia, sino con una curiosidad helada. No buscaba asustar, buscaba entender a Sac. Y Sac se dio cuenta: el enfrentamiento no era físico. Era una batalla de voluntades, un forcejeo en el plano mental.
En ese instante de terror y revelación, Sac Murdock supo que no se trataba de una enfermedad o de una histeria colectiva. Esto era real. Y lo había elegido. Con un último esfuerzo, como si tirara de una cuerda invisible, Sac forzó sus ojos a abrirse.
Se despertó de golpe, jadeando, empapado en sudor frío. La habitación estaba en penumbra, el monitor parpadeando. El dibujo seguía sobre la mesa, mirándolo con esos ojos dibujados que ya no eran solo tinta y papel, sino una advertencia. El whisky intacto sobre la mesa era un recordatorio de que no había sido una borrachera.
El encuentro, por breve que fuera, había cambiado algo en Sac. La racionalidad, su única ancla, se había soltado. Sabía que las respuestas no estaban en los archivos de Nueva York, ni en los cerebros de sus colegas.
Se levantó, la mente ahora extrañamente clara a pesar del pánico persistente. La solución, si es que existía, debía estar más allá de los mapas conocidos, en algún lugar donde los viejos mitos y las nuevas pesadillas se fusionaban. Su mirada se posó en un viejo mapa de Europa que colgaba en la pared de su oficina, un regalo de un paciente excéntrico. Sus ojos se fijaron en un punto: Barcelona. La ciudad de Gaudí, de los sueños esculpidos en piedra, donde lo fantástico se entrelaza con lo real.
No había tiempo para el miedo. Solo para la acción. Sac Murdock, el psiquiatra que desarmaba mentes, ahora tenía una mente que desarmar: la del "Hombre de los Sueños". Y estaba seguro de que el primer paso lo llevaría lejos de casa.