Vestida De Blanco Daniel X Betty by Chill_ink at Inkitt
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Vestida de Blanco-Daniel x Betty

Summary

¿Qué haces cuando el amor de tu vida se casa con otro? Daniel Valencia nunca pensó que ella le haría sentir tanto... ni que la perdería tan pronto. Entre miradas cargadas de emociones y palabras que no bastan, deberá enfrentar la cruel realidad: hay historias de amor que nacen para no ser contadas. Los personajes de esta historia no son de mi autoría, pertenecen a la novela YSBLF creada por Fernando Gaitán (QEPD). Por favor, no resubir ni distribuir esta historia sin permiso. Los derechos de la historia pertenecen a chill_ink. Espero que disfruten de la lectura. Si la historia no es de su agrado, están en todo su derecho de dejar de leerla. Aprecio cualquier sugerencia o crítica constructiva que pueda mejorarla. No soy una escritora profesional, ni pretendo serlo, esta es una historia de una fan para mas fans

Genre
Romance
Author
Chill_ink
Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Parte Única

Las campanas resonaban en la iglesia con una melodía que parecía anunciar el amor eterno, ese ideal romántico que llenaba el aire de emoción. La gente susurraba entre sonrisas y suspiros mientras esperaban a la novia. Flores blancas decoraban cada rincón, y el sol atravesaba los vitrales, bañando el altar con un resplandor cálido y divino. Todo era perfecto. Todo, excepto él.

Daniel Valencia estaba sentado al final de una de las filas, con el corazón hecho trizas y el rostro pálido. La mandíbula tensa, los dedos entrelazados sobre sus rodillas para evitar que temblaran. No sabía qué dolía más: estar ahí o el hecho de que, de alguna forma, Margarita lo había obligado a asistir. —¿Qué van a decir de nosotros, Daniel? No puedes faltar, es una boda, la boda de Armando, por favor. Somos una familia, y los Valencia siempre han dado la cara — le había dicho esa mañana con el tono seco que siempre usaba para acallar sus objeciones.

Don Roberto, sentado a su lado, lo miró de reojo con la expresión de quien conoce demasiado bien el dolor ajeno. Habían pasado años juntos, suficientes para que el viejo entendiera lo que rondaba por la mente de Daniel sin necesidad de que lo dijera. Era como un padre para él, aunque nunca lo admitiría en voz alta. “Ánimo, muchacho,” murmuró, dándole un apretón en el hombro. Pero esas palabras no alcanzaban a cruzar el abismo que sentía en su pecho.

El sonido de los murmullos y susurros se desvaneció cuando apareció Beatriz Pinzón en el marco de la puerta. Tan preciosa, tan brillante, vestida de blanco. Un halo de luz parecía rodearla mientras avanzaba hacia el altar con pasos seguros, con esa mirada que siempre lo había intrigado. Betty. La mujer que, contra todo pronóstico, había transformado su vida.

No había sido un simple capricho. Daniel no se había ilusionado de la nada. Había tenido la oportunidad de conocerla realmente, de descubrir a la mujer que se escondía detrás de las gruesas gafas y los trajes pasados de moda. Incluso antes de Cartagena, ella lo había intrigado. Sus enfrentamientos, cargados de sarcasmo e inteligencia, lo desarmaban. Cada discusión le mostraba una mente brillante, culta, capaz de desafiarlo de una forma que nadie más se atrevía.

Pero cuando Betty volvió de Cartagena… todo cambió. No era solo la transformación física —aunque era imposible ignorarla—, sino la confianza que irradiaba. Daniel quedó deslumbrado. Siempre había admirado su inteligencia, pero ahora todo en ella lo superaba.

Recordó aquella vez en que, torpe y desesperado por un pretexto, la invitó a cenar con la excusa del adelanto de su pago. Fue un desastre monumental. Ella terminó furiosa y él, humillado, solo logró aferrarse al deseo de que hubiera una próxima vez. Al poco tiempo, Daniel empezó a enfrentar el colapso de su estabilidad financiera tras haber perdido su cargo en el gobierno, había llegado a las puertas de Ecomoda con las manos vacías y el orgullo herido. Rogarle un puesto a Beatriz había sido humillante, pero no tenía otra opción. Nunca olvidaría la forma en que ella lo miró desde su escritorio en la presidencia, con esa mezcla de incredulidad y triunfo silencioso.

—¿Por qué debería darle el puesto, Dr. Valencia? ¿Qué le hace pensar que lo merece?

Él había tragado su orgullo y respondido con una honestidad que nunca pensó posible —Porque lo necesito, y porque, aunque no lo parezca, tengo lo que se necesita para sacar a la empresa de este bache. Sí, ahora estoy en un mal momento, pero no se engañe, tengo la experiencia y el conocimiento para recuperar lo que está perdido.

Contra todo pronóstico, ella aceptó. Lo hizo no por compasión, sino porque veía en él una herramienta útil para salvar Ecomoda. Al principio, su relación fue puramente profesional, ella lo mantenía a raya, recordándole constantemente quién estaba a cargo.

Betty lo trataba con frialdad, como era lógico. Daniel había sido un patán, un arrogante incapaz de reconocer su valor. Pero el tiempo, las conversaciones y las largas jornadas rescatando a Ecomoda hicieron su magia. Cada desacuerdo, cada comentario ácido, poco a poco se transformaron en algo más.

Comenzaron a compartir más que disputas. A veces, mientras revisaban los balances de la empresa o debatían sobre estrategias financieras, se encontraban hablando de música, de literatura, de sus sueños. Daniel, el hombre frío y calculador, empezó a abrirse. Se sorprendió a sí mismo buscando excusas para pasar más tiempo con ella. Un café dejado en su escritorio, una pregunta sobre algún autor clásico, un cumplido sutil que se colaba entre sus charlas.

Y luego ocurrió aquella noche.

Habían pasado horas revisando los reportes de la junta directiva. La oficina estaba en silencio, iluminada solo por el tenue brillo de las lámparas. Betty, con su cabello ligeramente desordenado y su mirada concentrada, le contaba una anécdota sobre su época en Cartagena. Daniel la escuchaba, fascinado.

De repente, ella hizo una pausa, dejando escapar un suspiro melancólico. —A veces siento que toda mi vida es una lucha constante por demostrar que valgo. Que soy suficiente.

Esa confesión, tan inesperada, lo desarmó por completo. Sin pensarlo, se acercó, quedando a solo unos centímetros de ella. Betty lo miró, confundida, pero sin retroceder. Fue entonces cuando él, con una delicadeza que no sabía que poseía, la besó.

No fue un beso impulsivo ni apasionado, sino uno cargado de ternura y gratitud. Un beso que hablaba de todo lo que no podía decir con palabras. Betty, después de un instante de sorpresa, correspondió. Fue breve, pero en ese instante, el mundo pareció detenerse para ambos.

Cuando se separaron, ella lo miró con una mezcla de vulnerabilidad y determinación.

—No diga nada, Doctor. No hace falta.

Pero para él, sí hacía falta. Ese beso no había sido un error. Había sido el principio de algo que él, por primera vez, deseaba de verdad. Daniel se permitió soñar con un futuro con ella, con la posibilidad de ser el hombre que ella merecía. Pero entonces, Armando Mendoza volvió a entrar en escena. Con sus promesas y su arrepentimiento teatral, consiguió reconquistarla. Betty, siempre tan empática, cayó por la pena de verlo destrozado, Era un cuento de redención, de segundas oportunidades, y Daniel odiaba cada maldito segundo de ello.

Ahora, sentado en esa iglesia, vio cómo Betty avanzaba hacia Armando Mendoza, ella sonreía, con una sonrisa sincera, de esas que derriban muros y reconstruyen mundos. La vio mirar al soquete de Armando, y su corazón se rompió un poco más. ¿Cómo podía amar a alguien tan mediocre y patético? Pero lo hacía, y Daniel no podía hacer nada al respecto, todo lo que había construido en su mente se estaba derrumbando. Había sido un idiota al pensar que tenía una oportunidad.

El pecho le dolía tanto que apenas podía respirar. Si estaba ahí, era porque Margarita había insistido, y porque Don Roberto, aunque no dijo nada, le había hecho sentir que debía hacerlo. —Es lo correcto— le había dicho el viejo con los ojos cargados de algo más que consejo: una súplica silenciosa. Pero nadie entendía que para Daniel estar ahí no era correcto. Era un castigo.

Aun así, a pesar de todo el sufrimiento, muy en el fondo Daniel aun guardaba algo de esperanza, no podía dejar de pensar que, quizás, si ella lo miraba, si realmente lo veía, se daría cuenta de que Armando no la merecía. De que él, a pesar de sus errores, nunca habría hecho algo tan vil como todo lo que su ex cuñado le había hecho a ella.

Cuando Betty llegó al altar, sus ojos se encontraron por un instante. Daniel sintió que el tiempo se detenía. En su mirada había algo extraño, algo que no pudo descifrar. Fue solo un segundo, pero bastó para que Betty apartara la mirada rápidamente, como si le doliera sostenerla.

Las campanas resonaron de nuevo, anunciando que el destino ya estaba sellado. El cura, con voz solemne, anunció las palabras que marcaría el destino de ambos: —Puede besar a la novia.

Daniel sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Vio cómo Armando levantaba el velo de Betty con torpeza y cómo esos labios, los labios que alguna vez habían sido suyos, ahora pertenecían a otro. Cerró los ojos, pero la imagen no desapareció.

Pensó en aquel primer beso, en lo dulce y delicado que había sido. Pensó en cómo ella había bajado la guardia con él, en cómo se sintió por primera vez capaz de amar sin reservas. —Esos labios pudieron ser míos. Esos labios que besé sin egoísmo, sin tratarla como un objeto más.

Y ahora los veía ser robados de nuevo, esta vez de una manera que se sentía definitiva.

Un aplauso llenó la iglesia, pero para él, solo había silencio. Las lágrimas amenazaban con desbordarse, pero las contuvo. Daniel se mantuvo en su lugar, con el corazón en la mano, intentando convencerse de que podía seguir adelante, aunque sabía que Betty se llevaba una parte de él que nunca podría recuperar.

.

.

.

El murmullo de las voces y las felicitaciones se diluían como un eco distante para Daniel. A cada paso que daba fuera de la iglesia, el peso en su pecho crecía. Quería escapar, perderse en el primer rincón oscuro que encontrara, lejos de la felicidad ajena que solo le recordaba su propia desgracia.

Apenas cruzó la puerta de la iglesia, encendió un cigarrillo con manos temblorosas. Estaba a punto de marcharse cuando la voz de Roberto lo detuvo.

—¿Adónde crees que vas, Daniel? —preguntó con su tono grave y sereno, que siempre parecía juzgarlo sin necesidad de alzar la voz.

Daniel no se molestó en disimular su fastidio. —No tiene sentido que me quede, Roberto. Ya hice acto de presencia, ya cumplí. No tengo nada que hacer en esa maldita fiesta.

Roberto se quedó en silencio por un momento, observándolo con una mezcla de compasión y decepción. Finalmente, suspiró. —Mira, hijo, sé que esto no es fácil para ti. Pero no puedes huir. No ahora. Lo único que conseguirás es que todos hablen de ti, de cómo no fuiste capaz de quedarte. ¿Quieres darle a Armando el placer de verte derrotado?

Daniel apretó los dientes. Detestaba que Roberto tuviera razón, pero lo que más odiaba era que pudiera ver a través de él con tanta facilidad.

—Además —continuó Roberto—, Margarita ya está dentro arreglando el tema de las mesas. Si te vas, tendrás que explicarle por qué, y créeme, eso será mucho más incómodo que quedarte.

Daniel dejó escapar un suspiro pesado, soltando una bocanada de humo. —No sé si tengo fuerza para soportarlo.

Roberto le puso una mano en el hombro. —Eres un Valencia, muchacho. Si hay algo que siempre hemos hecho, es mantenernos firmes, incluso cuando queremos salir corriendo. Vamos, no le des el gusto a nadie de verte caer.

A regañadientes, Daniel apagó el cigarrillo y regresó al interior de la iglesia. Margarita, como siempre, lo abordó con su habitual pragmatismo.

—¿Ves? Sabía que no te atreverías a dejarme sola con todo esto. Vamos, Daniel, no seas tan amargado. Es una fiesta, ¿no? Diviértete un poco.

Él no respondió, pero el fastidio se reflejaba en su semblante. Entre las risas y los gritos del “Cuartel de las Feas”, que ahora parecía estar en su máximo esplendor, Daniel sintió cómo su paciencia se agotaba.

—Por Dios, esas mujeres... ¿no saben lo que es hablar en un tono normal? —murmuró mientras intentaba mantenerse al margen del alboroto.

Sin embargo, Margarita, que estaba más acostumbrada al escándalo, le lanzó una mirada significativa. —Daniel, no seas tan pesado. Ellas están felices por su amiga. Aunque, claro, conociéndote, dudo que entiendas lo que significa alegrarse por alguien más.

El comentario lo golpeó más de lo que esperaba, pero no dijo nada. En cambio, se limitó a seguir a Margarita y Roberto hacia el lugar de la recepción, una elegante sala decorada con flores blancas y doradas, donde ya se estaban sirviendo las primeras copas.

Daniel se mantuvo apartado, con una copa de whisky en la mano, observando desde lejos cómo Betty y Armando bailaban el vals. Ella parecía feliz, o al menos eso era lo que mostraba su sonrisa. Pero él no podía dejar de preguntarse si esa felicidad era real, si esa sonrisa era para Armando o si era una máscara más que Betty había aprendido a usar para sobrevivir.

Los aplausos y las risas del “Cuartel de las Feas” interrumpieron sus pensamientos nuevamente. Daniel sintió cómo su paciencia volvía a tambalear. Los murmullos, las risas, y el constante bullicio de las amigas de Betty le hacían hervir la sangre. No había terminado de servirse su primer whisky cuando el escándalo que tanto detestaba comenzó a llenar el ambiente.

—¡Freddy Contreras! —gritó Aura María desde el centro de la pista, acaparando la atención de todos—. ¿Y nuestra boda para cuándo, ah? ¿O es que piensa dejarme esperando toda la vida?

La carcajada colectiva que siguió fue como un zumbido ensordecedor para Daniel, quien cerró los ojos con fuerza y se masajeó las sienes. —Por Dios, ¿no puede alguien pedirles que bajen la voz? Esto parece una reunión de mercado, no una recepción.

Freddy, con su típica torpeza, trató de defenderse entre risas nerviosas. —Pero, mi Auris, mi amor, mi reina... tú sabes que yo… yo estoy esperando el momento perfecto, el lugar perfecto…

—¡Perfecto nada! —interrumpió Aura María, haciendo un puchero exagerado—. Yo no quiero perfección, Freddy, yo quiero que usted me demuestre que me ama. ¡Así como Armando ama a Betty!

Daniel dejó escapar un suspiro pesado mientras giraba los ojos. —Claro, ahora Armando es el modelo perfecto de marido. Qué estupidez.

Desde el otro lado del salón, Margarita lo observaba con su mirada desconcertada, que siempre parecía demostrar algo de hartazgo. Se acercó a él con paso firme, sosteniendo una copa de champán en una mano y una expresión severa en el rostro.

—¿Ya empezamos con esa cara de fastidio? —le dijo, colocando la copa en la mesa frente a él.

Daniel no respondió de inmediato, limitándose a darle un sorbo a su whisky.

—Mira, Daniel, sé que no quieres estar aquí —continuó Margarita—, pero al menos intenta comportarte como un adulto. No me hagas pasar vergüenzas. Ya tenemos suficiente con el Cuartel de las Feas como para que tú también estés haciendo un espectáculo con tu cara larga.

Él apretó la mandíbula, irritado. —No estoy haciendo un espectáculo, Margarita. Estoy aguantando esta farsa lo mejor que puedo.

Ella soltó un suspiro de exasperación. —Pues aguanta mejor. No seas como Armando, que se porta como un niño mimado cada vez que no consigue lo que quiere. Tú siempre has sido más maduro que eso, Daniel. Demuéstralo.

—¿Y qué se supone que haga? —respondió él, con un tono cargado de sarcasmo—. ¿Unirme a las carcajadas de Aura María y Freddy? ¿Bailar con el Cuartel?

Margarita lo fulminó con la mirada. —No seas ridículo. Solo mantente en tu sitio. No es tan difícil.

Daniel dejó escapar un resoplido, pero no dijo nada más. Sabía que Margarita tenía razón, aunque odiaba admitirlo. Ser como Armando… esa comparación era suficiente para hacerlo reconsiderar su actitud.

Sin embargo, no podía evitar que cada carcajada, cada gesto de felicidad fingida en esa sala lo lastimara más. Y lo peor de todo era Betty. Cada vez que su mirada se desviaba hacia ella, riendo y bailando con Armando, sentía como si una mano invisible le apretara el pecho.

Intentó concentrarse en su copa, en el calor del whisky deslizándose por su garganta, pero las imágenes seguían regresando. Los labios de Betty, aquellos labios tan dulces y delicados que había besado con tanto cuidado, ahora pertenecían a otro.

Desde lejos, Roberto lo observaba con una expresión mezcla de lástima y resignación. Margarita le dirigió una mirada cómplice, como si ambos compartieran un entendimiento tácito sobre el estado de Daniel.

Él, por su parte, intentó concentrarse en lo único que lo mantenía en pie: el orgullo. Si iba a soportar esta noche, lo haría con dignidad. No le daría a nadie el gusto de verlo caer.

Con un último sorbo de whisky, se enderezó en su asiento y lanzó una mirada indiferente al resto de la sala. —Que se diviertan con su fiesta. Yo haré lo mío, y cuando todo termine, por fin seré libre de este tormento

.

.

.

La fiesta seguía su curso, con música, risas y brindis en cada rincón del salón. Daniel estaba de pie junto a una mesa lateral, con otro vaso de whisky a medio terminar entre los dedos. Desde ahí podía observar todo sin ser parte de nada, como un extraño en un lugar donde nunca había querido estar.

Betty apareció frente a él casi sin que lo notara. Vestía su traje de novia con una elegancia sencilla que la hacía ver radiante, pero sus ojos reflejaban algo más que felicidad. Había una pizca de duda, de incomodidad, y algo más profundo que parecía asomarse a la superficie.

—Daniel —dijo, con una voz suave que apenas se escuchaba sobre la música—. Gracias por venir.

Él levantó la mirada lentamente, endureciendo su expresión al instante. —Dra. Pinzón—respondió con una formalidad que cortaba como un cuchillo. Ya no era “Betty” Esa cercanía se había desvanecido en el aire.

El tono distante de Daniel hizo que Betty bajara la vista por un segundo, como si hubiera esperado algo más, algo menos frío.

—Yo… realmente aprecio que esté aquí. —Betty intentó sonar firme, pero su voz tembló levemente—. Sé que estos eventos no son mucho de su agrado y aun así vino. Eso significa mucho para mí.

Daniel clavó su mirada en ella, buscando en sus ojos algo que pudiera darle respuestas. ¿Era eso culpa? ¿Arrepentimiento? ¿O tal vez un vestigio de lo que podría haber sido? Por un momento, quiso creer que sí. Pero su orgullo y su dolor no le permitieron ceder.

—Déjeme felicitarla por su matrimonio. —Las palabras salieron con una mezcla de ironía y dolor apenas disimulado—. Es evidente que usted y Armando son el uno para el otro. Siempre hay un roto para un descosido, ¿no es así?

La frase fue un golpe sutil, pero certero. Betty lo miró, con sus grandes ojos reflejando una mezcla de sorpresa y tristeza. Quería decirle algo, explicarse, quizás justificar sus decisiones, pero las palabras no le salían.

—Yo… Daniel, yo…

Él levantó una mano, cortándola con un gesto tranquilo pero firme. —No se preocupe. Ahorre sus palabras. Vaya a su fiesta tranquila.

La mirada de Daniel se suavizó un instante, solo para ocultar inmediatamente lo que realmente sentía detrás de una máscara de fría arrogancia. Betty lo vio y sintió un nudo en el pecho, como si pudiera percibir el dolor que él no estaba dispuesto a mostrar.

Daniel dio un paso hacia ella, inclinándose ligeramente para rozar su mejilla con un beso casto, que fue más un adiós que un gesto de afecto. —Y si usted lo desea, Dra. Pinzón —dijo en un tono que combinaba la acidez con una melancolía inconfundible— puede pensar en mí mañana. O en algún otro momento.

Betty lo miró, sin poder articular una respuesta. Por un segundo, quiso detenerlo, decirle algo que pudiera aliviar la distancia que ahora los separaba, pero no lo hizo.

Daniel dio un paso atrás, mirándola una última vez antes de girar sobre sus talones. No tenía intención de quedarse un segundo más en ese lugar. Mientras se dirigía hacia la salida, Margarita se cruzó con él en la puerta, preocupada por su actitud.

—¿A dónde vas, Daniel? No entiendo… —preguntó con un tono algo irritado, pero también cargado de curiosidad y reproche.

Él no respondió. Ni siquiera la miró. Margarita intentó decir algo más, pero Daniel ya había abierto la puerta y se había marchado, dejando solo el eco de sus pasos como respuesta.

En el camino hacia su coche, mientras la música de la fiesta se desvanecía a sus espaldas, Daniel dejó que sus pensamientos lo invadieran.

La vida siempre había sido injusta con él. ¿No fue suficiente haberle arrebatado a sus padres en aquel accidente de avión? Ese vacío lo había perseguido toda su vida, dejando cicatrices invisibles que nunca se curaban. Y ahora, otra vez, la vida volvía a burlarse de él.

El hijo menor de los Mendoza. Esa constante espina en su costado. Armando no solo le había quitado la presidencia de Ecomoda en su momento, sino también el cariño de Marcela, su hermana, a quien había abandonado después. Puso en riesgo la empresa con su ineptitud y ahora… ahora le había robado a la mujer que él, en silencio, había comenzado a amar.

—Aquella mujer perfecta. — Daniel cerró los ojos al pensar en Betty. Su inteligencia, su gracia, su esencia tan única. Siempre había sabido que era especial, pero nunca había esperado sentir tanto por ella. Y ahora, estaba condenado a ser un mero espectador de su felicidad con otro hombre.

Pero no era solo culpa de la vida o de Armando. Él también había sido un imbécil. Lo sabía. Desde el principio no la trató con el respeto que merecía. La juzgó por su apariencia, la subestimó, y cuando comenzó a verla por lo que realmente era, ya era demasiado tarde.

Encendió un cigarrillo, un hábito que rara vez permitía, y dejó que el humo llenara sus pulmones. —Esto es lo mejor— se dijo a sí mismo, aunque sabía que era una mentira. —Ella tomó su decisión, y yo solo soy un espectador.

Mientras conducía lejos del lugar, el pensamiento persistente volvió a atormentarlo: ¿Y si las cosas hubieran sido diferentes? ¿Y si ella realmente lo había empezado a querer?

Pero entonces Daniel apretó el volante con fuerza y negó con la cabeza. La vida no se vive en el “y si” o en el “si hubiera.” No había espacio para hipótesis en una realidad que ya estaba escrita. Tenía que aprender a cargar con ese tremendo peso en su corazón, ese vacío que ahora sería su compañero.

Tendría que conformarse con ser feliz viendo al amor de su vida ser feliz con otro.

“Y mientras tanto, sigo pensando

Debí ser yo, tu amor por siempre

Si no he llegado a detenerte

Es que sospecho que sí… te quiere”

Después de tanto tiempo, en verdad muuuuucho tiempo, porfin pude escribir este one shot de mi ship culposo, aunque en el fondo todos sabemos que frentoza tampoco es que mereciera a Betty (Danyboy no es un chico malo, solo quiere ser el mismo :v)

Este relato fue basado en la canción “Vestida de blanco” de Fausto Miño, un cantante de Ecuador (mi país, por siempre y hasta siempre, viva la patria(?)

Y es que para mí la canción queda como anillo al dedo, al escuchar la letra, no pude parar de pensar que sentiría Daniel si se hubiera interesado más en Betty y hubiese tenido que presenciar el como es perder a la mujer de sus sueños, y mas con su eterno rival

De corazón espero hayan disfrutado el One-Shot, no se olviden de dar votar y dejar sus comentarios (siempre los leo con gusto)

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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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author

paso por todas las emociones con Dani, que personaje. ,me encantó el relato.

4 months

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