Capítulo 1
Cuenta la leyenda, la historia de un simple príncipe que puso el mundo bajo sus pies, aunque, claro que no lo hizo solo...
Todo empezó un día del año 344 desde la consolidación del nuevo tratado de paz. En este día, en un pasillo lleno de adornos dorados y grandes cuadros, estaban tres personas: el príncipe, una mucama y un caballero.
— Príncipe Arslan, debe huir rápido —dijo la mucama apurada—. No planea desperdiciar los esfuerzos de su alteza por detener el avance imperial.
— Sí, su alteza, debe entrar rápido —dijo con una mirada más triste que de honor—. Recuerde mis enseñanzas, un hombre debe cumplir su palabra —con una leve pausa, como si se le cortara la voz—. Entiendo su ira, pero si quiere hacer algo primero debe sobrevivir.
El príncipe sabía que tenían razón, pero igual, aunque él se hiciera el duro, él no serviría de ayuda.
— Realmente lo siento, siento no haber sido suficiente —con unas lágrimas corriendo por su cara y una cara de impotencia—. Prometo que su sacrificio no será en vano, juro que ¡haré pagar al imperio!
Tras eso se encaminó por el pasadizo directo a la ciudad, dejando atrás a ambos llorando. Unos segundos después escuchó un mecanismo y un estruendo; el pasadizo había sido cerrado. Su única misión ahora era sobrevivir y seguir adelante con su promesa.
Ese sitio era oscuro y bastante tétrico. La única razón por la que sabía por dónde avanzar era por unos leves destellos de las habitaciones del castillo que estaban conectadas. Al llegar al final, ahí estaba, en la parte más sucia del castillo, justo debajo de los baños. Ahora su nueva meta era salir de esos enormes muros de piedra que algún día fueron para proteger la capital y ahora son más una prisión para evitar su escape.
Su meta era clara, huir. Pero lograr eso iba a ser difícil; los soldados imperiales habían empezado una búsqueda abierta: carteles y decenas de tropas por todos lados. Aunque definitivamente lo que más lo delataba era su propio linaje: pelo dorado, ojos azules; eso no era algo tan común.
Él lo había prometido... y no se iba a rendir. Solo lo podría detener la mismísima muerte, incluso si eso conllevaba a...
... refregarse estiércol hasta cambiar su tono de piel y su cabello a marrón.
Para su fortuna, el sol estaba justamente escondiéndose, creando el momento perfecto para pasar desapercibido. Entre patrullas él se movía; la oscuridad era su mejor amiga. Incluso si se le veía de reojo, solo pasaba como un vagabundo común. Su avance fue lento, y su comprobante fue justamente la luna, la cual estaba casi en el centro del cielo, aunque frente a él ya se veía la muralla.
— Eh, tú, bastardo, quítate —dijo un borracho.
— Malditos vagabundos que solo saben estorbar, aunque... —dijo dudoso.
— ¿No eres tú el de los carteles? —dijo mirándolo de forma maliciosa—. Tú eres una mina de oro, ¡ja, ja, ja!
Él claramente no sabía pelear; solo era un príncipe hasta hace unas pocas horas. Lo primero fue un puñetazo bastante obvio, que esquivó con suma facilidad con un salto a un lado.
— Oye, no te muevas tanto que me mareo, bastardo —dijo enojado el borracho.
Así empezó una sucesión de golpes. Aunque eran muy obvios, el callejón era estrecho y cada movimiento lo fue guiando a un callejón sin salida. Aun así él no dudó, aunque para su sorpresa, desde atrás, desde un punto ciego, voló una piedra directo a la parte trasera de la cabeza del borracho.
Él no perdió el momento y, tal cual como le había enseñado aquel caballero, sacó la daga, puso una mano en la empuñadura y otra en la parte trasera de la empuñadura. Lo clavó tal cual sus instrucciones, directo en el pecho: un empujón y un giro final.
— Fiuu, fiuu, pensé que ayudaba a un cordero y resultó ser un lobo disfrazado —dijo un chico de pelo negro desde el callejón de donde voló la piedra.
Fue tan repentino todo que incluso después de quitarle la vida a alguien solo pudo sentir un malestar en el estómago, pero no tenía tiempo para sentir asco.
— ¿Quién eres? —preguntó el príncipe a la defensiva.
— Tranquilo, tranquilo —dijo llevándose las manos a la cabeza—. Solo te ayudé porque me llamaste la atención, no por el dinero.
— ¿Qué me hace pensar que por interés no me vas a vender al Imperio? —dijo Arslan sin soltar la daga.
Tras eso, el chico se acercó a una pared y arrancó un cartel.
— Mm, no sé leer. Toma, dime cuánto vale tu cabeza —dijo el chico.
Arslan, quien estaba dudoso, se dejó ganar por la curiosidad; guardó la daga sin abrocharla a la vaina y recibió el papel.
— Se busca... cualquiera que dé información... recompensa: tres... uno, dos, tres ceros... Tre... Tres... ¡Tres mil sellos dorados! —dijo asombrado.
Y no era para menos. Un sello dorado equivalía a 20 sellos plateados, y estos a 20 sellos de cobre. Sabiendo que un solo sello de cobre bastaba para comprar 10 tomates, la recompensa era el equivalente a unos 12 millones de tomates. Una fortuna absoluta.
— Es una buena cantidad. Si te entregara, tal vez podría darme lujos... ¿pero crees que un huérfano y vagabundo niño podría cobrar eso? —dijo él con una mueca de confianza—. Sabes qué, suena más divertido seguirte y ver cómo se desarrolla todo esto.
— Sabes que estoy huyendo, ¿no? Podrías morir junto a mí —dijo Arslan, incrédulo.
— Qué importa. Ser un simple vagabundo por el resto de mi vida ya es como estar muerto.
Ante semejante terquedad, el príncipe solo pudo aceptar y decidió contarle su plan estrella, el cual rápidamente fue tirado al suelo. El plan era simple: intentar acercarse a la puerta y salir de algún modo. O lo que es lo mismo: no había plan.
— Oye, dije que te iba a seguir, no que te iba a acompañar a un suicidio colectivo —dijo el chico—. ¿De verdad crees que eso es un buen plan?
A lo que Arslan solo asintió con una cara inocente. El chico solo pudo soltar un suspiro profundo.
Tras eso, se escucharon varios pasos pesados y a alguien jadeando, corriendo en dirección a ellos.
— ¡Atrápenlo! No podemos dejar a nadie del gobierno anterior —ordenó un soldado que vestía un uniforme distintivo, superior al de los demás.
El chico rápidamente empujó a Arslan a un callejón más estrecho.
— Sube, apoya codos y piernas y sube —dijo él apresurado.
Luego él también subió, pero no tanto como Arslan.
— Oye, agárrate del marco de la ventana y luego sostén mi mano —dijo el chico.
Arslan no comprendió, pero le hizo caso. Los pasos eran cada vez más cercanos, pum. Cuando se acercó lo suficiente, el chico lo vio: era un joven escuálido con pelo marrón y piel pálida. Ahí el chico pelinegro rápidamente lo agarró y jaló.
— ¡Jálanos, rápido! —dijo en voz baja y desesperada el chico pelinegro.
Arslan, cuyo mayor ejercicio había sido leer libros, le hizo caso, pero su fuerza obvio no era suficiente. Sin embargo, gracias a que el chico pelimarrón entendió al instante y ayudó a impulsarse hacia arriba, por poco lo lograron.
En ese momento llegaron los soldados; estos buscaron entre la basura, entre los toneles de curtido y espacios pequeños. De hecho, hasta miraron arriba, pero para su fortuna no fueron vistos, pues la ropa tapaba la luz y las sombras de los destellos los hizo invisibles. La sorpresa y tensión fue tan grande que tanto Arslan como el chico pelimarrón, ambos no muy atléticos, se olvidaron del cansancio. Cuando bajaron, sentían sus brazos entumecidos.
— ¿Por qué lo ayudaste? ¿Qué hubiera pasado si nos hubieran atrapado? —dijo Arslan en voz baja al chico pelinegro.
— Por la misma razón que decidí ayudarte a ti, porque quería hacerlo —dijo el chico pelinegro como si fuera una obviedad.
— Chicos, en serio, muchas gracias, ¿puedo preguntar el nombre de mis salvadores?
— Arslan y... A todo esto, ¿cómo te llamas? —dijo Arslan.
— Kyle —respondió el chico pelinegro suspirando.
— Yo me llamo Elías, mucho gusto. Pero ¿qué vamos a hacer a partir de ahora?
Ambos rápidamente lo miraron y se les veía en el rostro la pregunta: ¿«Vamos»?
— Vamos, no me miren así. Sé que eres el príncipe fugitivo; si me salvaste es porque necesitabas más manos, ¿no? —dijo Elías con la frente en alto.
Rápidamente le contaron su plan. Uno muy “maravilloso”; de hecho, fue tan maravilloso que él casi cae desmayado, demostrándoles que básicamente así sería imposible huir. Él propuso un nuevo plan: buscar un carruaje o un carro de mercaderes a los que no les pudieran limitar la salida al día siguiente, y esconderse allí hasta el amanecer. Para ambos fue como haber recibido una iluminación. Ese era el plan perfecto; miraban a Elías con los ojos brillantes, como si estuvieran ante un dios de la estrategia.
Todo sonaba bien en palabras, pero ¿realmente iban a poder salir al otro día? ¿Siquiera podrían acercarse a un carro con la enorme cantidad de tropas desplegadas? Cerca de los muros estaba una de las tabernas más grandes, famosa justamente por acoger a aquellos que iban a partir al día siguiente; su nombre era el Sol Dorado.
Al acercarse, Arslan se frenó y giro dándole la espalda a la posada.
— ¿Cómo se supone que nos acerquemos? —dijo—. ¡Maldición! ¿Acaso huir es imposible? —se lamentó Arslan.
— Todavía no debemos rendir... nos —dijo Elías, mientras su cara se volvía lentamente pálida—. ¡Corran! ¡Son los soldados! —gritó desesperado.
Tanto Arslan como Kyle sintieron un escalofrío. No era para menos, pero no se paralizaron; empezaron a correr.
— ¡Maldita sea! ¡Hah... me estoy arrepintiendo... hah... de haberlos seguido! —exclamó Kyle, jadeando por el esfuerzo—. Este es mi territorio. Las calles... derecha... hah... izquierda, y luego derecho... hah.
Siguieron sus instrucciones. El chico tenía razón: si se hubieran equivocado, habrían terminado en callejones sin salida.
Tap... tap...
Poco a poco empezó a goteaba hasta que...
¡Fushhhhh!
Una fuerte tormenta comenzó. Fue tan grande que las calles se llenaron de corrientes de agua que fluían hacia la muralla. Sin embargo, no tuvieron tiempo de prestarle atención: estaban siendo rodeados. Los que al principio eran diez soldados se estaban ajustando y volviéndose veinte, luego cincuenta. Cada vez estaban más acorralados y, aunque gracias a Kyle siempre giraban por el lugar correcto, era evidente que los iban a atrapar.
— ¡Hah! ¡Claro, los desagües! Esa es la única salida —reaccionó Elías.
— ¿Cómo llegamos de forma rápida a ellos? Hah...—preguntó Arslan, apoyando la idea.
— Debemos ir a la derecha, pero... hah... son tantos pasos que ya no sé ni a dónde ir —admitió Kyle, desesperado.
Así pasaron varios cercos enemigos hasta que, finalmente, se vislumbró la reja del desagüe. De pronto, Kyle, quien desde que nació tenía un instinto especial para el peligro, agarró a ambos de la ropa y los frenó en seco. Fue una fortuna que lo hiciera: al milisegundo siguiente, un violento mazazo destrozó la pared de piedra justo por donde ellos iban a pasar. Un soldado corpulento e imponente les bloqueaba el paso.
— ¡Salten! —gritó Elías.
El agua del desagüe era de un color marrón y desesperado, y la corriente empujaba con demasiada fuerza. Mantener la conciencia tras el impacto contra el agua fue imposible; sus luces rápidamente se apagaron, arrastradas junto a la corriente...