Capítulo 1
Era una tarde tranquila en la vieja casa de madera, donde el aroma del té de jazmín se mezclaba con el olor de las telas recién planchadas. En una de las habitaciones, Kanzaki Shion estaba inclinado sobre la mesa, concentrado en coser con precisión el borde de un mantel que su abuela había tejido. Sus manos se movían con delicadeza, aunque un descuido casi le hizo pincharse el dedo con la aguja.
—¡Ay! —exclamó bajito, retirando la mano justo a tiempo.
La voz cálida de su abuela lo sorprendió desde la cocina.
—¿Estás bien, Shion?
—S-sí, abuela, no te preocupes —contestó, esbozando una sonrisa nerviosa que nadie podía ver.
Ella se acercó despacio, cargando una pequeña canasta con más rollos de tela y unas cuentas de madera. Con sus ojos arrugados por los años pero llenos de ternura, lo observó trabajar un momento antes de preguntar con naturalidad:
—Dime, Shion… ¿en la preparatoria tienes amigos?
La aguja se detuvo en el aire. El corazón de Shion dio un pequeño salto y, por un instante, pensó que iba a pincharse. Tragó saliva, bajó la mirada y sonrió de forma nerviosa.
—C-claro que sí… —tartamudeó, intentando sonar convincente—. Tengo amigos, abuela.
Ella arqueó una ceja, sin estar del todo convencida, y se sentó a su lado.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo se llaman?
Shion parpadeó varias veces, buscando rápido en su mente un par de nombres.
—Eh… bueno… están… Daichi y… Riku. —Sonrió con suavidad, aunque por dentro se sentía algo culpable.
Su abuela soltó una risita bajita, como si hubiera leído entre líneas, pero no dijo nada más. Le acarició el hombro con ternura y añadió:
—Shion, está bien si no tienes muchos amigos. Lo importante es que no te sientas solo.
—Lo sé, abuela —respondió en voz baja, retomando la costura con cuidado—. Estoy bien, en serio.
Hubo un silencio sereno entre ambos, roto solo por el sonido de la aguja entrando y saliendo de la tela.
Al cabo de unos minutos, su abuela volvió a hablar:
—¿Sabes, Shion? Cuando era joven, siempre pensaba que los hilos podían unir a las personas. Cada puntada es un lazo, y cada lazo conecta una historia con otra.
Shion levantó la mirada, curioso.
—¿De verdad crees eso?
—Por supuesto. —Ella sonrió, mirando el mantel que su nieto estaba terminando—. Tal vez un día esos hilos también unan tu vida con la de alguien más.
Shion bajó la vista de nuevo, sintiendo que sus mejillas se calentaban un poco, aunque fingió estar muy concentrado en su labor.
—Je… abuela, dices cosas raras.
—No son raras, son verdades —contestó ella con serenidad.
En ese instante, el timbre de la tienda sonó desde la entrada. La abuela se levantó despacio, apoyándose en su bastón, mientras le decía:
—Voy a ver quién es. Tú sigue con eso, ¿sí?
—Está bien —asintió Shion.
Al quedarse solo, soltó un suspiro profundo, dejando la aguja sobre la mesa por un momento. Se recostó ligeramente en la silla, mirando las telas y cuentas alrededor. El sol de la tarde entraba por la ventana, tiñendo todo con un tono dorado.
—Amigos, huh… —murmuró para sí mismo.
Mientras volvía a tomar la aguja, se obligó a sonreír, aunque por dentro sentía que esa mentira aún pesaba en su pecho.
Eran las 8 de la mañana y Shion corría de un lado a otro en su habitación, ajustándose el uniforme escolar.
—¡Voy tarde, voy tarde…! —murmuraba mientras se abotonaba la camisa con torpeza.
Aun así, alcanzó a sentarse frente al pequeño comedor donde su abuela ya lo esperaba con arroz, sopa miso y tamagoyaki.
—Shion, despacio —le dijo con una sonrisa, viendo cómo devoraba los bocados—. Si comes así te vas a atragantar.
—Lo siento, abuela… —respondió él entre bocado y bocado—. Prometo comer mejor mañana.
Tras despedirse, corrió con su mochila colgada al hombro y llegó jadeando a la entrada de la preparatoria.
Las clases transcurrieron como siempre: silenciosas para él. Nadie le hablaba, y él tampoco buscaba hacerlo. Había sido así en primaria, en secundaria y ahora en preparatoria. Mientras los demás compartían risas en grupos, Shion caminaba en silencio por los pasillos, suspirando.
Al final del día, decidió refugiarse en el club de costura, su pequeño espacio de paz. Se acomodó en la mesa, sacó telas azules y empezó a coser una manta que quería regalarle a su abuela.
—Si termino hoy, seguro le dará mucha alegría —susurró con una pequeña sonrisa.
El sonido del hilo deslizándose lo calmaba, hasta que la puerta del club se abrió de golpe.
—¿Eh…? —Shion levantó la vista, sobresaltado.
En la entrada estaba Tsubasa Kiryu, con su uniforme desordenado, un mechón rebelde sobre la frente y unas gafas que se quitó de inmediato, guardándolas en el bolsillo como si no quisiera que nadie lo viera con ellas.
Se quedó observando a Shion en completo silencio durante largos segundos.
—…
—¿Q-qué pasa? —preguntó Shion nervioso, sosteniendo la aguja entre los dedos—. ¿Necesitas… algo?
De pronto, Tsubasa corrió hacia él con una energía arrolladora.
—¡Eres mi salvador!
—¿Ah? —Shion parpadeó varias veces, sin entender nada.
Tsubasa abrió su maleta con un dramatismo exagerado y sacó un traje arrugado. Lo extendió frente a Shion con orgullo, aunque el resultado distaba mucho de lo que debería ser un traje.
—Mira, lo hice yo mismo. ¿Qué tal?
Shion lo miró, y su silencio fue tan largo que el aire se volvió pesado. El dobladillo estaba torcido, las costuras chuecas, el cuello asimétrico y los botones mal cosidos. Parecía más un disfraz improvisado que un traje.
Al levantar la mirada, vio que Tsubasa estaba expectante, con los ojos brillando de emoción.
—E-esto… —Shion tragó saliva, tratando de sonar amable—. Está… interesante…
Tsubasa ladeó la cabeza.
—…Eso suena como una forma elegante de decir que es un desastre.
—¡N-no! Yo no quise decir eso… —Shion agitó las manos, avergonzado—. Es solo que… tiene algunos detalles.
—¿Algunos? —Tsubasa arqueó una ceja y se cruzó de brazos.
Shion suspiró y decidió ser honesto, ya que su lado perfeccionista en la costura no podía dejarlo pasar.
—Está… mal todo. Mira, el dobladillo está torcido, las puntadas son demasiado grandes, el hilo no combina con la tela, el cuello quedó desigual, los botones están cosidos flojos y el patrón… bueno, parece que lo cortaste sin medir.
Tsubasa lo escuchaba en silencio, cada palabra clavándose como una aguja. Cuando Shion terminó, bajó la mirada avergonzado.
—L-lo siento… no quería sonar cruel.
Pero para su sorpresa, Tsubasa soltó una carcajada.
—¡JAJAJA! Sabía que eras perfecto para esto.
—¿Eh? ¿Qué? —Shion lo miró confundido.
—Mira, yo amo el cosplay —dijo Tsubasa, dejando el traje sobre la mesa—. Desde niño veía anime y jugaba videojuegos, y siempre soñé con ser como mis personajes favoritos. Pero… soy un desastre para coser. Intenté aprender con tutoriales, con videos… ¡y nada!
Shion lo observaba en silencio, mientras Tsubasa hablaba con un brillo apasionado en los ojos.
—Cuando me pongo un cosplay, siento que no soy solo yo. Siento que puedo ser más fuerte, más valiente… como los héroes que admiro. No me importa si la gente piensa que es raro. Para mí, es mi forma de ser feliz.
Hubo un breve silencio. Shion bajó la mirada hacia el traje malhecho. Sus dedos rozaron la tela, suave pero maltratada por las costuras desordenadas.
—Entiendo… —murmuró—. Si lo amas tanto, deberías tener un traje que esté a la altura de ese sentimiento.
Tsubasa sonrió ampliamente, inclinándose hacia él.
—¡Exacto! Y ahí entras tú, Kanzaki. Tú y esas manos mágicas. —Le señaló con decisión—. Harás que este desastre se convierta en oro.
—¿Eh? ¡E-espera, yo nunca dije que…! —Shion retrocedió un poco, nervioso.
—Por favor. —Tsubasa juntó las manos como si rezara—. Solo tú puedes ayudarme. Cuando te vi con esa aguja, lo supe. ¡Eras el elegido!
—¿E-elegido? —Shion suspiró, llevándose la mano a la frente—. Dices cosas extrañas.
—Tal vez, pero son ciertas —replicó Tsubasa, con una sonrisa segura.
Shion lo miró de nuevo, viendo en sus ojos una pasión genuina. Sintió que negarse sería casi como romperle un sueño a alguien.
—Yo… lo pensaré —dijo finalmente, bajando la voz.
—¡Eso es un sí! —gritó Tsubasa, levantando los brazos al aire.
—¡No he dicho que sí! —replicó Shion, sonrojado.
Tsubasa rió con energía, recogiendo el traje del desastre y acomodándose la maleta.
—Está bien, Kanzaki. Te convenceré.
Y con una última sonrisa confiada, salió del club dejando a Shion con la aguja en la mano, completamente confundido.
—¿Q-qué acaba de pasar? —susurró Shion, viendo la puerta cerrarse lentamente.








