Cicatrices

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Summary

Se suponía que nunca debían cruzar esa línea. Pero entre fama, cicatrices y deseo contenido, lo inevitable siempre termina ardiendo. Algunos amores salvan. Otros consumen. Y ellos están a punto de descubrir cuál es el suyo.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Hay recuerdos que no desaparecen aunque quieras.

Se quedan ahí, quietos, esperando el momento menos conveniente para aparecer. Un olor. Una nota de guitarra. La forma en que alguien inclina la cabeza antes de hablar. Y de pronto tienes dieciséis años otra vez, con el corazón demasiado grande para tu pecho y los pies descalzos sobre la alfombra gastada del backstage de un festival que olía a cerveza, sudor y electricidad.

Así es como recuerdo a Dieter Stein la primera vez.

Tenía doce años cuando Billy lo trajo a casa por primera vez.

No a nuestra casa, porque en aquella época no teníamos una de verdad. Era el departamento de algún amigo de la banda, en algún piso de algún edificio de Los Ángeles donde las paredes eran tan delgadas que podías escuchar a los vecinos discutir en tres idiomas distintos. Billy tenía dieciocho y ya empezaba a sonar con Sons of Hell, aunque todavía no se llamaban así. Yo tenía doce y me sentaba en las esquinas con mis rodillas apretadas contra el pecho, observando todo con esos ojos grises que Billy decía que heredamos de mamá.

—Tati, este es Dieter —dijo Billy con esa sonrisa suya, la que usaba cuando presentaba algo que le importaba—. Lo encontramos en Europa. Va a tocar con nosotros.

Lo miré.

Él no me miró a mí.

Dieter Stein tenía veinte años, era alto como una amenaza y pálido como si el sol le pareciera un inconveniente personal. Cabello negro, lacio, cayéndole sobre los ojos. Tatuajes que empezaban en el cuello y desaparecían debajo de una camiseta negra. Anillos de plata en los dedos. Una cadena fina alrededor del cuello que brilló cuando cruzó el umbral de la puerta.

Habló con alguien en un alemán rápido y cortante. Se rio de algo con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

Esos ojos.

Azul claro. Casi transparentes. El tipo de ojos que no deberían existir en una cara así de dura.

Yo tenía doce años y no supe lo que sentí. Solo supe que algo dentro de mí se movió de lugar, como cuando empujas un mueble pesado y descubres que el piso debajo no era del color que creías.

Durante los siguientes cuatro años, Dieter Stein fue una presencia constante y distante al mismo tiempo.

Estaba en los ensayos, en los pequeños shows, en las noches que la banda se quedaba en nuestro departamento porque era más cerca o porque ya era demasiado tarde o porque así funcionaban las cosas cuando eres joven y tienes más energía que dinero. Yo aprendí a leer su humor en los silencios. Cuando era el silencio de concentración, cuando era el de irritación y cuando era el peligroso, el que precedía a algo que prefería no presenciar.

Aprendí que tomaba el café solo y caliente, que odiaba que le movieran sus cosas, que podía estar horas sin hablar y que cuando hablaba valía la pena escucharlo aunque lo que dijera fuera incómodo.

Aprendí que a veces me miraba.

No de la forma en que miraba a las mujeres que entraban y salían de la vida de la banda como mareas. Esas las miraba con un hambre que yo entendí mucho después. A mí me miraba diferente. Como si estuviera calculando algo. Como si yo fuera un problema que no había decidido resolver todavía.

—Deja de seguir a los chicos, Tati —me decía Billy cuando me encontraba en el pasillo escuchando los ensayos.

Pero nunca fue Dieter quien me lo dijo.

A los catorce escribí una carta.

No fue mi mejor momento.

Fue una noche de verano, después de un show pequeño en un bar donde no me dejaron entrar pero me quedé afuera esperando en los escalones traseros con una limonada tibia. Dieter salió a fumar. Se sentó a mi lado sin decir nada. Estuvo diez minutos fumando en silencio mientras yo intentaba no respirar demasiado fuerte.

—¿No deberías estar adentro? —dijo al final, sin mirarme.

—No me dejan entrar.

—Bien.

Eso fue todo.

Pero cuando se paró y tiró el cigarrillo, me miró un segundo. Solo uno. Y yo sentí ese segundo como una quemadura pequeña en el centro del esternón.

Esa noche escribí la carta.

Era horrible. Era la carta de una niña de catorce años que había confundido la intensidad con el amor y el misterio con la profundidad. Lo llamaba impresionante. Le decía que cuando tocaba la guitarra sentía algo que no podía describir. Le decía otras cosas que ahora prefiero no recordar con demasiado detalle porque tengo algo de dignidad todavía.

La guardé en mi mochila con la intención de no hacer absolutamente nada con ella.

Neil Morris la encontró dos años después.

Neil, que no tenía filtros ni vergüenza ni el más mínimo sentido del territorio ajeno, abrió mi mochila buscando un encendedor, sacó la carta doblada, la leyó en voz alta con una expresión de deleite genuino que todavía me hace querer enterrarme viva cuando lo recuerdo.

—Dieter, cuando tocas la guitarra siento que el mundo tiene sentido —leyó con su voz traviesa, los ojos verdes brillando con una crueldad completamente afectuosa—. Tatiana Adem, esto es lo más hermoso y lo más devastador que he leído en mi vida.

Billy no estaba en esa habitación. Gracias al universo, Billy no estaba en esa habitación.

Dieter sí.

Tenía dieciséis años.

Dieter tenía veinticuatro.

Lo miré desde el otro lado de la sala con la carta todavía en las manos de Neil y el calor subiéndome por el cuello hasta las orejas. Esperé que dijera algo cruel porque Dieter podía ser cruel cuando quería, lo había visto, sabía exactamente de qué era capaz esa boca.

No dijo nada.

Me miró un momento, con esos ojos azules que no explicaban nada, y luego le quitó la carta a Neil de las manos con una calma que me pareció más devastadora que cualquier insulto.

—Ya —dijo. Solo eso.

Neil protestó. Dieter lo ignoró. La carta desapareció y nunca supe qué hizo con ella.

Esa noche lloré en el baño con el agua corriendo para que nadie me escuchara.

No lloré porque Dieter me hubiera dicho que no. Lloré porque no había dicho nada, y en ese nada había algo que entendí perfectamente. Eres una niña. Esto no existe. No va a existir.

Me limpié la cara. Me miré en el espejo hasta que dejé de temblarme el labio. Y decidí que Dieter Stein no existía para mí de esa manera.

Era una decisión completamente razonable.

Me duró aproximadamente tres semanas.

Fue un accidente. Juro que fue un accidente.

Tres semanas después de la carta, tres semanas en las que había practicado con dedicación casi atlética el arte de no mirar a Dieter más de lo estrictamente necesario, lo vi.

No era lo que debería haber visto una chica de dieciséis años.

Era tarde. Yo había ido a buscar un vaso de agua en la cocina del departamento donde la banda ensayaba algunos días, ese departamento enorme y algo desordenado que olía a amplificadores y a pizza fría. El pasillo estaba oscuro. La puerta del cuarto del fondo estaba entreabierta y había una luz cálida filtrándose por el borde.

Escuché primero.

Voces. Una mujer. Baja, ronca, con un ritmo que no entendí de inmediato y luego entendí demasiado bien.

Debí haberme dado la vuelta. Debí haberme ido directamente a la cocina, haber llenado el maldito vaso y haber vuelto a donde estaba leyendo mi libro con los auriculares puestos. Tenía dieciséis años pero no era idiota. Sabía lo que pasaba detrás de las puertas cerradas, o en este caso, entrecerradas.

Pero me quedé paralizada dos segundos.

Y en esos dos segundos miré.

No lo suficiente para ver todo. Lo suficiente para ver a Dieter. Lo suficiente para ver su espalda tatuada, los músculos moviéndose bajo la piel, una mujer debajo de él con el cabello oscuro extendido sobre la almohada y los dedos apretados en su brazo.

Lo suficiente para escuchar la voz de él. Baja. Ronca. Diciendo algo en alemán que sonó como una orden y como un ruego al mismo tiempo.

Me fui.

No sé si hice ruido. No sé si él me escuchó o me vio o simplemente lo inventé después porque mi cerebro de dieciséis años necesitaba una narrativa. Me fui al baño, cerré la puerta con llave, me senté en el borde de la bañera y no lloré.

No supe lo que sentí.

Eso es lo más honesto que puedo decir. No lo supe. Era algo caliente y algo que dolía y algo que se parecía a la vergüenza pero no era exactamente vergüenza, y algo que se parecía a los celos pero tampoco era exactamente eso porque para sentir celos necesitas tener algo que perder y yo no tenía nada.

No lo entendí esa noche.

Lo entendí mucho después, cuando ya era demasiado tarde para que entenderlo cambiara algo, o quizás justo a tiempo para que cambiara todo.

Eso fue hace cuatro años.

Ahora tengo veinte. Dieter tiene veintiocho. Sons of Hell lleva tres años siendo la banda de rock más importante del país y posiblemente la más escandalosa, y yo llevo cuatro años siendo muy buena actriz.

Finjo que Dieter Stein es solo el guitarrista de la banda de mi hermano.

A veces casi me lo creo.

Sons of Hell.

Los amas o los odias.

Los deseas o quieres ser ellos.

Yo los conozco desde siempre y todavía no sé en cuál categoría me pongo.