Capítulo 1
El REGRESO
El avión privado cortaba el cielo nocturno sobre territorio estadounidense, sus luces parpadeando como estrellas fugaces contra la oscuridad. Dentro de la cabina, bañada en una tenue luz, Hela Marchetti cerró su laptop con un clic suave que resonó en el silencio.
Doce horas. Doce horas desde que había despedido de su vida en Europa, y ahora regresaba a un lugar de su pasado que había jurado dejar enterrado.
La sobrecargo se acercó con sonrisa profesional, sus tacones susurrando contra la alfombra color crema. “Señora Marchetti, estamos iniciando el descenso. Por favor, abróchese el cinturón.”
Hela asintió sin mirarla, sus dedos buscando automáticamente la hebilla. Enfrente de ella, Nathan —su mano derecha, su guardaespaldas, su amigo— ya se ajustaba el suyo, sus movimientos eficientes y precisos como todo lo que hacía.
Durante siete horas no habían hablado. Nathan conocía sus silencios mejor que nadie, sabía cuándo su jefa necesitaba espacio para pensar, para recordar, para prepararse. Pero ahora, con Sacramento expandiéndose debajo de ellos como un tapiz de luces, rompió el pacto tácito.
—¿Nerviosa por ver a tu hermana? —Su voz era grave, tranquila— Ya casi se cumplen ocho años desde la que no la ves.
Hela giró la cabeza hacia la ventanilla. Las luces de la ciudad parpadeaban como constelaciones terrestres, cada una un recuerdo que prefería no desenterrar. Ocho años, pensó. Casi ocho años y aún puedo sentir el peso de aquella casa sobre mis hombros.
—Para nada— Finalmente respondió, su voz controlada, casi fría — Solo quisiera no tener que volver a California, no me apetece recordar a mis padres.
La palabra “padres” salió de su boca con el sabor de ceniza. Nathan no preguntó más. No necesitaba hacerlo. Había visto las cicatrices que Hela ocultaba bajo ropa de diseñador y autoridad mafiosa. No todas las heridas eran físicas, pero todas dejaban marcas.
Iva es otro tema, pensó Hela mientras el avión descendía suavemente. Ella siempre me apoyó, intentó protegerme, al final estuvo para mí.
Pero “estar” y “entender” eran dos cosas muy diferentes.
Las ruedas tocaron la pista con un rebote sutil. Sacramento los recibía con fresco aire nocturno y el olor a asfalto caliente. Cuando la puerta del avion se abrió, Hela fue la primera en bajar, sus tacones Louboutin repiqueteando contra la escalerilla metálica.
La esperaba una caravana digna de una reina: tres camionetas negras con vidrios polarizados tan oscuros que parecían tragarse la luz, y un BMW que brillaba bajo las luces del hangar como una joya de obsidiana.
Hela se estiró brevemente —sus músculos protestaban después de doce horas sentada— antes de deslizarse en el asiento del copiloto del BMW. Nathan ocupó el del conductor sin decir palabra. Detrás de ellos, cuatro hombres con trajes negros idénticos y auriculares discretos se distribuyeron en las camionetas con la precisión de una coreografía ensayada.
Estos hombres no eran simples guardaespaldas. Eran soldados de la familia Marchetti, entrenados no solo para proteger, sino para matar si fuera necesario. Hela los había elegido personalmente para este viaje. En un territorio que, si bien desconocía, este olía a su infancia y no se podía ser demasiado cuidadosa.
La caravana se puso en marcha: primero una camioneta, luego el BMW con Hela y Nathan, y finalmente las otras dos camionetas cerrando la formación. Un convoy que gritaba “poder” y “peligro” a partes iguales.
Sacramento las recibió en el incognito de la noche con calles desiertas y semáforos parpadeantes. Nathan conducía en silencio, siguiendo las indicaciones del GPS mientras la ciudad dormía ajena a la llegada de una mujer que había jurado no regresar jamás.
Nunca digas nunca, pensó Hela con amarga ironía, observando pasar edificios que no reconocía y esquinas que sí. Siempre hay algo que te arrastra de vuelta a casa.
En este caso, ese “algo” era Iva. Su hermana la única persona de su pasado que aún tenía poder sobre ella.
El destino apareció después de cuarenta minutos de viaje: una mansión moderna con toques clásicos, vegetación cuidada y grandes ventanales que reflejaban la luz de la luna. Un portón de hierro forjado se alzaba imponente, con diseños que parecían enredaderas entrelazadas, detalle elegante y seguridad robusta.
La caravana se detuvo frente al portón. Esperaron segundos que se estiraron como minutos mientras las cámaras de seguridad los escaneaban, decidían si eran bienvenidos o amenazas.
Finalmente, el portón se abrió con un rechinido mecánico.
Nathan encargó la compra hace un año, recordó Hela mientras cruzaban el umbral. Desde que Iva decidió vivir aquí. Sacramento, de todos los lugares. ¿Por qué Sacramento? La pregunta había rondado su mente durante meses, pero Iva había sido vaga en sus respuestas.
–” Es perfecto para nosotros”– había dicho– “Ya lo verás”–.
El BMW se deslizó por el camino de entrada flanqueado por árboles perfectamente podados. La casa se alzaba frente a ellos como una promesa o una amenaza, Hela no estaba segura de cuál.
Nathan aparcó frente a la entrada principal. Las camionetas se distribuyeron estratégicamente: una cerca de la puerta, las otras dos cubriendo flancos. Los hombres bajaron con movimientos fluidos, comenzando su reconocimiento silencioso del perímetro.
Hela permaneció sentada un momento, observando la casa a través del parabrisas una imponente casa, recordando como era su propio hogar antes de que todo pasara.
—Nunca he estado aquí, y, aun así, se siente como volver a una jaula— Hela susurro en un tono bajo y amargo
—¿Lista? —preguntó Nathan, sus manos aún sobre el volante, esperando su señal.
—No estoy segura de estarlo algún día —respondió Hela, pero abrió la puerta de todos modos.
El aire nocturno de Sacramento era diferente al de Roma, donde había construido su nueva vida. Menos denso, más seco, con un toque de pino en lugar de piedra antigua. Hela inhaló profundamente, dejando que la realidad de su regreso se asentara en sus pulmones.
Iva Korolkova, pensó mientras Nathan la seguía hacia la entrada principal. Mi hermana mayor. La única persona del pasado que siento como mi responsabilidad —o una cadena que aún me mantiene atada a mi pasado—.
No es amor lo que las unía, no exactamente. Era algo más complejo: deuda, lealtad, el peso de recuerdos compartidos cuando eran niñas y el mundo parecía menos cruel de lo que resultó ser. Iva la había cuidado entonces, dentro de los límites de lo que una niña privilegiada podía hacer por una hermana rechazada.
Como mínimo le debo esto, decidió Hela, subiendo los escalones de la entrada. Verla casarse. Sonreír en su boda. Fingir que los años no abrieron un abismo entre nosotras.
La casa estaba en silencio. Hela encontró el dormitorio principal con facilidad —Nathan había enviado los planos de la residencia hace semanas—. Era espacioso, con una cama king size de sábanas color azul, y ventanales que daban a un jardín trasero bañado en tenue luz lunar.
Dejó su maleta sin desempacar. Ya habrá tiempo para eso.
Por ahora, necesitaba descansar. Mañana —no, hoy mismo, ya eran las tres de la madrugada — Iva había insistido en que fuera a almorzar a su casa para “conocer a mi futuro esposo y a su familia”, había dicho con una emoción que Hela no lograba comprender del todo.
Ni May ni Grigori estarán allí, de ello tenía certeza.
Sus “padres”. La palabra seguía siendo ácida incluso en sus pensamientos.
May, quien la había traído al mundo y luego la había abandonado a su suerte. Grigori, cuyo rechazo había sido el primer sabor de crueldad que Hela había conocido.
Se quitó los tacones, el traje de diseñador, la máscara de líder mafiosa que llevaba tan naturalmente ahora. Por un momento, frente al espejo del baño, fue solo Hela: una mujer de veinticinco años con ojos color azul llenos de fantasmas y cicatrices invisibles que dolían más que las físicas.
¿Qué estoy haciendo aquí? Se lo preguntó por primera ves, pero no había respuesta. Solo el silencio de una casa desconocida en una ciudad que olía a una infancia que pensó ya había superado.
Hela se deslizó entre las sábanas caras que no eran suyas, en una cama vacía en una casa que no era su hogar, y cerró los ojos esperando que el sueño viniera antes que los recuerdos.
Pero no lo logro.
...
La luz de media mañana se filtraba a través de las cortinas cuando Hela despertó. Por un momento desorientador, no supo dónde estaba. Luego la realidad cayó sobre ella como agua fría: Sacramento. La boda de Iva. El pasado llegando a cobrar viejas deudas.
Se duchó con agua casi hirviendo, dejando que el calor disolviera la tensión de sus músculos. Eligió su ropa con el cuidado de alguien preparándose para la batalla: un vestido Valentino color negro que susurraba “poder” sin gritar “mafia”, tacones lo suficientemente altos para intimidar, pero cómodos para correr si fuera necesario, y su anillo de bodas colgando de una cadena dorada cayendo bajo el escote.
Siempre el anillo. Un año después de su muerte, aún no era capaz quitárselo del todo.
Nathan la esperaba al pie de las escaleras, impecable en su traje oscuro, un auricular discreto en su oreja derecha.
—El lugar de reunión está en las afueras de la ciudad —informó mientras ella descendía— Según tengo entendido, es como un pueblo que no recibe muchas visitas. El GPS marca cuarenta y cinco minutos, pero con esta caravana, añade quince más.
Hela asintió, pero Nathan no había terminado. La observaba con esa intensidad particular que usaba cuando algo lo preocupaba.
—Oye... —Su voz se suavizó ligeramente— ¿Estás bien? Siempre estás en modo trabajo, pero te ves más distante de lo normal.
Distante. Qué palabra tan suave para describir el abismo que sentía abrirse en su pecho.
—Nathan —Hela se detuvo frente a él, sosteniéndole la mirada— Ella me quiere aquí, pero no sé si yo estoy lista. No sabes lo tormentoso que fue crecer junto a ella.
—Ahora no estás sola —Nathan le dedico una sonrisa triste que entendía demasiado.
Ambos se dirigieron a la puerta principal donde los esperaban los escoltas. Cuatro hombres con rostros inexpresivos y manos que nunca se alejaban demasiado de las armas ocultas bajo sus chaquetas. La familia Marchetti no enviaba a su líder a territorio desconocido sin la protección adecuada. El viaje fue silencioso.
Hela observaba el paisaje cambiar mientras dejaban Sacramento atrás: la ciudad daba paso a suburbios, los suburbios a áreas más rurales, hasta que finalmente estaban rodeados de árboles y carreteras serpenteantes que parecían olvidadas de la civilización.
" Un pueblo que no recibe muchas visitas”, había dicho Nathan. Hela sentía la curiosidad despertar en su pecho. ¿Qué clase de hombre había capturado el corazón de Iva tan completamente que la había convencido de mudarse a un lugar tan aislado?
Su teléfono vibró. Un mensaje de Nonna Giuliana:
“¿Llegaste bien, bambina? Recuerda: el pasado tiene garras, pero tú tienes colmillos. No dejes que te arrastren a quien fuiste. Eres quien construiste.”
Hela sonrió levemente. Nonna siempre sabía qué decir.
Respondió rápidamente: “Llegué. Te llamo esta noche.”
Guardó el teléfono y volvió su atención a la ventana. Los árboles se hacían más densos, el camino más estrecho. Estaban adentrándose en algo, pero Hela no estaba segura de qué exactamente.
Nathan redujo la velocidad al acercarse a un letrero de madera tallada: “Bienvenidos a Moonstone”.
No parecía gran cosa. Un puñado de edificios, una calle principal, el tipo de lugar donde todos se conocen y los extraños destacan como manchas brillantes de tinta en papel blanco. La caravana avanzó lentamente, atrayendo miradas curiosas desde porches y ventanas.
Definitivamente no reciben muchas visitas, pensó Hela.
Siguieron las indicaciones hasta que llegaron a las afueras del pueblo. Allí, oculta entre árboles centenarios, se alzaba una propiedad que quitaba el aliento: una casa de madera y piedra que parecía crecer del bosque mismo, con grandes ventanales y un techo que se curvaba como las ramas de los árboles.
Y en el porche, esperándola con una sonrisa nerviosa, estaba Iva.
Hela sintió algo apretarse en su pecho. Su hermana había cambiado. Seguía siendo hermosa —Iva siempre lo había sido— pero había algo diferente en ella. Una luz en sus ojos, una suavidad en su postura. Felicidad, se dio cuenta Hela con sorpresa. Iva irradiaba felicidad genuina.
El BMW se detuvo. Nathan apagó el motor. El silencio llenó el vehículo por un momento que se estiró como goma de mascar.
—¿Lista ahora? —preguntó Nathan otra vez.
Hela exhaló lentamente, sus dedos buscando el anillo bajo, tocando el objeto como un talismán, como a algo a lo que aferrarse.
Darius, pensó. Ojalá estuvieras aquí para ver esto. Para ayudarme a entender por qué esto se siente como caminar hacia mi propia ejecución.
Pero Darius estaba muerto, enterrado en una tumba de Roma y Hela estaba sola para enfrentar los fantasmas de su pasado.
Abrió la puerta.
—Vamos a conocer al hombre que robó el corazón de mi hermana —dijo, y su voz sonó más fuerte de lo que se sentía.
El aire de Moonstone olía diferente: a pino, tierra húmeda, y algo más. Algo salvaje que Hela no lograba identificar pero que hacía que su instinto se pusiera alerta.
Iva bajó corriendo del porche, su vestido floreado ondeando detrás de ella. Por un momento, Hela vio a la niña que había sido: dulce, protectora, la única luz en una casa llena de sombras.
Luego estaban abrazándose, y Hela sentía lágrimas arder en sus ojos sin permiso para caer.
—Viniste —susurró Iva contra su hombro—. Pensé que... pensé que quizás no vendrías.
—Prometí que lo haría —respondió Hela, y se dio cuenta de que era verdad. A pesar de todo, había cumplido su promesa.
Cuando se separaron, Hela vio lágrimas brillando en las mejillas de Iva también.
—Hay tanto que contarte —dijo Iva, tomando sus manos— Sobre Liam, sobre... sobre todo esto. —Gesticuló vagamente hacia la casa, el bosque, el pueblo detrás de ellos— Vas a pensar que estoy loca.
Hela rio suavemente, sin humor. Hermana, yo lidero una organización mafiosa. No estoy en posición de juzgar la cordura de nadie.
Iva rio también, pero había nerviosismo en el sonido.
—Ven —dijo, tirando suavemente de Hela hacia la casa— Están esperando conocerte.
Mientras subían los escalones del porche, Hela sentía los ojos de sus escoltas sobre ella, listos para actuar al primer signo de peligro. Nathan se mantenía dos pasos detrás, su presencia reconfortante.
Entonces Iva abrió la puerta, y Hela cruzó el umbral hacia lo desconocido.
Lo primero que notó fue el olor: tierra, bosque, y ese elemento salvaje otra vez, más fuerte ahora. Lo segundo fue el tamaño de los hombres reunidos en la sala. Todos eran altos, anchos de hombros, con una presencia física que llenaba el espacio de manera imposible.
Y el tercero, lo que hizo que su respiración se atascara en su garganta, fue el hombre que se levantó del sillón cuando la vio entrar.
Alto. Más alto que cualquier hombre que hubiera conocido. Cabello oscuro que caía ligeramente desordenado sobre su frente. —Hela tuvo que mirar dos veces— ojos de un color ámbar dorado imposible, que brillaban con luz propia en la penumbra de la sala.
Y cuando esos ojos se clavaron en los suyos, Hela sintió algo que nunca había sentido antes; un tirón en su pecho, como si una cuerda invisible se hubiera atado alrededor de su corazón y alguien acabara de darle un tirón brutal.
El hombre dio un paso hacia ella, su rostro mostrando sorpresa, confusión, y algo más oscuro. Más primitivo.
—No —susurró, su voz era un gruñido bajo que Hela sintió vibrar en sus huesos— No puede ser.
A su lado, un hombre más joven —que debía ser Liam, el prometido de Iva— maldijo en voz baja.
—Bastián —dijo Liam, una advertencia en su tono— Contrólate.
Pero Bastián no apartaba la mirada de Hela. Esos ojos dorados la atravesaban como si pudiera ver directamente dentro de su alma, leyendo secretos que ella misma no conocía.
—¿Qué está pasando? —preguntó Hela, su voz saliendo más aguda de lo que pretendía. Su mano buscó instintivamente el anillo sobre su vestido. Darius, esto es una traición, sentir esto, sea lo que sea...
Iva miraba entre su hermana y Bastián con expresión horrorizada.
—No —murmuró— Hela, yo no sabía... no pensé...
—Explícame —exigió Hela, su tono endureciéndose, la líder mafiosa tomando control sobre la mujer confundida—. ¿Qué. Está. Pasando?
Fue Bastián quien respondió, su voz áspera como grava, cargada de algo que sonaba peligrosamente como destino:
—Eres... mi alma gemela— aquel desconocido hombre intento suavizar sus palabras, pero estas resonaron en el silencio de la sala como piedras en agua quieta, enviando ondas que sacudirían todo lo que Hela creía saber sobre sí misma.
Y en algún lugar en su pecho, el fantasma de Darius Marchetti suspiró, porque sabía —de la manera que los muertos siempre saben las cosas— que su viuda acaba de encontrar algo que ni la lealtad, ni el amor o el duelo podrían combatir.
El destino.