Obsesión a los Dieciocho”

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Summary

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Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1

Valeria había convertido la ventana de su habitación en un altar privado. Las cortinas entreabiertas lo justo para que nadie la viera desde afuera, pero ella sí podía devorarlo todo con la mirada.

Cada sábado por la mañana, Ethan salía a cortar el césped. Sin camiseta, solo unos shorts deportivos grises que se pegaban a sus muslos sudorosos. El rugido de la máquina era la señal. Valeria se sentaba en el borde de la cama, piernas abiertas, la mano ya dentro de sus bragas negras de encaje. Observaba cómo los músculos de su espalda se contraían con cada pasada, cómo el sudor le corría por el pecho definido, cómo se detenía a veces para secarse la frente con el antebrazo, haciendo que sus bíceps se marcaran.

Ella jadeaba bajito, sincronizando el movimiento de sus dedos con el vaivén de la podadora. Imaginaba que era su mano la que lo tocaba, que él la miraba desde el jardín y le decía con esa voz grave: “Ven aquí, pequeña... déjame ver cuánto me deseas”.

Pero luego llegaba Madison.

La novia aparecía con un bikini blanco diminuto, riendo mientras le llevaba una botella de agua fría. Ethan la tomaba de la cintura, la besaba en los labios con esa naturalidad que volvía loca a Valeria. Ella los veía abrazarse, veía cómo Madison pasaba las uñas por su espalda, cómo él le apretaba el culo con posesión casual.

Y entonces el odio crecía.

Valeria se mordía el labio hasta hacerse sangre mientras se masturbaba más fuerte, imaginando cosas terribles. Un cuchillo en la garganta perfecta de Madison. Veneno en su batido de proteínas. Un “accidente” en la piscina: ella resbala, se golpea la cabeza, y Ethan queda solo... devastado... necesitado de consuelo. De ella.

“Es mía”, susurraba Valeria contra la ventana empañada. “Tú solo eres temporal, perra. Él me pertenece desde el primer día que lo vi sin camisa”.

Por las tardes, cuando el sol caía, Ethan se bañaba en la piscina. Nadaba largos lentos, el agua resbalando por su cuerpo como si lo lamiera. Valeria se desnudaba por completo, se ponía de rodillas frente al cristal, los pechos aplastados contra el vidrio frío mientras se frotaba el clítoris con desesperación.

Lo veía salir del agua, el pelo rubio pegado a la frente, las gotas corriendo por sus abdominales hasta perderse en la V que bajaba hacia el bulto evidente bajo el bañador mojado. A veces se ajustaba el paquete sin pudor, y Valeria gemía tan fuerte que tenía que taparse la boca.

Una vez, mientras se cambiaba junto a la piscina (creyendo que nadie lo veía), Valeria lo pilló de perfil: la polla semierecta marcándose contra la tela húmeda. Ella se corrió tan intensamente que le temblaron las piernas y cayó de lado sobre la cama, el cuerpo convulsionando mientras imaginaba esa misma polla dentro de ella, forzándola, marcándola, haciéndola gritar su nombre hasta que se le rompiera la voz.

Pero los celos eran un veneno lento.

Cada vez que veía a Madison llegar en su auto, besar a Ethan en la puerta, entrar a la casa tomada de su mano... Valeria planeaba.

“Podría empujarla por las escaleras”, pensaba mientras se tocaba de nuevo. “O mejor... esperar a que estén en la piscina de noche. Un empujón. El cloro borraría las huellas. Nadie sospecharía de la vecinita tímida de al lado”.

En sus fantasías más enfermas, después de “deshacerse” de Madison, Ethan se derrumbaría. Lloraría en el jardín. Y ella aparecería, con un vestido negro corto, el choker con el colgante plateado brillando en su cuello. Lo consolaría. Lo besaría mientras él aún tuviera lágrimas. Lo llevaría a su habitación, lo desnudaría con ternura posesiva, y lo montaría hasta que él entendiera que solo ella podía llenar ese vacío.

“Te haré olvidar que alguna vez existió otra”, le diría al oído mientras lo apretaba dentro de sí, moviéndose lento y profundo. “Solo yo. Solo yo. Siempre yo”.

Valeria no sabía cuánto tiempo más podría contenerse. Cada día la obsesión crecía. Cada orgasmo robado frente a la ventana la acercaba más al borde.

Pronto, muy pronto, dejaría de ser solo una espectadora.

Pronto, Ethan sería suyo.

De verdad.

Y nadie —ni siquiera Madison— se interpondría