Obsesión Carmesí”

Summary

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Status
Ongoing
Chapters
17
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1

Marinette siempre había sabido que era diferente. Hija de un padre humano, un panadero sencillo y amoroso en las calles de París, y de una madre vampira que había huido de las sombras antiguas para vivir una vida mortal. Su madre le había transmitido el don —o la maldición— de la inmortalidad parcial: una híbrida, con sed de sangre que bullía bajo su piel pálida, pero capaz de caminar bajo el sol sin arder. Marinette controlaba sus instintos con disciplina férrea, asistiendo a la escuela como cualquier adolescente, ocultando sus colmillos afilados detrás de sonrisas inocentes y bebiendo de reservas de sangre donada que su madre guardaba en la nevera del sótano, etiquetadas como "jugo especial". Nadie sospechaba. Nadie debía saber.

Pero entonces llegó Adrien. El nuevo chico en la clase, con su cabello rubio perfecto, ojos verdes como esmeraldas y esa aura de misterio que lo envolvía como un perfume caro. Marinette lo olió antes de verlo. Fue durante la primera hora de clases, cuando él entró por la puerta, y el aire se cargó con su esencia. No era solo un olor humano común —sudor, colonia, vida cotidiana—. No. Era algo más profundo, primitivo. Su sangre cantaba en el aire, un aroma dulce y metálico, como miel mezclada con hierro caliente, con un matiz prohibido que hacía que sus venas se encendieran. Era adictivo. Irresistible. Como si su linaje vampírico hubiera encontrado su néctar perfecto, diseñado solo para ella.

Sus pupilas se dilataron, sus colmillos se alargaron ligeramente bajo sus labios, y un calor traicionero se extendió por su cuerpo. Sentía el pulso de él a través del aula, latiendo en sincronía con el suyo propio. Imaginaba el sabor: cálido, rico, fluyendo por su garganta como un elixir que la llenaría de éxtasis. Sus manos temblaron sobre el escritorio, y un rubor subió por sus mejillas, no de vergüenza, sino de deseo crudo. Quería acercarse, olerlo de cerca, lamer la piel de su cuello donde la vena jugular palpitaba. Quería morder, succionar, poseerlo. Su mente se llenó de visiones eróticas: Adrien debajo de ella, jadeando mientras ella bebía de él, sus cuerpos entrelazados en una danza de placer y dolor, su sangre manchando las sábanas mientras ella lo montaba con una obsesión que rayaba en la locura.

Pero no podía. No allí, no con todos mirando. El instinto de destrozarlo —de rasgar su ropa, hundir sus dientes en su carne y beber hasta que no quedara nada— era abrumador. Su cuerpo respondía de formas que la avergonzaban y excitaban a partes iguales: un calor húmedo entre sus piernas, sus pezones endureciéndose bajo la blusa, su respiración volviéndose entrecortada. "Contrólate", se dijo, apretando los puños hasta que sus uñas se clavaron en las palmas. Excusándose con una mentira sobre sentirse mal, salió corriendo de la escuela, el corazón latiéndole como un tambor de guerra.

En casa, irrumpió en el sótano, ignorando las llamadas de su padre desde la panadería arriba. Abrió la nevera reservada, donde bolsas de sangre roja y espesa esperaban en estantes fríos. Agarró una, rompiéndola con los dientes en un arrebato de urgencia. El líquido se derramó por su boca, goteando por su barbilla mientras tragaba con avidez. Era un sustituto pobre —frío, procesado, sin el pulso vivo de una víctima—. Pero calmaba el fuego, al menos temporalmente. Se dejó caer contra la pared, jadeando, imaginando que era la sangre de Adrien la que bebía. Sus dedos se deslizaron por su cuerpo, bajo la cintura de sus pantalones, tocándose con furia mientras revivía el olor de él en su mente. Gemía su nombre en la oscuridad, "Adrien... mío...", el placer construyéndose en oleadas hasta que explotó en un clímax que la dejó temblando.

Desde ese día, la obsesión creció. Lo vigilaba en la escuela, inhalando su aroma desde lejos, fantaseando con secuestrarlo en la noche, atarlo a su cama y beber de él lentamente, eróticamente, hasta que suplicara por más. Su apariencia había cambiado con el despertar de su lado vampírico: cabello negro en coletas salvajes, ojos rojos brillando con hambre, colmillos asomando en una sonrisa seductora, vestida en cuero negro que abrazaba sus curvas como una segunda piel, un colgante rojo como gota de sangre en su cuello. Era una predadora disfrazada de chica común, y Adrien era su presa. Pronto, no podría resistir más. Lo tendría. Lo devoraría.