La hiedra ente la flecha

All Rights Reserved ©

Summary

El regreso de Madame Romanova a Lombardía es un evento social menor, pero significativo para la familia Lombardii. Con ella llega su sobrina, la Srta. Alexandra Petrosian, de quien se murmura que tiene una dote considerable pero un carácter "demasiado continental". Antonio, feliz de reencontrarse con su amiga Natalia, insiste en que Katherina acompañe a Alexandra durante la temporada, para "mostrarle las costumbres". Katherina, abrumada por los preparativos de su debut y la presión de atraer a un marido adecuado, ve en Alexandra al principio a otra chica más del entorno opresivo. Alexandra es diferente. No sonríe por cortesía, sus comentarios son afilados y honestos, y parece encontrar divertida la desesperación silenciosa de Katherina

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1: Un Raggio di Sole a Villa Lombardii

Lombardía, Italia. Octubre de 1815.

El aire otoñal de la campiña lombarda era frío y aromático, cargado con el olor de las hojas mojadas, la tierra removida y la leña quemándose en las chimeneas de la Villa Lombardii. La mansión, una imponente estructura de piedra pálida con techos de terracota y persianas verdes, se erguía como un testamento de la fortuna de la familia: nouveaux riches con título de baronía, adquirido por el difunto padre de Kate y Anto a través del comercio de sedas y una oportuna alianza matrimonial. Eran respetados, pero no del todo aceptados por la vieja nobleza de sangre. Este año, por lo tanto, era crucial.

Katharina "Kate" Lombardii, de dieciocho años, apoyaba la frente contra el frío cristal de la ventana de la biblioteca, observando sin ver los cipreses que se alineaban en la avenida principal. Sobre su vestido de muselina azul, un corsé apretado le recordaba cada restricción. En italiano, el idioma que dominaba con la fluidez de quien lo aprendió en la cuna y la perfección de quien lo estudió con tutores estrictos, su hermano mayor le enumeraba, por enésima vez, la lista.

—El Conte di Marchetti tiene tierras cerca de Verona. Su hijo, el Giovane Marchese Alessandro, estará en la temporada —decía Anto, o más bien, Claudio Lombardii, Barone di Lombardii, hojeando un libro de visitas—. Los Visconti de Milán, por supuesto. Y el Duca Arrivabene ha preguntado por ti. Su heredero es un poco mayor, pero…

—Pero tiene la nariz de un halcón y habla de sus caballos como si fueran sus únicos hijos —terminó Kate, sin volverse—. Lo sé, Anto. Lo recuerdo del año pasado.

Anto suspiró, dejando el libro a un lado. En la intimidad familiar, seguía siendo Anto para ella. Su traje a la moda de Milán no podía ocultar la postura de alguien que se sentía más cómodo con un florete o un arco que con la etiqueta de la corte. Tenía la responsabilidad de asegurar el futuro de su hermana y, con él, la posición de la familia. Su amistad con la misteriosa viuda rusa, Natalia Romanova, era uno de sus pocos consuelos en este mundo de apariencias.

—Katerina —dijo, usando su nombre italiano con un tono suplicante—. Es tu anno di debutto. Debes brillar. Debemos demostrar que somos más que… comerciantes.

—Podríamos demostrarlo siendo interesantes —murmuró Kate, girando finalmente—. Pero en cambio, debo parecer el adorno más caro del salón.

Un ruido de carruajes en el empedrado cortó la respuesta de Anto. Ambos se acercaron a la ventana. No era el pesado carruaje familiar de los Lombardii, sino un elegante calesse de líneas austeras, tirado por dos magníficos caballos grises. El escudo pintado en la portezuela era simple pero indudablemente extranjero: un águila de plata sobre fondo negro.

—Son ellas —dijo Anto, y por primera vez esa tarde, su rostro se iluminó con una sonrisa genuina—. Madame Romanova y su sobrina. Llegan antes de lo previsto.

Kate sintió un leve pellizco de curiosidad. Había oído hablar de la Principessa Alexandra Petrosian (el título ruso se usaba con generosidad en el exilio). La chica que había pasado los años de la guerra y sus secuelas viajando por Europa con su tía, lejos de la asfixia de las cortes. "Una joven de carácter forte", había dicho Anto con un gesto ambiguo. "Muy moderna".

Minutos después, el gran salón de mármol de Villa Lombardiiera testigo del reencuentro. Natalia Romanova, Madame Romanova para todos, era una visión de terciopelo granate y piel de armiño. Su belleza era serena, calculada, y sus ojos verdes captaban todo. Besó las mejillas de Anto con una familiaridad que hablaba de una larga amistad.

—Claudio, caro. La Lombardía es un bálsamo después del bullicio de Nápoles.

Luego, su mirada se posó en Kate. —Katerina. Has florecido. Mi sobrina estará encantada de tener una compañera de su edad.

Y entonces, Kate la vio.

Alexandra Petrosian no era lo que Kate esperaba. No era la típica bellezza italiana, rubia y romántica. Su belleza era distinta, geométrica: pómulos altos, labios finos, una mandíbula fuerte. Su vestido era de un verde profundo, casi forestal, cortado con una sencillez que parecía más parisina que italiana, sin volantes ni excesos. Su cabello, del color del lino bajo el sol, estaba recogido en un moño bajo que dejaba al descubierto su cuello esbelto. Pero eran sus ojos lo que capturó a Kate: de un azul grisáceo, como el cielo sobre los Alpes antes de una tormenta, y con una expresión de absoluta, desapasionada evaluación. Recorrieron la estancia, los tapices, los muebles, a Anto, y finalmente se clavaron en Kate. No había timidez, ni la cálida amabilidad esperada. Solo una curiosidad intensa y ligeramente desafiante.

—Principessa Alexandra —dijo Anto, haciendo una reverencia—. Bienvenida a Villa Lombardii.

—Barone —respondió Alexandra, con un acento que envolvía el italiano en suaves consonantes eslavas. Su voz era clara, melodiosa pero firme—. Gracias por su hospitalidad. —Luego, giró hacia Kate. —Y usted debe ser la famosa sorellina. He oído que es una amazona y una arquera. Eso es mucho más interesante que tocar el clavicordio.

Kate, atónita, sintió que el guión aprendido se desvanecía. Nadie empezaba así. Se suponía que debían hablar del viaje, del tiempo, de lo agradable que era volver a ver a los conocidos.

—Yo… intento con el clavicordio —logró decir Kate, sintiéndose torpe—. Pero el arco me resulta más… obediente.

Un destello, apenas perceptible, cruzó los ojos gris-azul de Alexandra. Podría haber sido aprobación. O diversión.

—Sì —dijo simplemente—. Los instrumentos musicales son traicioneros. Un arco, en cambio, solo responde a la voluntad y la fuerza de quien lo maneja. Es más honesto.

La tía Romanova intercambió una mirada rápida con Anto, llena de un significado que Kate no pudo descifrar.

El primer encuentro formal terminó con la promesa de un té más íntimo más tarde. Kate subió a sus aposentos, su mente un torbellino. El aburrimiento y la presión de hacía una hora habían sido barridos por una ráfaga de aire frío de montaña. "Es más honesto". ¿Quién decía eso?

Atraída por una fuerza que no entendía, Kate no fue a su habitación. Se desvió hacia la loggia occidental, una galería cubierta que daba a los jardines traseros y, más allá, al pequeño bosquecillo de la propiedad donde ella practicaba en secreto. Para su sorpresa, ya había alguien allí.

Alexandra estaba de pie, apoyada en una columna, mirando no los formalizados jardines a la francesa, sino hacia el bosque salvaje al borde de la propiedad. El viento otoñal jugueteaba con unos finos mechones de su cabello. Parecía una figura tallada en hielo y mármol, fuera de lugar en la cálida piedra de la villa.

Kate se detuvo, indecisa. Pero Alexandra, sin volverse, habló.

—Este lugar… tiene dos almas —dijo, su voz más baja ahora—. Una, la del salón de mármol y los cipreses recortados. La otra… —hizo un leve gesto con la cabeza hacia el bosque— está ahí. Salvaje. ¿A cuál perteneces tú, Katerina Lombardii?

Kate se acercó, sintiendo el latido de su corazón acelerarse. Nadie le había hecho una pregunta así. Nunca.

—Mi hermano diría que a la primera —respondió, su propia voz un susurro—. A la de las buenas maneras y los matrimonios ventajosos.

Alexandra por fin giró la cabeza. La mirada que le dirigió no era de lástima, sino de profundo reconocimiento.

—Va bene —asintió lentamente—. Pero tus manos dicen otra cosa. Tengo curiosidad por escuchar lo que dirán.

Y antes de que Kate pudiera preguntar qué quería decir, Alexandra dirigió su atención de nuevo al paisaje. El silencio que se instaló entre ellas no era incómodo. Era cargado, como el aire antes de un relámpago. Era el primer capullo, verde y tenaz, de la hiedra que había encontrado su muro, en el corazón de la campiña italiana.