Chapter 1 la noche bajo la lluvia
La noche bajo la lluvia
Una noche lluviosa, cuando el café estaba a punto de cerrar, Lady Lydia lo vio entrar: un caballero de traje negro, elegante y envuelto en misterio. Sus miradas se cruzaron y ella no pudo evitar preguntarse quién sería aquel desconocido que había atravesado su puerta bajo la lluvia.
No quedaba nadie más en la cafetería, solo Lady Lydia y el señor misterioso, que en ese momento no tenía nombre.
—¿Quién eres tú? ¿Qué haces en mi cafetería a esta hora, cuando estoy a punto de cerrar? — preguntó ella con firmeza.
El hombre no respondió. Permaneció en silencio, de pie junto a la puerta, mientras la lluvia golpeaba con fuerza el cristal. Lady Lydia estuvo a punto de echarlo, pero algo llamó su atención: un charco oscuro comenzaba a extenderse por el suelo.
Miró con más cuidado. No era agua.
Era sangre.
Su corazón dio un vuelco.
—Señor... ¿está bien? Está herido. ¿Necesita un médico urgente?
—Estoy bien —respondió él con voz tensa.
Pero claramente no lo estaba.
—Está sangrando —dijo ella, acercándose con cautela-. Si no quiere un médico, al menos déjeme ayudarlo.
El hombre bajó la mirada.
—No debí venir aquí —susurró-, pero era el único lugar abierto a esta hora.
Lady Lydia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Conozco a todas las personas que viven en este pequeño pueblo... y usted no es de aquí — dijo, tratando de mantener la calma—. ¿Quién lo persigue?
Él guardó silencio varios segundos. Afuera, un trueno estremeció la noche.
—Vengo de un pueblo cercano —dijo finalmente—. Aceptaré su ayuda... y podría ser bien recompensada si me salva la vida.
Lady Lydia cerró la cafetería con llave, bajó las cortinas у apagó las luces exteriores. No lo hacía por recompensa; algo en su interior le decía que debía ayudarlo sin esperar nada a cambio.
El hombre se recostó con dificultad. Levantó lentamente la mirada. Sus ojos eran azules, profundos, como los de un príncipe salido de un cuento de hadas; su cabello rubio caía húmedo sobre su frente, y su piel pálida contrastaba con la mancha roja que teñía su camisa.
Pero en su expresión no había nobleza...
Había peligro.