Prólogo
Recuerdo ese día... el día en que todo cambió.
Es una pesadilla recurrente, siempre acechando en mi mente cuando cierro los ojos. La casa en llamas, el resplandor naranja devorándolo todo. Bomberos corriendo, gritos desesperados de los vecinos. Y entre los escombros... sus cuerpos.
Ethan abrió los ojos de golpe. Su respiración estaba agitada, y el sudor frío le recorría la frente. La misma pesadilla, otra vez.
Su mirada recorrió la habitación, buscando confirmar lo que ya sabía: no estaba ahí. No había fuego. No había gritos. Solo el oscuro y silencioso dormitorio del Playcare.
Suspiró, pasándose la mano por la frente.
“Fue un sueño... solo eso... una pesadilla.”
El tenue parpadeo de unas luces en la pared iluminaba el cuarto lo suficiente para ver las hileras de camas. Todos los niños dormían. Todos menos él.
Pero no estaba solo.
A los pies de su cama, en el centro de la habitación, estaban esas pupilas blancas... mirándolo.
El “Vigilante”.
La enorme figura de Bobby BearHug se alzaba en la penumbra, con su sonrisa cosida y vacía. La gran estatua de peluche giraba lentamente en su eje, asegurándose de que todos los niños estuvieran en sus camas.
Ethan nunca le había temido. Hasta ahora.
Algo en la forma en que Bobby BearHug lo miraba esta vez le erizó la piel. No podía moverse bajo esas pupilas inertes.
—¿Tú qué me miras?”
Su voz apenas fue un susurro, pero bastó para romper la tensión.
Se hundió de nuevo entre las sábanas, forzándose a cerrar los ojos. Sin embargo, la sensación de ser observado persistía... como si los ojos de Bobby perforaran la tela.
Intentó ignorarlo, pero entonces, algo más llamó su atención.
A través de las literas, una figura se movía en la penumbra.
Ethan entrecerró los ojos, esperando que su vista se acostumbrara a la oscuridad. Era Theo.
El niño estaba despierto... y aparentemente, hablando solo.
(¿Con quién está hablando?... Theo siempre ha sido un poco raro, pero me cae bien. Es amable. Protector. Siempre parece estar feliz... ¿pero por qué...?)
Entonces lo vio, sus pensamientos se vieron interrumpidos abruptamente.
Ethan se quedó sin aire.
Tapó su boca con ambas manos, temblando.
Bajo la cama de Theo... algo se movía.
Un destello metálico. Una mano, larga y esquelética.
Sus dedos se asemejaban a las agujas de hilar, conectados a cables expuestos... y a algo peor. Entre las piezas de metal, huesos humanos.
Ethan sintió la bilis subirle a la garganta cuando la mano se alzó lentamente... y hundió sus garras en el colchón de Theo.
El pánico se apoderó de él. Se cubrió la cabeza con las sábanas, respirando con dificultad.
“No es real... no es real... no es real...”
Lo repitió en su mente, una y otra vez, hasta que el miedo fue reemplazado por el agotamiento.
Hasta que el sueño lo venció.
EN LA OFICINA DEL CONSEJERO
Lubing leía los documentos con el ceño fruncido. Su mandíbula estaba tensa, y cada palabra que pasaba por sus ojos le revolvía el estómago.
—Esto es inhumano.
Dejó caer los papeles sobre el escritorio con desánimo.
Cuando aceptó trabajar en Playtime Co., jamás imaginó que el enfoque de la empresa sería ese.
—¿En qué clase de monstruo se ha convertido esta compañía?
La puerta se abrió. Lubing no levantó la mirada.
—Vamos, Lubing —dijo una voz femenina, burlona—. No me digas que en serio creíste que una empresa como esta no tendría secretos oscuros.
La mujer entró con paso despreocupado y se sentó en la orilla del escritorio. En sus manos sostenía los mismos documentos que él había tirado. Pero a diferencia de él, los leía con interés.
—Tienes que verlo desde otra perspectiva —dijo, pasando una hoja entre sus dedos—. No es inhumano si consideras el futuro. Piénsalo... un mundo donde la muerte ya no exista. ¿Qué tal la resistencia de Huggy Wuggy? ¿Los brazos de Mommy Long Legs? ¿La destreza de los juguetes? Incluso podríamos traspasar la conciencia humana a una súper computadora.
Sus ojos brillaban con emoción. Lubing sintió náuseas.
Claro, el mundo siempre avanzó gracias a la experimentación. Pero con niños... eso era lo que no podía aceptar.
No cuando esos niños habían sido arrastrados aquí con mentiras.
No cuando eran solo huérfanos, sin nadie que los protegiera.
Lubing apretó los puños bajo el escritorio.
“Esto no está bien”
El silencio en la oficina era denso.
Lubing seguía con la mirada fija en los documentos, los nudillos de su mano apretada contra el escritorio estaban blancos de la presión.
Frustración. Ira. Asco.
Frunció el ceño, dejando claro su rechazo a lo que acababa de leer.
Esmeralda lo observó con su típica sonrisa burlona, pero esta vez, la expresión no le duró. Ver a Lubing en ese estado la hizo suspirar.
—Bien, Lubing —dijo finalmente, con un tono más serio—. Sé que esto es difícil, pero es por una buena causa.
Se levantó de su asiento y se sentó en la pequeña silla frente al escritorio. Una silla diseñada para niños. Quedó algo encogida, incómoda, pero no parecía importarle.
—Solo piensa en el futuro —continuó, apoyando los codos sobre sus rodillas—. Esos niños necesitan más que solo existir. Las familias que han perdido a sus seres queridos merecen una segunda oportunidad. Estamos enfrentando lo inevitable. Por fin podemos desafiar ese dicho de “mueren los buenos y viven los malos”.
Colocó los documentos sobre todas las carpetas de Lubing, como si estuviera reafirmando su punto.
—Es por esto que nos unimos a Playtime Co., ¿no? Para ayudar a los niños. Darles alegría. La comodidad de un hogar. Una vida mejor. ¿No fue para eso que firmaste tu contrato?
Lubing apretó la mandíbula.
¡BAM!
Su puño golpeó el escritorio con fuerza.
Esmeralda se detuvo de inmediato.
Lubing sabía que sus palabras tenían algo de verdad. No dudaba de sus aspiraciones. Nunca había dudado de su deseo de ayudar a los niños. Pero esto... esto era otra cosa.
Esmeralda aclaró su garganta, mirándolo con una expresión más neutral.
—Claro que me uní para esto, Esmeralda —murmuró Lubing, con la voz tensa—. Me uní a Playtime Co. para ayudar a los niños.
Tomó los documentos con frustración y los agitó frente a ella. Sus ojos, oscuros y furiosos, no se apartaban de su compañera.
—Pero no me uní para abrirlos, sacarles los órganos y volverlos a meter en un cuerpo de carne y plástico.
Las palabras casi le hicieron vomitar. Se obligó a tragar el asco y miró por última vez las hojas, pasando las páginas con rapidez, como si tocarlas más tiempo fuera a contaminarlo.
Sin dudarlo más, las arrojó a la papelera.
Esmeralda siguió cada movimiento con la mirada. Sus labios se apretaron en una línea tensa mientras se levantaba de la diminuta silla con cuidado.
Sabía que Lubing no estaba de acuerdo. Y lo respetaba.
—Tal vez tengas razón —dijo en voz baja, dándole una última mirada a los documentos ahora arrugados en la papelera—. Pero si es así, nosotros somos lo único que se interpone entre ellos... y los niños.
Tomó la manija de la puerta. Antes de abrirla, volteó a ver a Lubing.
—Está bien que no estés de acuerdo. Pero, por favor... entiende lo que estamos tratando de hacer aquí. Si no es por la empresa, hazlo por ellos.
Lubing no respondió.
Solo bajó la mirada hacia su escritorio, su mente sumida en pensamientos oscuros.
Sabía que, hasta cierto punto, Esmeralda tenía razón.
Pero eso no significaba que pudiera aceptarlo.
“Esta no es la manera.”
Lubing apenas murmuró esas palabras, un susurro débil, casi como si no quisiera que el aire mismo lo escuchara.
Esmeralda, sin embargo, lo oyó perfectamente. Pero en lugar de responder, solo le dedicó una pequeña sonrisa antes de girar la perilla y salir de la oficina.
Lubing la observó marcharse, y en cuanto la puerta se cerró, sintió su cuerpo desplomarse contra la silla. Un profundo suspiro escapó de sus labios mientras se llevaba la mano a la frente, tratando de procesar todo lo que acababa de escuchar.
Los minutos pasaron, y poco a poco la tensión en su pecho comenzó a disiparse. Sus pensamientos se ordenaron y su frustración inicial se desvaneció lo suficiente como para que pudiera recuperar la compostura.
Se reincorporó en su asiento, acomodándose mejor.
—Bien... Tal vez... tal vez pueda salvar a algunos de esos niños. Conseguirles una familia antes de que sea demasiado tarde.
Lubing miró su entorno, su oficina, las paredes de su oficina estaban decoradas con dibujos de niños, colores vivos y frases motivadoras como ‘¡Nunca dejes de jugar!’. Un intento desesperado de disfrazar lo que realmente ocurría entre esos muros.
Su mano derecha pasó lentamente sobre las carpetas que aún cubrían su escritorio, como si con un simple roce pudiera cambiar el destino de los huérfanos atrapados en ese infierno disfrazado de paraíso infantil.
Pero entonces, un documento llamó su atención.
Era un expediente nuevo, aún fresco, con un sello rojo estampado en la esquina superior derecha.
“APROBADO”.
Lubing sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Ese sello no significaba buenas noticias. No en Playtime Co.
Tomó el expediente con manos temblorosas y lo abrió apresuradamente. En la foto, un niño de cabello desordenado y ojos apagados lo miraba desde el papel.
Ethan Lancaster.
Lubing frunció el ceño con preocupación y comenzó a leer. Al principio, no había nada alarmante: observaciones médicas, notas sobre el estado emocional del niño, reportes de comportamiento...
Hasta que llegó al párrafo escrito por el Dr. Harley Sawyer. Dicho párrafo que, curiosamente, estaba subrayado.
“El paciente muestra signos de trauma debido a lo acontecido. Sus niveles son más altos que el promedio, y su manera de afrontarlo es inusualmente positiva para su edad. Aunque no interactúa mucho con su entorno, sus respuestas son acertadas. Tengo gran interés en este sujeto. Es un excelente candidato para la iniciativa Cuerpos Más Grandes.”
Lubing sintió que el aire se le atoraba en la garganta.
“Actualmente, está a la par con el otro candidato, Theodore Grambell, quien también presenta características notables. No obstante, Ethan aún no ha sido sometido a las pruebas en laEstación de Juegos. Sin ellas, no me sirve de nada. Pero sé que no me decepcionará.”
Los dedos de Lubing apretaron con fuerza los bordes del expediente.
El documento cayó de sus manos temblorosas y golpeó el escritorio antes de deslizarse hasta la papelera, cayendo sobre los otros informes que ya había desechado, entre ellos, el expediente que descartó hace un rato, “Iniciativa de Cuerpos Más Grandes”.
Su mente iba a mil por hora.
—Ese monstruo... quiere experimentar con Ethan y Theo...
Su corazón palpitaba con fuerza contra su pecho.
Las pruebas en la Estación de Juegos no eran simples exámenes médicos ni juegos inofensivos. No. Eran una condena. Un punto sin retorno.
Lubing cerró los ojos un instante, tratando de calmar el pánico que crecía en su interior. Pero no podía quedarse quieto.
No esta vez.
—Tengo que detener esto...
Su mente buscaba soluciones mientras sus manos ya se movían por sí solas, empujando la silla hacia atrás bruscamente y poniéndose de pie de un salto.
—Si puedo hablar con Stella... tal vez pueda cambiar el destino de estos dos niños. Conseguirles más tiempo... hasta que una familia los adopte...
Su respiración se aceleró.
No tenía otra opción.
Con pasos apresurados cruzó la oficina y abrió la puerta de golpe, casi tropezando en su desesperación.
Un compañero que pasaba por el pasillo intentó saludarlo, pero Lubing lo ignoró por completo.
Si no hacía algo ahora... Ethan y Theo dejarían de ser niños. Y se convertirían en algo más.
—Tengo que encontrar a Stella...