Lagrimas Plateadas: El Regreso de la Luna Desterrada

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Summary

«Y ante la Luna Sangrienta, yo, Killian Blackwood, te rechazo». Con esas palabras, el hombre que amaba me destrozó frente a la aristocracia del Sur. Fui humillada y desterrada bajo la tormenta para que él asegurara una alianza de sangre azul. Pero Killian cometió un error fatal: no sabía que su rechazo rompería el sello de mi verdadera naturaleza como la última reina de la Estirpe Plateada... ni que me llevaba en el vientre a sus tres herederos. Ahora, el tablero ha cambiado. Desde las sombras de Nueva York, he renacido como la misteriosa CEO de Silver Industries, el fantasma financiero que ha comprado en secreto cada deuda de la Manada Blackwood. Mientras acuno a mis cachorros en mi torre de cristal, tengo el poder de borrar el legado de Killian con una sola firma. Él cree que lucha contra un magnate sin rostro para salvar a su manada de la quiebra. No tiene idea de que el "enemigo" que tiene su vida en las manos es la misma Omega que él desechó bajo la lluvia. Y mi precio no se paga con dinero. Lo quiero de rodillas; él me desterró para construir su imperio; yo he regresado para comprarlo y reducirlo a cenizas.

Status
Ongoing
Chapters
24
Rating
n/a
Age Rating
16+

El Brindis de la Traición

[P.O.V. Aria]

El salón de la Manada Blackwood era un mausoleo de lujo y expectativas. El aire estaba saturado con una mezcla de perfumes de diseñador y testosterona lobuna. Era la noche de la Gala de la Luna Roja, el evento más prestigioso del calendario licántropo de la región Sur, y el mármol pulido bajo mis pies parecía vibrar con la anticipación de una manada sedienta de estatus.

Ajusté nerviosamente los pliegues de mi modesto vestido de seda azul noche. Lo había elegido porque el tono oscuro ocultaba lo desgastado de la tela en las costuras, pero frente a las lobas de alto rango que desfilaban envueltas en encajes franceses y diamantes que valían pequeñas fortunas, me sentía como una intrusa en mi propia casa. Sentía sus miradas de soslayo; para ellas, yo solo era la “Omega huérfana”, un error estadístico que la manada mantenía por una mezcla de inercia y caridad mal entendida. Un cero a la izquierda que no merecía pisar el mismo suelo que la élite del Sur.

No tenían idea de que, en mi pecho, latía el corazón de la verdadera compañera de su líder.

Esta noche era mi vigésimo primer cumpleaños. Esta era la noche en que el vínculo de compañeros, ese hilo invisible y sagrado que nos unía a Killian y a mí, debía sellarse oficialmente ante la Diosa de la Luna. Habíamos guardado este secreto durante tres largos años, como un tesoro enterrado bajo capas de cautela y ambición. Tres años de miradas robadas, de silencios cómplices y de un amor que florecía solo cuando el sol se ocultaba.

Killian era el Alfa más joven y temido del continente. Había heredado el título tras la muerte de su padre, el legendario Jonah Blackwood, un hombre que había forjado el respeto de la región con puño de hierro y una sabiduría que Killian aún luchaba por emular. El legado de Jonah era una sombra inmensa, y Killian sentía el peso de esa corona cada segundo de su vida. Por eso me pidió ocultarnos.

—“Aún no puedo reclamarte públicamente, Aria”, me había susurrado en la penumbra de la cabaña junto al lago, mientras el aroma a cedro y almizcle de su piel me envolvía. “Los ancianos de la manada me destituirían si tomo a una Omega sin linaje como mi Luna. Mi posición es inestable. Dame tiempo. Cuando cumplas veintiuno, habré consolidado mi poder y te presentaré ante todos. Te lo juro”.

Y yo, con la devoción ciega de quien no ha tenido nada, le creí. Fui su secreto más dulce, soportando las humillaciones diarias de la manada —los empujones en el comedor, los insultos susurrados, las tareas de limpieza más ingratas— solo para poder refugiarme en sus brazos al amparo de la noche. Lo amé con una lealtad absoluta, entregándole cada gramo de mi alma.

Instintivamente, llevé una mano a mi vientre, todavía plano y firme. Llevaba apenas unas semanas de embarazo. Era una noticia que me quemaba por dentro, una confesión que pensaba revelarle a Killian esta noche en nuestra habitación, una vez que la ceremonia de presentación terminara y la marca de sus colmillos finalmente adornara mi cuello. Imaginaba su alegría, la forma en que sus ojos dorados se suavizarían al saber que el linaje de los Blackwood continuaría a través de nosotros.

—Estás nerviosa —dijo una voz filosa a mis espaldas, cortando el aire con una elegancia gélida.

Me giré para encontrarme con Sienna Vance. Ella era la personificación del privilegio absoluto. No era solo la hija del Alfa más reconocido de la región Sur; su familia poseía un estatus que incluso los Blackwood respetaban. Mientras que nuestra manada era valorada por su fuerza bruta y el legado de Jonah, los Vance estaban en una estratosfera superior de poder político y riqueza ancestral.

Sienna lucía un vestido de alta costura que parecía una segunda piel de plata y pedrería, diseñado para proyectar su autoridad como la futura Luna de algún imperio. Me miró de arriba abajo, pero sus ojos no mostraban odio —el odio requiere un reconocimiento que ella no estaba dispuesta a darme—, sino una indiferencia total. Era como si estuviera observando un objeto inanimado que estorbaba en su camino hacia el estatus supremo.

—Tranquila, niña —continuó, sin esperar mi respuesta—. Es normal que las Omegas se sientan abrumadas en galas de este calibre. Los Blackwood insisten en mantener estas tradiciones de caridad con los huérfanos de la manada, pero hoy es una noche para las castas que realmente importan para el futuro del Sur.

Se dio la vuelta antes de que yo pudiera articular palabra, dejándome con la sensación amarga de que, para ella, yo ni siquiera era un ser humano, sino un error de protocolo en la noche de la Luna Roja. Mi loba interior, normalmente silenciosa, se paseaba con una ansiedad frenética que no lograba comprender. Era una advertencia instintiva, un escalofrío que me recorrió la columna a pesar del calor del salón.

Al fondo del salón, las pesadas puertas dobles se abrieron. Killian Blackwood entró.

Se veía imponente, su aura de Alfa llenando cada rincón del espacio y silenciando los murmullos de la multitud. Su mirada gélida recorrió el salón hasta encontrarse con la mía. Sentí el chispazo eléctrico de siempre, ese calor familiar que me aseguraba que él era mío. Le dediqué una pequeña sonrisa cómplice, un gesto de apoyo que esperaba que él viera. Hoy, pensé. Hoy por fin dejaré de ser una sombra.

Killian subió al estrado de caoba, elevándose sobre todos nosotros. Levantó una copa de cristal y el silencio en el salón fue absoluto, casi opresivo.

—Manada Blackwood —su voz retumbó como un trueno contra los ventanales—. Durante los últimos tres años, he trabajado sin descanso para asegurar que nuestro territorio sea el más rico y respetado. Pero un Alfa no puede gobernar solo. Necesita una Luna a su altura.

Mi corazón dio un vuelco violento. Di un paso adelante entre la multitud, esperando que me llamara, que sus ojos finalmente me reconocieran frente al mundo.

—Alguien con poder, linaje y la fuerza política necesaria para engendrar herederos dignos de llevar el apellido Blackwood y proteger el legado de mi padre —continuó.

Su declaración me hizo detener en seco. El corazón empezó a martillearme contra el pecho con una fuerza dolorosa. ¿Linaje? ¿Fuerza política? La duda me arropó como una manta helada. Él desvió la mirada, evitando mis ojos por primera vez en tres años, y extendió la mano hacia la primera fila.

Sienna Vance subió al estrado, tomando su mano con una sonrisa triunfal que parecía devorar la luz del salón.

—Por eso —la voz de Killian se endureció, desprovista de cualquier rastro del hombre que me amaba en la oscuridad de la cabaña—, hoy anuncio mi unión con Sienna Vance. Ella será mi Luna. Juntos, haremos de nuestra región un imperio inquebrantable.

El salón estalló en aplausos ensordecedores, pero para mí, el sonido fue como estática blanca. Mi mundo se fragmentó en mil pedazos. No podía respirar. Esto es una pesadilla, gritó mi mente, pero el calor de la mano de Killian sobre la de Sienna era una realidad innegable. Había elegido el poder sobre el destino. Había elegido el oro de los Vance sobre la sangre que nos unía.

Pero la humillación apenas comenzaba. Killian levantó la mano para pedir silencio y, esta vez, sus ojos se clavaron directamente en los míos. Ya no había amor en ellos; solo un cálculo frío, corporativo y despiadado.

—Y ante la Luna Sangrienta, yo, Killian Blackwood, te rechazo, Aria, como mi pareja destinada. Eres una Omega débil, una mancha que jamás permitiré en mi linaje ni en mi historia. Quedas desterrada de mis tierras y debes irte antes de que salga el sol.

El salón estalló en susurros y risas ahogadas. La traición fue un golpe físico que me dejó sin aire. El dolor del rechazo rasgó mi alma, quemando como si me arrancaran la piel con tenazas al rojo vivo. Me usó. Me escondió tres años solo para descartarme frente a todos como basura porque no le servía para su visión de imperio. Me quedé inmóvil, paralizada por el shock, mientras Killian besaba a Sienna frente a mí. Una burla de la Diosa de la Luna.

Había escuchado historias sobre el dolor del rechazo del vínculo y cómo esto provocaba escenas de tristeza indescriptible. Y ciertamente, sentía que mi interior estaba a punto de reventar. Yo quería poder llorar, quizás por el shock, pero no apareció ninguna lágrima. Mi mente, fría y analítica incluso en el abismo, empezó a catalogar cada detalle de su traición.

Entonces, algo cambió. Un calor abrasador, diferente al vínculo roto, subió por mi garganta. No era pena. Era una rabia ancestral. Algo antiguo. Algo plateado que despertó con la fuerza de un volcán.

Un mareo repentino me obligó a tocarme el vientre de nuevo. Allí, el calor ligero de mis cachorros pareció responder con una vibración eléctrica. En ese instante, una voz profunda, letal y milenaria resonó en mi mente: “Él no es digno de nosotros, pequeña reina”.

Levanté la vista, la tristeza evaporándose de mis venas, reemplazada por hielo puro.

En ese instante, vi mi propio reflejo en la copa de cristal que Killian aún sostenía desde el estrado. Mis ojos, antes de un común color marrón, destellaron un color plata líquido y brillante. Mis pupilas ya no eran las de una hembra rota; eran dos pozos de mercurio ardiente que prometían la peor de las tormentas.

El brillo que emanó de mi cuerpo fue tan intenso que las pesadas lámparas de araña del salón parpadearon violentamente, sumiendo a la manada entera en una fracción de segundo de oscuridad plateada. Una presión de Alfa superior, algo que nunca se había sentido en este territorio, se expandió desde mí como una onda de choque.

Killian se congeló a mitad de su beso. Al voltear para verme, soltó la copa, que cayó en cámara lenta y se hizo añicos contra el suelo de mármol. Sus rodillas temblaron y, sin poder evitarlo, el gran Alfa de los Blackwood cayó pesadamente de rodillas frente a todos, asfixiado por este poder extraño, obligado a agachar la cabeza ante la “Omega” que acababa de despreciar.

Los murmullos se apagaron. El terror silencioso llenó la sala.

Y yo, simplemente me di la vuelta, con la espalda recta y la barbilla en alto, sin decir una sola palabra. Solo una idea martilleaba en mi mente mientras cruzaba las pesadas puertas de madera hacia la lluvia de la noche: “Él no es digno de nosotros”.

Apreté mi vientre, donde tres latidos nuevos e implacables respondían al llamado de mi sangre plateada. Killian acababa de desterrar a su Luna destinada… y a los tres herederos que marcarían el fin de su estirpe.