Windjailer

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Summary

En un mundo de fantasía donde humanos y dragones conviven, el apellido Windjailer se vio manchado por un malentendido. Liriel Petch y Zephir Raekor se ven envueltos junto a sus dragones Morvak y Eldran Windjailer en una serie de misteriosas desapariciones; pero Liriel esconde un secreto que podría comprometer la investigación: está vinculada con un dragón exiliado. ¿Podrán Liriel y Zephir resolver el misterio y así sacar la verdad a la luz que mancha el apellido de los hermanos Windjailer?

Genre
Mystery
Author
Luhu98
Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El chapoteo del agua rompía el silencio del lugar. Dos rodillas desnudas se apoyaron sobre la tierra y una mano llenó un frasco de cristal grande. Al sumergir el segundo frasco, un cosquilleo en su muslo derecho la hizo voltear, la runa apenas brilló en su piel; suspiró y pasó la mano sobre el símbolo, intentando calmar el hormigueo.

Aseguró las botellas y las metió en el morral junto a lo demás. Salió corriendo a la cueva cercana donde el portador de la otra copia de la runa la esperaba.

Un par de imponentes ojos azul cian se alzaban en la penumbra, las escamas oscuras bajaban por el cuello largo, de una forma demasiado elegante para un dragón, aquella marca blanca en su pecho era un gran foco de atención para quien lograba verlo, pero ella ya se había acostumbrado a esa cicatriz de exilio.

—¡Volví, Morvak! —soltó con una sonrisa, ignorando la evidente mirada de reproche del dragón— No pensé que te molestaría la ausencia de tu "ruidosa garrapata".

Morvak exhaló molesto, siguiéndola con la mirada.

—Si te vas sin avisar, me dejas imaginando que alguna alimaña te encontró primero, Liriel. —su eterna voz ronca y grave resonó en la cueva, acercó un poco su rostro al ver como la joven sacaba yerbas, piedras y dos frascos de agua del morral— ¿Qué es todo ese pasto?

Acomodó las yerbas en la piedra parecida a un cuenco que encontró, mientras colocaba un poco de agua sonreía triunfante.

—Esto, mi querido Morvak, son los ingredientes que curaran tu pata —dijo mientras su rostro se ponía serio y comenzó a machacar las plantas.

El dragón notó el cambio de actitud, su rostro expresaba preocupación detrás de toda esa seriedad. Apenas alzó su ala para ver la supuesta herida a la que se refería Liriel, un rasguño causado por una mala maniobra en su vuelo de anoche, aquel árbol apenas le quitó una tira de escamas viejas, pero no era nada grave.

—Ya te dije que no es nada, solo... —intentó convencer a la joven, pero cuando sus ojos se toparon con los iris rojos de la mencionada, entendió que ella no lo veía cómo él. Suspiró derrotado y acomodó su cabeza en el suelo— Ten cuidado.

La de cabello blanco suavizó su mirada y antes de untar la pasta, se lavó las manos y después lavó la "herida". Morvak vio la dedicación y cuidado que ponía Liriel en cada movimiento. Ocultó el escalofrío de asco al sentir la pasta fibrosa en sus escamas y el fuerte olor amargo le recordó que ese no era el tipo de "ungüentos" que servían en ellos.

—¿Y bien? —la voz de la joven lo trajo de vuelta— ¿Funcionó?

La pasta quedó cerca de la runa en la pierna derecha de Morvak. El dragón volvió su mirada a la joven y los ojos brillaban con un pequeño entusiasmo infantil; pensaba en decirle la verdad, que esos ingredientes no hacían nada más que perfumar las escamas, pero no rompería su deseo por aprender. Su cuello vibró en un suspiro ahogado, a pesar de que ella ya tenía veinticinco, a sus ojos se seguía viendo como una niña que atrapó su primer bicho.

—Así es, no duele en lo absoluto —en teoría no estaba mintiendo. Cerró los ojos y escuchó el corto grito de emoción y los saltos de la joven. El fugaz recuerdo de Liriel sosteniendo su primer pez con una sonrisa lo hizo olvidar la pasta asquerosa que tenía embarrada en la pierna.

—Morvak —llamó después de limpiar y acomodar uno de sus morrales, del segundo se vistió con un par de pantalones negros, botas altas de cuero y un cinturón que cubría con una capa de su cadera hasta las pantorrillas, dejando una apertura grande al frente— Iré a explorar el pueblo, tenemos dos monedas de plata, podría traerte...

—Te compras algo decente de comer y si te sobra, buscas dónde bañarte —sentenció con su tono habitual abriendo uno de sus ojos para verla— ¿Llevas tus dagas? —la joven apartó ambos bordes de la tela mostrando las fundas de dichas armas, suspiro por la nariz aire caliente— Bien, ahora lavate que llevas olor a pantano y debes mantener...

—Un perfil bajo —completó divertida mientras soltaba la tela, se ajustó las mangas rojas de su blusa y se colgó el morral pequeño donde llevaba objetos varios— Lo repites como si te hubiera fallado alguna vez.

—Repetirlo nunca está de más —bufó molesto— Ya sabes tu hora de llegada, no me obligues a ir; por lo que vi al llegar, es un pueblo grande y está demasiado cerca de un reino.

—Te preocupas demasiado —se acomodó las botas y salió de la cueva.

Caminó un tramo entre los árboles hasta llegar al sendero que guiaba a la entrada del pueblo. Se acomodó a una distancia prudente de los viajeros que iban frente a ella mientras también tomaba su distancia de un mercader.

El ruido del pueblo crecía a cada paso, en cuanto salió de la zona boscosa, una sombra sobre ella la hizo levantar la mirada. El dragón que sobrevolaba no era como Morvak, las escamas rojas brillaban con la luz, pero la única diferencia era que sus patas delanteras eran parte de sus alas, entrecerró los ojos y notó una tela roja ondeando como bandera en la montura del jinete. Alzó una ceja al notar la runa del vínculo, era plateada y no dorada como la suya con Morvak. De manera inconsciente acarició su muslo sobre la tela del pantalón. Regresó su vista al camino y la entrada estaba abarrotada de vendedores de alimentos; había entrado por el mercado al parecer.

Después de compran un pan y queso con una de las monedas de plata, también pudo pagar una habitación de paso en una taberna para bañarse; una costumbre común en los pueblos. Al entregar la llave, se acercó al tablón de oficios rápidos, buscando alguno que le convenciera.

Mientras miraba los papeles clavados, uno en particular llamó su atención; una silueta en color plata de la cabeza de un lagarto cornudo se pintaba con pulcritud en la hoja blanca, la cual no poseía mancha alguna y con una escritura impecable te invitaba a unirte a lo que evidentemente era un culto.

«¿Deseas la vida eterna? Únete al culto del gran señor Serilor, el benevolente dragón que calmará tu dolor mundano»

—¿Serilor? —murmuró para si, analizando la obviamente costosa hoja que estaba clavada en la madera.

Frunció el ceño apenas, sintiendo un malestar curioso en el estómago y regresó su vista a la tarea que había elegido previamente. Arrancó el papel del trabajo rápido y después de dar la última moneda de plata en la barra de la taberna, mostró la hoja. La mujer de corsé negro frunció los labios y le entregó su cambio.

Finalmente salió del lugar y caminó por el sendero empedrado, notando la inusual alegria del pueblo y como había visitantes de más. Algunos dragones terrestres caminaban junto al humano con el que se vincularon y otros sobrevolaban las calles. Su paso fue interrumpido por un joven que pegaba un cartel, el olor del pegamento sobre el papel recién pegado resaltaba entre el olor a hojas viejas.

Su curiosidad la hizo mirar el cartel, el castillo simple de fondo, junto a dos espadas cruzadas y un par de garras lograron captar su atención; pero el contenido era bastante interesante.

«¡Se parte de esta experiencia anual!

La Jornada de Elección está a horas de empezar y este año parece ser único.

¡No te lo pierdas!

La Ceremonia será al alba en el gran coliseo Draconias.»

Algo le decía que no era una elección política, y esas garras de dragón la atraparon como si un misterio estuviera frente a sus ojos.

—Muchos aspirantes han llegado para la Elección de este año.

—Y ninguno está nada mal.

—Escuché que el entrenamiento fue mas severo este año.

Aquella simple conversación ajena le terminó de clavar la espina, definitivamente iría a esa supuesta ceremonia.

La brisa cálida de la tarde junto al ruido de metal cayendo y comenzando a moverse le indicó que debía irse; debía evitar a toda costa a los centinelas, los guardias de cada pueblo tenían la orden directa de revisar a los extranjeros para ver si no poseían alguna marca de vínculo no declarada en los registros.

Logró escabullirse hasta el centro del pueblo, donde se quedó viendo la dirección del criador de ovejas. Se acomodó su peinado, enredando un poco más sus trenzas blancas en su cabeza y no apartaba la vista de la hoja vieja. Los lamentos de un par de ladrones en la picota fueron interrumpidos por alguien.

—Nunca te había visto por aquí. —La voz de un joven la hizo brincar del susto en el borde de la banca de piedra.

Al alzar su mirada, se encontró con un muchacho de atuendo pulcro, pero sin ningún rastro de metal en él; supuso que era algún costurero.

—¿Sabes donde se encuentra la granja de Refisto? —evitó todo indicio de conversación, necesitaba la recompensa para Morvak; quien no había comido en casi dos días.

—Eres una forastera. —asumió bajando la mirada al regazo femenino— Yo puedo darte una mejor paga que... —entrecerró los ojos, leyendo la recompensa que cobraría— dos simples ovejas.

—Soy una viajera y necesito estas dos ovejas —sentenció, parándose algo molesta por la insinuación— Si no sabes, puedo preguntarle a alguien más.

—No te pongas así, te puedo dar un rebaño entero si quieres; ya que pronto seré jinete —la acercó agarrándola de la cintura— No tendrás que andar mendigando bienes conmigo.

Alejó su rostro lo más que pudo mientras la hoja del oficio se arrugaba con el agarre, estaba más que molesta y el cosquilleo en su muslo le indicó que Morvak la había sentido. No podía meterse en problemas si quería que su amigo descansara más; ya habían cambiado de pueblo tres veces en una semana, pero ese sujeto no parecía querer ceder. Cerró el puño de su mano libre de forma discreta mientras fingía una sonrisa.

—Agradezco la oferta, pero no me interesa —sentía como cuatro círculos de calor se formaban en sus brazos, el agarre seguía jalando su cadera a la del joven— ¿Me harías el favor de soltarme?

—Puedo hacerte el favor de hacerte mía.

Esa fue la gota que colmó el vaso; de un empujón se soltó del agarre y sin pensarlo mucho le dio con el puño en el rostro, tirándolo. Antes de que le pudiera decir algo, ella salió corriendo del lugar. Usar los sellos de Morvak era bastante peligroso tomando en cuenta que su vínculo no estaba registrado.

Al calmarse, pudo pedir indicaciones y llegó justo al atardecer a la granja. Estaba al otro extremo del pueblo, en la subida al bosque. Podía ver desde ahí gran parte del pueblo y la ladera que daba a la entrada del risco donde se encontraba Morvak.

Se acercó a la cabaña y tocó la puerta, Liriel escuchó unos pesados pasos sobre la madera y cuando se abrió la puerta, quedó sorprendida.

Un hombre corpulento y lleno de barba la vio por unos instantes, su calva brilló con la luz de las velas de su casa, haciendo que Liriel se tragara la sonrisa.

—¿Estás perdida? —preguntó, con un contraste amable en su voz, aquel hombre musculoso.

—¿Es usted el señor Refisto? —sacó el papel del oficio que obtuvo en la taberna— Estoy aquí por su pedido, me interesan las dos ovejas.

El hombre soltó una carcajada, era evidente la diferencia de tamaño, pero aun así Liriel tenía dimensiones normales para una mujer.

—Te ves demasiado flacucha para este trabajo —puso sus puños en sus caderas— Deberías regresar a casa con tus padres.

Sonrió apenas— Tengo el volumen suficiente para hacer oficios.

—Pero este necesita más... músculo —dijo pensativo— Los últimos cuatro hombres murieron, y eran mucho más grandes que tú.

Resopló molesta— Seguramente se necesita otro tipo de músculo para cazar un puma, ¿no cree?

Otra carcajada salió del hombre, esta vez divertida por la determinación de la muchacha frente a él.

—Eres divertida, muchacha, aceptaré que atiendas mi petición —se agachó con los brazos cruzados— Pero con una condición.

Un escalofrío le rasgo la columna y sintió su presión bajar; había tenido que aceptar un par de condiciones de ese tipo, pero jamás fueron amables o gentiles con ella, por lo que siempre recordaba que las apariencias engañan. Tragó apenas y le entregó la hoja.

—¿Qué condición? —soltó, esperando lo peor, pero estaba decidida a alimentar a Morvak.

—Si me traes el cuerpo del puma, te prepararé una oveja entera para tus viajes.

Su mente se congeló, no era la condición que esperaba, por lo que lo único que pudo hacer en lo que procesaba la propuesta fue parpadear más veces de las necesarias.

—¿Qué? —fue la única palabra que salió de su boca, vio al gran hombre con desconfianza.

—Lo que oíste, tendrás dos ovejas vivas y carne preparada de una más para tus viajes, en total, tres ovejas.

—¿Tres? Los animales de ganado son muy costosos como para recibir esa cantidad, señor.

La sonrisa del hombre de alguna forma la calmó, había una calidez familiar en su rostro, algo que no sentía desde un tiempo que su cuerpo no podía determinar.

—Te pareces mucho a mi hija, tienen esa firmeza con la que piden las cosas; pronto debutará en la ceremonia de Elección de mañana y si ese animal arrasa con mi rebaño, no podré darle una celebración digna a mi hija—contó mientras se enderezaba y le hacía una seña para que lo siguiera— Confiaré en tu criterio de usar otro tipo de músculo, si resulta que tienes razón, mereces una recompensa, ¿no es lo justo?

—Supongo —contestó mientras llegaban al corral.

La cerca delimitaba bien el área y las casi cuarenta ovejas se encontraban dormidas. Ambos se detuvieron a un costado del corral.

—El puma siempre ataca a la misma hora —señaló un par de árboles con arbustos— Siempre sale de aquella dirección y ya ha acabado con mis perros.

—¿A qué hora ataca?

El pastor vio el cielo, siendo imitado por Liriel.

—En cuanto la primera gran estrella brilla y los grillos cantan, esa bestia ya anda rondando, saldrá cuando yo apague la última vela.

—No ha de tardar, entonces —bajó la mirada y vio el rebaño— Podrá estar tranquilo, le traeré a la bestia antes de que toque la cerca.

—Las nuevas generaciones son tan tercas —se burló— Ten cuidado, muchacha.

Lo vio regresar a su cabaña; ella caminó toda la orilla del corral, analizando las posibles rutas de ataque del puma. Vio una de las tablas rotas, con rastros de zarpazos y sangre vieja, y se agachó para medir el tamaño de las garras. Palpó con dos dedos y suspiró: eran garras demasiado grandes. Ese dato le dejó un pinchazo de miedo bajo las costillas.

Regresó a la puerta de entrada del corral y vio una piedra. También había manchas de sangre vieja en ella y las mismas garras marcando surcos. Alzó la mirada una vez más al cielo, midiendo el tiempo, y después se sentó en la piedra, sacando una de sus dagas mientras esperaba la hora del ataque.

Revisaba el filo cuando una sensación le tensó la nuca. Activó el sello de Vigía, se quedó inmóvil y, con una palabra en dracónico, su oído se agudizó. Era una noche tranquila. Los grillos rompían el silencio de forma rítmica y, muy por detrás de ese ritmo, algo más pesado respiraba entre las hojas.

—Préstame tus ojos —apenas murmuró.

Sus iris comenzaron a teñirse de azul, pero el color no los reemplazó: se detuvo a los pocos milímetros, formando un aro que se aferraba a sus iris rojo oscuro. La pupila se dilató en un óvalo y el entorno se volvió más nítido.

Finalmente, el crujir de hojas y el movimiento de arbustos delataron la ubicación del objetivo. Inhaló profundo y activó el sello de Silencio.

Los ojos del felino se iluminaron con la luz de la luna. Cambió su ruta habitual al percibir algo borroso en el entorno; no entendía qué era, pero tampoco se intimidó. Caminó agazapado, ignorando lo que para él era una posible estatua y centrándose en la oveja que descansaba tras las tablas del corral. La tabla del medio estaba caída, mostrando una entrada fácil y rápida.

El aire se cortó con el salto. Y las ovejas balaron, rompiendo la calma.

La tabla caída se levantó con rapidez, como una cortina improvisada. El choque fue casi inevitable. El gran felino se frenó de golpe; soltó un zarpazo y un gruñido bajo y áspero. Entonces notó la silueta que había frustrado su plan. Retrocedió un par de pasos mientras bufaba furioso.

Liriel respiró entrecortado sin querer. El susto le rompió la concentración y los dos sellos que la ocultaban se quebraron. El pecho le dolía por la fuerza del corazón y por un instante se preguntó por qué se le ocurrió aquello. Pero no hubo tiempo; el puma ya no miraba al rebaño, sino a ella.

Logró esquivar apenas el siguiente salto, obligándose a concentrarse. El animal corrió hacia ella de nuevo y se alzó para lanzar las garras al estómago. Con un gesto invocó el sello del Nudo de Aire: el empuje lo desvió lo justo, logrando desequilibrarlo haciendo que el felino aterrizara mal, sin atemorizarse arremetió de nuevo.

En un movimiento inconsciente de defensa, el sello de Escamas se activó. La mordida se cerró sobre su antebrazo y el impacto la sacudió. Ahogó un grito. La presión era demasiada, por lo que sin el vínculo con Morvak, ese brazo ya no estaría pegado a ella.

Con la mano libre tomó la daga y, sin pensarlo, cortó parte del hocico y desgarró el hombro delantero. El puma la soltó con un bufido violento y la empujó con el peso; Liriel perdió el equilibrio, trastabillando soltando la daga al aire. Por un momento creyó que sería su fin.

La runa en su pierna ardió. Apretó el muslo por instinto con su mano, como si pudiera apagar el dolor con la palma y al mismo tiempo comunicarle a Morvak que todo estaba bien. Sacó la segunda daga. Se incorporó a medias, buscando con la vista, notando que la primera estaba cerca del animal.

El puma vaciló. La sangre le advertia una cosa y su instinto actuó. Dio un paso hacia atras y luego se volteó, decidiendo huir.

Liriel corrió, recogió la daga perdida y se abalanzó sobre él. Clavó ambos filos en la garganta, una a cada lado. El puma soltó un chillido desesperado y se sacudió con fuerza; pero Liriel se aferró con las piernas, apretando el cuerpo del felino para no salir despedida.

Y entonces usó el sello que más odiaba: Corte Fino.

Sintió las dagas calentarse en las manos. La resistencia cedió y el corte se volvió limpio y rápido. La garganta felina se rindió en un instante, y el animal cayó sin alargarse en sufrimiento.

Liriel sacó ambas dagas y se puso de pie con dificultad.

—Genial… tendré que afilarlas de nuevo —murmuró, viendo los filos irregulares, como si hubieran sido mordidos por la pelea.

Se quedó mirando el cuerpo. Sus manos aún temblaban por la adrenalina. Finalmente forzó la respiración a bajar, un latido a la vez y entonces descubrió el nuevo problema: llevar el cuerpo del animal sin mostrar que tenía un vínculo ilegal con un dragón.

Enfundo sus dagas y antes de agacharse para intentar arrastrar el cuerpo del felino, unas rápidas pisadas la hicieron voltear. Durante la pelea había olvidado el ruido que hicieron las ovejas, alertando obviamente a Refisto y, al parecer, a su hija. Sintió las miradas sobre ella y bajó la vista, se dispuso a volver a intentar agarrar al animal, pero la voz de Refisto la detuvo nuevamente.

—¿Aún te quedan fuerzas para cargar eso? —preguntó mientras con un gesto de mano le indicó a su hija hacer la tarea por Liriel— No parece haber sido una pelea fácil.

En respuesta vio sus antebrazos, notando finalmente que las mangas de compresión estaban casi deshechas por la pelea y la mordida, mostrando apenas su piel algo raspada; el resto de su ropa tampoco se encontraba en las mejores condiciones, pero seguía siendo totalmente útil.

—No te fue mal, pero puedes mejorar. —comentó la hija de Refisto, cargando con facilidad al felino, mostrando su larga trayectoria de entrenamiento.

Logró ocultar su vínculo con Morvak con bastante facilidad. Escuchó algunos consejos de la hija de Refisto mientras el hombre preparaba su recompensa y finalmente se despidió de la familia con la mano libre.

Al parecer Refisto se dedicaba también a la venta de carne, por lo que la carne seca que llevaba en el bolso de tela era parte de su inventario. Las dos ovejas las jalaba con calma, sosteniendo las cuerdas con una mano. El pueblo se encontraba extrañamente silencioso.

Mientras cruzaba un puente que atravesaba una carretera, el sonido de ruedas de una carreta y la luz anaranjada de un par de antorchas la hizo detenerse, cerrando el hocico de una de las ovejas para evitar que hiciera algún ruido.

—Esa selección nos vino como anillo al dedo, ¿no?

—Así es, gracias a eso, podemos mover toda esta carne con facilidad sin ser vistos.

—Silencio con eso, también es un gran problema por la cantidad de aspirantes a jinete, todos buscan cualquier excusa para ganar puntos.

Liriel se asomó al borde, viendo como pasaban tres personas, dos de ellas moviendo la carreta y la otra iluminando el camino. Frunció el ceño al ver el símbolo grabado en la caja, un rostro de lagarto cornudo; esa silueta se le hacía familiar. Un olor diferente emanaba de las cajas, notó que de todas, sin excepción, escurría un líquido viscoso y rojizo. El olor se le hacía familiar, evidentemente era carne fresca, pero no identificaba de qué animal.

Ya no alcanzó a oír la conversación, por lo que retomó su camino. El aroma y el símbolo rondaba su cabeza, sus entrañas se torcieron un poco, indicando que eso no debía pasarse por alto.

—Morvak —llamó apenas llegó a la entrada de la cueva. El par de ojos azules brillaron en la oscuridad y las ovejas soltaron un balido aterrorizado— Hoy te traje comida.

—Dime que no las robaste —pidió preocupado, se acomodó para ponerse de pie— Nos van a terminar vetando de todo el mundo.

—Claro que no las robé, hice un oficio —mostró sus protectores rasgados— Un puma molestaba a un granjero y solo tuve que matarlo. Estas dos —señaló a las ovejas y luego alzó la bolsa de carne seca que había amarrado a su cinturón— y esta, fueron la recompensa.

—Una recompensa muy generosa por un simple puma —comentó el dragón, moviendo su pata trasera para que la pasta seca que le untó Liriel se cayera.

—Dijo algo de que su hija debutará para un gran evento.

—Suéltalas —ordenó el dragón.

Liriel soltó las cuerdas y las ovejas corrieron despavoridas al bosque, Morvak no tardó en ir tras ellas. La joven ignoró la seguramente sangrienta caza de su amigo y acomodó la carne en su bolso grande de viaje. Se deshizo de las telas inservibles de su vestimenta y finalmente se sentó para tomar las piedras de afilar para sus dagas.

Morvak entró tiempo después, para ser un dragón, era bastante pulcro al comer; Liriel rara vez lo veía manchado. Agradeció que el dragón prendiera la pequeña fogata que armó para ella y cerró con su cuerpo y alas la entrada de la cueva.

—¿Y de que es ese gran evento que mencionaste? —interrumpió el dragón con calma.

—Según los carteles, es un evento de "Elección"; no creo que vayan a elegir a un gobernador, pero se leía interesante —explicó, guardando sus dagas cuando estuvieron listas— Me despiertas antes del alba, quiero ir a ver de qué trata.

—No creo que sea un evento grato para ti, Liriel —advirtió Morvak, viendo como los iris rojos se posaban sobre él— Las Elecciones son eventos donde se presentan a los nuevos jinetes.

—Oh, entonces debe ser una ceremonia muy especial —concluyó interesada, después de arroparse con su única manta de piel, vió a Morvak de nuevo— ¡Casi lo olvido! —el dragón la vio curioso— ¿Conoces a algún Serilor?

Aquel nombre lo hizo tensarse de inmediato, Liriel no pareció sentirlo por sus escamas, pero la sola mención de ese dragón sin alas lo hizo resoplar vapor molesto.

—¿De dónde sacaste ese nombre?

—Parece que tiene un culto o un patrocinio de nobles —se incorporó, viendo como Morvak apartaba la mirada a la salida de la cueva, viendo el humo salir de sus fosas nasales— ¿Lo conoces?

—Desgraciadamente sí, y lo único que te pido es que te alejes lo más posible de todo lo relacionado a él.

No quiso indagar más por el tono de voz usado por el dragón. Se acomodó contra el pecho del dragón y se arropó nuevamente.

—Lo haré... si me dejas ir al evento.

Un gruñido de derota y enojo la sacudió apenas, haciendola soltar una risa divertida.

—Te despertaré antes del alba, solo aléjate de todo lo que tenga que ver con Serilor.

—Gracias, Morvak.