Chapter 1
Marinette, 25 años, había dejado atrás las trenzas y los uniformes escolares. Ahora su cabello negro caía en ondas sueltas sobre los hombros, y su cuerpo —más lleno, más curvo, más consciente de su poder— se movía con una elegancia que antes solo reservaba para las pasarelas que ella misma diseñaba.
Esa noche había decidido probar algo diferente. El vestido de látex negro brillante que ella misma había cosido se adhería a su piel como una segunda capa, corto, con un escote profundo que apenas contenía sus pechos pesados y redondos. Cada movimiento hacía que el material crujiera suavemente, y el sudor ligero que empezaba a formarse bajo el calor de la habitación lo volvía aún más pegajoso, resbaladizo.
Se sentó en el borde de la cama de su loft, piernas abiertas sin pudor, el látex estirándose hasta el límite sobre sus muslos. Encendió un cigarrillo —un vicio que había adoptado en las noches de estrés creativo— y dio una calada profunda. El humo salió lento de entre sus labios carnosos, pintados de rojo oscuro, mientras sus ojos azules se perdían en el espejo frente a ella.
El reflejo le devolvía una mujer que ya no pedía permiso.
Bajó la mano libre por su vientre, deslizándola bajo el borde del vestido. El látex estaba caliente, casi ardiente contra su piel. Sus dedos encontraron la humedad que ya empapaba la tela fina de sus bragas negras —o lo que quedaba de ellas, porque en realidad solo eran un triángulo diminuto que apenas cubría nada—. Se mordió el labio inferior mientras separaba los labios hinchados con dos dedos, exponiendo su clítoris ya inflamado.
—Joder… —susurró para sí misma, voz ronca por el humo y el deseo.
Dio otra calada larga, dejando que el cigarrillo colgara entre sus labios mientras con la otra mano se abría más. Introdujo un dedo despacio, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían inmediatamente alrededor de él, ansiosas. Luego dos. El sonido húmedo llenó la habitación, obsceno y delicioso. El látex crujía cada vez que movía las caderas, buscando más fricción.
Imaginó —o quizás recordó— unas manos más grandes que las suyas. Unas que la habían agarrado por las caderas esa misma semana en el backstage de su último desfile. Un fotógrafo invitado, alto, callado, con dedos ásperos que habían encontrado su entrada sin pedir permiso mientras todos estaban distraídos con las modelos. La había follado contra la pared en menos de tres minutos, profundo, brusco, sin sacarse el condón ni siquiera al final. Había sentido cómo se corría dentro de ella, cómo el látex de su propio vestido se manchaba con sus fluidos mezclados.
Ese recuerdo la hizo gemir. Aceleró el movimiento de sus dedos, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que la volvía loca. Su pulgar frotaba círculos rápidos sobre su clítoris, resbaladizo por su propia excitación. El cigarrillo cayó de su boca, aterrizando en el cenicero por pura suerte.
—Más… mierda, necesito más…
Se levantó un segundo, solo para bajarse las bragas empapadas y arrojarlas al suelo. Volvió a sentarse, esta vez más abierta, una pierna sobre la cama, la otra colgando. Tomó el vibrador negro que guardaba en la mesita —grueso, con venas marcadas, del tamaño aproximado de lo que había sentido esa noche en el backstage—. Lo encendió en la velocidad media y lo presionó directamente contra su entrada.
El zumbido se mezcló con sus jadeos.
Lo empujó despacio al principio, sintiendo cómo la abría centímetro a centímetro. Cuando estuvo completamente dentro, soltó un grito ahogado. Sus caderas se movieron solas, cabalgándolo mientras su mano libre pellizcaba un pezón a través del látex. El material apretaba tanto que cada roce era eléctrico.
Imaginó que no estaba sola. Que él —o quizás Adrien, o quizás Chat Noir en sus fantasías más sucias— la miraba desde la puerta, con la polla ya dura en la mano, masturbándose lentamente mientras ella se destruía a sí misma.
—Te gusta verme así, ¿verdad? —susurró al aire, voz entrecortada—. Mirando cómo me follo… cómo me abro para ti…
Aumentó la velocidad del vibrador. Sus muslos temblaban. El látex estaba ahora brillante no solo por el sudor, sino por los hilos de su excitación que goteaban por sus piernas. El orgasmo llegó como un latigazo: fuerte, violento, casi doloroso. Gritó su nombre —el que fuera— mientras sus paredes se contraían alrededor del juguete, expulsando más humedad que empapó las sábanas.
Cuando finalmente se detuvo, jadeante, dejó que el vibrador cayera al suelo. Tomó otro cigarrillo con dedos temblorosos, lo encendió y dio una calada profunda.
Sonrió al espejo, con los labios hinchados, el maquillaje corrido, el látex pegado a su piel como una promesa de más noches iguales.
A los 25, Marinette ya no era la chica que se sonrojaba por un beso.
Era la mujer que se corría pensando en cómo la iban a romper de nuevo.
Y lo disfrutaba cada maldito segundo. 😈








