Deseos en el Séptimo Mes

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Summary

Valeria, una mujer en el último trimestre de su embarazo, vive atrapada en una rutina de soledad y deseo reprimido. Su esposo pasa la mayor parte del tiempo en el trabajo, dejando sus necesidades emocionales y físicas sin atender. Las hormonas del embarazo han convertido su cuerpo en un volcán de sensaciones: cada roce, cada pensamiento erótico la enciende de forma casi insoportable. Una tarde cualquiera, la llegada de un técnico a su casa para solucionar un problema doméstico desencadena una serie de encuentros cargados de tensión sexual, miradas que queman y toques “accidentales” que rompen todas las barreras que ella había intentado mantener. Lo que comienza como una simple cortesía se transforma en un juego peligroso de seducción mutua, donde el control se desvanece y el placer prohibido toma el mando.

Status
Complete
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1

Valeria se miró en el espejo del pasillo y sonrió con picardía. Ocho meses de embarazo y nunca se había sentido tan puta y deseable. Su esposo, Rodrigo, salía a las seis de la mañana y volvía a las once de la noche, exhausto, besándola en la frente y durmiéndose al instante. Hacía cuatro meses que no la tocaba. Ni un dedo. Pero las hormonas del embarazo la tenían en llamas permanentes: su coño estaba hinchado, siempre mojado, palpitando por cualquier roce; sus tetas habían crecido dos tallas, pesadas, llenas de leche que a veces goteaba sola cuando se excitaba; y su clítoris tan sensible que hasta el roce de la tanga la hacía gemir.

Aquella tarde, sola y ardiendo, se había puesto el conjunto negro que más la ponía: sujetador push-up de látex brillante que le apretaba las tetas hasta casi hacerlas desbordar, tanga diminuta que se perdía entre sus labios mayores empapados, y el collar de cuero negro con el gran anillo metálico en el centro. Se había untado aceite corporal por todo el cuerpo; ahora brillaba bajo la luz como una diosa fértil. Justo como en la imagen que ves: una mano tirando del tirante del sujetador, la otra en la cadera, vientre redondo y brillante con gotas de sudor corriendo hacia su monte de Venus, piernas ligeramente abiertas, mirada de “fóllame ya”.

El timbre sonó. Era el fontanero que había llamado por la tubería del baño que goteaba.

Valeria no se cubrió. Abrió la puerta tal cual estaba.

Carlos, 35 años, metro noventa, hombros anchos, brazos tatuados y venosos, camiseta sin mangas negra ajustada y jeans desgastados, se quedó congelado en el umbral.

—Buenas… tardes —balbuceó, tragando saliva mientras sus ojos recorrían el collar, las tetas brillantes, el vientre hinchado y la tanga empapada que dejaba ver claramente el contorno de sus labios mayores.

—Pasa —ronroneó Valeria, girándose y caminando despacio para que viera cómo sus nalgas se movían, la tanga desapareciendo entre ellas—. Es por aquí.

Lo llevó al baño. Carlos se arrodilló frente a la tubería, abrió su caja de herramientas. Valeria se quedó en el marco de la puerta, mordiéndose el labio, observando.

Cada movimiento de él era puro sexo. Al girar la llave inglesa, sus bíceps se hinchaban como piedras, las venas saltaban, el sudor empezaba a correr por su cuello y bajaba por el canal entre sus pectorales. La camiseta se pegaba a su espalda ancha, marcando cada músculo. Cuando se inclinó más, los jeans se tensaron sobre su culo duro y, entre sus piernas abiertas, se veía ya el bulto grueso de su polla descansando pesado contra la tela.

Valeria sintió que su coño se contraía solo. Un chorrito caliente de jugos le empapó la tanga y empezó a correrle por el muslo interno. Sus pezones se pusieron tan duros que dolían contra el látex.

No aguantó más. Fue a la cocina, sirvió un vaso grande de jugo de naranja bien frío y volvió.

—Pareces tener calor… —susurró, acercándose hasta que sus tetas quedaron a veinte centímetros de la cara de él—. Toma, para que te refresques.

Se inclinó lentamente. El sujetador se abrió un poco más y una de sus tetas casi se escapó. Carlos levantó la mirada y vio de cerca el pezón oscuro y erecto presionando la tela brillante. Bebió el jugo sin apartar los ojos de ella.

—Joder… señora… usted no es una mujer, es un pecado con piernas —dijo con voz ronca, devolviéndole el vaso vacío.

Valeria sonrió, se pasó la lengua por los labios y se quedó allí, a un metro, con las piernas ligeramente abiertas, dejando que viera la mancha oscura de humedad en su tanga.

Carlos decidió que ya era suficiente juego. Empezó a moverse… pero ya no para arreglar la tubería, sino para volverla loca.

Primero se incorporó despacio, estirando los brazos por encima de la cabeza con un gruñido grave. Sus pectorales se hincharon, los abdominales se marcaron como tabla, y la camiseta se levantó mostrando la línea de vello oscuro que bajaba hasta perderse bajo los jeans. El sudor le corría por el torso en riachuelos.

Valeria gimió bajito.

Luego se pasó las dos manos por el pecho lentamente, recogiendo sudor, bajando por sus abdominales, y cuando llegó a la cintura metió los pulgares en la cinturilla de los jeans y los bajó un poco… solo lo suficiente para que se viera la base gruesa de su polla, dura como hierro, asomando por encima del bóxer negro.

Valeria jadeó.

Carlos sonrió con malicia. Se agachó de nuevo, pero esta vez abrió mucho las piernas, arqueó la espalda y empujó las caderas hacia adelante en un movimiento lento y obsceno, como si estuviera follándose el aire. Su polla, ahora completamente erecta, marcaba un bulto brutal contra los jeans: larga, gruesa, la cabeza bulbosa perfectamente delineada, una mancha húmeda de precum en la tela. Con una mano se agarró el paquete entero y lo apretó, subiendo y bajando una vez, masturbándose descaradamente sobre la ropa mientras la miraba a los ojos.

—Esto es lo que me estás haciendo, preciosa… —gruñó—. Mira cómo me tienes.

Valeria ya no podía más. Sus rodillas temblaban. Se tocó el vientre brillante con una mano y con la otra se rozó el clítoris por encima de la tanga. Un gemido largo y desesperado salió de su garganta.

Carlos se levantó, se quitó la camiseta de un tirón y la tiró al suelo. Su torso sudado brillaba bajo la luz. Agarró el anillo del collar de Valeria con dos dedos y tiró suavemente hacia él, obligándola a acercarse hasta que sus tetas se aplastaron contra su pecho.

—¿Quieres que te folle, embarazada? —le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo—. ¿Quieres esta polla gruesa abriéndote ese coño tan jugoso mientras tu marido trabaja?

—Sí… por favor… —suplicó ella, la voz quebrada de deseo.

Carlos la levantó como si no pesara nada, la sentó en el borde del lavabo y le arrancó la tanga de un tirón. Su coño quedó expuesto: labios hinchados, rosados, chorreando hilos transparentes de excitación. Se bajó los jeans y el bóxer de golpe.

Su polla saltó libre: 22 centímetros de verga gruesa, venosa, la cabeza morada y brillante de precum, las bolas pesadas y llenas.

Sin más preámbulos, colocó la punta contra la entrada empapada de Valeria y empujó lento pero profundo. El coño embarazado de ella, más sensible y apretado por las hormonas, se abrió como mantequilla caliente alrededor de esa polla enorme. Ella gritó de placer puro cuando sintió cada centímetro estirándola, rozando ese punto mágico que la hacía ver estrellas.

Carlos empezó a bombear con ritmo profundo y fuerte, una mano en el anillo del collar tirando de ella hacia sus embestidas, la otra acariciando y apretando su vientre hinchado. Cada vez que entraba hasta el fondo, sus bolas golpeaban el culo de ella con un sonido húmedo y obsceno.

Las tetas de Valeria rebotaban violentamente. Él bajó el sujetador y se metió un pezón en la boca, succionando fuerte. Un chorrito dulce de leche le llenó la lengua y él gruñó de gusto, chupando más fuerte mientras la follaba sin piedad.

Valeria estaba en el paraíso. Sus hormonas multiplicaban cada sensación: el roce de la polla contra sus paredes, el peso de su vientre, el tirón del collar, la boca devorando sus tetas… Llegó al orgasmo en menos de dos minutos, gritando, su coño contrayéndose alrededor de la polla, eyaculando un chorro caliente que empapó el abdomen de Carlos.

Él no paró. La giró, la puso de pie apoyada contra el lavabo, vientre colgando, culo en pompa. La penetró desde atrás aún más profundo, una mano en su cadera, la otra tirando del collar como riendas mientras la follaba como un animal. El sonido de carne contra carne llenaba el baño.

—Dime que soy mejor que tu marido —gruñó.

—Eres… mucho… mejor… ¡Joder, me estás destrozando! —chilló ella.

Carlos aceleró, su polla hinchándose aún más dentro de ella. Con un rugido final empujó hasta el fondo y se corrió: chorros gruesos y calientes de semen llenaron el coño de Valeria hasta rebosar, escurriendo por sus muslos junto con sus propios jugos.

Ambos temblaban. Él la abrazó por detrás, acariciando su vientre, besándole el cuello mientras su polla aún palpitaba dentro de ella.

—Cuando quieras… vuelvo a “arreglar” lo que necesites —susurró.

Valeria sonrió, satisfecha, el cuerpo aún convulsionando de placer, y respondió:

—Vuelve mañana… y todos los días.