Inocencia Arrancada by Miguel Ángel at Inkitt
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Inocencia Arrancada

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ADVERTENCIA DE CONTENIDO Esta historia es una obra completamente ficticia. Los personajes, situaciones y eventos que aparecen en ella son producto de la imaginación del autor. El contenido puede incluir temas sensibles, oscuros o perturbadores. Si eres una persona sensible a este tipo de material, se recomienda no continuar con la lectura. El autor no fomenta, justifica ni promueve ninguna de las conductas, acciones o situaciones que se presentan dentro de la historia. Todo lo narrado tiene fines exclusivamente narrativos y creativos. Esta obra no está dirigida a menores de edad. Se recomienda discreción. Al continuar leyendo, aceptas hacerlo bajo tu propia responsabilidad.

Status
Complete
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1 Inocencia Arrancada

En los albores de la humanidad, cuando el mundo era un lienzo virgen de barro y fuego, nació Angela, una ángel del cielo forjada en la luz eterna. Con alas de plumas blancas como la nieve primordial y ojos dorados que reflejaban la pureza del paraíso, había presenciado el nacimiento de las primeras tribus, el ascenso de imperios efímeros y la caída de civilizaciones enteras. A sus 80.000 años, Angela era una guardiana silenciosa, un ser etéreo que descendía ocasionalmente a la Tierra para observar a los mortales con una curiosidad infantil. Su inocencia no era la de una niña, sino la de un ser divino que nunca había tocado la podredumbre del alma humana. Creía en la bondad inherente de la creación, en que cada humano era un reflejo distorsionado pero redimible de la divinidad. "No todos son malvados", se decía, ignorando las advertencias de sus hermanos celestiales sobre la depravación que acechaba en los corazones mortales.

Angela no sabía de la lujuria que devoraba como un cáncer, ni de la traición que se disfrazaba de amistad. Para ella, los humanos eran como niños juguetones, frágiles y dignos de protección. Fue en una era antigua, cuando los reinos se erigían sobre montañas de piedra y ríos de sangre, que conoció a Eron, un rey mortal de un vasto imperio en las tierras fértiles del oriente. Eron era carismático, con una sonrisa que iluminaba como el sol y palabras que tejían promesas de alianza entre el cielo y la tierra. Angela descendió atraída por su aura, creyendo que en él había encontrado un amigo verdadero, un puente entre lo divino y lo mundano.

Al principio, todo fue armonía. Angela visitaba su palacio en las noches estrelladas, compartiendo sabiduría celestial a cambio de historias humanas. Eron la adulaba, la llamaba "mi luz eterna", y ella, en su ingenuidad, confiaba ciegamente. No veía las miradas lascivas que él le lanzaba cuando sus alas se desplegaban, ni el deseo oscuro que bullía en su interior como un veneno. "Los humanos son buenos", repetía Angela en su mente, ignorando los susurros de duda que el viento traía del cielo.

Una noche fatídica, bajo un cielo tormentoso que parecía presagiar la ruina, Eron invitó a Angela a sus aposentos privados. "Ven, amiga mía", le dijo con voz melosa, "quiero mostrarte un secreto que solo un verdadero aliado compartiría". Angela, con su corazón puro, aceptó sin sospecha. El salón estaba iluminado por antorchas danzantes, y el aire olía a incienso y vino fermentado. Eron le ofreció una copa, insistiendo en que era un elixir sagrado de su reino, un brebaje que "fortalecía los lazos entre mortales y divinos". Desconocía Angela que Eron, astuto y preparado, había consultado a un brujo oscuro para infundir en el vino una poción prohibida: un extracto de raíces infernales que temporalmente anulaba los poderes celestiales, debilitando la esencia divina y dejando al ángel vulnerable como un mortal común. Ella bebió inocentemente, sintiendo un calor extraño recorrer su forma etérea, seguido de una debilidad paralizante que adormecía sus alas y su fuerza sobrenatural. Intentó invocar su luz interior para iluminar la habitación, pero nada surgió; sus poderes estaban sellados por la traicionera alquimia, una excusa cruel que Eron había planeado con antelación para su depravado plan.

Su visión se nubló, y el mundo giró en un vértigo nauseabundo, pero atribuyó aquello a la fatiga de su vuelo, sin sospechar la trampa. Entonces, la máscara cayó. Eron se acercó con una sonrisa torcida, sus manos mortales tocando sus alas con una rudeza que la sorprendió. "Eres tan hermosa, tan intocada", murmuró, su aliento caliente y fétido contra su cuello. Angela retrocedió, confundida y debilitada. "¿Qué haces, amigo mío? Esto no es propio de una amistad". Pero Eron no escuchaba; su lujuria lo había consumido por completo. Con fuerza brutal, la empujó contra el lecho de seda y oro, rasgando su túnica celestial con dedos ávidos y callosos. Angela, paralizada por la incredulidad y la poción que corría por sus venas, sintió por primera vez el terror verdadero. Intentó empujarlo con sus alas, pero estas colgaban inertes, pesadas como plomo; trató de convocar un rayo divino para destruirlo, pero solo un chispeo débil escapó de sus dedos, extinguido al instante por el veneno que la había despojado de su poder. "¡No! ¡Por favor, Eron, detente! Somos amigos...", suplicó, pero sus palabras se ahogaron en un grito ahogado cuando él la inmovilizó, sus rodillas clavándose en sus muslos divinos, separándolos con violencia.

Lo que siguió fue una profanación salvaje que destrozó su esencia divina en pedazos irreparables. Eron, con ojos inyectados en una locura animal, desgarró el resto de su vestimenta, exponiendo su piel inmaculada a la luz parpadeante de las antorchas. Sus manos ásperas magullaron sus pechos, apretándolos con saña hasta que la carne celestial se enrojeció y dolió como fuego líquido, sus uñas dejando surcos sangrientos. Angela se retorció debilmente, pero la poción la mantenía atrapada en un cuerpo traicionado, incapaz de resistir con fuerza. Eron se despojó de sus ropas, revelando su miembro erecto, hinchado y pulsante con venas protuberantes, y lo presionó contra su entrada sagrada. "Vas a sentir lo que es ser humana, puta alada", gruñó, escupiendo saliva en su rostro mientras forzaba su camino adentro.

El dolor fue un infierno encarnado: su pene invasor la penetró con un empellón brutal, rasgando sus paredes internas como si fueran papel delicado, un desgarro húmedo y crujiente que envió oleadas de agonía a través de su ser. Sangre celestial, dorada y luminosa, brotó mezclada con el lubricante forzado de su traición, empapando las sábanas mientras él embestía con furia, cada golpe un martillazo que golpeaba contra su útero divino, enviando espasmos de náusea y tormento. Angela gritó, sus uñas arañando su espalda en vano, dejando solo rasguños superficiales que lo excitaban más. El sonido era repulsivo: el chapoteo viscoso de carne contra carne, el jadeo bestial de Eron mezclado con sus sollozos rotos, el olor acre de sudor, semen y sangre que impregnaba el aire. Él la mordió en el cuello, dejando marcas de dientes que sangraban, mientras sus caderas chocaban contra las de ella con una violencia que hacía crujir los huesos etéreos. "¡Toma, perra divina! ¡Siente mi semilla corrompiéndote!", rugió, acelerando el ritmo hasta que su cuerpo convulsionaba en un clímax repugnante, derramando chorros calientes y espesos de semen mortal en lo más profundo de su ser, profanando su pureza con una contaminación que quemaba como ácido.

La violación duró una eternidad de horror, con Eron girándola como a una muñeca rota, penetrándola por detrás en una nueva oleada de dolor que le desgarraba el ano, extendiendo la agonía a nuevos abismos. Finalmente, exhausto y satisfecho, se apartó riendo, dejando a Angela hecha un ovillo tembloroso en el suelo, su cuerpo magullado y ensangrentado, sus alas manchadas de fluidos mortales y excrementos, su espíritu fracturado en mil pedazos. El trauma la envolvió como una niebla negra; su inocencia, arrancada con brutalidad gráfica, dejó un vacío que se llenó rápidamente de ira abrasadora. "¿Cómo pude confiar?", se preguntaba entre sollozos convulsivos, pero la respuesta era clara: la humanidad era un pozo de podredumbre, y Eron era su encarnación más vil.

A medida que la poción se disipaba lentamente, la rabia creció como un incendio forestal incontrolable. Angela, con ojos ahora rojos de furia demoníaca, se levantó del palacio, su poder regresando en una oleada destructiva. Con un grito que sacudió los cimientos de la tierra, invocó relámpagos celestiales que pulverizaron las murallas del reino de Eron. Las torres se derrumbaron como castillos de arena, aplastando a guardias y sirvientes en masas de carne pulverizada y huesos astillados. Ríos de fuego descendieron del cielo, incinerando aldeas enteras, donde hombres, mujeres y niños ardían vivos en agonía, sus pieles derritiéndose como cera mientras gritaban pidiendo una misericordia que no llegaría. Angela volaba sobre el caos, sus alas ahora teñidas de negro por la cólera, deleitándose en la destrucción. Eron, aterrorizado en su trono, vio cómo su imperio se desmoronaba: miles perecieron en un baño de sangre y llamas, sus cuerpos carbonizados apilados como ofrendas al odio. Finalmente, Angela lo enfrentó, arrancándole los ojos con sus uñas afiladas para que no viera su fin, luego desgarrando su pecho para extraer su corazón palpitante, sosteniéndolo ante su rostro mutilado mientras él gorgoteaba súplicas ahogadas en sangre. "Tú me enseñaste la oscuridad, humano. Ahora, devórala", le espetó antes de aplastarlo bajo su pie, reduciéndolo a una pulpa irreconocible.

Pero la venganza no trajo paz. El odio se extendió como un virus letal, consumiendo su esencia divina por completo. Angela, ahora corrompida por la ira hacia toda la humanidad, rechazó el cielo. Sus alas se marchitaron, volviéndose negras y retorcidas como espinas, y una fuerza invisible la arrastró hacia abajo, hacia las profundidades ardientes. El paraíso la expulsó, viéndola como una abominación, y el infierno la reclamó como suya propia. Cayó a través de capas de fuego eterno y azufre asfixiante, aterrizando en los abismos donde las almas torturadas gritaban en perpetuo tormento, sus cuerpos flagelados por demonios sádicos. Allí, en el corazón del averno, Angela se transformó en un demonio de venganza suprema, jurando eternamente su odio a la raza que la había roto. Su inocencia, arrancada con una brutalidad gráfica e inolvidable, la había convertido en la encarnación de la ira divina, condenada a reinar en las sombras por toda la eternidad.

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